La voz de los valientes
Capítulo 61
La Villa Roselande era una gran casa de cuatro pisos, fachada blanca, techo de pizarra y aspecto severo, como Pablo Bultó supuso que gustaba a la comunidad de los Hermanos de los Cristianos de Angoustrine-Villeneuve-des-Escaldes. Parecía un colegio, sus pasillos eran fríos y desnudos y las habitaciones poco más que cubículos con un crucifijo, escasa luz y camas carcelarias. Una parte se destinaba a sanatorio para la recuperación de hermanos tuberculosos. Los religiosos se movían por el edificio en un silencio sepulcral, haciendo caso omiso a la operación que apoyaban pero en la que solo unos pocos participaban. Rezaban para que el mundo mejorara y actuaban mientras el Todopoderoso se decidía a hacerlo. En una de las salas de la planta baja se había dispuesto todo lo necesario para la procesión, la cruz de guía, los ataúdes, incensarios, etcétera. También habían falsificado los papeles de cada uno de los que tenían que pasar por religiosos y habían realizado certificados de defunción para los que tenían que viajar en los ataúdes. Pablo estaba organizándolo todo con el hermano mayor, a quien había conocido en la ermita de Rigolisa hacía tan solo unos días. No había vuelto a la Torre de San Fernando desde entonces y se había integrado en la mayoría de labores cotidianas de la congregación, añadiendo a aquellas actividades la que le había llevado hasta allí.
Los pilotos canadienses habían llegado hacía solo un par de días y él les había explicado todo el plan, que repasaba a menudo con aquellos jóvenes, buenos para la acción y malos para la espera paciente. Un día antes de que el intento de cruzar la frontera tuviese lugar, llegó otro hombre acompañado de una mujer mayor y un enorme perro. El último en incorporarse fue el rabino de Perpiñán, que era el que tenía un aspecto más desmejorado. Sin decir nada, tanto él como todos los demás se alegraron de su mala imagen, cercana a la del muerto que debería interpretar.
Los cinco pilotos sanos resultaban los menos creíbles. Su mirada decidida, su juventud, su aspecto extranjero y su cuerpo fuerte rara vez se encontraba en una comunidad religiosa como aquella, de monjes austeros con pieles curtidas y manos secas y huesudas. La mujer mayor se llamaba Silvia y había llegado hasta allí gracias al empeño de August, el hombre que la acompañaba y que también la ayudó a meterse varias veces en el ataúd, con la tapa cerrada, y a la que aconsejó cerrar los ojos para acostumbrarse a la sensación angustiosa de estar allí metida. Ella, igual que el rabino Zolli y el piloto herido, simularían ser tres muertos por tuberculosis. Los maquillarían un poco para que mostraran un rostro cadavérico, pero esperaban que nadie abriera los ataúdes. Si lo hacían, debían quedarse muy quietos y encomendarse al miedo que producía la enfermedad para que no les tomaran el pulso. Ni Silvia ni el rabino pusieron problema alguno, a pesar de que a ambos aquel viaje les iba a resultar eterno.
El mismo día de la operación les cortaron el pelo de la coronilla a todos, lo que provocó hilaridad incluso cuando la misión a la que se enfrentaban era peligrosa. Con ello y los hábitos el aspecto del grupo mejoró. Varios hermanos de avanzada edad acabaron de rematar la estampa.
El rabino, Silvia y el piloto herido se recostaron en los ataúdes. Antes de cerrarlos, uno de los hermanos les puso algo a cada uno debajo de la nariz, luego, entre los encajes que cubrían el interior de los cofres, colocó varias bolsitas. Antes de que pudieran decir nada, cerraron la tapa, modificada con unos pequeños agujeros entre el crucifijo y la madera para que pudieran respirar. Luego todo el mundo se colocó en el lugar que le había sido asignado.
Portando la cruz de guía, el hermano mayor era el destinado a conducirlos al otro lado. Conocía el camino y era una cara familiar para los guardias fronterizos franceses y españoles. Tras él, otro hermano llevaría el incensario. Detrás, dieciocho hombres entre monjes auténticos, pilotos, Pablo y August llevarían los ataúdes, uno tras otro. Cerraría la procesión el segundo capellán, al que acompañaría Doblone, el formidable perro de
August, más educado que todos y más sereno que la mayoría. Antes de salir ensayaron varias veces dos cánticos sencillos que repetirían durante toda la procesión. Luego se pusieron en marcha.
La ruta hasta Llivia salía del pueblo rápidamente y transcurría por un camino entre prados que atravesaba el río Angoustrine. No había casas alrededor y los campos, que años atrás habían visto a muchas vacas pastar, estaban abandonados y sin labrar. Los franceses vivían racionados y las vacas no eran para ellos, sino para los alemanes. Aquella tierra verde y fértil no producía nada mientras las bombas horadaban la tierra y la gente abandonaba sus casas para luchar.
Nadie prestó demasiada atención a aquello a lo que ya estaban acostumbrados, centrados en el horizonte, en el que el campanario de la iglesia de Llivia, cercano y prometedor, era el destino a alcanzar. No salían de su papel ni siquiera en aquellos parajes, en los que estaban seguros de estar solos. Todos entonaban los mismos himnos, solemnemente, mientras se acercaban rápidamente a la frontera. Tenían ya a la vista la barrera fronteriza cuando un grupo de cuatro policías y un hombre sin uniforme les dieron el alto. Uno reconoció al hermano mayor; junto a él, el que no llevaba uniforme avanzó hasta ponerse frente a ellos y parar la procesión.
Enseguida supieron que era el que llevaba la voz cantante. Les habló en francés con mucho acento alemán.
—¿A dónde se dirigen? —preguntó al aire, sin mirar a ninguno en concreto, moviéndose alrededor del grupo. Pablo le reconoció de inmediato, era Gustav Wagner.
El hermano mayor respondió:
—Somos de la comunidad religiosa de los Hermanos de los Cristianos.
Traemos a tres fallecidos por tuberculosis que tristemente no pudimos curar en nuestro sanatorio. Dos hombres y una mujer. No pudieron superarlo.
—Los hermanos tienen el cementerio en Llivia —apuntó uno de los policías.
—No en Angoustrine-Villeneuve-des-Escaldes —recalcó el alemán.
—No, sargento Wagner —confirmó el policía.
—Eso es muy conveniente. Pueden cruzar la frontera cuando deseen
—opinó Wagner.
—Preferiríamos no tener que hacerlo. En la mayoría de los casos es para enterrar a fallecidos. Son ocasiones muy tristes —intervino el hermano mayor.
—Ya —dijo el alemán.
Miró al fraile a la cara. Luego esquivó su mirada y la posó sobre el que iba tras él, con capucha y mirada perdida al frente. Le observó unos segundos creyendo ver algo familiar en aquellos rasgos, aquella frente despejada, esos ojos azules. Escrutó un poco más sus facciones sin ver nerviosismo en ellas, sin observar ninguna emoción cercana al miedo que él provocaba siempre. Giró la cabeza. Ya no miraba a los que estaban de pie.
Su vista se detuvo en los ataúdes.
—Bájenlos —dijo muy serio.
—Pero... —quiso quejarse el hermano mayor.
—¡Que los bajen! —repitió.
Los pilotos canadienses y August se miraron de reojo. Pablo bajó la cara. Con la barba y algo de pelo a los lados de su frente despejada parecía otro, pero Wagner sabía encontrar lo que buscaba si se fijaba bien; por suerte, no le había reconocido. Estaban a tan solo unos metros de la frontera y eran bastantes, quizás suficientes para reducir a aquel grupo de cuatro policías y el alemán, aunque fueran armados, pero condenarían para siempre una ruta que debían utilizar otros fugitivos; debían pensar en los demás. Mientras lo valoraban, bajaron cuidadosamente los ataúdes al suelo.
Sus ocupantes tenían que haberlo oído. Todos desearon que pudieran quedarse quietos.
—Ábranlos —ordenó Wagner mirando fijamente a August.
Las facciones angulosas del checoslovaco, derivadas de meses de penurias, le resultaron muy propias de un religioso de vida austera, pero también había algo en ellas que le parecía familiar. Descartó la idea. Todo le parecía familiar y confuso aquel día. No hizo falta que repitiera la orden, aunque el hermano mayor intentó algo más.
—Sargento, han muerto por tuberculosis. Es extremadamente contagiosa. No le recomiendo que se acerque demasiado.
—Eso lo decidiré yo —dijo el alemán.
Se puso junto al primer ataúd, el que transportaba a Silvia, y se inclinó para observar a quienquiera que estuviera dentro. Uno de los religiosos abrió la tapa. No se había visto aún la cara de Silvia cuando un olor espantoso llegó a la nariz de los que estaban cerca. Wagner se apartó rápidamente, asqueado.
—Ese olor es...
—Olor a muerto, sargento.
—¡Ciérrelo inmediatamente! —gritó mirando fugazmente de reojo, ya de pie, a la cara encerada de una mujer de avanzada edad.
—¿Desea ver los otros cadáveres, señor? —preguntó un policía.
—No, por Dios, no. Vámonos de aquí. Tengo ganas de vomitar —dijo dándose la vuelta—. Quiero la lista completa y que se revisen los papeles de todos. Se me ha revuelto el estómago con ese hedor.
El policía de mayor graduación acompañó al sargento Wagner al coche. El más joven revisó fugazmente los papeles sin fijarse en las fotografías, sin prestar ninguna atención, sin sospechar que nueve personas estaban a las puertas de la libertad. Dos policías franceses levantaron la valla de entrada a España.
Atravesando el pueblo, anduvieron emocionados pero contenidos hasta la residencia de los hermanos. En cuanto se oyó la puerta cerrarse tras ellos, estalló el júbilo. Rápidamente abrieron los ataúdes, en los que uno de los hermanos había metido varios filetes de pollo podrido, de un olor tan fétido como oportuno. August se abrazó a Silvia. Ambos no pudieron evitar llorar de emoción. Lo habían logrado.
Pese a la intensidad del momento, el checo no había olvidado su misión, aquella que debía realizar nada más pisar suelo español. Se acercó al hermano mayor y hablaron unos minutos antes de que le señalara a Pablo. Luego se aproximó a él.
—¿Podemos hablar? —le dijo en francés.
—Por supuesto —contestó Pablo.
Se sentaron aparte y brevemente August transmitió el mensaje sin añadir ni quitar nada. Pablo supo que aquel descubrimiento era vital.
También dedujo que venía de alguien que no podía transmitirlo por las vías que utilizaban normalmente los espías y usaba aquella, inusual. Se lo
entregaban a él porque estaba destinado a Inés. Hilda se lo enviaba a través de la ruta que pasaba por su castillo a Inés. Era de máxima importancia que Bob Asprey, el único espía aliado que conocían a ese lado de la frontera, recibiera el mensaje cuanto antes.
Aún asimilando la información, tomo consciencia de lo que subyacía.
¿Por qué no había vuelto José Manuel a España para transmitir él mismo la información?
Bob había acabado de empaquetar sus cosas. Había quitado los micrófonos, llevado las grabadoras a Gijón y desmantelado la cisterna subterránea que tan buen escondite había probado ser. Los alemanes se habían ido dos días antes, pero él no había abandonado su papel de jardinero sordomudo aún.
Las paredes hablaban y los curiosos lo hacían también. No convenía que nadie supiera nunca, o por lo menos hasta acabada la guerra, lo que había sucedido en La Recuesta. La mina, el wolframio, los alemanes y las escuchas. Aquel submarino cargado de bombas que nunca llegaría a su destino. Todo debía ser secreto si no querían comprometer a los participantes o la misma guerra.
Se acercó a la puerta de la casona con el viento frío acariciándole la nuca y moviendo las ramas de los cedros como en un vals, oyendo sus pisadas sobre la grava mojada. En la entrada pidió con un gesto que la duquesa le recibiera. Le llevaron junto a ella, que esperaba en la barroca antecámara de su habitación.
—He acabado mi trabajo aquí. Le agradezco mucho su colaboración, su hospitalidad y su discreción.
—No he dado nada que no tuviera, querido amigo —sonrió ella—. Soy colaboradora con las buenas causas, hospitalaria con las buenas personas y discreta con los buenos secretos. Me pidió cosas fáciles. Tan solo lamento que no resultara todo como esperaba.
—Yo también. Hemos invertido mucho tiempo y nos hemos equivocado.
—Solo los que actúan se equivocan, señor Asprey. Son los que se quedan sentados en el sofá los que no lo hacen. La próxima vez tendrá mejor suerte, estoy segura.
—Ojalá. Y ojalá en otros lugares hayan tenido más tino. Esta guerra debe acabar de una vez.
—Tienen que ganar.
—Sí.
—Ya han perdido suficiente. Ya ha perdido todo el mundo demasiado.
—Tiene toda la razón. Partiré esta tarde. Espero verla en otra ocasión.
Una más desenfadada.
—Estoy segura de que lo haremos. Escriba de vez en cuando. No soy tan guapa como mi sobrina, pero puedo ser tan amiga suya como ella.
Él rio ante la ocurrencia. Le cogió la mano y se la besó. Volvió a su espacio, comió algo y sin más dilación cargó su bicicleta para volver a Gijón. Desde allí organizarían su vuelta a Inglaterra. Estaba bajando la cuesta hasta la verja de entrada cuando vio a la portera abrirla quejosamente. Desde que muchos meses antes se la había abierto a él, siempre había visto a la mujer tan malhumorada como la oca que la seguía a todas partes. Eran una pareja curiosa. La vio saludar con la mano y acercarse unos segundos a la ventanilla de un coche. Luego el auto avanzó en dirección a la casa y hasta donde él esperaba. Era Pablo Bultó. En cuanto estuvo a su lado paró el vehículo en medio del camino y salió del coche.
—Gracias a Dios —dijo mientras le estrechaba la mano—, pensé que quizás ya no estarías aquí.
Bob no habló. Dentro de aquella finca él era sordomudo. Pablo comprendió su indiscreción y, decidido, le cogió del brazo para llevarlo dentro del granero. El inglés supo que algo importante había sucedido.
—La han encontrado —le dijo, directo, Pablo—, está en una isla delante del pueblo de Akrehamn, en la costa de noruega, se llama Spaansholmane. José Manuel la vio in situ. Tiene una lanzadera de cohetes y un muelle para submarinos. La instalación es indetectable desde el aire.
Allí es donde va el wolframio. Allí está la base secreta.
—Pero... eso es...
—Sí, es formidable —lo interrumpió Pablo.
—¿Cómo..? ¿Quién...?
—El mensaje ha llegado por una de las rutas de escape de los refugiados. No tengo duda de que sea cierta. Es la ruta que pasa por el castillo de Fallstein, donde vive la prima de Inés. Hilda Fallstein recibiría la noticia de José Manuel.
—Parece lógico. Pero....
—No tengo más información, pero debes actuar de inmediato.
—No te haces una idea de lo importante que es esto, Pablo. En una de las últimas escuchas en la casita del jardinero los alemanes celebraban estar a punto de conseguir un arma definitiva. Esa arma está en la base que tu hermano ha descubierto. Seguro.
—Pues ya sabes qué hacer.
—No te preocupes. No creo que esa isla vea el amanecer de pasado mañana.
—La isla ha aparecido —dijo cambiando a un tono pesimista—, pero, como ya has de saber, mi hermano se ha esfumado. Tienes que averiguar qué ha pasado.
—Su enlace fue capturado y no sabemos nada de él desde hace más de medio año..., pero eso no es necesariamente una mala noticia. Te informaré de lo que averigüe. Tienes que estar muy orgulloso de lo que ha hecho José Manuel. Es un héroe.
—Héroe suena mucho mejor que mártir —dijo Pablo angustiado.
—Sin duda. Pero si no sabemos de él, probablemente será porque no lo sea. Los muertos hacen más ruido que los desaparecidos y tu hermano ya ha demostrado sus aptitudes para el escapismo.
Pablo sonrió levemente.
—Él encontró tu base. Encuéntralo tú a él.
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