La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 6 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 4

August levantó la mirada al salir de aquel vagón de mercancías atestado de gente y de olor irrespirable. Cumplían cuatro días hacinados, obligados a hacer sus necesidades en un cubo de un rincón, sin comer y bebiendo de un barreño de agua sucia y caliente que se había acabado hacía dos días. No cabía imaginación para tanta crueldad y, sin embargo, lo peor estaba por llegar.

Había sido sometido a un interrogatorio exhaustivo toda la semana anterior. Un interrogatorio en el que se alternaban voces hipócritamente amables, que le aseguraban una salida airosa de aquel sótano oscuro y frío, con torturas de todo tipo para que hablara. Querían su dinero, que les dio rápidamente, indicando dónde estaba y facilitando que lo pudiesen extraer de los bancos. Luego quisieron sus fórmulas, proveedores, cuentas de resultados, clientes... Todo lo que incumbía al negocio que le había hecho rico en Checoslovaquia y todo el conocimiento que había heredado en la fabricación de cementos, yesos, vigas, ladrillos. También lo dio sin esfuerzo. El problema vino cuando le preguntaron por su vía de escape, por cómo había llegado hasta Francia y cómo había dado con el señor Dupuis, el colaboracionista que a la postre le había entregado. Dijo la verdad, pero solo la mitad, ya que obvió su paso por el Sanatorio des Escaldes y también su forma de salir de Checoslovaquia. También ocultó a todos los que le habían ayudado. Los GMR primero y los nazis más tarde supieron ver aquellas omisiones en sus ojos y aún cuando no estaban del todo seguros, le machacaron para que hablara sin siquiera preguntarle, sin saber qué debía contestar. Tras aplastarle todos los dedos, arrancarle las uñas, azotarle y apalearle, decidieron que aquel hombre no tenía mucho más que decir y le habían subido a un tren cuyo destino desconocía.

Nadie del vagón lo sabía, así que cuando las puertas se abrieron y los hicieron descender, ninguno supo dónde estaba exactamente aquel infierno.

Tampoco importaba demasiado. Estaba pensado para ser cruel, para humillarlos más aún de lo que ya estaban. Soldados con pastores alemanes furiosos los colocaron en filas a empujones, separando a los más débiles o viejos, que llevaron a otro lugar. A él y al resto los revisó unos segundos un médico antes de volverlos a empujar hacia otro lado, desnudarlos, ducharlos con agua helada, darles un uniforme a rayas que parecía usado y destinarlos a un barracón lleno de literas de varios pisos que ya estaba completamente lleno, por lo que se tuvo que acoplar en una de las camas con tres personas más. Todos parecían cadáveres y cada uno de sus huesos estaba a la vista bajo una piel que tan solo era un fino velo de carne. Se horrorizaron al ver lo que les esperaba.

Lo que más dolió al principio era la impotencia, la incomprensión..., no saber por qué era tratado tan mal por gente que no conocía de nada. A los pocos días, aquel sentimiento desapareció. Desde entonces lo único que le alimentó la moral fue el convencimiento de que debía ser más fuerte que sus opresores. Resistir cuando ellos lo habían planeado todo para que se rindiera. Mantener la esperanza cuando el campo lo tenía todo para que la perdiera. Tener algún pensamiento alegre, cuando la alegría estaba ausente, mantener la fe, cuando cualquiera hubiera asegurado que Dios los había abandonado.

Llamaban al lugar Mauthausen y era un campo bastante nuevo que ya tenía planes de crecer. Estaba cerca de Linz, en Austria, pero los alrededores parecían desolados. Todos los presos trabajaban en la cantera de granito. Hacía falta mucho granito en el Reich, pues todas las ciudades estaban edificando monumentos a la gloria del Führer y reformándose según la estética imperialista del partido, una tarea que dirigía el arquitecto Albert Speer. Había grandes planes para Berlín, así que tenían que extraer y extraer, sin pausa, cada día. Para los que no lo hacían con diligencia, había preparados toda suerte de crueles castigos. August, al principio, creyó que eran rumores, pero luego comprobó que muchos eran aún peores de lo que se decía. Y el trabajo era extenuante, inhumano. Picaban y cargaban.

Cargaban y picaban. Cargaban sobre sus espaldas bloques de granito que

subían a un terreno más alto por lo que dieron en llamar «las escaleras de la muerte», una rampa empinada y resbaladiza, en la que, de vez en cuando, surgía uno de los ciento cuarenta peldaños que eran en sí mismos una forma más de tortura. A los nazis les divertía mucho. A veces, cuando llegaban arriba, alguien los empujaba hacia atrás, de forma que caían todos como un dominó. Varios murieron por aquello y muchos más cuando sus cuerpos infraalimentados y sobrexplotados no daban más de sí y caían al suelo para no levantarse nunca más. A August le dijeron que había cincuenta muertos por escalón, pero supo que era mentira: eran, seguro, muchos más.

Por la noche pensaba en Athalia y en su hermoso hijo, Saul, en el olor de los bosques que rodeaban su castillo en Bohemia, en cuando su mujer aceptó su proposición de matrimonio y se besaron a orillas del río Radbuza.

Volvía sobre los buenos recuerdos con insistencia, obligándose a no creer jamás que no correspondieran a momentos reales, a ese largo periodo en el que se había sentido el hombre más afortunado del mundo. Aquello, más que la comida que le destrozaba el estómago o el agua contaminada que le daban para beber, era lo que le alimentaba, lo que le hacía seguir vivo.

También pensar en su familia, que lo había logrado, que estaba en un país en paz, cálido, y esperaba que también acogedor. Los nazis no conseguirían acabar con él, pero, por si aquello no era suficiente, tampoco lo harían con su estirpe, que ya pervivía en su hijo, fuera de peligro.

Desconocía los planes que tenían sus captores para él, pero los suyos estaban claros: sobrevivir.

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