La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 17 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 15

Bob Asprey llegó a Gijón bajo identidad falsa tras haber desembarcado de un submarino en la cercana playa de la Concha de Artedo. El bloqueo naval a su país era férreo y cada trayecto suponía un riesgo, pero una vez consiguieron burlar a los alemanes, su llegada a España también debía ser discreta.

Junto a él desembarcaron otros tres hombres y no se hablaron, por lo que quedó claro que todos eran espías. También tenían destinos distintos y, nada más dejar la playa, cada uno encaminó sus pasos en diferentes direcciones. Dos se fueron andando, otro se adentró en un prado y él se acercó a una curva en la que, tal y como le habían indicado, un coche le hizo señales con los faros. La noche era cerrada y la fina lluvia la hacía incómoda. A su alrededor distinguió vacas, poco afectadas por el clima o el rugir de las olas que lo llenaba todo. Pese a ser inglés, detestaba aquel tiempo y a menudo recordaba los años pasados en San Remo no hacía tanto: el sol, las palmeras, su precioso descapotable..., Inés. No podía creer que la volvería a ver.

Se subió al coche y de inmediato se pusieron en marcha.

—Debe ser más rápido —le dijeron en inglés—, nada es más peligroso que los lugares donde parece no haber peligro. La Gestapo está por todas partes, ¿acaso no se lo han dicho?

Bob no quería discutir, menos aún con aquel hombre que estaba tan lejos de la guerra y los bombardeos que sufría su país a diario, así que permaneció en silencio hasta que él volvió a hablar.

—La casa es una de las mejores de la zona. Su dueña es una duquesa muy particular, probablemente antinazi, muy respetada. La finca es muy grande y, por lo que sabemos, pertenece a la familia desde hace siglos.

También sabemos que se ha extraído carbón de la montaña que tienen cerca, a la que llaman Peña Negra. Lo del wolframio... tendrá que comprobarlo

usted mismo. Su aviso provocó una investigación. Parece ser que lo hubo hasta muy recientemente, pero la mina se agotó. Aquí hay un embrollo importante, pues sabemos que los alemanes no lo creen así, pero los españoles que visitaron la mina lo aseguran. Creemos que en algún momento se volverá a investigar todo, pero ahora el foco está en Galicia, donde sí sabemos a ciencia cierta que hay mineral y la lucha por su posesión es encarnizada. Mis instrucciones son organizarle la salida de España en cuanto usted me diga, aunque llevará unos días y tendrá que adaptarse al transporte que tengamos. Lo normal es que vuelva como vino.

Es la forma más segura. —Le dio un papel que no pudo leer por la oscuridad—. Memorícelo al llegar y luego destrúyalo. Esa es la dirección del hotel al que debe ir cuando quiera volver a su base. Colóquese en la cola de gente que habrá alrededor de las dos del mediodía. Una vez dentro, vaya a recepción y pregunte por el señor Ceballos. Le dirán que no está, pero siéntese en la cafetería del establecimiento igualmente. Allí recibirá instrucciones. Si le dijesen que sí está, dese la vuelta y huya. ¿Lo ha entendido?

—Perfectamente.

—Bueno, ya veremos. Todos lo entienden y luego siempre dan problemas.

Circularon entre la oscuridad y la lluvia durante media hora más hasta que empezaron a dejar a la derecha una tapia cubierta de hiedra, momento en el que el coche redujo la marcha. Luego pasaron por delante de una alta verja flanqueada por dos pilares de ladrillo rematados por ciervos de piedra, y el coche se detuvo. A lo lejos un campanario tocó las doce.

—Esa es la puerta de la casa. A la izquierda encontrará la caseta de entrada, supongo que ellos avisarán de su presencia a la casa principal. Si le esperan, le recomiendo que no se cuele, los españoles acaban de pasar una guerra, son todos de gatillo fácil y buena puntería.

—Me esperan. Entraré como un buen inglés —dijo Bob.

—Entonces le matarán. Entre como un español. Los ingleses no siempre nos hemos ganado la confianza de esta gente —bromeó el conductor. Luego se puso serio de nuevo—. Váyase ya. Mucha suerte.

Bob se despidió y caminó hasta la puerta que habían pasado de largo.

Luego llamó al timbre de la caseta de entrada, una pequeña construcción pegada a uno de los pilares. Enseguida, una luz se encendió y una cara rural femenina asomó.

—Pase, pase, que se va a mojar —le dijo obligándole a entrar.

Accedió a una pequeña salita poco sofisticada. Un calendario y una foto de Alfonso XIII colgados de la pared, tres sillas en torno a una pequeña mesa tocinera y varias macetas con plantas de interior que se habían enrollado a la alacena y el paragüero. De fondo sonaba una radionovela. En una esquina dormitaba una oca con el cuello metido entre las plumas.

—¿Y bien? —le dijo la mujer con los brazos en jarra—, ¿qué se le ofrece?

La oca se despertó y le miró. Bob recordó que en algunas fincas las usaban igual que a perros de vigilancia, pues eran extremadamente territoriales y, llegado el caso, agresivas. La mujer, igual que la oca, también parecía dura, y a Bob le dio la sensación que le había invitado a entrar más por no mojarse ella que por resguardarle a él.

—Vengo a ver a Inés Sagnier.

—La nieta. Sí. La señora Bultó.

—La misma —dijo él.

—Vaya horas. Un resfriado me va a provocar. ¿Y a quién debo anunciar?

—A Bob... Bob Vidia.

—¿Bob?

—Eso mismo. Bob Vidia —repitió el inglés.

—Bob será suficiente. Virgen santa, tiene usted un nombre muy raro.

—Inglés —dijo él encogiéndose de hombros.

—Eso lo explica todo. Espérese aquí —dijo ella malhumorada—, no toque nada, a Margarita le pone nerviosa que la gente que no conoce se mueva mucho.

Se dio la vuelta y salió de la estancia. Por la ventana que daba al jardín se escuchó el sonido de una moto de poca cilindrada. Él se quedó sentado, quieto, con la oca Margarita mirándole fijamente. Al poco, el ruido se alejó

y pasó casi un cuarto de hora hasta que volvió a ver a la mujer. Con un impermeable verde y más malhumorada pero forzadamente cordial, se puso frente a él.

—Todos duermen..., es que no son horas, usted me comprende..., pero le recibirán. Están yendo a buscar a José para que traiga el coche.

—Yo mismo iré a la casa, los ingleses estamos acostumbrados a la lluvia.

—Eso estará muy requetebién. Le daré un paraguas. No hace falta que corra mucho, José es cojo y lento como el caballo del malo, probablemente cuando esté llegando a la casa él estará aún poniéndose las botas de agua.

Venga por aquí.

Le condujo hasta la puerta que, desde la caseta, se abría al jardín de La Recuesta y al camino que llevaba a la casa principal, que se iluminó tenuemente al pulsar un interruptor que había junto a la puerta.

—Vaya por el camino. No tiene pérdida. Le esperarán en la entrada.

Todos sabían que vendría..., aunque imagino que no a estas horas. Ay ay ay los ingleses...

Bob sonrió ante la indisimulada manía que aquella mujer manifestaba a sus compatriotas y enfiló el camino que, efectivamente, no tenía pérdida.

Cargaba una maleta al hombro y el paraguas le resguardaba con dificultad, pero en pocos minutos las luces de la casa aparecieron en la distancia y, acelerando el paso, enseguida llegó a la escalinata de la entrada principal, que le pareció imponente.

En la puerta le esperaban una doncella y un hombre con chubasquero que se acercó cojeando para cargar con su maleta.

—Bienvenido a La Recuesta, señor. Está todo el mundo en la cama ya salvo el señor Bultó, que le recibirá. ¿Quiere cambiarse? María le acompañará a su habitación.

Bob pensó que era descortés hacer esperar al marido de Inés.

—No se preocupe. Este buen chubasquero me ha resguardado bien. Si me lo guardan, puedo ir directamente a ver al señor Bultó. No querría hacerle esperar.

—De acuerdo, señor —dijo la doncella ayudándole a quitarse la prenda—, acompáñeme.

Atravesaron el vestíbulo de La Recuesta, acogedor, mullido y caliente, al final del cual una doble puerta dejaba ver el resplandor dorado de una gran chimenea. De pie frente a ella encontró a Pablo Bultó. Se miraron tan solo unos segundos y, como pasa muy de vez en cuando, tan solo con eso supieron que se entenderían bien. Pablo se acercó a él con la mano tendida.

Llevaba ropa cómoda de sobremesa, un cardigan del que asomaba una corbata de lana, unos pantalones marrones y unos zapatos sin cordones.

—Le estábamos esperando. ¿Asprey, verdad? Yo soy Pablo Bultó.

Encantado.

—He llegado muy tarde. No quisiera incomodarle.

—No me incomoda. Las Sagnier son dormilonas, pero yo soy noctámbulo. Estaba leyendo.

—Yo también soy noctámbulo —apuntó Bob.

—Entonces, siéntese. He pedido una botella de oporto. Si se queda conmigo, podré pretender que no he dado cuenta de ella yo solo.

—Si me quedo, tendrá que pedir otra —sonrió Bob.

—Sé dónde las guarda la duquesa. No hay problema. Pero... creo que es un buen momento para que hablemos usted y yo. Mi mujer tiene tantas ganas de verle que será difícil que pueda concentrarse en lo que le ha traído aquí. Quizás podamos pensar en una buena idea para lo que tenemos entre manos. Si nos ponemos de acuerdo, mañana podemos explicárselo a las mujeres de esta casa, que en realidad son la propietaria y la heredera de la tierra que pisamos.

En ese momento entró en el salón María, alma de La Recuesta, con quesos, un buen embutido y un cuenco humeante sobre una bandeja.

—Pensé que el señor Bob querría tomar algo —dijo discreta mientras apoyaba la bandeja en una mesilla cerca del invitado.

—Está usted en todo, María. ¿Podría traer también una botella más de oporto? Me temo que esta está medio vacía —aprovechó Pablo.

Hablaron hasta bien entrada la madrugada, rieron a ratos y también se pusieron serios al analizar la situación de Europa. Se hicieron amigos en una sola noche, pero, sobre todo, antes de irse a dormir ambos habían elaborado un plan para que las riquezas mineras de La Recuesta no llegaran a manos de los nazis ni arruinaran por completo la finca.

Cuando a la mañana siguiente Inés bajó a desayunar, Bob ya estaba sentado a la mesa. Le miró desde el umbral de la puerta, iba elegantemente vestido con una chaqueta de pata de gallo, chaleco colorado y corbata de cuadros. Pablo la había advertido de su presencia, pero verle allí era hipnótico. Sus modales de caballero, su porte aristocrático pero afable, su facilidad para adaptarse a todo, su cabello rubio y sus facciones galantes.

No, ya no sentía nada por él, pero no podía evitar pensar que a su lado no hubiera sido infeliz, porque nadie que estuviera con Bob Asprey podía serlo. Carraspeó un poco y esperó sonriente a que Bob levantara la cabeza del plato y mirara en su dirección.

—Inés —dijo tranquilo. Luego se levantó y, dando la vuelta a la mesa, se acercó a ella. La miró de arriba abajo e hizo ademán de besarle la mano, pero ella lo abrazó.

—Querido amigo. No he sabido lo que te había echado de menos hasta este mismo momento.

Se apartaron un poco y se miraron a los ojos. No hacía tanto. Estaban iguales, quizás algo más serenos, pero cuatro años, incluso con una guerra y penurias de por medio, eran poco tiempo. Muchas cosas habían cambiado, mas su amistad perduraba.

—Llegué anoche. Estuve hasta tarde con Pablo. Elegiste bien, me ha parecido un gran tipo —dijo el inglés.

—Lo es. En muchas cosas me recuerda a ti. Sabía que os llevaríais bien. —Se hizo el silencio unos segundos—. ¿Desayunamos? Luego te puedo enseñar el jardín y... supongo que esta tarde querrás ver lo que has venido a ver.

—Sí, me encantaría. Aunque no es lo único que he venido a ver —dijo mirándola.

No había seducción en sus palabras. Bob era inteligente y, al conocer a Pablo, supo que su tren había pasado para siempre, que no recuperaría el corazón (si es que alguna vez lo había tenido) de Inés. De alguna manera, se alegraba de que su marido no fuera un mediocre. Estaba cansado de ver a conocidas acabar con parias, y Pablo no era nada ni remotamente parecido.

Quería a Inés, ahora como amiga. La quería porque conseguía que se sintiera en casa. Su amistad, como todas las verdaderamente importantes, era capaz de esperar sin acusar el tiempo.

Se pusieron al día durante el desayuno y, tras pertrecharse de chaquetones impermeables, sombreros y botas de agua, salieron a pasear bajo el cielo chispeante y gris. Pablo los vio alejarse desde el vestíbulo sin saber si sentía algo de celos. Tras él, también recién acabada de vestir, la duquesa adivinó sus pensamientos.

—Todo lo que somos lo forma la gente que hemos visto. La gente que hemos tratado. Inés no sería tu Inés si antes no hubiera conocido a Bob.

Deberías estarle agradecido, no celoso.

Pablo se giró hacia la anciana.

—Supongo que hay sentimientos que no se pueden controlar —

respondió pensativo.

—Pocos. Muy pocos —dijo ella—. Pero tenemos toda la mañana para nosotros. Me ha dicho María que os quedasteis hasta tarde hablando. Quiero creer que, además de cotorrear sobre actrices, modelos y acabar con mi oporto, tratasteis el tema que nos preocupa.

—Sí. Pero pensaba esperar a que estuviéramos todos para...

—No esperaremos a nadie. Inés también le estará preguntando al inglés. Cuéntame tú a mí. Te acompañaré a la mesa aunque haya desayunado ya.

Se sentaron frente a la ordenada disposición del desayuno, repleto de productos asturianos, mermeladas caseras, huevos pasados por agua y tostadas de pan recién hecho que llenaban paneras de mimbre sobre la mantelería de hilo. Pablo explicó lo que habían pensado.

—Bob entendió la situación y se prestó a ayudarnos. Crearemos una sociedad angloespañola de la que él será administrador y poseedor del cuarenta y nueve por ciento de las acciones. Nosotros seremos la parte española con el cincuenta y uno restante, que es lo mínimo que por ley debe tener una sociedad como la que planteamos en nuestro país.

—Lo tendré YO —dijo la duquesa.

—Por supuesto, sí, usted. Tendrá poder para acabar con el acuerdo cuando quiera —rectificó Pablo—, y también, como propietaria de la mina, firmará una concesión a la nueva sociedad.

—Yo me firmaré una concesión conmigo. Eso sí es inaudito —dijo ella sin alterarse.

—Bob será la cara visible de la empresa.

—Tremendo embrollo. Ni yo misma sé dónde está ya mi wolframio.

—Atienda: la empresa angloespañola explotará la mina y, a la vez, hará un acuerdo de venta en exclusiva de lo extraído a PIROSA. Lo único que no quiere Bob es que el metal llegue a manos nazis. No ha pedido ninguna cantidad para él, pero almacenaré la mitad de lo que se extraiga en una nave de nuestras fábricas a expensas de que la quieran los ingleses. Si el bloqueo marítimo de las islas británicas se ablanda, o si sus colonias no pueden por cualquier razón proveerlos del metal, quizás necesiten el nuestro. En ese caso comprarían el wolframio a PIROSA. La mina la explotará esta nueva sociedad angloespañola de manera discreta, nunca a cielo abierto y poco a poco. El precio, si está de acuerdo, será el mismo que teníamos y, de vender wolframio a los ingleses, lo haríamos sin beneficio.

Este plan, a priori, lo soluciona todo: sobre el papel, la mina queda en manos inglesas de extrema confianza, de forma que el Gobierno no la querrá expropiar, pero además toda la producción se la quedará PIROSA, por lo que el Gobierno tampoco pondrá ningún empeño en quitarle la mina, ni los nazis le presionarán para que lo haga, ya que su wolframio no llegará (en teoría) al bando aliado.

La duquesa se levantó y se quedó mirando Peña Negra por la ventana.

—Supongo que no me queda otro remedio. Si no se la doy a los británicos, me la quitará el Gobierno o me forzará a dársela a los alemanes.

Y tú podrás seguir con tu empresa esa.

—Sí. Eso sería muy beneficioso para mi empresa. Creo que tiene potencial.

—No me gusta que mi mineral se use para armas..., pero si ha de hacerse, prefiero que sea para aniquilar nazis, no aliados. Tienes mi beneplácito. Organízalo rápido y sé cauto.

—Es probable que ni siquiera se use para armas aliadas, lo único que queremos es que no llegue a manos nazis. Ese es el plan.

—Lo que sea, será, Pablo. Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes, siempre tiene otros preparados.

Mientras, en el jardín, Inés y Bob habían llegado al estanque ovalado que presidía la parte más baja del terreno. En su centro, un islote lleno de hortensias se reflejaba en sus aguas grises y verdes, llenas de recuerdos.

Se sentaron en un banco de madera enmohecida y, como viejos amigos, charlaron animadamente. Bob le contó el plan que había diseñado con Pablo para la mina, e Inés, que quería lo mejor para todos, supo que era adecuado. Confiaba en ellos y estaba dispuesta a delegar. Lo cierto era que rara vez pensaba en dinero y negocios. Su cabeza volvía constantemente a la situación de Magda y su familia judía, a lo que había visto en el castillo de su prima Hilda y a la Europa en guerra. Le preguntó a su amigo por todo esto.

—Pues la situación es muy grave porque nos hemos quedado solos —

empezó él—. Nos enfrentamos a la más formidable máquina de guerra que se haya conocido. Alemania ya tiene prácticamente toda Europa bajo su yugo y, sinceramente, no sé cuánto podremos aguantar. Los ingleses somos fuertes, orgullosos, y cuando nos empeñamos en algo y nos unimos podemos ser invencibles..., pero nunca habíamos tenido una amenaza así desde quizás... vuestra armada..., y de eso hace mucho tiempo y todos sabemos que nos salvamos porque el mar y las nubes lo quisieron.

—Entiendo...

—Hasta el mes pasado, en Londres llovieron las bombas muchísimas noches, el otoño pasado casi sesenta días seguidos, pero tendrías que ver la actitud de la gente. Es algo de lo que enorgullecerse. Parecen capaces de resistir y adaptarse a todo. Hemos plantado patatas y cavado refugios en los parques, hemos enviado a los niños a casas de campo y toda la población sabe usar ya la máscara de gas. Mientras caen las bombas, en algunas estaciones de metro hay gente que juega o baila... Nos armamos de valor.

Pero claro..., es durísimo. A finales de diciembre lanzaron más de diez mil bombas incendiarias en una sola noche, cuando el río estaba bajo y horas antes habían destruido nuestros depósitos de agua. Esta guerra es así. Hitler

es así. Por supuesto, Buckingham, Guildhall, la catedral de Saint Paul, Westminster Palace, el Big Ben..., todos han sido bombardeados... En cualquier caso, la ciudad tiene otro aspecto, pero sigue siendo Londres.

—¿Has dicho que ha habido bombardeos hasta el mes pasado? —

preguntó Inés.

—Sí. No sabemos bien qué está pasando, pero de pronto parece que hay un cambio de planes. Que Hitler está preparando otra desagradable sorpresa. Está todo el mundo intranquilo tratando de saber qué esperar.

—¿Y tu familia? ¿Cómo están ellos?

—Bien, supongo. Están en nuestra casa de campo, en Asprey Hall. Mi padre, algo malhumorado porque tiene la casa principal ocupada por un colegio de niños de Londres y se ha tenido que instalar en lo que nosotros llamamos «la casa de la viuda», porque es donde está planeado que se instale mi madre cuando él fallezca, si es que lo hace antes que ella. Los veo poco. Mi padre quería participar en la guerra, pero le han puesto al mando de una especie de batallón honorario que no entrará en batalla salvo que seamos invadidos. Se entretiene con planes para rechazar la invasión y hacerles la vida imposible a los alemanes que pisen la finca. Ha hecho cavar varias trampas, ha cambiado la dirección de los carteles para que se pierdan y ha adiestrado a muchos del personal para la batalla, hombres, mujeres y niños. A veces me pregunto si en lo más profundo de su ser no desea que los alemanes aparezcan por allí.

—¿Y tú?

—Bueno, yo hago labores de inteligencia.

—¿Eres espía?

—No, pero si lo fuera y te lo contara, sería el peor espía del mundo.

No, la inteligencia abarca muchísimas cosas: descifrado de códigos, interpretación de planos, coordinación de comunicaciones... —dijo él sin concretar.

—Comprendo. Parece menos peligroso que estar en el campo de batalla.

—Lo es —convino Bob, que obvió explicar que sus tareas eran clave para que ganaran la guerra y que, de saber de su existencia, los alemanes no dudarían en capturarle.

En Bletchley Park estaban desarrollando una maquinaria única y avanzada que permitiría descifrar los códigos nazis. Poco antes de irse, a principios de mayo, los suyos habían incautado en un submarino y un barco meteorológico alemán dos máquinas de rotores, las conocidas como máquinas Enigma, que utilizaba el enemigo para codificar mensajes.

Cuando volviera al trabajo, los matemáticos, físicos e ingenieros que le rodeaban habrían dado un paso de gigante.

—No creo que yo fuera buena en tu trabajo. Apenas entiendo a mucha gente de mi alrededor —bromeó Inés.

—Probablemente te sorprenderías —respondió Bob completamente en serio. El setenta y cinco por ciento de los trabajadores de Bletchley Park eran mujeres.

Volvieron a la casa a la hora de comer y, aunque se esforzaron durante unos minutos por no hablar asuntos de trabajo en la mesa, al poco rato la duquesa no pudo aguantar más.

—Si seguimos hablando de mi jardín y el tiempo de Asturias, con lo que tenemos en ciernes, me va a dar una hernia —dijo interrumpiendo un comentario de Inés sobre las clivias de los macetones de la entrada—.

Hablemos de lo que tenemos que hablar, por todos los santos. Entiendo que estamos todos al corriente ya de lo que hablaron los hombres anoche. Por mi parte me parece un buen plan.

—Estamos de acuerdo —dijo Bob—, así que no perdamos tiempo.

Creemos la sociedad ya. Si pueden llamar a un abogado, lo dejaremos cerrado. Yo me ocuparé del papeleo en Inglaterra.

—Los alemanes se disgustarán. Veremos cómo se los saca mi hermano José Manuel de encima cuando vuelvan a la fábrica —comentó Pablo.

—No podrán hacer nada. Ese es el sentido de esta sociedad —afirmó Bob.

—Pueden dejar de comprar nuestros materiales. Les hemos suministrado ya un buen pedido de telas.

—Así que sois proveedores de los alemanes —dijo Bob. No había reproche en su tono.

—Lo somos —reconoció Pablo—. Yo me opuse, pero mi hermano dijo que si no les servíamos nosotros, comprarían a otros fabricantes. Hay muchas empresas textiles en Barcelona, como sabrás.

—Hizo bien. Y llegado el caso... —calló.

—¿Sí? —dijo Inés.

—Nada, disculpad, nada —contestó Bob.

—Llegado el caso, siempre va bien tener amigos en el infierno —

concluyó la duquesa—, eso es lo que nuestro amigo inglés quería decir.

Se hizo el silencio.

—Sí, eso es exactamente a lo que me refería —confirmó Bob.

Por la tarde, la tartana de José los dejó al pie de Peña Negra, por cuyo angosto camino ascendieron para ver la mina. Cuando llegaron al derrumbe que habían provocado en su boca para ocultarla, descansaron un poco y volvieron a la casa, sin mucha más información que la que tenían antes de la visita y con la sensación de haber perdido el tiempo.

Estaban sentados en la antecámara del comedor, una salita pequeña con un gran ventanal al jardín en el que servían el aperitivo anterior a la cena, cuando Bob se sentó intencionadamente cerca de Pablo. Tenía una idea que llevaba rumiando desde mediodía y deseaba ver si era descabellada o posible. Debía ser discreto.

—Imagino que tendrás ganas de volver a Barcelona, Pablo —dijo Bob sutil.

—Bueno, estoy bien aquí. Me gusta esta casa. Me gusta Asturias..., pero sí, claro, tengo ganas de volver un poco a la rutina, si es que alguna vez la tuve —replicó el catalán.

—¿Al trabajo? ¿Quién se ocupa de las fábricas ahora? —preguntó.

—Se ocupa mi hermano, José Manuel. Él es el empresario de la familia, tiene la cabeza bien amueblada para eso.

—Ya, comprendo. Es una suerte que no perdierais a nadie durante la guerra. Me refiero a nadie de vuestro núcleo familiar más cercano, claro.

—Sí que lo fue. Casi un milagro. Damos gracias a Dios a menudo y mi madre ha organizado procesiones desde nuestra casa al monasterio de Montserrat, que no está muy lejos... Estamos muy agradecidos.

—¿Ninguno resultó herido? —insistió Bob.

—Ambos lo fuimos. Yo en la toma de Asturias y mi hermano...

—¿Sí?

—A José Manuel lo hirieron en la batalla del Ebro casi mortalmente

—dijo Pablo con la sensación de estar metiendo la pata.

—Tuvo que ser duro. ¿En qué división estaba?

José Manuel había sido espía. Pablo lo sabía porque su hermano se lo había dicho, pero nadie más tenía conocimiento de sus actividades durante la guerra. Para unas personas educadas en el honor y la moralidad, haber estado casi cuatro años engañando, fingiendo y mintiendo resultaba difícil de digerir. Muchos barceloneses de su clase también lo habían sido, pues el primer servicio de espionaje del bando franquista se había creado en Barcelona, pero pocos lo reconocían. Es más, casi ninguno lo hacía. Así que, cuando José Manuel fue herido en la batalla del Ebro, sucedió en el bando republicano, donde pretendía ser un soldado más, cuando en realidad estaba destinado allí por los nacionales para pasar información sobre el enemigo. Herido, le llevaron a la retaguardia, y en una increíble carambola del destino, lo atendieron en su propia masía, que los republicanos habían incautado y convertido en hospital de campaña.

—No lo recuerdo bien —dijo Pablo—, el caso es que tuvo mucha suerte.

Inés estaba cerca y había oído la conversación.

—Más que eso. ¿Sabes dónde le ingresaron una vez herido? No lo podrás creer. ¡En San Antonio! En su propia casa. La masía de los Bultó se había convertido en hospital rojo. Al principio de la batalla, al quedar herido le confundieron con un republicano y le llevaron allí, figúrate, ¡a su misma casa!

—Es increíble, desde luego —opinó Bob sin poder evitar mirar a Pablo de reojo. Se había sonrojado.

Bob intuyó que José Manuel debía haber sido espía. Descartado totalmente que el hermano de Pablo hubiera luchado con los republicanos, era extremadamente sospechoso que este vacilase sobre su puesto en la Guerra Civil; además, lo habían confundido con un republicano en el momento inicial de la batalla, cuando los ejércitos aún no habían entablado combate cuerpo a cuerpo. Para el inglés aquella era la mejor noticia posible.

—Mañana tengo que ir a Gijón a mediodía. ¿Es posible? —preguntó.

—Oh, por supuesto —respondió la duquesa sonriente, sumamente complacida con la petición—, tenemos un magnífico coche. Le llevará José... o yo misma, si puedo, que también soy una excelente conductora.

Al día siguiente a mediodía, Bob salvó su vida al conseguir que fuera el fiel guardés de la duquesa de Riosgrandes y no ella misma la que le acompañara a Gijón. Allí, recordó la dirección que la persona que le había recogido en la playa le había dado y buscó el Gran Hotel Asturias. Cuando lo encontró, resolvió que aquel nombre pomposo no le hacía justicia, pues resultaba más un hostal grande que un hotel. A un lado, una fila de hombres de aspecto triste hacia cola para entrar en el establecimiento. Conforme a las indicaciones de su enlace, esperó pacientemente a entrar sin saber bien qué esperaba aquella gente y sin preguntar tampoco, pues sus movimientos debían pasar desapercibidos.

Dentro encontró la respuesta a sus preguntas. Al parecer, los dueños del hotel daban de comer a diario a los más desfavorecidos por la cruel posguerra. Gente que lo había perdido todo y aún no había hallado la forma de recuperarse para no morir de hambre. Sin querer, el espíritu del lugar provocó que, a pesar de su sencillez, viera belleza en él. El mundo habría sido diferente de contar con más gente como los propietarios del Gran Hotel Asturias. Ningún otro nombre sería más adecuado, pues.

Una vez dentro, abandonó la cola y acudió a recepción, donde de nuevo siguió instrucciones y preguntó por el señor Ceballos. El conserje abrió los ojos al escuchar el nombre, dudó recordando qué debía hacer y luego le comunicó que tal señor no estaba allí.

Bob se sentó en la cafetería y esperó. A los pocos minutos, sin que la pidiera, un camarero le dejó una copa de vino y la llave de una habitación sobre la mesa. Cogió la llave y subió dos pisos hasta la número 23, a la que entró. Una habitación sencilla pero con olor a limpio. Una cama de matrimonio con una pequeña mesilla delante. Las cortinas corridas filtraban la luz gris del norte. Sobre la silla, un hombre feo, bajito, con poco pelo

peinado intentando infructuosamente tapar su calva, y vestido con un traje barato. Se levantó al verle, le dio la mano y, sin presentarse fue directo al grano. Por su acento supo que era escocés.

—Tendrá que esperar dos semanas. El punto de recogida será el mismo al que llegó. Si en la curva antes de la playa ve un coche rojo aparcado, siga camino y aléjese de allí y...

—Vengo por otra razón —lo interrumpió Bob—, creo que puedo haber encontrado un posible agente español. Un importante empresario en tratos con Alemania. Creo que antinazi. Necesito autorización para sondearle, si Inteligencia cree que puede ser de utilidad.

—No está entre sus funciones.

—Lo sé. Pero he visto la oportunidad y creo que debemos aprovecharla.

El hombre pareció dudar unos segundos.

—Cuénteme todo lo que sepa. Transmitiré la información hoy mismo.

Bob explicó todo lo que sabía de José Manuel Bultó, su origen, ocupación, su probable función durante la guerra, sus tratos comerciales, edad aproximada, estado civil... A medida que desgranaba aquellos datos, se daba cuenta de que el catalán podría, sin duda, ser de ayuda al bando aliado. Seguramente dependería de que el mando del MI6 tuviera alguna operación concreta en la que encajara. En cualquier caso, la última palabra la tenía José Manuel y quizás rechazara de plano la idea, aunque, por alguna razón, Bob pensaba que no lo haría.

Por la tarde habló con sus abogados en Inglaterra y dio todos los detalles para formar la sociedad que debía negar el wolframio de La Recuesta a los nazis. Por parte de los españoles, la duquesa también apremió a su abogado para que organizara lo necesario. Luego esperaron.

Al tercer día, el abogado de Ana Argüelles llamó a la puerta de la casona con toda la documentación bajo el brazo. Desde el primer instante, su propietaria se encargó de hacerle saber que la tardanza le parecía inadmisible.

—Bueno, bueno, me alegro de que entre la firma del tratado de Brest-Litovsk, el de Versalles, el de Utrecht y el de Tordesillas, haya encontrado tiempo para esta humilde duquesa —dijo seria.

—Señora duquesa, lamento el retraso, pero tiene que comprender que...

—Lo comprendo, lo comprendo, Romualdo, ¡cómo no! Quién soy yo para merecer su atención. Una pobre anciana con una sola grandeza de España y un título de menos de cuatro siglos. Lo comprendo, créame que lo hago. A las campesinas ya no nos hace caso nadie. Y así vamos.

Inés los encontró en plena discusión, con su abuela visiblemente irritada y el abogado persiguiéndola hasta donde se iban a reunir. Como hizo con los funcionarios que habían aparecido hacía semanas para inspeccionar la mina, se ocupó de que el letrado se sentara en la silla a la que habían cortado las patas, de forma que el apurado Romualdo tuvo que erguirse mucho y, aún así, el sobre de la mesa le quedaba justo por debajo de las axilas.

Bob, Inés y Pablo ocuparon sus asientos procurando no reír ante la sútil venganza que la dueña de la casa había previsto para aquel hombre.

Sacó el documento y lo leyó en voz alta. Como siempre que escuchaba, la duquesa entornó la mirada y adoptó una posición algo aviar.

En varios momentos alzó la mano para que Romualdo se detuviera y volviera sobre algún punto. Lo que menos le gustó fue el nombre de la nueva empresa angloespañola: RESINA Limited.

—¿RESINA Limited? ¿Qué clase de nombre es ese? —preguntó.

—Es el que propuso el señor Asprey, excelencia —respondió el abogado.

—¿Resina? Me lo va a tener que explicar. No me gusta. Había pensado ponerle el nombre de un árbol, o de uno de los montes de por aquí. Algo español y asturiano. Pero Resina... La resina es pegajosa..., no me gustan las cosas pegajosas.

Bob se acercó a la duquesa y le susurró al oído:

—RESINA son las siglas de Recuesta Sin Nazis, señora duquesa.

Una amplia sonrisa apareció en la cara de Ana Argüelles.

—Rectifico. Me gusta muchísimo ese nombre. Suena empresarial y próspero. Es más, ME ENCANTA ese nombre —dijo cogiendo la pluma—.

¿Dónde hay que firmar?

Así nació Resina Ltd., empresa angloespañola dedicada a las materias primas que debería salvar La Recuesta y apoyar al bando aliado al mantener el wolframio de la mina lejos de los nazis. La duquesa de Riosgrandes, heredera de una larga estirpe de terratenientes que jamás había trabajado, se sintió de pronto empresaria y, para su sorpresa, le encantó.

A la hora de la siesta, cuando todos se habían acostado, Bob aprovechó para pasear por el jardín. Pasaba por delante de la casita de los guardeses cuando la misma mujer que le había recibido hacía días salió agitando un sobre.

—¡Eh! ¡Señor! ¡Eh! —La seguía la oca de gran tamaño que ya conocía.

Bob se detuvo.

—Eh, señor. Ha llegado esto para usted. Quería subírselo ahora, pero me ha ahorrado el viaje. Lo ha traído un señor feísimo esta mañana.

El inglés sonrió.

—¿Feo, eh? —dijo queriendo estirar la lengua a aquella particular vigilanta.

—Como un demonio. Margarita le ha querido morder en cuanto lo ha visto —dijo muy seria al tiempo que le daba el sobre—. No estamos acostumbrados a gente tan fea en esta casa. A la señora duquesa le pone nerviosa la gente así, igual que a Margarita.

—No creo que lo vuelva a ver.

—Eso espero. Hala, me vuelvo a la casa —dijo ella sin querer extenderse más. La oca se fue tras ella.

Bob abrió el sobre. El mensaje era breve pero claro: «Aprobado plan.

Vaya a Barcelona. Espere enlace».

Parecía que, al fin y al cabo, su estancia en España se alargaría.

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