La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 3 de 82 · parte 1/2

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La voz de los valientes

Capítulo 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

1939

Las mañanas en Schloss Wiesner siempre habían tenido un efecto balsámico en August. Aquel rincón de la región checoslovaca (sí, checoslovaca, siempre checoslovaca) de Bohemia parecía inmune a todas las inclemencias, las de la naturaleza y las del hombre. Su castillo llevaba siglos asentado allí, con su aspecto recio y sólido, tan arraigado a la tierra fértil del corazón de Europa como las montañas que se veían a lo lejos.

Planta cuadrada con un torreón redondo en cada esquina, paredes de piedra y ladrillo rojizo en las que se abrían ventanas; las más viejas, pequeñas; las de tan solo un siglo, mayores. El jardín también tenía varios siglos, los suficientes para que cualquier novedad, cualquier árbol que se replantara, cualquier nuevo parterre o follie destacara en un entorno en el que la distinción venía dada por la historia secular de cada elemento del paisaje. El foso que rodeaba la edificación, con sus aguas quietas y verdes llenas de ranas, no retendría al enemigo esta vez.

Eran las siete de la mañana y, desde su habitación del primer piso, observaba secarse la humedad que cubría los prados mientras la niebla que causaba también desaparecía poco a poco desvelando los detalles de la propiedad. Tenían otra casa en Praga, pero su familia pertenecía a aquellas tierras. Cuatro siglos ya. Cuatro siglos de convivencia con las aldeas y villas cercanas; con el vecino Schloss Blank, que lindaba con su finca, resistiendo los embates del continente, tantas veces en guerra, con imperios que aparecían y desaparecían, coronas que cambiaban de dinastía, tierras que iban de unas manos a otras, y, sin embargo, creía que el mal que acechaba era el peor que a su castillo le había tocado soportar. El único que les iba a hacer huir.

Su mujer no había dormido en toda la noche pero seguía intentándolo, echada en su cama, con los ojos cerrados, sin poder contener las lentas lágrimas que cada poco recorrían sus mejillas. La conocía bien. Se despertaría, se erguiría y lo organizaría todo para la partida sin quejarse, pretendiendo que aquel no era uno de los días más tristes de sus vidas. Se anudó la bata y salió al pasillo que recorría la planta noble, con las habitaciones a un lado y la barandilla que los separaba del piso inferior al otro. Habían empezado a cubrir con sábanas los muebles el día anterior, y escondido la plata y objetos de valor en los sótanos. Saldrían ese mismo día, pero los preparativos para que el castillo dormitara durante su larga ausencia iban a llevar al menos dos días más. En ello estaban ya algunos de los sirvientes que vio trajinar en la planta baja. Tres enrollaban la gran alfombra del vestíbulo en aquellos momentos. Se acercó al Rubens, demasiado grande para esconderlo bien e imposible de llevar consigo.

Luego miro el retrato de su familia obra de Winterhalter, que, con el mismo problema, también tendría que esperar allí. El día anterior se habían repetido los unos a los otros que lo material no importaba, que lo importante eran ellos tres, que estarían perfectamente bien y que, si alguien lograba acabar con su ancestral castillo, se harían uno más bonito y nuevo en otro lugar. Mentiras para animarse unos a otros, pues aquellas paredes formaban parte de su piel, de sus recuerdos y de su corazón.

Se llevarían lo que pudieran. Seis camiones aguardaban ya cargados para partir hacia el este. Allí, el plan era embarcarlos a Francia, a donde ellos intentarían huir. Ya era tarde, pero intentaban no atormentarse con esa certeza. Cuando Checoslovaquia fue ocupada, deberían haber huido, haberlo dejado todo atrás y escapado lejos cuando aún era fácil hacerlo. La sangre orgullosa y noble, la dignidad de una familia que jamás había huido era la culpable de que hubieran decidido aguantar, la culpable de que aquel día tuvieran que huir. Eran judíos.

Se acercó a la habitación de Saul, su único hijo. Tenía cinco años y ya entendía las cosas. Sabía que estaban haciendo las maletas y que, en aquella ocasión, la alegría de viajar no estaba presente. No era como cuando iban a Viena y se subían a la noria del Prater, o como cuando iban a Croacia y se

bañaban en sus playas. August lo encontró despierto y vestido. Le acababan de dar el desayuno y jugaba tranquilo en su habitación, iluminada por los rayos dorados que se colaban entre los visillos de las ventanas.

—¿Ya nos vamos? —dijo mirándole.

—Sí, ya falta poco. Antes de comer —respondió él.

—¿Dónde comeremos?

—Renata ha hecho una cesta con muchas cosas deliciosas. Podrás comer en el coche. Quizás encontremos un prado bonito para hacer un pícnic.

Tal vez lo hicieran, pero lo importante era que llegaran a Wittingau lo antes posible. Desde allí cruzarían la frontera con un grupo y empezarían su camino hacia París.

Revolvió el pelo rubio y fino de su hijo y reía cuando su mujer apareció en el umbral de la puerta. Athalia sonreía como sonríen las personas cansadas y tristes pero aún en pie. Había adelgazado y estaba ya vestida de viaje, como hacía días, pues en su cabeza ya llevaba varios huyendo. Un abrigo largo con los puños y el cuello de piel de zorro tapaba lo que fuera que llevara debajo. Desde la invasión, siempre parecía tener frío y sus ojos verdes brillaban como si estuvieran conteniendo las lágrimas.

Su nariz era pequeña y chata y sus labios carnosos, justo al contrario de lo que los nazis suponían de los judíos. Tenía el pelo casi albino, cortado a la moda garçon. No llevaba joyas, tan solo un reloj de pulsera de oro blanco que miró un instante. Era una mujer elegante, siempre lo había sido.

—Ya he desayunado. Me gustaría partir cuanto antes —dijo escueta—.

Saúl ya está listo. Su equipaje está en el coche.

—No tardo nada —dijo August—, desayunaré rápido.

—Por favor, ya hemos esperado bastante —recordó ella.

August se dio prisa. Su maleta estaba hecha desde el día anterior.

Pocas cosas, tal y como los encargados de llevarlos a lugar seguro les habían pedido. No le importaba, si todo salía bien; algunos de sus bienes serían trasladados en camiones para reencontrarse con ellos en Francia.

Tenían un piso en París que habían heredado de los padres de Athalia.

Sus suegros habían muerto hacía poco y aunque la pena les sobrevino entonces, a menudo August pensaba que se habían librado de una época

terrible. Mantener aquel piso en la Avenue Foch había sido una buena idea.

Les gustaba París y recordaba la propiedad como un lugar acogedor, cálido, en el que siempre se había sentido a gusto. Calidez, no pedía más, ahora que todo el mundo parecía odiarse. No entendía por qué él, que tan solo había trabajado y trabajado, que había empleado a tantas personas en sus fábricas de materiales de construcción y yeso, igual que sus antepasados, era objeto de parte de ese odio. No se había metido con nadie y había intentado que su riqueza beneficiara a muchas personas. La empresa había sido confiscada hacía dos semanas y aún no había dado la noticia a su mujer. De pronto le odiaban. No solo a él, sino a todos los judíos, lo cual no era ningún consuelo. Sabía que bajo la capa de la indiferencia y el ostracismo al que los sometían, quedaba mucho del cariño que sus vecinos les habían profesado siempre, cubierto por el miedo, escondido entre gritos, apagado por la extrañeza de unos días inexplicables..., pero no podía entender que fuera tan difícil de encontrar. Se habían sentido solos incluso cuando, instalados en Schloss Wiesner, ya nadie los maltrataba.

Estaba abotonándose la camisa cuando oyó el motor de un vehículo acercarse a su castillo. Se asomó temeroso y enseguida respiró aliviado al ver el coche negro de gran tamaño.

—Otra vez los Meyer, el conde Gotffried y... ¿cómo se llamaba ella?

—se dijo menos preocupado. No le gustaba que aquella pareja estuviera allí, pero por lo menos no era la Gestapo, de la que cada día que pasaba tenía noticias más escalofriantes.

Se acabó de abotonar y bajó rápidamente para recibirlos. Prefería que no entraran, que no vieran la urgencia de sus días, que le vieran tan gallardo como siempre.

Ya fuera, maldijo la visión de su coche, cargado de maletas y preparado para partir poco después, junto al Daimler de los inesperados visitantes, que, como ellos mismos, emanaba suficiencia y tranquilidad, todo aquello que los Wiesner estaban perdiendo. Se acercó a los recién llegados.

Él, cada vez más grueso; ella, cada vez más cargada de pieles y complementos que no conseguían darle ni un ápice de distinción. Alta, con el pelo color fuego, era la clase de mujer cuya belleza se desvanecía al

acercarse. Habían llamado a su puerta dos veces, ambas intentando comprarle el castillo. August los había tratado con cordialidad y los había invitado a un té en el salón, pese a que sentía que aquellas personas no querían nada bueno para él y que diseccionaban el interior de su propiedad con la misma intención que un zorro en una madriguera de conejos.

—Buenos días, amigos —les dijo cordialmente.

—Buenos días —contestó Gottfried Meyer mientras su mujer, Greta, se bajaba del coche y, sin saludar, contemplaba el castillo.

—Me alegro de tenerles de nuevo en mi casa, pero lamentablemente no es un buen momento.

—Para ustedes desde luego que no lo es —oyó murmurar a la mujer.

—¿Puedo ayudarlos? —preguntó.

—En realidad sí, sí puede —dijo herr Meyer, apoyando el portadocumentos que llevaba bajo el brazo sobre el capó de su coche. Lo abrió y sacó un pequeño fajo de papeles—. Acérquese, por favor —le dijo.

August se extrañó. No le gustaba el tono ni la falta de cordialidad, máxime cuando aquellas personas pisaban tierra de su propiedad. Se acercó a su inesperado visitante y miró lo que le mostraba. No lo entendió bien al principio, pero Gottfried Meyer tenía la lección bien aprendida.

—Esta es la fábrica de pinturas de los Neumann —dijo mostrando un documento encabezado por la foto del complejo y cubierto de sellos con esvásticas y águilas—. La confiscaron el martes pasado.

—Conozco a los Neumann —apuntó August.

—Lo sé. Son judíos, como usted.

Pasó la página y enseñó otro documento. En él se veía un edificio de viviendas que August reconoció sin duda.

—El edificio Greenberg.

—Sí.

—También ha sido confiscado, junto con sus dos fábricas y su finca de Pilsen.

—No está lejos de aquí —dijo August algo mareado.

Meyer pasó otra página.

—Villa Stein. Esta es una de mis favoritas.

—¿Que le ha pasado?

—Amigo mío —rio—, pues lo mismo que a todas las propiedades judías. Ustedes no tendrán nada.

Le miró unos segundos. El odio se mostraba con más fuerza tras su sonrisa de que lo que hubiera hecho con una paliza.

—Nada —dijo pasando página—. Este lo reconocerá.

—Schloss Troller. Está a pocos kilómetros de aquí —dijo August.

—Le cambiarán el nombre. Puede estar seguro. Los Troller... han sido reubicados y su castillo... Bueno, esto empieza a ser repetitivo.

August se apartó un poco del vehículo.

—¿Qué es lo que quiere herr Meyer?

—Creo que ya lo sabe.

—Este castillo —supo August.

—Claro. Le hice varias propuestas, pero las rechazó.

—Esta es la casa de mi familia desde hace muchas generaciones, siempre he querido que pase a la siguiente. Más que un propietario, soy el custodio de estas paredes —afirmó con dignidad, convencido de lo que decía.

—Bueno. Eso suena muy bonito. En unos días no será ni una cosa ni la otra, pero dejémonos de matices. No debe demorarse más. Si quiere sacar algo de provecho, debe vendérmelo. Pronto ya no será suyo, haga lo que haga. Usted lo sabe. Hace bien en escapar —dijo mirando el coche cargado

—, pero su propiedad no puede hacerlo.

—Yo...

—Tampoco tiene tiempo para pensarlo. Tengo el dinero aquí mismo.

Venda y váyase. Podrá comprar algo en otro país. En uno en el que sea bienvenido, no sé qué más necesita para saber que aquí no lo es.

Aquel hombre le decía que no era bienvenido en su país. Aquel alemán le decía a un checoslovaco que no era bienvenido en Checoslovaquia, más aún, que no era bienvenido en una finca que era de su propiedad. Si no hubiera sido tan cruel, August se habría reído por lo absurdo. Se dio la vuelta y, casi tambaleándose, se dirigió hacia los muros que su familia había cuidado durante siglos. Al levantar la cabeza delante del puente de entrada,

vio a su mujer. Athalia lo había oído todo. Se acercó a ella, que miraba altiva, desde la distancia, a los Meyer. Era lo contrario a ellos, pero también era realista.

—Vuelve y véndelo —le dijo a su marido.

—Pero...

—Hazlo. Sabes que es lo único que podemos hacer. Por lo menos ganaremos algo de dinero.

—Athalia, no podemos.

—Sí podemos. Tendremos que pasar por eso y cosas peores. Vende y vámonos. No está todo dicho, nada es definitivo, nada lo será hasta dentro de unos años. Hasta que acabe la guerra.

Le cogió la mano y se la apretó. Luego le dio un abrazo, se separó y, poniéndole las manos en los hombros, le giró para que volviera hacia los Meyer. Ambos vieron al alemán sonreír mientras rebuscaba entre sus papeles.

August llegó junto a él.

—De acuerdo, se lo venderé —dijo como si tuviera otra opción—.

Usted hizo una oferta de...

—Ah, sí, sí, claro. Recuerdo la oferta. La tendría que haber aceptado entonces. Ha cambiado en virtud de las circunstancias, en virtud del mercado. Le he incluido la cifra en el contrato. Firme aquí. Me temo que no es negociable.

August cogió los papeles que le extendía y los leyó detenidamente.

Cuatro páginas que habrían sido una vergüenza para cualquier otra persona.

Un trato que nadie con un mínimo de decencia se habría atrevido proponer y nadie con un mínimo de inteligencia habría aceptado de no estar al borde del abismo. Exactamente como estaban ellos. Los Meyer comprarían el castillo, con todo su contenido (incluyendo cuadros, muebles, enseres personales, joyas y ropa), por el precio de un piso pequeño en un barrio de segunda de Praga. August hubiera matado a Gottfried Meyer en ese instante. Él captó su mirada.

—Tendría que haber vendido cuando se lo ofrecí la primera vez —le dijo seguro de que firmaría.

August se acercó al coche y con la mano pidió la pluma para firmar. Su ira vencía a su tristeza, ya de por sí enorme. Firmó cada página y entregó el contrato. Meyer le tendió un pequeño maletín. Lo abrió para ver varios fajos de marcos alemanes. Cerró enseguida sin contarlos.

—Sabe, herr Meyer... —le dijo sin poder contenerse—. Nunca un conde ganó su castillo de forma más ruin.

Meyer se ruborizó unos segundos. Luego se relajó rápidamente.

—Vamos a hacer muchos cambios. Aquí huele a judío —dijo recogiendo los papeles—. Tienen hasta las doce para marcharse. No saquen nada de mi castillo. La Gestapo llegará poco después de que se vayan.

A su lado, la señora Meyer miraba la fachada del castillo.

—Gotti, querido. Habrá que pintarlo. Está todo verde.

August sonrió con ironía. El musgo que crecía sobre la piedra de granito tenía más categoría de la que la condesa Meyer jamás tendría. Se lamentó por Schloss Wiesner, pero supo que su propiedad, en el fondo, también estaba lista para marcharse.

Su mujer lo estaba hacía ya algún rato. Con su hijo de la mano, anduvo lentamente hacia el coche, subió al niño en el asiento trasero y esperó a August. Seria, digna, también con la tristeza vencida por la ira y el deseo de no derrumbarse ante aquellas personas mezquinas lo bastante fuerte para ser cumplido. En quince minutos, su marido se subió al coche y partieron.

No pasarían ni el hambre ni las penurias económicas que debían suponer los Meyer. Hacía años que los Wiesner tenían cuentas en Suiza y una buena caja fuerte en un banco de Zúrich en la que guardaban oro en previsión de que alguna de las catástrofes a las que la historia había acostumbrado a los judíos volviera a suceder, como tristemente había sido.

Los sentimientos no se podían comprar, ni la pena por lo perdido amainarse, pero por lo menos vivirían desahogadamente. Aunque no hasta que llegaran a Francia.

Condujeron hasta el punto acordado a las afueras de Wittingau, una granja que parecía abandonada pese a bullir de actividad. En cuanto los oyeron llegar, abrieron las puertas de un granero para que metieran el coche. En el interior, cinco hombres pertrechados con mochilas aguardaban.

Uno de ellos se adelantó para saludarlos:

—Bien, han sido ustedes muy puntuales. Si hacen caso de todas mis indicaciones de la misma manera, estarán a salvo en menos de una semana.

No tienen que conocerse entre ustedes. Los guías decidirán cada paso. No los discutan.

No lo hicieron durante siete días, en los que alternaron angustiosos viajes en tren en los que en más de una ocasión les pidieron sus papeles (falsos, por supuesto), con pequeños trayectos en coche. Por suerte, sus facciones eran todo lo contrario a lo que los nazis esperaban encontrar en unos judíos y su alemán, perfecto. Con todo, de ser descubiertos sin la estrella de David amarilla cosida a la solapa, obligatoria para que los judíos fueran identificados, habrían sido castigados duramente. Fusilados en el acto incluso.

La ruta describía una curva para evitar entrar en Austria y Alemania.

Atravesaron Eslovaquia hasta Komarno, donde cruzaron el Danubio en barcaza para llegar a Hungría. Desde allí fueron en tren hasta Eslovenia, que bordearon hasta el norte de Italia. A su paso, cada país, cada pueblo y territorio parecía estar preparándose para la guerra, para continuarla, para ir a ella o para defenderse. El ambiente era tan tenso que no era difícil convenir que el mundo se estaba volviendo loco. Italia, que recordaban alegre y hospitalaria, parecía una réplica de la peor cara de Alemania, y el trayecto por el norte resultó aterrador. Ni siquiera el precioso paisaje alpino, con el verdor del verano y el azul de sus lagos, les consiguió distraer de la sensación de estar en permanente peligro. Los italianos también perseguían a los judíos, pero sus guías les dijeron que con menor efectividad que los nazis, así que se encomendaron a aquel pensamiento.

Por suerte, a los cinco días de su salida, cruzaron la frontera francesa y desde allí condujeron a París.

Los franceses observaban atentos a sus vecinos del norte creyendo que respetarían los acuerdos a los que habían llegado con Hitler.

Checoslovaquia había sido invadida, Austria anexionada, ¿serían esas piezas suficientes para calmar la voracidad germana? Todos querían creer que sí, pero probablemente fueran pocos los que estuvieran convencidos.

Con todo, pese a aquel pensamiento que algunos intentaban arrinconar en sus cabezas, muchos parisinos habían abandonado la ciudad para pasar el verano en las costas atlántica y mediterránea.

Cuando el 3 de agosto de 1939, los Wiesner giraron en la Porte Dauphine y encararon la Avenue Foch, la encontraron más vacía que de costumbre, con poco tráfico, sin los habituales jinetes a caballo que acudían al Bois de Boulogne. Al fondo, el Arco de Triunfo se veía de lado, como una ironía de lo que estaba por llegar.

Un mes después, Alemania invadía Polonia, y Francia e Inglaterra le declaraban la guerra.

1940

Estaban en el salón, desde el que al asomarse se veía toda la avenida, que revisaban a cada rato como si las noticias de las que habían tenido conocimiento fueran a cambiarla en un instante. Era mayo de 1940 y el calor había llegado de repente, de forma que la calle había cobrado vida y cada tarde salían a pasear. No hablaban de Checoslovaquia. Intentaban ni siquiera pensar en ella, aunque fuera imposible, centrándose en la vida cómoda que habían estrenado hacía casi un año en aquel piso elegante de una de las mejores calles de París. No habían cambiado nada, ni un marco de fotos, ni un cenicero, ni una tela. Nada. Aquello era lo que quedaba de su historia ahora que su castillo estaría cambiando para adaptarse a la falta de gusto de sus nuevos propietarios. Sabían que eran afortunados y, además, la guerra parecía haberse detenido. El mismo mes de la declaración, los franceses habían lanzado una ofensiva en el Sarre que había resultado fallida y, desde entonces, alemanes y franceses se miraban los unos a los otros desde las trincheras o las fortificaciones francesas de la línea Maginot sin aparentes ganas de entrar en combate. Repetían constantemente que tenían el ejército más poderoso del mundo y se tranquilizaban con aquella certeza para descansar, seguros de que Hitler no se atrevería contra ellos. En abril, Alemania había invadido Noruega, asegurándose el suministro de hierro que necesitaba, pero tampoco eso los alarmó demasiado, aun cuando las tropas aliadas eran vencidas en una operación incompetente y arrasadas

por los stukas alemanes en Narvik. En Francia, la vida seguía y muchos (la mayoría) llevaban una existencia completamente normal. Decían que era la

«guerra falsa», o la «guerra de broma». Pero aquel día la broma acabó.

Esa mañana, August había acudido al banco en la cercana plaza de Victor Hugo. Se desplazaba allí a menudo, pues en realidad no tenía mucho que hacer y, acostumbrado a su vida anterior, en la que sus negocios ocupaban la mayor parte de su tiempo, sentía que de pronto la vida se había detenido y el tedio de los días se repetía incesantemente. Había revisado sus cuentas. Tendrían para seis o siete vidas de pleno lujo, pero tener dinero solo era eso, dinero. No estaba creando nada, no estaba dejando huella alguna y no cabía sentirse orgulloso por toda aquella riqueza que no aportaba nada a la sociedad. «Quizás después de la guerra», se dijo una vez más. Luego, aburrido, se dirigió a la terraza de un café de la plaza para desayunar, deseando que el día acabara lo antes posible para volver a soñar con tiempos mejores, pero a medio camino las noticias le asaltaron.

Hitler había atacado. Luxemburgo había caído la jornada anterior, en un solo día. La guerra de broma había acabado. Volvió al banco y retiró todo su dinero. Todos, él incluido, pensaron que los alemanes tardarían por lo menos dos semanas en llegar a Sedán. Tardaron tres días. En tres días un ejército ágil, coordinado y bien equipado, con unidades blindadas, apoyo aéreo, comunicaciones en tiempo real y soldados eufóricos e incansables estaba a doscientos kilómetros de París. El pánico cundió.

A principios de junio, August tuvo claro que debían huir hacia el sur.

Nada era infranqueable para Hitler: el ejército francés, la línea Maginot, el denso bosque de las Ardenas, el río Mosa.

El 10 de aquel mes, la noticia de que el Gobierno francés se dirigía a Burdeos acabó por convencer a los que aún no lo creían de que no había nada que hacer. Los franceses y August contemplaban atónitos cómo se mancillaba su orgullo, cómo su ejército daba volantazos sin estrategia alguna, desaprovechando cada ocasión, desanimándose ante las continuas derrotas. Deberían haber atacado hacía meses y, en cambio, habían dejado al enemigo armarse, organizarse y planear la más audaz de las operaciones para cogerlos completamente desprevenidos.

El 11 de junio los Wiesner emprendían la marcha hacia España.

August y Athalia estaban de acuerdo en que no podían quedarse en Francia.

No podían parchear de nuevo sus vidas a la espera de que lo que había pasado en todos los países invadidos por Hitler no pasara en su nuevo país.

No. Huirían a España y, desde allí, intentarían llegar a América como habían hecho muchos judíos. Vivir en Europa era algo en lo que debían dejar de empeñarse.

Mientras cargaban sus maletas en la baca del coche, el París que los rodeaba era el del miedo, el de los atascos y la consternación. ¿Cómo había podido pasarle aquello a Francia? Era algo que estaba en todas las mentes que formaban la lenta procesión de carros, bicicletas, coches y hordas de personas tristes y asustadas que circulaban por la Avenue Foch con destino a una nueva vida. Una peor, más que probablemente.

August había comprado días atrás un Renault Celtaquatre negro a un vecino. También se había hecho con dos bidones de gasolina en previsión de que llegara el desabastecimiento y no pudieran repostar. Los había escondido dentro de las maletas, que se amontonaban en el techo y en el asiento trasero de forma que era imposible que nadie viajara allí. Cuando todo estaba cargado, Athalia apareció con el pequeño Saul de la mano.

—Vámonos ya —dijo repitiendo una frase que hacía poco más de un año había pronunciado al partir de su hogar en Checoslovaquia.

De manera intencionada, se había vestido pobremente, con ropa que no habría usado jamás pero que sería cómoda para viajar y, sobre todo, no les haría parecer los judíos ricos que eran. Su cara se había arrugado un poco y desde hacía días el contorno de sus ojos se había enrojecido de manera que August sabía que lloraba a menudo. Le habría gustado que su mujer se hubiese mostrado débil alguna vez, que no guardara su angustia para sí, pero también agradecía que no se quejara jamás y que frente a los problemas buscara soluciones en vez de aumentarlos con su pena. Había recogido la casa apresuradamente, cogiendo objetos aquí y allá, descartando lo que no era imprescindible, es decir, lo que no era algún recuerdo muy importante, ropa o dinero. Subió al coche y colocó al niño en su regazo.

August entró en el vehículo y, como pudo, se incorporó al tráfico que, incluso en aquella avenida (una de las más anchas de París), era lento y

desordenado. Cuando se paraban, la gente los adelantaba por los lados con aspecto vencido, casi sonámbulo; algunos miraban por la ventana de su vehículo buscando un hueco inexistente, otros sencillamente avanzaban con pasos pesados, como si llevaran años en una ruta que en realidad acababan de empezar.

Al pasar junto al Bois de Boulogne, el tráfico pareció mejorar un poco y pudieron avanzar durante un par de horas lentamente pero sin detenerse.

Muchos franceses seguían la ruta de su Gobierno huido, primero hacia Tours y luego hacia Burdeos, pero los Wiesner decidieron no imitarlos. Por supuesto irían hacia el sur, pero no hacia donde estaba el Gobierno, sino por una ruta menos obvia para los alemanes, una que no tuviera tanta importancia y que, de pueblo en pueblo, por carreteras secundarias, fuera acercándolos a España. Sería largo pero más seguro. Refugiarse en Suiza también había pasado por su cabeza, pero temieron que la neutralidad del país se viera violada. Como país germano, muchos pensaban que Hitler posaría los ojos en él, si no lo había hecho ya. Si Suiza caía, los Wiesner quedarían atrapados en mitad del Reich y sus posibilidades de escapar serían nulas. No, España era un destino mejor. España y luego, Sudamérica.

A la altura del pueblo de Auneau, se separaron de la carretera en dirección a Fontainebleau. Avanzaban lentamente por una carretera flanqueada por anchos plataneros, con un pequeño arroyo en uno de los lados. La copa de los árboles cubría ambas veredas, pero no la carretera, y algunas personas se habían apartado para comer y descansar. El camino para todos era largo y convenía no agotar las fuerzas, pero August decidió no parar y comer mientras seguían avanzando. En ningún momento el marcador de velocidad había superado los quince kilómetros por hora, pues, incluso en aquella carretera secundaria, el tráfico de refugiados a pie o en cualquier otro vehículo era intenso. Estaban intentando adelantar a un carro con mula cargado con colchones y muebles cuando un sonido extraño empezó a oírse. Primero fue como un zumbido, un rumor, pero enseguida se volvió agudo como un silbido y ni ellos ni los refugiados que formaban la procesión parecieron entenderlo. Miraron con extrañeza hacia el cielo que se abría entre los árboles. Athalia asomó su cabeza por la ventanilla y Saul, que se había despertado, también observó.

Un avión. No muy grande, con las alas redondeadas en los extremos, panza azul celeste, cuerpo verde y grandes cruces negras pintadas en las alas. Al principio parecía un pájaro lejano, pero a los pocos segundos se hizo cada vez mayor. Recorría el cielo siguiendo a la perfección el eje recto de la carretera, como si estuviese planeando aterrizar, pero lo que quería que tocara el suelo aquel piloto no era su avión. De pronto, empezó a disparar. Les dio tiempo a ver cómo el pánico y los gritos se apoderaban de la gente y el cristal delantero de su coche estallaba en pedazos antes de que August, atrayendo a su mujer y su hijo hacia sí, los abrazara para protegerlos. Fueron tan solo unos segundos y, al poco, el sonido de aquel caza se perdía en la lejanía como si su objetivo fuera otro y lanzarse sobre ellos hubiera sido tan solo una oportunidad, un divertimento convenientemente aparecido en el trayecto. Cuando el sonido del avión desapareció y el de los lamentos de sus víctimas creció rápidamente, los Wiesner se incorporaron en sus asientos. August no había sido alcanzado, pero su hijo Saul tenía la cara cubierta de sangre y lloraba asustado. Athalia empezó a gritar.

—¡Hijo mío! ¡¡Hijo mío!! ¿Qué te han hecho, mi pequeño? ¿Dónde te han herido?

Pasaba su mano por encima de la sangre que le cubría la cara, sobre su piel fina y nueva sin hallar la herida, tan solo esparciendo el líquido. Con un fular le empezó a secar la sangre. El niño se había orinado y no hablaba, solo lloraba, pero tampoco gritaba de dolor. Nada parecido. August supo lo que pasaba.

—Athalia, no te asustes, sal del coche y tiéndete —le dijo intentando mantener la calma—. Eres tú la que estás herida. La sangre del niño no es suya, sino tuya.

Athalia se miró el hombro. Su vestido estaba empapado de sangre. De pronto el dolor le sobrevino. También el alivio de haber sido ella la que había recibido el daño. Una esquirla de la carrocería había saltado con el impacto y se le había clavado en su cuerpo, cerca del hombro. Salió del coche con el niño en brazos y después lo dejó en el asiento. Cerró la puerta para que su hijo no la viera y se tendió en la tierra caliente de aquel camino funesto. Alrededor mucha gente, más de un centenar de personas que se

perdían en la lejanía del camino, gritaba ahogadamente, otros maldecían a los nazis. Los más desafortunados yacían muertos. August se arrodilló frente a su mujer.

—No me voy a morir —dijo ella—, siempre se dice que uno sabe cuándo le llega la hora. A mí no me ha llegado aún.

—Cállate. ¿Ni siquiera hoy conseguiré que te quejes? Ya sé que no te vas a morir, pero déjame verte.

Le desabrochó la pechera del vestido y con cuidado le sacó el brazo de la manga para que la herida quedara al descubierto. La visión le impactó.

Un corte de importancia marcaba su cuerpo descubriendo un interior de carnes que sangraba lentamente.

—Quédate aquí —le ordenó.

Poco después volvía junto a ella con una botella de vodka y vendas.

—Siempre me gustó el vodka —dijo ella al verle.

—Hoy te va a escocer.

—Esa bebida nunca pudo conmigo. Échamela.

August derramó un poco sobre la herida. Athalia sintió cómo le quemaba, pero no emitió sonido alguno. Ni siquiera su cara mostró algún signo de dolor.

—Eres única —le dijo mientras la levantaba y la empezaba a vendar con los girones de una de sus camisas—. Vamos a tener que revisar esto a diario. Las heridas así se infectan en un santiamén.

—La mía no se infectará, querido. Estamos retrasándonos. Mira a ver si podemos ayudar a alguien y, si no es así, sigamos.

La ayudó a sentarse en el asiento del copiloto y Saul, con sumo cuidado, se sentó entre sus piernas. Seguía teniendo la cara manchada de sangre, por lo que, mientras August se acercaba a diferentes grupos de personas que también habían sido víctimas del ataque, Athalia limpió un poco a su hijo.

August poco podía hacer por los demás. Varios habían muerto en el acto y otros lo harían en breve. No tenían espacio para nadie en el coche y, de todas formas, su vehículo no habría avanzado mucho más rápido que los demás, atascados en constantes embudos humanos. Volvió al coche y se dispuso a arrancarlo, pero, al girar la llave, el motor no hizo más que un

ruido parecido a un corto ataque de tos y quedó en silencio. Salió del vehículo y se agachó para revisar los bajos. Una enorme mancha de líquido espeso se mezclaba con la gasolina del depósito, que también había sido agujerado por la metralla. Abrió el capó y, pese a sus escasos conocimientos de mecánica, supo que se habían quedado sin coche. Desde el interior, tras el cristal roto, Athalia pareció comprender y sin hacer preguntas se bajó como pudo del coche con el niño, que, a su orden, se quedó de pie, quieto en su sitio.

—Ya no tenemos coche —dijo August—, tendremos que seguir andando, como todos los demás. Quizás pueda comprar otro en algún pueblo.

—Haré una maleta. No podemos viajar con todo esto a cuestas —

respondió ella mirando el asiento trasero—. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil.

—Te quiero —le dijo él espontáneo.

—Lo sé. Dentro de unos años solo habremos sacado cosas buenas de estos días horribles. Cada golpe nos hace más fuertes a los tres.

Superaremos todo y nada podrá destruirnos. Valoraremos las cosas pequeñas, porque ahora, que podemos perderlas, nos damos cuenta de lo grandes que son. —Se miraron unos segundos—. En fin, querido, sigamos.

Anduvieron toda la tarde controlando los pequeños descansos para asegurarse de que llegarían al destino que August había marcado para el primer día. Aunque agotados, a las diez de la noche entraban en Château-Landon, un pequeño pueblo medieval encaramado a un promontorio rocoso.

Los Wiesner parecían ser los únicos que habían llegado hasta allí. Todo estaba en silencio y sus pasos resonaban entre las paredes de sus calles estrechas y empedradas. No era demasiado tarde, pero la quietud era total, con las contraventanas cerradas y ni un alma paseando a pesar de la espléndida temperatura. El miedo y la conmoción por la inminente derrota se palpaban en la tensa quietud. Tras llamar a la puerta de una posada, el ventanuco de un lado se abrió y rápidamente les hicieron pasar, como si con ellos pudieran colarse los nazis que estaban acabando con el orgullo galo.

Dentro, en el pequeño salón que hacía también de comedor de la posada,

una quincena de vecinos los vio entrar. Sobre la mesa, en desorden, varias botellas vacías, migas de pan y los restos de un queso. August supuso que llevaban horas allí, comentando el desastre.

—¿París? —les dijo uno.

—Sí —respondió él—. Salimos esta mañana.

—Hemos oído que ha huido mucha gente.

—Mucha, y el Gobierno también.

—Sí. Esos cobardes —dijo el hombre, serio, antes de rematar el vaso de vino—. Pero ustedes no son franceses.

—Somos checoslovacos. Huimos cuando nuestro país fue invadido.

—No los ayudamos entonces. Supongo que merecemos lo que nos está pasando.

Athalia se abstuvo de decir lo que pensaba.

—La van a declarar ciudad abierta —apuntó otro, vestido de gendarme, dando una información que los Wiesner no conocían—. A París.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Athalia.

—Significa que la ciudad se ha rendido. Que les entregamos las llaves de nuestra capital y les garantizamos que los recibiremos sin defendernos con tal de que no la dañen. Lo que han hecho en Róterdam y en otros lugares... no lo queremos para nuestra hermosa ciudad.

—Parece claro que no estamos dispuestos a todo para vencer a los alemanes... —dijo otro—, que La Gioconda y los Campos Elíseos valen más que nuestra independencia. Es algo sobre lo que deberíamos reflexionar.

—No está todo dicho —los animó August—, nunca lo está. —Miró a su mujer—. Tenemos que descansar. Nos podemos acomodar en una habitación los tres.

—Los acompañaré —dijo el posadero.

Estaba preocupado. El coche había sido importante en el inicio de su partida, pero era fundamental en el trecho que debían afrontar. Quería huir de forma discreta, por rutas secundarias, sin llamar la atención. Intentar que cualquier nueva sorpresa los cogiera lejos de los puntos calientes, pero sin su vehículo deberían utilizar el tren, que los acercaría a poblaciones más

importantes, que eran fáciles de bombardear, que podría pararse en cualquier momento por orden de un enemigo que les odiaba por algo de lo que no podían (ni querían) escapar. Eran judíos y nada cambiaría eso.

Reconcomido por la inquietud, durmió intranquilo toda la noche. Con los primeros signos de claridad, se levantó para intentar hacerse con algún coche, que estaba dispuesto a pagar a precio de oro. Lamentablemente, Château-Landon no era un pueblo en el que sobrara nada y tan solo pudo acordar con un campesino que les hiciera sitio en su camión de transporte de ganado para llevarles hasta Bourges, casi en el centro de Francia, desde donde podrían coger un tren hacia el sur. El combustible escaseaba, así que desechó definitivamente hacerse con un coche.

Cuando, pasado el mediodía, entraron en Bourges, el ambiente era el que los Wiesner ya habían visto antes de abandonar París. En vez de armarse para la defensa, los franceses se preparaban para huir. Era 12 de junio, nada había podido parar a los alemanes y nadie tenía ninguna esperanza de que algo pudiera hacerlo. El grueso del ejército se hallaba aislado, rodeado y bombardeado en Bélgica, lejos de donde eran necesarios, tal y como Hitler había planeado. Abandonados por los ingleses. Solos.

Alrededor de las tres, entre empujones, gritos, cordialidad perdida y urgencia, consiguieron meterse en uno de los trenes que escapaban de la ciudad. La mayoría de la gente se comportaba como hubiera hecho para salir de una casa en llamas. A August le pareció que muchos no sabían ni siquiera a dónde iban, pero estaban dispuestos a todo con tal de alejarse de los alemanes que llamaban a su puerta. Solo en su compartimento, pensado para seis personas, se habían encajado el doble, y en los pasillos, cuartos de baño, en cualquier espacio, la gente se amontonaba. Por la noche, tras detenerse varias veces y realizar tramos a exasperante lentitud, llegaron a Clermont-Ferrand. El aire del vagón era tan denso que August no alcanzaba a comprender cómo no se habían ahogado. El olor a humanidad era insoportable y, pese a todo, lo soportaron sin queja. Athalia incluso había conseguido conciliar el sueño y Saul, encaramado a ella como hacía de bebé, se recostaba sobre su pecho buscando la seguridad que sentía peligrar.

La imagen le hizo decidirse por no apearse del tren, que seguiría su camino, quizás menos peligroso en la oscuridad, hacia el sur. Al cruzar Limoges

recibieron nuevas noticias. No por esperadas dejaron de ser impactantes.

Los nazis ya habían desfilado por los Campos Elíseos, a la sombra del Arco de Triunfo, el monumento a las glorias francesas que de pronto ya nadie recordaba. Era 14 de junio.

Un día después, el tren se adentró en una zona de viñedos y a primera hora de la tarde cruzó un puente sobre el río Lot para adentrarse en Cahors.

No les quedaba comida y la vida en aquel vagón era sencillamente insoportable. Además, llevaban tres días sin desinfectar la herida de Athalia, a la que el calor y la falta de higiene del tren no estaban beneficiando. Ella no lo decía, pero August estaba seguro de que le dolía.

Cahors era pequeño, bonito, y pensaron que lo bastante al sur para que pudieran descansar un poco. No estaba en sus previsiones, pero ¿qué podían prever en aquel mundo? Bajaron del tren contentos, y enseguida se pusieron a buscar alojamiento.

La población era una auténtica joya arquitectónica: medieval, pero con luz, pequeñas plazas con árboles y ambiente quizá más sosegado. Tal vez fuera solo su percepción o sus ganas de sonreír a una vida que se ensombrecía, pero fuera del tren los Wiesner se animaron. Recorrieron sin rumbo la Rue Joachim Murat hasta el bulevar de Léon Gambetta, el cadurcien que había honrado a su pueblo al convertirse en primer ministro francés. A la izquierda de esta vía ancha, la villa se volvía más laberíntica, más antigua. Penetraron en esa zona y, tras pasar por delante del ayuntamiento, encontraron una pequeña posada en la plaza Saint-Priest. No era lujosa, pero parecía limpia y agradable, y estaban tan cansados que cualquier cama en la que pudieran echarse les hubiera parecido aceptable.

Si alguna vez habían sido exigentes, o gourmets, parecía claro que estaban preparados para bajar sus estándares.

Athalia y Saul se instalaron mientras August iba en busca de la prensa, jabón y comida. Cuando volvió a la posada, su hijo estaba en el suelo dibujando con unos lápices de colores que les habían dejado, mientras su mujer dormía plácidamente. La imagen le recordó a las que no hacía tanto veía a diario, cuando su vida transcurría en paz mientras lejos de ellos alguien planeaba estropearla. Qué lástima era haber tenido que vivir el mal presente para valorar el buen pasado. Se acercó a su mujer y se tumbó junto

a ella acariciándole la cara, aquella piel delicada, pasándole las yemas de los dedos alrededor de los ojos, su nariz perfecta, su mentón fino, el vello rubio que le crecía en la nuca. Luego, al ver que tenía calor, la desvistió un poco, pues, agotada, Athalia se había recostado sin tan siquiera quitarse del bolso que llevaba cruzado al pecho. Luego le desabrochó los botones superiores de la blusa. Nunca sudaba, pero su piel estaba caliente, por lo que buscó un poco de colonia, empapó una toalla y se la pasó por el cuerpo para refrescarla. Ella tan solo ronroneó de placer, pero, al desabrocharle la blusa, la herida quedó al descubierto.

August se asustó. Lo que recordaba como un punto negro, rodeado de un morado rojizo, se había extendido casi un palmo alrededor y le cubría hasta el inicio del brazo con un color amarillento sobre el que destacaban venas y cardenales. La misma herida parecía mayor y, lejos de haber cicatrizado, supuraba. Asustado, acercó el dedo a la herida. Creyó no haberla tocado siquiera cuando su mujer gruñó de dolor aún adormilada. Le tocó la frente. No estaba acalorada, o por lo menos no solo acalorada: Athalia tenía fiebre. Sin dudarlo fue en busca de un médico.

El doctor Lefevre no fue alarmista, pero tampoco se esforzó en tranquilizarle. Tenía la actitud que muchos achacaban a los franceses, pero que August había encontrado solo en unos pocos. Era pedante. Los trataba como si estuviera haciéndoles un favor, como si aquella habitación sencilla no fuera digna de alguien como él. Con todo, parecía un buen doctor y, cuando comprobó que los checoslovacos podían pagar cuantas visitas necesitara Athalia, se comprometió a volver dos veces a la semana.

Dos veces a la semana.

Deberían quedarse en Cahors por lo menos diez días. La herida no era grave aún, pero había empeorado mucho y debían revertir la situación. El doctor Lefevre no estaba seguro de que encontraran en otro lugar los medicamentos que él suministraba y tampoco podía ofrecerles una cantidad suficiente para llevarse con ellos. Si querían que Athalia mejorara, debían quedarse, así que lo hicieron. Estaban ya muy al sur y, de precipitarse la invasión, de acelerarse, sería poco probable que los nazis tardaran en

alcanzarles menos que ellos en subirse al tren y viajar hasta la frontera. Con todo, durante días, August siguió con detalle las noticias de los periódicos.

Todas malas, por supuesto.

De Gaulle y el Gobierno de Burdeos habían huido a Londres. Petain, nuevo presidente tras la dimisión de Reynaud, había anunciado el armisticio. Había dicho: «Con gran pesar, les digo hoy que hay que detener el combate», dejando claro que no había nada que hacer y debían perder toda esperanza.

El 22 de junio de 1940, por orden de Hitler, se sacó el vagón de tren de la compañía Carlson Wagon Lits del Museo de Compiègne, el mismo en el que los alemanes habían firmado el armisticio que dio fin a la Primera Guerra Mundial. Se colocó exactamente en el mismo lugar que ocupó en aquel episodio que había avergonzado al joven soldado Adolf Hitler.

Aquella firma había animado su venganza, había motivado su furia. Se colocó, pues, el vagón en el mismo sitio y allí los franceses vieron al Führer devolverles la humillación. Todo había acabado. Todo había empezado.

Y la herida no sanaba, por lo menos no lo rápido que August hubiera esperado. La infección había pasado al brazo derecho y la debilidad de Athalia era ya general. Su cara estaba del color de la cera, siempre tenía fiebre y su pelo albino, abundante y ordenado, de pronto escaseaba y se había escarolado. Comía poco y, aunque se esforzaba en sonreír, su cuerpo exudaba tristeza. Saul lo notaba, así que August se esforzaba en pasear con él por Cahors, en llevarlo por la orilla del río Lot y a lugares donde hubiera niños de su edad. Era una persona optimista, igual que su mujer, pero la certeza de estar alargando demasiado su estancia en un país que cada vez se parecía más al Reich le tenía sin dormir.

Pasaron agosto de la misma forma que julio, con Athalia en un estado de salud en el que cada día pasado se consideraba un triunfo. En septiembre llevaban ya más de noventa triunfos cuando Athalia se encontró con ánimo suficiente para subirse a un carro y pasear por la ciudad. A la luz del sol su piel amarillenta delataba su estado y su debilidad para todo también era elocuente. Señalaba las cosas con lentitud, hablaba poco y sus sonrisas eran apenas esbozos de una felicidad ligera. Giraba la cabeza a un lado y otro de forma que las venas de su cuello se marcaban como las de una anciana. Al

llegar al Pont Valentré, bajaron del coche y anduvieron lentamente sobre los seis arcos del imponente monumento, mientras Athalia miraba impresionada las tres altas torres construidas sobre el Lot. Llevaba tres meses en Cahors y ni siquiera había podido acercarse a ver aquel lugar. Se apoyó en el borde mirando el río mientras su hijo Saul jugaba yendo y viniendo por el puente, que conocía bien, y estaba ansioso por mostrar en todos sus detalles a su madre. Ella miró a August.

—Estoy siendo un estorbo. Deberíamos estar en España, quizás más lejos aún.

—No iremos a ninguna parte si no vamos los tres.

—Lo sé, y es lo que me preocupa. Si en algún momento debes dejarme atrás, hazlo sin dudar. Saul merece una vida larga y plena. Para eso le trajimos al mundo. Pienso que todo mejorará, pero deberemos esperar.

—Siempre has sido optimista.

—Lo creo de veras. August, todo irá a mejor. Lucharemos para que así sea. Nuestra empresa no es tu fábrica, ni nuestro castillo, ni siquiera el piso de París o lo que sea que guardes en Zúrich. Nuestra empresa es nuestro hijo. Es él quien debe tener un futuro. Él es nuestro proyecto común.

Nuestro legado. Nada como un hijo habla sobre sus padres, y ninguna herencia es mejor que la de poblar el mundo de buenas personas. Si todos nos esforzáramos el mal acabaría en una generación. Saul es bueno.

Llegado el momento déjame atrás sin dudarlo. No podremos estar mucho más aquí, los dos lo sabemos.

—Sí. Pero estás mejorando.

—Es cierto. Me siento mejor. Pero el tonto del doctor Lefevre aún tiene miedo. Dice que todo puede cambiar.

—Cambiará. A mejor, tú misma lo has dicho —dijo August pasándole un brazo por la cintura y acercándola a él—. Tenemos aún muchas cosas que hacer tú y yo.

A final de septiembre la salud de Athalia mejoró, de forma que pudieron salir a pasear con ella tres veces más y August empezó a planear su viaje a España. También optimista, pensó en lo que vendría después.

Investigaba los países sudamericanos con fruición, valorando cada detalle, y empezó a pensar seriamente en establecerse en Argentina. Comprarían una

finca, una estancia, como las llamaban allí, y construiría una bonita casa para que vivieran los tres. Podrían dedicarse al ganado, pero siempre con un ojo puesto en la industria de la que él tenía conocimiento. La construcción en América viviría un gran desarrollo en los próximos años, estaba seguro, y él estaría allí para volver a suministrar los materiales en los que era experto. Le hizo gracia pensar en su hijo, un checoslovaco que acabaría por hablar español con acento argentino.

Entraba en la posada el 5 de octubre cuando el posadero le detuvo.

—Monsieur Wiesner, esta tarde ha estado aquí un policía.

August se extrañó.

—¿Y qué quería exactamente ese policía, amigo mío?

—Me ha dicho que era de la GMR, de los Groupes Mobiles de Réserve.

August se asustó. Los GMR eran el equivalente a la Gestapo en Francia. Tan nazis como ellos e imbuidos del mismo espíritu, perseguían a francmasones, gitanos, homosexuales... y sí, por supuesto, también a judíos.

—Me ha preguntado por ustedes —siguió el hombre—. Me ha dicho que son ustedes extranjeros, checoslovacos. Yo le he dicho que sí, claro.

Todos lo saben, llevan ustedes meses entre nosotros... No hay nada malo en ello, ¿no?

—Desde luego que no.

—También ha dicho que sospechan que son judíos. Yo no le he dicho nada, aunque sepa la verdad.

—Le agradezco su discreción.

—Ayer decretaron el arresto de todos los judíos extranjeros. Monsieur, debe escapar ahora mismo si no quiere que le arresten. Le puedo vender mi coche, diré que desapareció, pero deben huir inmediatamente.

Seguir: parte 2 de 2