La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 74 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 72

Una ambulancia sorteaba las curvas de la carretera que ascendía hacia el Sanatorio des Escaldes, a pocos kilómetros del pueblo francés de Dorres y a menos de diez de España. Era tarde y llovía, igual que había hecho las últimas cinco noches. El tiempo de la nieve tampoco tardaría en empezar.

Estaban en diciembre y toda la naturaleza del valle pirenaico parecía mirar al cielo y guarecerse para la caída del manto que jamás fallaba en cubrirlos.

El sanatorio, en lo alto, siempre tenía dificultades para no quedar aislado.

La bendición veraniega de los aires de montaña tornaba en maldición cuando el invierno llegaba y el personal debía ocuparse de limpiar una y otra vez la carretera, que era su cordón umbilical con el resto de la Cerdaña.

La Gestapo había vuelto a inspeccionar el vehículo, como en cada viaje.

Los furgones suscitaban mayor sospecha. Levantaron las sábanas que cubrían a dos tuberculosos para verificar que lo eran y salieron rápidamente del vehículo. Estaban al borde de la muerte y, aunque solo con verlos se podía vaticinar su suerte, el coche que los seguía con dos sacerdotes no hacía más que confirmar la situación. Los dejaron seguir y los guardias se quedaron con la sensación de que necesitaban lavarse pronto si no querían acabar como los enfermos que acababan de ver.

Nada como lo extraordinario para ocultar lo normal. Nada como la sugestión para convencer. Nada como dos enfermos renales, mayores, agotados, amarillos y a dieta, para impresionar a dos jóvenes guardias alemanes. En la cabina, junto al conductor de la ambulancia, viajaba José Manuel, que fue el encargado de abrir las puertas traseras y hablaba perfecto francés. Bajo cada una de las camillas, atados al colchón, espalda con espalda con los falsos tuberculosos y mirando bocabajo, tapados por las sábanas que caían a media altura, los tres niños permanecían en silencio.

Los guardias revisaron por encima el suelo entre las patas de las camas, pero a ninguno se le ocurrió mirar justo debajo del colchón. En el coche que

seguía a la ambulancia, junto al padre Ginoux, Bruno Lippe mostró los papeles de falso eclesiástico que él le había proporcionado. El coche del sacerdote era tan pequeño que no les hizo falta revisarlo. No comprobaron que el depósito de veinte litros había sido cambiado por uno de cinco, ni que la rueda de repuesto había sido retirada, igual que la calefacción y el filtro de aire. Tampoco que el motor se había desplazado a un lado de forma que Hilda, en posición fetal, se había podido acomodar para viajar los veintiocho kilómetros que separaban el sanatorio del anterior punto en aquella ruta hacia la libertad.

Lamentablemente, el sanatorio solo era un escondite, pues nadie podía ayudarlos. No hasta dentro de unos meses. Eso les habían dicho y ellos habían comprendido el porqué de la situación. Con todo, una débil luz apareció en forma de carta de su prima Inés. Sin códigos, pues había viajado en la ropa interior del padre Domènech, donde Inés estaba segura de que ningún nazi la buscaría. Ginoux se ahorró aquel detalle al entregarla una vez todos se hubieron instalado en una de las habitaciones que el padre tenía reservadas para él.

Ella la leyó con atención.

Puigcerdá, 1 de diciembre de 1942

Querida prima, si has llegado hasta aquí es porque, como esperaba, pretendes cruzar por la frontera. Te puedo ayudar a hacerlo. Sé que puedo dirigir a la Gestapo hacia el lugar más lejano a donde lo hagas. En cuanto me confirmen que estás aquí, me pondré en marcha. No hagas nada sin mi consejo.

Sé que nos veremos pronto.

Te quiere,

tu prima Inés

Inés recibió la confirmación de que Hilda había llegado al día siguiente de que lo hiciera, de nuevo por boca del padre Domènech en el confesionario de la iglesia de Puigcerdá. Enseguida puso en marcha el plan que había elaborado con Pablo, que era tan solo una continuación del que había iniciado antes de irse de la Cerdaña. Un plan encaminado a despistar al enemigo, a hacerle mirar al sur si pensaban cruzar por el norte, a esperarlos un martes si pensaban actuar un jueves, a confiar en la sensación de que lo controlaban todo mientras lo hacían cada vez menos. Sabiéndose

vigilada, empezó a recorrer uno a uno los lugares por los que no pensaba llevar a Hilda. Al rato de llegar a cada pueblo, detectaba a la persona que la seguía. Fue a Guils, a Saneja, a Aja, se acercó a la frontera desde la que se veía Latour-de-Carol y paseó por la ribera del pequeño rio Rahür, que separaba ambos países. El tercer día, en la linde de un prado cercano a Vilallobent, se subió a uno de los grandes fresnos que se veían desde el otro lado de la frontera y ató un gran pañuelo blanco a una de sus ramas más altas. Los siguientes dos días volvió una y otra vez al mismo punto. En un hueco en el tronco escondió una linterna con la que hacer señales. También un cuchillo, una cuerda y balas para la pistola que Pablo tenía. Luego se sentó durante horas y simuló dibujar un plano.

Cuando se alejó con su pequeño utilitario, el alemán que la vigilaba se acercó a donde la había visto actuar. Descubrió el fresno y lo que escondía sin dificultad, lo revisó todo y lo dejó allí. Parecía claro por dónde cruzaría la fugitiva, así que solo tenían que esperar. Corrió satisfecho a la comisaría para informar al obersturmführer, que tenía un especial interés en aquella operación y le felicitaría por su excelente trabajo. Tal como esperaba, al conocer aquello Gustav Wagner se relamió satisfecho. La venganza estaba próxima. Hilda Sagnier estaba en algún lugar de la Cerdaña, pero podían cesar de buscarla, sería ella la que los encontrara.

Mientras, Pablo había vuelto a San Antonio, donde se habían quedado los Wiesner. Sabiendo que no podía contar con los Hermanos de los Cristianos para cruzar la frontera por Llivia, acudió a la que conocía otro de los caminos para cruzar desde Francia, Athalia Wiesner. Pablo no lo sabía, pero Athalia había recorrido tres veces la ruta que le mostraría. La primera huyendo de los nazis, la segunda, de vuelta para matar a Dupuis, y la tercera para llegar otra vez a España, así que la conocía bien. Ella se ofreció a acompañarle a Puigcerdá, pero, plano en mano, Pablo estuvo seguro de que no le haría falta, pues la ruta estaba perfectamente clara. Desde un extremo de Latour-de-Carol, había que circular por la zanja de la vía del tren, pegarse a la tapia de la estación, de allí correr otra vez hasta la vía y, enseguida, tras unos matorrales, meterse por la tubería que desaguaba en el otro lado. En ese punto debían recuperar fuerzas para llegar al bosque y ascender por él hasta la cresta. En la cima, cuando el monte se despejaba,

empezaba España. No era difícil, pero los alemanes tenían que estar lejos.

Si su plan funcionaba, esperaba que el foco de atención estuviera en otra parte. El sábado volvió a Puigcerdá.

El domingo, tras la misa, Inés acudió al confesionario. Allí entregó una nota al padre Domènech, que el miércoles tenía capítulo con el padre Ginoux. El miércoles Hilda recibió la carta. Contenía las instrucciones de su prima y un plano detallado de la ruta de escape; también concretaba la fecha en la que debía realizarse la fuga, que agendaron para dos días después, el viernes noche o sábado de madrugada, lloviera o nevara, pasara lo que pasara. Hilda conocía la Cerdaña bien, y aunque las rutas de escape eran un misterio para ella, no lo era todo lo que podía encontrar en los prados y bosques de aquella zona. Lo más importante era que sabía reconocer las luces de los diferentes pueblos y orientarse.

Aguardaron hasta el viernes con más ansia que miedo, con la sensación de que no había nada más que pudieran hacer para asegurar su paso a España y decididos a obtener, de una vez por todas, la libertad. En dos días Hilda se dio más cuenta que nunca de lo que añoraba su país, del enorme deseo de poner punto final a un experimento de matrimonio y vida que había salido irremediablemente mal. Cuando desde su ventana del Sanatorio des Escaldes, con Bruno a su lado, observaba en el cercano horizonte la colina de Puigcerdá, las montañas del Cadí y el serpenteante río Segre, se llenaba de optimismo e ilusión, de esperanza por la vida nueva y finalmente feliz que les aguardaba. En los últimos días estaba tan segura del futuro que los esperaba, que Bruno, en vez de ilusionarse con ella, empezó a sentir miedo de que no fuera tan fácil conseguirlo.

El viernes por la noche se pusieron en marcha. Un enfermero del sanatorio informó de que no había controles más que en la frontera y que las carreteras estaban despejadas, así que pudo llevarlos hasta cerca de Latour-de-Carol. Tras pararse en un cruce, en unos segundos, tres adultos y tres niños saltaron de la parte trasera y rápidamente se metieron en la zanja que, paralela al terraplén sobre el que circulaba el tren, los llevaría hasta el pueblo. A la vez, el conductor se alejó en dirección a otro punto, donde realizaría una acción tan fácil como determinante. La única en la que los passeurs al mando del padre Ginoux podían colaborar esa noche.

En la otra punta de la frontera francesa con la Cerdaña española, Inés había llegado a las afueras del pequeño pueblo de Vilallobent. Paró el coche entre unos arbustos y saltó de él, completamente vestida de negro, y corrió hacia el fresno en el que días antes había escondido el material que necesitaba. Miró alrededor, hacia Francia, que estaba frente a ella, con sus campos escarchados con fresnos en las lindes, alguna granja lejana, pequeñas aldeas...; lo mismo que tenía a su espalda. La naturaleza domesticada por los campesinos de uno y otro lado. No vio a nadie, pero se supo observada. A la hora señalada se subió al árbol con la linterna y empezó a hacer señales en dirección a Francia.

—No tardarán en asomar las ratas, mein obersturmführer —susurró un agente de la Gestapo tumbado bocabajo a pocos metros en el lado francés, pero tan cerca de Inés que podía ver su cara a la perfección incluso de noche. A su lado, Gustav Wagner sonrió.

—Sin duda, los capturaremos esta noche —confirmó Wagner.

—La Guardia Civil está a la espera de nuestra alerta. En cuanto les avisemos capturarán también a los del lado español. El régimen de Franco no tolera estas cosas —aseguró el agente.

—Las tolera demasiado, sargento. Demasiado —discernió Wagner—.

Hay que presionar ahí —ordenó.

Eran cinco en aquel punto y otra decena apostada a poca distancia. Se quedaron en silencio mientras Inés repetía las señales. A la vez, con los prismáticos, observaban alrededor. De pronto, en un lado, a un centenar de metros dentro de una masa boscosa, localizaron un haz de luz al que seguían otros. Allí estaban. Gustav sintió la excitación de la captura.

Esperaron. Las señales de luz de Inés se repetían ordenadamente desde el mismo punto, en cambio, las que enviaban desde el bosque parecían moverse sin dirección concreta. Tan pronto se movían hacia un lado como hacia el otro. Les extrañó a todos. Parecían perdidos.

—El marido se llevará un disgusto —susurró el sargento pegado a él

—. A nadie le conviene que su esposa se meta en líos como este. Y le habrá mentido. Vaya usted a saber con qué excusa la ha dejado salir tan tarde —

opinó.

—¿El marido de Inés está en el valle? —preguntó Gustav—. ¿Cuándo ha llegado?

—Oh, lleva toda la semana aquí.

—¿Por qué no se me ha informado? —preguntó molesto.

—No pensamos que...

—El marido de Inés Sagnier está al tanto de todo lo que ella hace porque él mismo ha colaborado también, idiota. ¿Dónde está ese hombre?

¿Por qué no está aquí? Lo lógico sería que estuviera ayudando a su mujer.

—No... no sabemos dónde está, mein obersturmführer.

Un pensamiento retorcido cruzó la cabeza de Gustav. No podía ser.

Con una señal, pidió a los agentes que estaban en el otro grupo que fueran rápidamente al bosque. Que capturaran ya a quienes estuvieran haciendo señales desde allí, que parecían no avanzar del todo, tan solo moverse aleatoriamente y sin dirección. No tendrían posibilidad de escapar, el bosquecillo era pequeño y fácil de rodear. Vio correr a los agentes hacia allí, desplegándose por diferentes lados para entrar a la vez. Oyó disparos. Vio la luz de Inés apagarse y la escuchó alejarse rápidamente. No la siguió. Se levantó y, desvelada su posición, también corrió hacia los árboles.

Al llegar, la confusión. Sus agentes, en la oscuridad, habían formado un círculo alrededor de algo que no sabían interpretar. Cuatro caballos mansos, con el pelo aterciopelado por el frío, llevaban atada a las cabezadas una linterna encendida. Gustav supo que había sido engañado de nuevo. Se acercó a uno de los animales y, con violencia, le arrancó la linterna y la tiró al suelo. Cuando otro se asustó y se acercó a él, sacó la pistola y le pegó un tiro entre los ojos. Luego giró sobre sí mismo agarrándose la cabeza. Pensó rápido. Aquello no había acabado.

—Quiero que todo el regimiento se despliegue por la frontera. Todos.

Conocen los pasos, sargento, ocúpese de distribuirlos. Usted —dijo mirando a otro hombre—, y usted también —dijo apuntando a otro—, vengan conmigo. Volvemos a la comisaría. Necesitamos un plano de este maldito valle. —Se dio la vuelta y corrió hacia su coche.

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