La voz de los valientes
Capítulo 69
Cuando Gustav Wagner recibió la noticia de que Hilda Fallstein era sospechosa de haber asesinado a diecisiete personas (incluyendo a su marido) y estaba desaparecida, supo que estaría intentando llegar a España.
Definitivamente las primas Sagnier no eran lo que parecían. Donde de entrada había visto a dos admiradoras del Reich en realidad se ocultaban dos convencidas detractoras. Era decepcionante. Estaba seguro de que Hilda intentaría cruzar la frontera por la Cerdaña, el lugar que mejor conocía.
Aquel donde había pasado los veranos en familia y donde su prima más cercana estaba ayudando a muchas personas a pasar. Inés le había engañado muchas veces, pero la venganza que preparaba compensaría cada uno de aquellos engaños. Apresaría a su prima. Lo tenía todo a su favor.
Las tropas alemanas habían ocupado ya totalmente el Estado francés y las SS y la Gestapo finalmente podían actuar en todo el territorio. Él, que había esperado pacientemente durante dos años en un pueblo pequeño sin emoción alguna, sin un mando claro sobre nadie, había sido recompensado con el ascenso a obersturmführer de toda la región de la Cerdaña francesa.
Quizás Hilda fuera detenida antes de llegar a la zona que él controlaba, pero deseaba con todas sus fuerzas que no fuera así. Que fuera él quien la descubriese y que, por el camino, pudiera apresar también a Inés y a su marido.
Conseguir detener a alguien cuando estaba a punto de llegar a su destino, a la libertad, era doblemente satisfactorio. Aquellas caras derrotadas eran la vitamina que necesitaba para seguir trabajando con determinación. Ganaría aquel pulso a la española cuando ella menos lo esperara.
La vigilancia a las residencias de los Hermanos de los Cristianos había funcionado, o eso creía. No habían procesionado más. No habían cruzado la frontera. Nadie nuevo se había alojado en Villa Roselande. Todo estaba
tranquilo. Demasiado. Cuando la actividad se detenía de pronto, Gustav sabía que alguien había dado la voz de alerta, que tal vez estuviera mirando en dirección equivocada.
Aquella tarde reforzó la vigilancia en todos los pasos fronterizos y en las carreteras que llegaban hasta los pueblos de la Cerdaña francesa.
Desplegó sus tentáculos por los caminos de montaña y ordenó una revisión constante y exhaustiva de los hoteles, posadas y pensiones de la zona. No escaparían. Luego, llamó a Barcelona y ordenó que se vigilara más intensamente a Inés Sagnier y a su marido. Cuando le informaron de que ambos se habían ido a su casa de campo, no tuvo reparos en pedir que un agente se desplazara hasta allí.
Y obedecieron, cómo no. A los pocos días un Renault oscuro aparcaba en una bocacalle de la localidad de Cunit, a pocos kilómetros de Villanueva y la Geltrú y a algunos más de Barcelona, y un hombre que nadie conocía bajaba de él y se alejaba rápidamente a pie del lugar, en dirección a la sierra de San Antonio, la pequeña sucesión de colinas de poca altura que cerraba el valle de la finca del mismo nombre. A mediodía ya estaba apostado en el monte que llamaban Gandaya, observando escondido entre lentiscos la gran masía dieciochesca que presidía la llanura a sus pies. La masía de San Antonio era enorme, pero desde donde estaba parecía una maqueta, un escenario en el que se distinguía perfectamente lo que sucedía: los niños jugaban en el jardín vigilados por dos niñeras. En la mesa de la terraza un hombre leía el periódico. Dos mujeres cortaban flores en la rosaleda cercana. Más allá, todo eran viñedos preparándose para el invierno y densos bosques de pinos. Se puso los prismáticos para ver cómo aquella familia burguesa se abstraía del mundo, indolente y ajena a las sospechas que los acechaban.
Cuando oscureció, bajó la colina y fue hasta la misma puerta de la casa. Inspeccionó los coches y revisó la basura sin saber qué buscaba. No encontró nada. Se subió fácilmente al tejado del garaje por su extremo más bajo, a pocos metros de la casa, y pudo ver lo que pasaba en el primer piso.
Reconoció a todos los que estaban en los salones. Los Wiesner. Los Bultó. La niñera Magda y su madre. Tras haberles perdido la pista en Barcelona, una de las opciones era que los judíos fugados estuvieran
acogidos por los Bultó, lo que reforzaba más las sospechas sobre ellos. Inés parecía preocupada por su bienestar, y sus invitados, sinceramente complacidos con la estancia. No era para menos, pensó: aquel lujo hubiera sido agradable para cualquiera, más aún si era un refugiado sin dinero ni futuro. A las doce, cuando, una a una, las luces de la casa se empezaron a apagar, se descolgó de donde estaba, silencioso como un gato. Pero no lo bastante.
Se estaba limpiando los pantalones a palmadas cuando oyó un gruñido tras él. Se volvió asustado y lo que vio lo asustó aún más. Un boyero suizo de enormes dimensiones le enseñaba los dientes amenazante. Sabía que lo peor era correr. Extendió la mano haciendo ademán de acariciarle la cabeza, pero el perro reaccionó enseñando más los dientes. Sin saber qué hacer, metió la mano en la bolsa que llevaba colgada al hombro. Llevaba un pequeño revólver, pero un disparo alertaría a todos los que estuvieran en la casa. Sacó los prismáticos. Tendría que valer con eso. Se acercó unos centímetros y, sin dudarlo, los lanzó con todas sus fuerzas contra la cabeza del perro, en la que golpearon para luego caer y deslizarse debajo de uno de los coches aparcados en el patio delantero. El animal se aturdió tan solo unos segundos, los suficientes para que él pudiera volver a subirse al tejado del garaje. Enseguida se puso a ladrar de manera insistente. Él gateó tan rápido como pudo por el tejado en dirección a la otra punta del edificio, del que, pese a la mayor altura, no dudó en saltar para escapar del lugar corriendo.
La noche siguiente esperó con paciencia a localizar al perro antes de acercarse. Eran las nueve cuando saltó la verja que daba al patio trasero del edificio. Allí ningún perro podría molestarle. Vestido de negro, escondido entre las sombras, era difícil de ver a pesar de estar justo debajo de las ventanas de uno de los salones de la planta superior, desde donde oía las conversaciones. Estaba atento a las trivialidades que el grupo comentaba cuando, de repente, se callaron.
—Ha llegado un coche —dijo Pablo.
—¿Esperamos a alguien? —se extrañó Inés.
—No. —Se hizo el silencio y el agente supuso que se habían asomado a la ventana.
—Es mamá —dijo Inés sin alegría en sus palabras—, ha pasado algo.
Mi madre jamás se presentaría aquí sin avisar. —El espía oyó cómo la puerta se abría y todos bajaban las escaleras para recibir a la mujer. Durante unos minutos no captó nada de lo que sucedía. Después, la luz de la ventana que tenía más cerca se encendió. Escuchó atento a Inés hablar.
—Mamá, me estás asustando. Dime, por favor, qué es lo que sucede,
¿es algo con papá?
Imaginó a la madre de la española sentándose y bebiendo antes de hablar. Eugenia era una mujer fría y dura que había sobrevivido a una guerra con valentía y rara vez se alteraba, pero su voz esa noche revelaba su impresión. Incluso su aspecto, siempre impecablemente arreglada, sus ojos azules y profundos y su mentón altivo parecían tocados por la consternación.
—Es una desgracia horrible, hija mía. Se trata de tu prima Hilda.
Inés se alarmó de forma que el agente estuvo seguro del afecto que la unía a ella.
—¿Hilda? ¿Qué es lo que le ha pasado a la prima? ¿Está bien?
—No sabemos cómo está. No tenemos la menor idea. Vengo de casa de sus padres. Desde allí he pasado por el club para avisar a papá y he pedido a Braulio que me trajera directamente aquí. Los padres de Hilda..., los pobrecitos... Hace unos días les visitaron unos hombres que no conocían. Eran alemanes. Les preguntaron por el paradero de su hija. Claro, tus tíos se asustaron. Dijeron que estaba en su castillo, en Baviera. Por lo visto habían hablado hacía pocos días con ella. El caso es que les explicaron que Hilda está perseguida por la justicia. Por lo visto ha matado a su marido, a Harald, y a dieciséis personas más que tenía de invitados.
—Eso es imposible —dijo Pablo atónito.
—Del todo —confirmó Inés, que no estaba tan segura. Conocía a Hilda desde pequeña. Su determinación, su valentía... Si había matado a esa gente habría un motivo..., y estaban en guerra. Ella también había hecho cosas inexplicables durante la guerra española.
—Eso pensé yo. Dicen que los encerró en una habitación y los gaseó.
No entiendo cómo puede hacerse eso, aunque tu prima siempre fue muy..., muy extrema, muy radical en todo.
—El mundo a su alrededor es radical, mamá.
—Harald era encantador —dijo horrorizada—, no merecía morir. No puedo creer que Hilda lo matara. Tiene que ser un error. Tus tíos no tienen más información. ¿Puedes imaginarlo? Te visitan dos hombres que no conoces y lo siguiente que sabes es que tu hija es una asesina múltiple. Les enseñaron la orden de busca y captura. Qué espanto. Con lo que me gustaba Harald.
—Harald os gustó porque era de buena familia, cazador y sí, lo poco que le conocimos, encantador. Pero Hilda vivía con él, ella es la que conocía realmente a su marido. Ya sabes que era un ferviente nazi.
—Tenemos muchos amigos alemanes que lo son —apuntó Eugenia.
—Si saben lo que están haciendo los suyos, quizás deban empezar a replanteárselo.
—Ya, sí..., hija mía, los judíos y todo eso. Nunca lo he creído del todo.
No puede ser posible. Son gente educada, culta..., eso escapa a la razón, no pueden ser tan viles..., es imposible —comentó Eugenia moviendo la mano como para indicar que aquello eran solo rumores.
—Te puedo presentar a tres personas que te abrirán los ojos.
—Todo cambia según la perspectiva con la que se mire, hija —insistió Eugenia.
—Ah, no. Eso no. Eso no admite discusión. Mañana los Wiesner te explicarán su experiencia, quieras o no. Estoy harta de tu ceguera.
—Hija, yo... estoy aterrorizada por tu prima. Sus padres están destrozados. Por lo visto está siendo buscada como una criminal por toda Europa. Te imaginas, ¡una Sagnier criminal! Esto marcará a toda la familia.
Pero aún no han dado con ella. Está fugada. Dios quiera que este entuerto se aclare. Quién sabe si volveremos a verla. Tu prima... ¡una fugitiva! No puedo ni pensarlo.
Inés supo en ese instante que Hilda estaba tratando de llegar a España.
Lo haría por la ruta que ella misma había ayudado a crear. La que pasaba por el castillo de Fallstein y acababa en Puigcerdá. Miró a Pablo, que estaba pensando exactamente lo mismo. Él negó con la cabeza intentando disuadirla de una decisión que ya estaba tomada. Inés se acercó a su madre
y le pasó el brazo por el hombro. Eugenia siempre evitaba el contacto físico, incluso llevaba guantes en su empeño de protegerse de los que la rodeaban, pero aquella noche aceptó la muestra de cariño.
—Ve a dormir mamá, pediré que te preparen la habitación de las flores.
—No, hija, no... —dijo llevándose un pañuelo a la nariz para sonarse silenciosamente—. Es espantosa y cursi. Tu suegra tiene un gusto horrible
—dijo recuperando algo de su carácter.
—La azul entonces.
—Sí, mejor.
—Te acompaño. Tienes que descansar.
Tras la ventana, en el exterior, el agente que los vigilaba se alegró. Esa conversación, o mejor, la reacción que provocara arrojaría mucha luz.
Cuando al día siguiente, de nuevo desde el monte Gandaya, vio el coche familiar de los Bultó abandonar la finca supo que Gustav Wagner podía esperar a Inés en Puigcerdá.
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