La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 72 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 70

Doce días. Doce días moviéndose durante la noche, por las esquinas, como ratones, como los proscritos que eran. Ella, que hacía no tanto entraba en las grandes fiestas y era el centro de atención, que se afanaba en no pasar desapercibida, de pronto quería todo lo contrario. Del camión de la leche pasaron a uno de ganado y de ese a caminos que recorrían campos y bosques en los que el frío era un compañero añadido. Durmieron en establos y refugios de montaña, en casas de gente que no los conocía, pero estaba dispuesta a arriesgar la vida por ellos. La comodidad física, el confort, se convirtió en un recuerdo cada vez más lejano. No importaba, prefería dormir con Bruno y Ernst sobre el suelo que en colchones de pluma junto a Harald. Hilda miraba a Ernst subido a la espalda de Bruno y sabía que finalmente seguía el camino correcto. Qué absurdo había sido dejar que otros eligieran por ella, qué injusto era que la hubiesen encarado en una dirección que tenía que recorrer sola. Nunca más, se dijo agotada sonriendo en la oscuridad. Nunca más viviría la vida que otros le habían preparado.

Habían avanzado a buen ritmo y tan solo pasaron miedo en una ocasión en la que, escondidos entre las balas de paja de un camión, el vehículo se detuvo en un control y los guardias revisaron desde la carretera su carga. Se habían quedado quietos, sin atreverse a respirar, hasta oír que el motor se ponía en marcha otra vez y seguían circulando. Los acompañaba un guía alto y flaco, con mirada inteligente y barba oscura, que apenas hablaba. Cuando lo hacía, todos, hasta Ernst, escuchaban y obedecían. Se hacía llamar Lazarus y les había dicho que su fuga debía ser la más veloz de todas, ya que no sabían de qué manera se desplegarían las fuerzas alemanas por la Francia de Vichy ni qué rutas podían quedar anuladas. En cada parada recibía información que guardaba y administraba para llegar al siguiente punto. Hilda y Bruno lo habían visto antes, cuando en repetidas

ocasiones pasó con varios grupos por la cabaña de cazadores de Burg Fallstein. Era tranquilizador. Estaban en manos de un guía muy experimentado.

Acabaron de andar bosque a través, casi escalando por un monte cubierto de altos pinos, y llegaron a un camino de montaña cuya tierra, más clara, parecía brillar en la noche. También brillaba súbitamente el cielo, abierto y estrellado sobre ellos y presidido por la luna rodeada de un halo frío. Estaban todos cansados y los niños caminaban cada vez más pesadamente. El guía, que lo sabía, les dio esperanzas a todos al señalar un punto en el horizonte cercano.

—En media hora llegaremos. Podrán descansar —dijo escueto y creíble.

Hilda se acercó a Bruno. Era una suerte contar con su fuerza. Llevar a un niño tantas horas a cuestas hubiera sido imposible para ella.

—Siento que tengas que acarrear a Ernst. Es muy pequeño aún.

—No lo sientas. Quiero a este niño. Nunca lo dejaría atrás.

Que Bruno quisiera lo que ella más quería era tan bonito como que la quisiera a ella.

—Me siento afortunada —reflexionó—. Pensaba que mi fortuna era mi castillo, mis fiestas, pensaba que tenía lo mejor..., pero nada en mi vida ha sido tan bueno como teneros a ti y a Ernst a mi lado.

—Eso es muy bonito.

—Es bonito porque es verdad.

—Ya falta menos. Lo lograremos. Viviremos sin miedo, estoy seguro

—dijo Bruno dando ánimos al cuerpo agotado de Hilda.

—Yo... —dijo ella mirando hacia el cielo, sintiendo cómo sus ojos se humedecían—. Me gustaría vivir cien años... para hacerte feliz los cien.

Pero, si no lo logro, me gustaría que fueras feliz... Yo quiero que seas siempre feliz. Porque el amor es eso, ¿no? Querer que el otro sea feliz... Lo demás son tonterías. Prométeme que serás feliz. Que Ernst lo será también.

—Escúchame —le dijo él cogiéndola de la mano—, los dos seremos felices, ¿entiendes? Los dos. Nos haremos viejos juntos y, aunque no te puedo prometer que sean cien años, te aseguro que valdrán como mil.

—Eso espero. Pero para mí ya ha compensado. Incluso haberme casado con Harald compensa si a cambio os he conocido a ti y a este pobre niño. Prométeme que serás feliz. Hazlo.

Bruno le apretó la mano un poco más. No quería ni imaginar una vida sin Hilda, pero era una posibilidad. No sabía si lo lograrían, y pensó que la voluntad a menudo choca con la realidad.

—Te lo prometo. Seré feliz y haré feliz a Ernst. Lo haremos los dos, pero si uno de los dos falla, cumpliremos esta promesa.

—¡Ya estamos! —se escuchó decir a José Manuel, que avanzaba por delante de ellos con los dos hijos de Bruno cogidos de la mano.

Habían llegado a un centenar de metros de la cima de la montaña, donde la vegetación de pinos y abetos empezaba a menguar y la de los arbustos se hacía más densa. Frente a ellos, un par de enormes rocas parecían estar listas para rodar montaña abajo. Se colaron entre ellas tras el guía: una abertura daba acceso a un pequeño hueco entre la montaña y las piedras, bien escondido y techado con pizarra. A un lado, varias mantas se amontonaban dobladas; al otro, una ruda estantería de madera con algunas latas de comida. Lo mejor era la hoguera, lista para que la encendieran y bien surtida de madera para alimentarla. La alegría y el alivio colmó la llegada y, tras cenar lo que Lazarus decidió, todos se durmieron rápidamente apoyados los unos contra los otros.

Bruno se despertó pocas horas después al notar que el fuego había bajado. Se separó con cuidado de Hilda y se acercó a la hoguera para poner un par de leños. Observó la estampa de aquellos fugitivos en busca de la libertad, unos apoyados en los otros, los niños acurrucados junto a Hilda y ella profundamente dormida. No vio a José Manuel, así que salió en su busca. Desde donde estaba distinguió su silueta recortándose contra el cielo estrellado: estaba sentado en una peña desde la que se veía un mar de montañas oscuras. Antes de que estuviera a su lado, el español ya lo había visto venir. Estaba fumando.

—¿Insomnio? —le dijo José Manuel tendiéndole un cigarrillo.

—Ninguno. Podría dormirme ahora mismo. Estoy cansado, pero he visto que no estabas. ¿Te encuentras bien? —preguntó Bruno.

—Me cuesta dormir. Me pasa desde que Heidi fue capturada. Cuando consigo descansar, conciliar el sueño, me siento culpable.

Llevaban días juntos y todos conocían la historia de José Manuel y Heidi. Él no les había dado detalles de su misión como espías y ninguno había preguntado aunque todos lo sospecharan. Bruno dejó que hablara.

—Llegaremos a España, pero una parte de mí se queda aquí. Aunque escape a la lógica, siento que estoy traicionando a Heidi. Siento que debería ser yo el que estuviera en Buchenwald.

—No tiene ninguna lógica, pero te entiendo. Comprendo tu angustia.

En cualquier caso, por más que te martirices, no puedes hacer nada más que aprovechar la oportunidad que la vida te ha dado. Por desgracia, ella no tiene esa suerte.

—Heidi estaba convencida de que iba a morir. Me lo dijo varias veces.

—Por suerte para ti, eso no lo sabe nadie.

—No dejes que te pase —dijo José Manuel mirando hacia el cielo—, no lo permitas.

—¿El qué?

—No cruces la frontera sin Hilda. Si tienes que elegir, quédate tú, que crucen ella y los niños. Por lo menos no te sentirás como yo.

Ni Hilda ni Bruno habían hablado de su relación, pero no la ocultaban, por lo que no había hecho falta ninguna aclaración. Quizás otro se hubiera escandalizado, pero José Manuel ya había visto lo suficiente de la vida para comprender que muchas de las normas que la llamada «buena sociedad»

imponía se desmoronaban en cuanto llegaban sentimientos de más calado.

—Sacrificaría mi vida por ella, si es a eso a lo que te refieres —

aseguró Bruno.

—Lo sé. Pero a veces no puedes elegir. Hilda es una presa mucho más codiciada que tú. Una asesina de importantes figuras del Reich... No me extrañaría que hasta el mismo Führer estuviera pendiente de su captura.

Un escalofrío recorrió la espalda de Bruno.

—No dejaré que la atrapen.

—Yo te ayudaré. Si llegado el momento sucede lo peor, te quedarás con la tranquilidad de haber hecho todo para evitarlo. En una semana llegaremos a la frontera.

—Una semana —repitió Bruno mirando en dirección al sur que les esperaba.

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