La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 31 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 29

Había despertado de la siesta y estaba preparando las maletas para su regreso a España cuando la señora Kutz entró con una nota que alguien acababa de llevar. A José Manuel no le gustaba hacer el equipaje y tener a alguien que se ocupara de ello era siempre una de las cosas que agradecía de su posición. Lamentablemente, en Villa Kreisler, los Kutz ya estaban desbordados por sus tareas y añadir aquella resultaba imposible. Había hablado poco con ellos pese a que llevaba ya cinco meses en Potsdam.

Volvería pronto, pero antes tendrían tiempo de descansar. No se echarían de menos. La señora Kutz cocinaba sin gracia y el señor Kutz planchaba los cuellos de sus camisas de forma que resultaba imposible ponerse la corbata recta. Con la severidad a la que acostumbraba, entregó el sobre sin apenas mirarle a los ojos, sin una sonrisa ni nada que le hiciera parecer mínimamente humana. En el remite José Manuel leyó: «Müller, Potsdam»; dentro, lo inesperado:

Querido José Manuel:

Anoche murió Sofia Maeckelberg. La han encontrado en su habitación esta mañana. La Gestapo ha iniciado una investigación. Creen que ha podido ser envenenada. Probablemente le visiten, van a interrogar a todos los invitados que estuvieron en mi casa. Supongo que harán lo propio con los que ya estaban en Carinhall. Lamento las molestias.

Atentamente,

Helmut

Se sentó en la cama. Releyó la carta. Ciertamente, Sofia Maeckelberg había tenido un episodio de indisimulable malestar. Todos lo habían achacado a su ebriedad, pero la verdad era que, visto en perspectiva, parecía más que eso. Había pasado de un estado de alegre coqueteo a uno en el que no podía ni andar. ¿Envenenada? Todo era posible. Quizás una repentina alergia mortal habría sido más plausible. En Casa Müller, Sofia se encontraba entre amigos, incluso en Carinhall su alegre presencia no era la

más relevante. Nadie tenía por qué querer envenenarla y, sin embargo, José Manuel sintió que pasaba algo por alto. Rebuscó en su cabeza y repasó la noche desgranándola minuto a minuto. Como ocurría siempre, los hechos más relevantes difuminaban los de menor importancia, y el saludo a Goering y la posterior reunión con sus oficiales copaban la mayor parte de sus recuerdos. Con todo, quizás estuviera olvidando algo vital.

Tendría que aplazar su viaje a Asturias por lo menos tres o cuatro días, por lo que aparcó la aburrida tarea que le había ocupado y bajó a la cocina a avisar del cambio de planes. Encontró a la señora Kutz sentada a la mesa del office tomando té. Se levantó rápidamente al verle, como si estuviera haciendo algo malo. Intentando ser amable, José Manuel se acercó y agarró la tetera para servirse en una de las tazas. De inmediato ella se la cogió.

—Oh, no, señor. Está sucia. La acaba de usar el señor Kutz. Le serviré té en otra —dijo apurada.

Y entonces recordó. Hilda había hecho algo muy parecido en casa de los Müller, cuando él quiso coger la copa de champán extra que ella se acababa de servir. Hilda se la había quitado con decisión de las manos y, despreocupada, se la había ofrecido a Sofia.

No podía creerlo. ¿Hilda había envenenado a Sofia? Dejó la taza antes de dar el primer sorbo y, apresuradamente, pidió el coche para ir al hotel Adlon, donde los Fallstein estaban alojados.

Cruzó un Berlín en el que, si uno se fijaba, las señales de la guerra empezaban, al fin, a estar presentes con algunos muros de sacos protegiendo monumentos y más presencia militar pero, en general, comprobó que la ciudad mantenía su optimismo. Un optimismo probablemente cada vez menos entusiasta, pero aún cargado de fe en la victoria. Goering había alardeado de que, si algún avión aliado bombardeaba el Reich, su apellido pasaría a ser Meyer, razón por la que, recogiendo el guante con ironía, entre los soldados se le empezaba a llamar Hermann Meyer. El frente ruso estaba dando más problemas de los esperados pero, por supuesto, nadie hablaba de ello y la hábil propaganda de Goebbels estaba haciendo un excelente trabajo de desinformación. Tardó cuarenta minutos en llegar al Adlon.

Se lo consideraba el hotel más elegante de Berlín, idealmente localizado frente a la Puerta de Brandenburgo, en Unter den Linden, en pleno distrito gubernamental. José Manuel sabía que los jerarcas nazis frecuentaban más el Kaiserhof, que estaba pegado a la cancillería del Reich, pero lo cierto es que las botas militares pisaban los suelos de mármol de ambos hoteles con tanta frecuencia como los de sus casas. El exterior y el entorno eran la viva imagen de lo que gustaba a los nazis y la monumentalidad de la zona, pulcramente cuidada, no se había resentido aún de los bombardeos que, muy de vez en cuando, se producían en la ciudad.

La avenida era enorme, mayor que cualquiera que José Manuel hubiera visto en Europa, y el hotel, palaciego. Se había inaugurado en 1907 bajo el auspicio del káiser y la iniciativa de Lorenz Adlon, a semejanza de los grandes hoteles de otras capitales del continente y ocultaba, tras un exterior sobrio de piedra blanca y techo de cobre, un interior opulento revestido de los mejores materiales. Por supuesto, en su fachada ondeaban grandes banderas y estandartes nazis.

Estaba saliendo de su coche cuando, a los pocos metros, vio a Harald Fallstein salir del hotel, entrar en el suyo y arrancar a toda prisa. Vestía de luto, con banda negra al brazo y, aunque brevemente, pudo ver su cara consternada. «Mejor que no esté», pensó.

Entró al hotel, un derroche de bóvedas que se cruzaban, columnas de mármol, suelos de mosaico y arañas de cristal estilo años veinte. Todo destilaba el máximo lujo. De fondo se oía un piano y la concurrencia, una mezcla de uniformes, risas, perlas y pieles, daba al lugar toda la sofisticación de la que Berlín se jactaba. Hombres y mujeres, sentados en sillones de cuero oscuro, disfrutaban de cócteles y aperitivos tras los grandes ventanales con vistas a la calle. En recepción, pidió que anunciaran a la condesa de Fallstein su presencia. Luego, esperó en un sillón desde el que se veía la escalera, tan monumental, barroca y opulenta como el resto del entorno. Tuvo que esperar casi media hora hasta ver a la prima de Inés descender. No había llegado al último escalón cuando le localizó, le saludó con la mano y él acudió a su encuentro.

—Qué agradable sorpresa, José Manuel. Has hecho muy bien en venir.

Y me encanta que no hayas avisado, los alemanes son tan organizados que los días rara vez ofrecen más de lo que una espera.

—¿Nos sentamos? —le dijo él.

—Sí, pero no aquí. ¿Conoces el jardín de invierno? Es más tranquilo.

Aquí todo el mundo grita. Es una época ruidosa en el país, todo suena fuerte, la música, la gente, la risa, el llanto... Lo detesto. El Grosse Hall de este hotel es peor que el salón de la casa de Puigcerdá de mis tíos. La de Inés. Cómo gritan todos... En fin. Divertido y ruidoso, pero quiero que estemos tranquilos. Es por aquí.

Pasaron por delante de una enorme chimenea encastrada en una pared de elaboradas boiseries. Sobre la repisa, un busto observaba su paso.

—Es el káiser. Ahora vive en Holanda. Harald aún cree que volverá algún día, pero Hitler es más poderoso, más fuerte. A mí me extrañaría que volviera. Nostálgicos, ya sabes. Igual que los españoles. No creo que vuelva el rey y es una pena, porque me caía muy simpático.

—A mí también. Pero Franco...

—No querrá. Así que solo nos queda eso, la nostalgia. Pero no hay que detenerse demasiado en ella. Mira a Lorenz Adlon, el dueño del hotel. Era tan monárquico que jamás pensó que nadie salvo el emperador pudiera pasar por debajo de la Puerta de Brandenburgo, pues con esa idea se construyó, así que siempre se negó a mirar para cruzarla. Murió atropellado.

A veces nos emperramos en imposibles.

Habían llegado a un salón con bóveda acristalada, más tranquilo y luminoso, decorado con kentias y muebles de jardín. El tono de las conversaciones permitía oír el rumor de una fuente. Se sentaron en unas butacas de madera en torno a un velador. Había pocas personas.

Hilda seguía comentando anécdotas y banalidades, como una persona a la que nadie escucha nunca y tiene todo, lo importante y lo irrelevante, por contar. José Manuel supo que estaba muy sola, pero nada justificaba que aún no hubiera mencionado la muerte de Sofia y, en cambio, se hubiera detenido en la del dueño del hotel, acaecida muchos años antes. Decidió no aplazarlo más.

—Sofia Maeckelberg ha muerto.

Hilda cambió radicalmente de expresión. Desvió la mirada a la escultura de bronce que remataba la fuente.

—Lo sé. Son malos tiempos. Harald se ha puesto muy triste.

—Tú no pareces triste.

Ella le miró unos segundos. Luego desvió la mirada.

—Nunca juzgues el dolor, José Manuel. Menos aún el mío. No me conoces. Muchos llevamos dentro una carga de la que los demás no saben nada, sé considerado.

—Disculpa.

—No tienes que pedir disculpas. Solo ser más considerado. Sofia era una amiga de Harald de toda la vida. Yo también la traté a menudo. Éramos muy diferentes, pero le tenía aprecio.

Desde que José Manuel había sacado el tema, Hilda se había tocado varias veces la pulsera con un tic que no le recordaba. Cuando le miró la muñeca, ella escondió la mano debajo de la mesa. Estaba nerviosa y eso la delataba. Decidió arriesgarse.

—Te vi hacerlo —dijo. Luego se la quedó mirando. Ella de nuevo no pudo aguantarle la mirada. El silencio de tan solo unos segundos pareció una confesión.

—Tú no viste nada. —Alzó el mentón, amenazante—. ¿Qué es lo que viste?

—Tú la envenenaste. La copa que quise coger de tu mano, lo recuerdo como si fuera ahora mismo, me la negaste, se la diste a Sofia.

—Sofia es una señora, por el amor de Dios. Siempre vamos delante.

José Manuel la miró.

—No te voy a delatar, si eso es lo que te preocupa. Pero me lo tienes que explicar, quiero entenderlo.

Hilda cambió de postura. También de gesto. Había tomado una decisión.

—Aquí no. Estas paredes tienen oídos. Iré a mi habitación. Es la 304.

Ven dentro de diez minutos. Sube por la escalera, Harald dice que los chicos del ascensor son informadores.

Él asintió y la vio partir. A los diez minutos siguió su camino. Golpeó levemente la puerta, que se abrió con el impulso. Hilda ocupaba una lujosa suite de varias estancias con vistas a Unter den Linden. Le esperaba en el salón, enmoquetado y acogedor, con un tresillo y dos butacas tapizadas en dorado. Había preparado unas bebidas. Con la mano pidió a José Manuel que se sentara.

—Lo que te voy a contar es un secreto que saben muy pocos.

—Lo imagino.

—No soy nazi. De hecho, los odio. Maté a Sofia porque lo merecía.

Atiende y compréndeme. Me explicaré, aunque hace tiempo que entendí que solo le debo una explicación a dos personas: a la niña que fui y a la anciana que puede que sea. Que ambas estén satisfechas con lo que haga de mi vida es lo único que me importa. Estoy sola, pero eso no me ha hecho egoísta, no es una contradicción. Sigo sufriendo con las desgracias de los demás y sigo intentando que el mal tarde un poco más en extenderse. Estoy en una roca rodeada por un mar de lava, pero cada persona a la que consigo subir a mi roca es un triunfo.

Le explicó el suceso acaecido en la finca de Sofia. Detalló cómo los judíos corrían como conejos mientras los invitados a la fiesta reían a carcajadas al dispararlos. Explicó todo lo que había sentido y cómo aquello la había cambiado. Intencionadamente, se mostró afligida, cuando en realidad estaba furiosa por haber sido descubierta y contenta por haber matado a Sofia. No explicó que era su tercera víctima, pero reconoció que esperaba que no fuera la última.

José Manuel escuchó en silencio. Luego reflexionó y dijo:

—Yo tampoco soy nazi. Tan solo un empresario que pretende hacer negocios. No puedo censurar lo que has hecho, no puedo evitar pensar que, si lo que cuentas es cierto...

—Cada palabra —interrumpió Hilda.

—... si lo que cuentas es cierto, Sofia merecía morir. Pero la Gestapo va a preguntar. Te interrogarán.

—No me sacarán nada.

—No, si no aprietan. Pero lo mejor es que te prepares. Son expertos en sacar información, en obtener confesiones. Debes deshacerte del veneno que tengas. ¿Qué usaste?

—Arsénico.

—Bueno, eso está bien. Es común, fácil de conseguir. Esperemos que Sofia no tenga signos visibles. Edemas faciales, por ejemplo. Por la rapidez con la que ha muerto, le diste una dosis importante.

—Lo hice —afirmó sin inmutarse.

—Pues quizás te salves. Por suerte no has cometido más asesinatos. Si así fuera, podrían establecer relación entre ellos. Y a la vez contigo. En cualquier caso, te recomiendo que abandones tus planes y no vuelvas a actuar así.

Hilda se asustó un poco, pero enseguida recapacitó: «¿Por qué no?

¿Acaso no estamos en guerra? Yo mato, yo lucho, exactamente igual que todos los buenos europeos». Se levantó y fue a la ventana.

—¿Sabes? Este es un país hermoso, lleno de gente buena. Pero están asustados. Por supuesto, hay muchos que se han envilecido, pero también hay otros que solo ignoran lo que pasa. Yo no tengo miedo. Yo veo lo bueno de Alemania y me niego a que quede cubierto por el lodo de la maldad. No.

Todos los que no estemos asustados debemos luchar. También fuera de Alemania. —Por primera vez le miró con odio—. José Manuel, ¿qué es eso de hacer negocios con los nazis? ¿No tenéis suficiente dinero ya? Deberías avergonzarte, mucho más que yo, que no he hecho nada malo. Cada vez que te compres algo, obsérvalo bien y odialo, porque el dinero con el que lo has adquirido viene del mal.

Como le pasaba a menudo y, tristemente, ya se había acostumbrado, José Manuel tuvo que tragarse sus argumentos, asumir que le increparan y seguir ocultando la verdad. Odiaba ser espía, pero lo hacía muy bien.

—Te voy a pedir una cosa —dijo él más sereno—. Las cosas se pueden complicar, pero tengo maneras de ayudarte. Si en algún momento tienes problemas, si crees que vas a ser apresada, llama al número que te voy a apuntar. —Anotó un número largo, en el que se escondía el de Villa Kreisler—. Debes marcar los números de derecha a izquierda y obviando los múltiplos de tres. Atenderá la llamada una mujer, deja recado a nombre

de cualquier calle de Barcelona con nombre masculino y deja tus señas. Me ocuparé de que te recojan y te escondan allá donde estés, en Berlín o en Baviera. Si es una trampa, deja recado a tu nombre. ¿Entendido?

Hilda lo miró y decidió devolverle el favor.

—Si a ti te sucede lo mismo, si tu estancia en Alemania se complica, ven al castillo de Fallstein, en Baviera, no lejos de Múnich. Quizás sea yo la que pueda salvarte a ti entonces. No serías el primero al que ayudo a huir de los nazis.

Se quedaron en silencio, guardándose ambos una información que esperaban no tener que utilizar nunca. Hilda comprendió que José Manuel no la delataría. Él la miró y esbozó una media sonrisa. Cogió una de las copas que ella había preparado y la alzó para un brindis por aquella nueva complicidad. Ella no cogió la suya.

—Deja la copa donde estaba, José Manuel. He decidido no matarte —

dijo muy seria.

Mientras, Harald Fallstein había llegado a la casa de la finada. Igual que las que tenía en otras partes del Reich, la casa de Sofia Maeckelberg en el barrio de Grunewald era espléndida. Prácticamente todas las casas de la zona lo eran, y el barrio en general, pese a estar a pocos kilómetros del centro, era especialmente agradable gracias al gran bosque que le daba nombre. La de los Maeckelberg era una residencia enorme y poco práctica para Sofia, que vivía sola con sus amantes y el extenso servicio que jamás se había acabado de acostumbrar a su disoluta vida. Para un aristócrata, la vida sin descendencia, la sensación de cerrar una larga saga, de ser el último de la estirpe, resultaba inasumible, lo que ahondó la tristeza de Harald. Su amiga, que tan solo había sido una heredera caprichosa, cerraba una saga industrial de seis generaciones; con ella se irían todas las cosas bonitas que los Maeckelberg habían dejado a su paso, la industria, su castillo checoslovaco, su magnífica colección de arte... y aquella casa que contemplaba compungido pensando en que no tardarían en subastar los muebles y en cerrar las contraventanas rosadas, en cómo el jardín se secaría y las trepadoras que cubrían los muros ocre con grandes hortensias dejarían

de crecer. Luego, tras la guerra, algún nuevo rico la vería, despreciaría la mansión pero valoraría el solar y la compraría, para que el recuerdo de aquella familia quedara en el polvo y sobre él se edificara algo de estilo Bauhaus o similar. Algo sin gusto. «Terrible», pensó y suspiró.

Entró en el hall y dejó que un mayordomo, al que le quedaban escasos meses de trabajo, le recogiera el sombrero y el abrigo. Luego fue al salón.

Allá, flanqueada por su estandarte familiar amarillo y negro y la esvástica, reposaba Sofia en un ataúd abierto. A su alrededor habían colocado muchas sillas en las que varios militares de alto rango y personas de aire distinguido conversaban como si ella no estuviera allí, como si solo la curiosidad y no el amor los hubiera llevado a aquel salón espléndido. Le miró la cara, excesivamente maquillada para disimular su piel encerada, con los labios rojos. Pensó que, incluso muerta, su expresión tenía una chispa de picardía.

Sonrió, oh, la iba a echar de menos. Sofia había sido la mejor de las amigas, su compañera desde la infancia, la primera en tantas cosas... Sí, en aquello también. Le había pedido matrimonio, pero ella le había rechazado. Quería vivir, le había dicho, pero allí estaba, muerta. El médico que había acudido a la llamada del servicio cuando la descubrieron por la mañana había dicho que no se podía descartar un envenenamiento. Harald pensaba usar toda su influencia para que la Gestapo, a la que ya había avisado, hiciera averiguaciones. En una esquina, mirándole, el comandante al que había llamado le saludó con la mano. Dio un beso en la frente a su amiga y fue hacia él.

—Lamento mucho la muerte de su amiga, Graf Fallstein —le dijo—, la hemos inspeccionado antes de que la amortajaran. Esta tarde se le hará la autopsia, pero queríamos que se despidieran de ella cuando aún...

—Cuando aún no la han despedazado. Han hecho bien.

—Podemos ahorrarle el trance, herr Fallstein. Nada parece indicar que sea una muerte por envenenamiento. Al hablar con el médico que ha certificado la muerte, ha confirmado que tan solo dijo que era una posibilidad remota. El servicio, como siempre, ha exagerado. Estas cosas pasan.

—Pasan demasiado, comandante. En la guerra, en el frente, por supuesto. Pero no tanto en la retaguardia. Es la segunda... —Había olvidado a Greta Meyer, la espantosa mujer del conde Gottfried—, qué digo, ¡la tercera persona que muere en circunstancias similares en mi entorno!

—¿Su entorno es muy amplio?

—Todo lo contrario —respondió Harald orgulloso—, no me relaciono con mucha gente. Mi círculo es pequeño y selecto. Salvo por esa mujer..., esa..., la mujer del Graf Meyer, a quien conocí a través de él, que enloqueció por... aún no sé qué. También murió tras una fiesta.

El comandante se quedó pensativo. Debía ayudar a aquel importante aristócrata. No encontrarían nada, pero desde la perspectiva del conde Fallstein podía comprender que resultara sospechoso.

—Hay un hombre que seguro resolvería el entuerto. Me habló de él Reinhard Heydrich.

—¿El Obbergrupenführer Heydrich? —preguntó Harald, asombrado con tan solo oír el nombre de uno de los altos mandos más venerados por Hitler.

Heydrich no solo era el director de la Oficina General de Seguridad del Reich, también había sido nombrado Protector de Bohemia y Moravia, lo que básicamente significaba que tenía el poder absoluto en aquellas extensas zonas que un día habían formado parte de Checoslovaquia.

—Sí, sí, claro, ¿quién si no? —respondió el comandante—. Heydrich fue quien le descubrió y estoy seguro de que podría encargarle la investigación. Le llaman por su apellido, Bergen, mayor Bergen, y es de los más valorados en el Servicio de Seguridad, la SD. Es muy suspicaz. Si hay algo que averiguar, él lo hará. Y le informaré sobre la autopsia, aunque me temo que hagamos una carnicería para no encontrar nada.

Se miraron a los ojos y, tras hacer el saludo nazi, el comandante de la Gestapo se despidió de Harald. El conde, de camino a la puerta, se cruzó con Maria von Strutt. Harald la vio acercarse vestida de riguroso luto. Le ofreció la mano para que se la besara mientras con la otra se levantaba el velo oscuro con el que se cubría.

—Oh, Harald querido, es terrible.

—Terrible, Maria. Una persona tan llena de vida.

—Una buena amiga. Son tiempos gloriosos, pero no cabe duda de que en el camino a la gloria tendremos que pasar por penurias como esta.

Esperemos que no sean muchas.

—Ya son tres personas en circunstancias similares, Maria.

—¿Tres?

—Sí, tres personas que mueren tras una cena de nuestro entorno. En casas de amigos. Albert Bohringer, ahora Sofia Maeckelberg y aquella mujer..., la segunda esposa de Gottfried Meyer.

—La...

—Sí, sí..., esa..., jamás recuerdo su nombre.

—Yo tampoco. Lo cierto es que no era especialmente digna de ser recordada. Pero estás en lo cierto. Tres. Imagino que el comandante de la Gestapo con el que me he cruzado iba a hacer pesquisas, ¿no es así?

—Sin duda las hará. Es todo muy extraño, aunque a él no se lo ha parecido tanto.

—Bueno. Otto vendrá esta tarde, estaba muy triste también. Dime si podemos ayudar en algo...

—Rezad por Sofia. Era una bella persona.

—Sí que lo era —confirmó Maria antes de volver a ponerse el velo y acercarse al ataúd. Luego se sentó en una de las sillas que lo rodeaban inspeccionando a la gente. Llevaba apenas diez minutos cuando un camarero le trajo una nota.

—Acaban de dejarla para usted, meine dame.

—¿Para mí? —dijo ella mirando al sirviente, casi molesta.

—Sí, meine dame. Para usted. La acaba de dejar una mujer en la puerta.

Era realmente extraño que recibiera una nota en una casa a la que había asistido en contadas ocasiones. Se asustó. Quien supiera que estaba allí la había seguido. Tenía cosas que ocultar, por lo que todo lo que se apartaba de la normalidad le causaba intranquilidad. Abrió la nota mecanografiada:

Frau Strutt,

su hijo ha sufrido un accidente. Nos vemos en Kreutzberg a las dos. Yo la encontraré.

Z. Ludlow

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