La voz de los valientes
Capítulo 42
La nieve se batía en retirada en Baviera, incapaz de hacer frente a las lluvias que aquel final de marzo caían sobre la zona. En el castillo de Fallstein se vivía un paréntesis respecto a la tensión de los meses anteriores. La estancia del mayor Bergen había resultado más que peligrosa y aún se sorprendían de que el desenlace hubiera sido tan perfecto. Había descubierto a la asesina de nazis que era Hilda y, de haber aguzado el ojo aún más, fácilmente podría haber descubierto también que ella y Bruno, incluso (en menor medida) el caballerizo Amsel, estaban implicados en una ruta de escape para perseguidos del Reich.
Hilda había aprendido a disfrutar de los pequeños momentos. A separar las buenas horas de las malas, a que la guerra y su situación no lo contaminase todo. Era un ejercicio difícil, pero a menudo lo conseguía. Su total entrega a Ernst continuaba y el crío también ansiaba cada instante con su madre adoptiva, que permanecía firme en su decisión de devolverlo a su familia y seguía sin dejar que la llamara mamá, aunque le costara no sentirse como tal. La tarde se había alargado en el patio de caballos, donde el pequeño jugaba con los hijos de Bruno Lippe, que seguía en el bosque.
Habían hecho una suerte de cabaña con balas de paja y se refugiaban dentro metiéndose por una abertura pequeña. Hilda habría entrado con dificultad y Bruno jamás lo habría logrado. Dos días antes había llegado una carta. La foto mostraba el bonito castillo de Eltz, que se parecía mucho al suyo. La leyó interpretando el código que «El hombre lápiz» le había enseñado: Querida amiga.
Recibí tu bonito mensaje y me alegro mucho de que te gustara la ópera.
«Recibí —pensó Hilda—, así que el anterior grupo llegó al siguiente punto».
Estos días ansío la primavera, pero creo que aún tendré que esperar seis semanas por lo menos para poder salir al jardín.
«Seis —volvió a apuntar—. El siguiente grupo será de seis personas».
Desde entonces, cada mañana, Bruno se apostaba en un altozano del bosque desde el que se veía el camino por el que llegaban los refugiados y esperaba a que un grupo de seis personas apareciera en la distancia. Por la tarde, cuando anochecía, volvía al castillo.
Allí encontró a Hilda una tarde más. Estaba agotado, pero la presencia de aquella mujer le alegró como siempre. Ella también sonrió al verle.
—¿Nada?
—Nada —confirmó él.
—He pedido que le dejen un buen estofado en el fuego. También algunos embutidos. Han hecho pan esta tarde, así que también le han dejado una hogaza y algo de queso.
—Es usted muy amable.
—Todo lo contrario, siento no poder ayudarlo más —dijo ella.
—Usted es la artífice de todo. Nada sería posible sin usted —dijo bajando la voz, pues nunca se sabía quién estaría escuchando.
—Me gustaría comentar todos los... preparativos —susurró Hilda.
—Venga a mi casa. Desensillaré el caballo y me reuniré con usted enseguida. —Miró a los niños y con voz grave les ordenó—: A cenar.
Todos. —En el acto sus hijos salieron de la cabaña de paja y subieron las escaleras de la casa, situada justo encima de la vaquería, de forma que le daba calor (y algo de olor también). Ella los siguió.
La casa de Bruno olía a vaca, sí, pero también a paja, a madera, a chimenea y a comida. «A hogar», pensó Hilda, mientras colocaba los platos en la mesa y levantaba la tapa del estofado que borboteaba en la olla sobre el fuego. Todo era una unidad. Las camas pegadas a la pared, el pequeño sillón que debía de haber sido descartado de alguna de las habitaciones del castillo, la cocina con su mesa tocinera, llena de cortes y desgastes. Carecía de cualquier sofisticación y lujo, y quizás por eso resultaba tan acogedora, envuelta en labores de costura tirolesas con figuras infantiles, abetos y corazones de punto de cruz. Se sentó y sirvió estofado a los niños. Luego puso a Ernst sobre su regazo y, tras comprobar que no quemara, le dio un
poco de sopa, cucharada a cucharada. Estaban en silencio, cenando, mientras ella observaba la escena cuando Bruno entró. Pareció sorprenderse un poco al verla tan integrada en el entorno, pero enseguida él mismo se sirvió un plato y le puso otro a ella.
Tomó una gran cucharada y, sin apartar la mirada del cuenco, no pudo evitar comentar:
—Qué rico está —dijo antes de meterse otra cucharada en la boca haciendo un poco de ruido al sorber.
—Tiene un aspecto excelente. Tenemos un buen cocinero —opinó ella.
Él la miró.
—Pues coma usted también. Debe de estar cansada. Debe de tener hambre. Coma lo que guste, hay más.
Hilda cogió la cuchara. Estaba en un lugar que no le correspondía, comiendo con un caballerizo en su casa encima de la vaquería y oyendo expresiones prohibidas por su educación, como «hay más», que a sus padres les parecía muy vulgar por ser una obviedad, o «está rico», que era otra cosa que en la mesa de los Sagnier resultaba obvia; oyendo cómo Bruno sorbía rodeado de tres niños que comían en su misma mesa, cuando en el castillo (o en la casa de sus padres) jamás lo hubieran hecho hasta los catorce, y, sin embargo, hacía tiempo que no se sentía tan cómoda. Le dio vértigo pensar desde hacía cuánto. Hacía años que comía en el comedor principal o el pequeño del castillo, rodeada de lacayos, de cuadros enormes y arañas de cristal, con cubiertos de plata, platos de porcelana de Meissen, y en compañía de su marido, un conde alemán vestido de frac, pero aquella escena, que su madre hubiera aborrecido, era sin duda mucho más agradable que las que le habían planeado desde niña. Despertó de su ensoñación al oír una risa infantil e intentó que lo absurdo del enorme placer que sentía no fuera demasiado evidente. Su mirada se cruzó con la de Bruno, que sonrió, quizás comprendiendo.
—¿Está rico o no? —preguntó señalando con la cuchara su cuenco.
—Riquísimo —respondió ella— y además hay mucho más —dijo devolviéndole la sonrisa.
A la mañana siguiente estaba dándole el desayuno a Ernst cuando le llevaron la prensa. Intentaba no mezclar el amor al niño con el odio a las noticias de la guerra. Desde hacía días, los bombardeos de la Royal Air Force se habían intensificado sobre Alemania y ella, aunque deseaba que la guerra acabase, no podía evitar preocuparse por la vida de todos sus compatriotas de adopción, que supuso estarían abriendo los ojos a los horrores que el conflicto podía causarles. Los aliados habían bombardeado repetidamente la zona de Essen, muy industrial, donde amigos de su marido, como los Krupp, tenían sus empresas, implicadas de lleno en el esfuerzo de guerra. También habían caído bombas sobre Colonia, un poco más al sur. Toda la cuenca del Rin parecía un objetivo claro de los aliados y, no obstante, aquel día el periódico traía noticias del peor bombardeo del que había leído hasta la fecha, uno descaradamente dirigido a la población civil.
Lübeck, al norte de Hamburgo, con alrededor de 150.000 habitantes, había sido arrasada por más de doscientos aviones. Los testigos hablaban de una oleada de bombas explosivas que habían destruido tejados y paredes, y habían hecho imposible el tránsito para los bomberos, que tuvieron muchas dificultades para apagar el fuego desatado por una segunda oleada de bombas, esta vez incendiarias, que habían caído dentro de las casas. Hilda no quiso ni imaginar el infierno que habrían sufrido los habitantes de la ciudad. El odio solo genera odio, y temió que los ataques indiscriminados a la población civil aliada fueran vengados en suelo alemán. Miró al pequeño Ernst, que la observaba callado, y le acarició la cabeza, decidida a que no viviera nada de todo lo que estaba por llegar al Reich de los mil años.
Llamó a una doncella para que se lo llevara y volvió a leer la sucesión de malas noticias escritas, negro sobre blanco, hasta que le anunciaron que Bruno Lippe la esperaba en el patio con su caballo ensillado. «Así que ya están aquí», se dijo. Finalmente los refugiados que esperaban habían llegado a Fallstein.
Se encontró con el caballerizo en el patio y, como habían hecho en otras ocasiones, montaron sobre sendos caballos para acudir a la cabaña de cazadores, adonde ya estaría llegando el grupo de seis personas del que el hombre lápiz había informado. Días antes, Amsel y Bruno habían llevado víveres y organizado a guardas, cazadores y leñadores para que nadie
tuviera necesidad de pasar por aquella zona durante unos días. Se habían propuesto que nadie los descubriera y eran meticulosos hasta el extremo para que así fuera. Cerca de la cabaña encontraron al grupo, guiado por un hombre al que ya habían visto en otras ocasiones. Personas que arriesgaban sus vidas sin descanso para ayudar a los demás. La guerra también tenía muchas de esas, se decía a menudo Hilda.
Al verlos, tal y como estaba establecido, el guía recitó la contraseña, un verso par del Chant des partisans. Tras ello los siguieron al refugio.
Hilda los observó. Eran cuatro jóvenes y un hombre del que no se separaba un gran perro. Tanto el can como su dueño se revestían de una dignidad diferente a la de los demás. Estaban delgados, pero caminaban erguidos y, aunque su cuerpo se mostraba apaleado por las circunstancias, hubiera jurado que ninguno había pasado un día de hambre antes de la guerra.
Tenían la consigna de no hablar demasiado con ninguno, de explicar dónde estaban las cosas en el refugio, preguntar a los refugiados si necesitaban algo más (muchos solicitaban algún tipo de vendaje, medicamento y a veces algo de ropa) e informar de que al día siguiente debían partir. Ni Amsel ni Bruno ni Hilda se presentaban jamás por su nombre y lo mismo hacían los que acogían; sin embargo, cuando ya habían mostrado al grupo la cabaña, el hombre con el perro se acercó a ella.
—Buenos días —le dijo mientras dudaba si estrecharle la mano.
Hilda se la tendió. Él la besó.
—Buenos días —dijo ella ya completamente segura de que hablaba con alguien de clase alta.
—Necesito su ayuda.
—Ya la tiene.
—Lo sé, y se lo agradezco muchísimo, pero aún necesito dos cosas más. Una es fácil, solo hay que escuchar; la otra la he pedido en cada una de las paradas que he realizado y nadie ha podido dármela.
—Entonces probablemente yo tampoco pueda —dijo ella temiendo parecer seca. A veces lo era, cosa que detestaba y achacaba a la desconfianza que le generaba la guerra.
—Tengo mujer e hijos. Están en España. No sé cuánto tardaré en llegar allí, pero necesito que sepan que estoy vivo. Están solos y temo que si no me esperan, no los vuelva a ver nunca. También temo que, pierdan la fe y la esperanza si no comprenden que voy hacia ellos.
—Yo soy española —dijo ella. Bruno la oyó y se acercó.
—No diga nada. Estese callada —le dijo severo.
—Lo soy —repitió ella mirando al desconocido a los ojos. Él los abrió al tiempo que se le humedecían. Quizás finalmente alguien pudiera informar a los suyos.
—He conocido a muchos españoles allá de donde vengo —dijo intentando no emocionarse—. Gente de la que deberían saber. Esa es mi segunda petición, y es más fácil. Quiero que se sepa lo que los nazis están haciendo con personas como yo.
Hilda miró al hombre de arriba abajo, delgado, cansado y con un deseo tan lógico y generoso. Bruno supo lo que estaba pensando y con la cabeza negó pidiéndole por favor que se contuviera. A la vez, el perro, un gran boyero suizo, frotaba la cabeza contra la pierna de su amo. Hilda no pudo evitar enternecerse y, por alguna razón, supo que no se estaba equivocando y que estaba frente a una buena persona.
—Venga conmigo —le dijo sin pensarlo más.
—¡No! —exclamó Bruno.
—Desde luego que sí —dijo ella cogiendo al desconocido del brazo y llevándolo hacia la puerta.
Salieron del refugio y anduvieron un poco hasta un pequeño claro en el bosque en el que, como setas, emergían algunas grandes rocas grises y redondeadas. Hilda se apoyó en una y su interlocutor se sentó sobre la que tenía justo en frente, a escaso metro y medio.
Y August Wiesner le explicó, paso a paso, todo lo que le había acaecido durante aquellos años aciagos. La venta obligada de su castillo. Su fuga desde París. Su intento de entrada en España.
La detallada explicación de su internamiento en Mauthausen hizo que Hilda no pudiera contener las lágrimas, que se indignara con los trabajos forzados, con el maltrato a cada uno de los grupos de hombres que retenían
allí. Republicanos, gitanos, homosexuales... y judíos como el que tenía en frente. «Siempre judíos», pensó renovando sus planes de venganza y muerte para los nazis.
Después August le contó su fuga. Primero a Linz, donde estuvo casi un mes viviendo en un bosque cercano, a la espera de que su pelo rapado no lo delatara. Refugiado en una cueva, sobrevivió calentado por su fiel boyero, por las mantas que robaba de noche y por algún fuego cuando sentía que su sangre se estaba helando. Luego fue de pueblo en pueblo, con apariencia de campesino tirolés, ofreciendo su ayuda en algunas granjas a cambio de un lugar para dormir y algo de comer. Gran parte de los hombres estaba en el frente, así que muchas granjas necesitaban ayuda para las labores que estos desatendían. Nadie había desconfiado de él. Sabía pasar una guadaña y llevar a los bueyes de un lado a otro, y su perro era una gran ayuda. Le había puesto de nombre Dublone y el can lo había aceptado encantado. Era la denominación de una antigua moneda de España, el país al que se dirigía, y como cuando uno encuentra una moneda, pensó que Dublone le había traído suerte: había podido cuidarlo, pese a sus temores de no poder hacerlo, y no solo eso, sino que el perro también cuidaba de él. Le daba calor, era un complemento perfecto a su disfraz y el mejor de los perros boyeros.
Además, fue Dublone el que encontró al grupo de fugitivos del que desde entonces formaba parte. Se habían refugiado en un gran pajar apartado perteneciente a una granja abandonada y cerrada a cal y canto. Los pajares eran sus escondites favoritos. Tenían diferentes entradas por las que escapar llegado el caso, espacio seco para proteger la paja de la humedad y, sin ser una casa, podían ser bastante confortables para dos seres endurecidos por la vida. Cubiertos de mantas y de paja, cuando no le acogían, en un pajar podían dormir sin temor a que el frío los llevara a él y a su perro a la muerte.
Cuando se acostaron, el silencio era total el clima alpino parecía haber congelado todo sonido y movimiento, igual que muchas otras noches en el campo. Pero a medianoche unos sonidos despertaron a Dublone, que levantó la cabeza gruñendo. August sabía hacerle callar. De no haber sabido, lo habría dejado en alguna de las granjas, pues ser descubierto
hubiera significado la muerte en muchas ocasiones. El perro calló y se quedó mirando fijamente una de las puertas del pajar. Oyó a alguien entrar en el recinto. Eran dos personas que se movían a oscuras y entre susurros, igual que él horas antes. No escuchó lo que decían. Le puso la mano sobre el ancho cráneo al perro, que estaba tenso y callado, detectando con su olfato y su instinto lo que los ojos de los humanos no podían ver. August deseó que la noche pasara pronto, pues la opción de revelar su presencia era peligrosa. No sabía si los que habían entrado eran una amenaza, así que no convenía arriesgar. Seguiría agazapado entre la paja, cubierto por ella, hasta estar seguro de que podía seguir su camino.
Entonces escuchó un camión llegar y pararse afuera. Enseguida, las puertas del edificio se entreabrieron con un crujido. Dos hombres más entraron acompañados por un tercero y cuando oyó lo que les decía, supo que estaba a salvo: hablaba en inglés.
Se trataba de cuatro pilotos abatidos cerca de Brno. Debían cruzar a territorio neutral para volver a Inglaterra y el hombre que se dirigía a ellos era el encargado de guiarlos. Sin dudarlo, se puso en pie con las manos en alto y se descubrió.
—Soy judío y he huido de Mauthausen —dijo en alemán, esperando que fuera suficiente. Inmediatamente, los hombres se dieron la vuelta hacia él apuntándole con una linterna y cuatro pistolas—. Intenté huir a España pero me atraparon. Llévenme con ustedes —pidió.
El jefe del grupo le miró y le dijo:
—Muéstrame tu brazo izquierdo.
August lo hizo, sabía por qué se lo pedían, qué era lo que querían ver.
Se arremangó la chaqueta y la camisa para mostrar su antebrazo izquierdo.
Allí donde llevaba tatuado su número de preso. La luz de la linterna le iluminó.
—Vendrás con nosotros, amigo. Ya has pasado suficiente tú solo —le dijo, conmovido, aquel hombre. Luego se acercó para abrazarlo. August tuvo que contenerse para no llorar como un niño. Ningún humano le había dado cariño desde hacía mucho tiempo.
Así había llegado a Fallstein, donde esperaba que atendiesen sus dos peticiones: la primera, que su familia fuera informada de que estaba vivo; la segunda, que la voz de lo que estaba pasando en los campos de concentración empezara a correr.
Se quedó en silencio unos segundos. Luego levantó la cabeza y miró a Hilda que, con los ojos enrojecidos, se secó las lágrimas con un pañuelo antes de poder hablarle.
—Haré lo que me pide y mucho más —dijo ella—, me vengaré. Había empezado algo y lo dejé, pero son noticias como las suyas las que me dan impulso para seguir con mi plan. Con mi venganza.
—No busco venganza —dijo August—, solo piedad. No quiero odio, quiero amor. También quiero, necesito, que se sepa lo que ocurre en Mauthausen y, seguro, en muchos otros campos.
—Esos nazis acabarán por llevarse su castigo —dijo Hilda llena de odio.
—Señora, no se puede iluminar la oscuridad con más oscuridad. La oscuridad se ilumina con luz. Sea luz, ya hay suficiente oscuridad en el mundo —le pidió August.
—Llega muy tarde para eso. Hace tiempo que el odio ocupa demasiado espacio en mí. Nunca fui así, pero me temo que ya no haya vuelta atrás. En cualquier caso, tengo manera de enviar noticias suyas a su familia, si es que siguen en España, así que eso delo por hecho.
August se acercó a ella y le cogió las manos. Estaba realmente emocionado.
—Señora, usted no sabe lo que eso significaría. Si mi familia sabe que estoy vivo, será como estar junto a ellos.
—Pues cuente con ello. Y llegue a España. Haga que la esperanza de los suyos valga la pena.
—Pero señora... Siempre vale la pena tener esperanza —sentenció August.
Escribió a Inés una carta codificada. Si la mujer e hijo de August habían cruzado la frontera por la Cerdaña, habida cuenta de que su prima estaba metida en una red de passeurs, no le sería difícil averiguar dónde estaban e informarlos de su suerte. Luego, sentada en su escritorio, miró el calendario, hizo una lista, planificó una fiesta y con impecable caligrafía escribió en tarjetones con el membrete de su familia las invitaciones.
Ninguno de los asistentes podría comentar la fiesta, pese a que Hilda pretendía que fuera histórica.
Dos semanas después, la carta de la condesa de Fallstein llegó al Pirineo.
Ave María †
30 Marzo 1942
Burg Fallstein
Baviera
Querida Inés:
¿Cómo estás? ¿Qué tal mi sobrino Ignacio? Por Baviera todo va estupendamente, tengo muchas ganas de que vengas a verme. Entretanto, he tenido una visita que me alegró mucho:
¿recuerdas al hermano de Sandra? Pues casualmente apareció por una de las calles contiguas a casa. Me pide, por favor, que si ves a su mujer, Athalia, le digas que llegó bien y regresará pronto. Pasaron unos días en Puigcerdá, pero él tuvo que volver. Me pareció que tenía muchas ganas de ver a su hijo, como también me alegró mucho saber que conocían a Magda. ¡Qué feliz coincidencia!
Aquí el clima empieza a mejorar, y en breve espero que podamos volver a pasear por el jardín y plantar los parterres. Este año los jardineros me han propuesto ampliar la rosaleda con una nueva clase que al parecer es formidable, pero yo sigo siendo devota de las rosas antiguas, así que la mitad de los parterres se plantaran con rosales Souvenir de la Malmaison, que dan una flor rosa pálido y chata que parece una peonía. Si las nuevas son bonitas, te mandaré un esqueje para que lo incorpores a la rosaleda de tu masía de San Antonio.
Ojalá ganemos la guerra pronto y pueda ir a verte, ya que de momento siento que mi lugar está aquí, en nuestro glorioso Reich.
Te mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos. Tu prima que te quiere, Hilda
Gräffin von Fallstein
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