La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 5 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 3

Hilda había sugerido que Inés no le contara nada a Pablo hasta tener a Magda en el avión, e Inés, que convino que era lo mejor para que su marido actuara con naturalidad, amaneció la mañana siguiente pretendiendo que nada había sucedido. El brillo de un día nuboso pero sin tormenta se colaba por las ventanas y, al observar el paisaje que se abría a sus pies, ambos se reconciliaron un poco con aquel castillo que al llegar les había resultado siniestro. El paisaje se había detenido bajo la nieve y solo el curso del río cayendo por la cascada que flanqueaba la fachada rompía la quietud. Sobre un risco, Pablo vio un rebeco saltar ágilmente. Como le pasaba siempre que iba de caza, le sobrevinieron las ganas de advertirle de que se alejara.

Eso tenían planeado. Irían de caza. El castillo estaba lleno de cornamentas y trofeos de diferentes animales alpinos y Harald era un consumado tirador, por lo que el plan para aquel día había surgido casi espontáneamente. Pablo había cazado poco. Su primera pieza había sido un muflón en una montería en la sierra de Gredos, y nunca reconoció del todo que la experiencia no le había resultado demasiado grata. Le gustaban más las cacerías de perdices, la caza menor en general, ya que, por alguna razón, tirar un ave que más tarde se comería le apenaba menos. Por supuesto, aquel no era el plan de Harald, que esperaba volver al Burg Fallstein con un buen rebeco o, si el día era propicio, un íbice de grandes cuernos. Inés había cazado más y era mejor tiradora, pues sus veraneos en el Pirineo catalán habían incluido a menudo recechos. Desde que se había casado, veraneaba en la masía de la familia de Pablo cerca de la costa, donde jugaban al tenis y se bañaban en el mar, pero rara vez sacaban rifles y escopetas. Tampoco los añoraba.

Los españoles se vistieron con pantalón bombacho, calcetines de lana, botas tobilleras y los clásicos lódenes tiroleses, todo comprado meses antes y absolutamente falto de la pátina que Inés estimaba que la ropa de caza de

la gente elegante debía tener. Resultaría imposible disimular su poca experiencia en esas lides, pero por suerte estaban en familia y asumían que Harald no les prestaría demasiada atención en cuanto se adentraran en los bosques.

Tras el desayuno, se subieron a un enorme automóvil Horch con capota abatida al que habían pintado el escudo familiar en las puertas y siguieron a los otros todoterreno que llevaban a guardas y perros hasta la base de una montaña escarpada. A medida que se alejaban del castillo, el ambiente parecía relajarse y el entorno se dulcificaba, como si aquel venerable edificio ejerciera una suerte de mala sombra sobre su inmediato alrededor. La nieve se había acumulado en el valle y todo el paisaje era idóneo para cualquier postal. Penetraron en la espesura y empezaron a ascender entre abetos que, cada poco tiempo, dejaban entrever un panorama cada vez más amplio del Tirol rico y hermoso que se extendía a los pies de la cumbre. Al rato se detuvieron y un guarda guio el rececho de Inés y Harald hacia un lado y el de Hilda y Pablo hacia el opuesto, mientras un tercer todoterreno se adentraba por otro camino para organizar el almuerzo.

Pablo siguió al guarda mientras conversaba con Hilda, poniendo de manifiesto el interés de ambos en que los animales repararan en su presencia y huyeran. Tanto Harald como Inés eran mucho más aficionados a la caza que sus parejas.

—Creo que es porque no nos dejaban tirar —se justificó Hilda—. Ya sabes, en algunas monterías y cacerías pensaban que no era femenino, que no quedaba bien. Nos emparejaban con el hombre que nos pretendía y nos quedábamos al lado susurrando durante horas a un desconocido. Me aficioné al Anís del Mono en esas esperas, aún me gusta, aunque también tengo buena puntería.

Pablo rio.

—Bueno, podemos ponernos al día. Creo que no se nos pondrá nada a tiro hoy. ¿No es así?

—Si para esto tengo que callarme, no cuentes con ello. Harald no me soporta cuando vamos juntos. Pero es que para él la caza es algo importante. Ya ves cómo tiene las paredes del Burg. En esta casa se cazan

más bichos de los que podemos colgar. En su momento no me gustó, pero ahora desearía que cazar fuera la principal ocupación de mi marido. Maldita guerra.

—Es normal que estés preocupada. Todos lo estamos.

—Pablo, en Alemania ahora mismo es casi traición no estar eufórico.

De pronto hay una especie de mesías para el que todo es posible. Alguien en el que todos debemos creer a pies juntillas. Es una locura.

—Sí. A mí tampoco me han gustado nunca los mitos, Hit...

—No digas su nombre —le interrumpió Hilda—, nuestro acompañante no habla nuestro idioma, pero si sabe que hablamos de su líder, afinará el oído. Vivimos un tiempo en el que nadie puede hablar libremente, ni siquiera yo, ni siquiera delante de mis empleados.

El guarda los miró molesto. No le hizo falta entender español para comprender que la pareja a la que acompañaba no tenía ningún interés en cazar.

En el otro extremo de la montaña, el ambiente era diferente. Inés, Harald y el guarda que los acompañaba esperaban tendidos bocabajo sobre una manta de loden a que, en la ladera opuesta, un íbice se pusiera a tiro. La tensión podía cortarse con un cuchillo mientras se intercambiaban los prismáticos para ver cómo el animal saltaba de la nieve a la roca y desde allí avanzaba ágilmente por un terreno imposible.

Harald se giró hacia Inés y con la mirada le cedió la pieza para que la matara. Ella puso el ojo en la mirilla de su rifle y aguardó. Los días de la Guerra Civil española, que había vivido huyendo de un lugar a otro con dieciocho años, le habían hecho más dura y a veces sentía que la inocencia que Dios le había dado, el hombre se la había arrebatado. No sentía pena por el animal, pues en cuanto habían dejado de caminar, sus pensamientos volvieron a centrarse en la pobre judía que debía sacar de aquella Alemania desquiciada. Disparó certeramente y, solo cuando oyó que los cuernos de la pieza chocaban contra la roca en su caída, despertó a la realidad.

Harald la felicitó entusiasmado:

—¡Excelente! ¡Excelente! ¡Un tiro limpio! —Miró al guarda y con un gesto ordenó soltar a los perros, tres sabuesos de Baviera de pelo color fuego y mirada inteligente que salieron a la carrera para encontrar al animal

—. Vayamos con los demás. Tendrás hambre. Esta tarde veremos la pieza.

—Me gustaría verla ahora —dijo ella sin saber bien por qué.

A Harald se le iluminó la mirada. Como entregado cazador, nada le gustaba más que ver exactamente por dónde había entrado el tiro que había abatido al animal, meter sus dedos en él, descubrir la calidad de la pieza y seguir a sus perros por el monte.

—Eso es fantástico. ¡Me tendría que haber casado contigo! —dijo jocoso—. ¡Hilda jamás me acompañaría a eso!

«Pero yo nunca me casaría con un nazi», barruntó Inés, que no sabía qué pensar de aquel hombre con una cara tan encantadora y otra tan condicionada a lo que su Führer opinara.

Anduvieron montaña abajo siguiendo al guarda y los perros hasta un pequeño valle del que surgía la montaña donde el íbice había caído. No tardaron en encontrarlo entre unas rocas afiladas y en una postura imposible para cualquier ser con un aliento de vida. Harald se acercó y, cogiéndole por un cuerno, le movió la cabeza. Enseguida, entre la oreja y el ojo, por encima de la mandíbula, apareció el tiro.

La miró sonriendo y le enseñó la herida al guarda, que también estaba impresionado por la pericia de la invitada española, pero Inés sintió pena y se arrepintió de haber disparado. Luego, al ver la sangre, ella, que nunca había sido aprensiva, sintió asco y ganas de vomitar. Pese a ver que sus ojos se ponían en blanco, sus acompañantes no pudieron sostenerla a tiempo de que no perdiera pie y cayera al suelo desmayada.

A los pocos segundos despertaba con las caras de Harald y el guarda a pocos centímetros de la suya, que palmeaban suavemente mientras la mojaban con una cantimplora. No entendían nada, tampoco Inés, que nunca antes se había desmayado y que, para su desgracia, había visto mucha más sangre en la Guerra Civil española que aquel día. La cogieron por los brazos ayudándola a ponerse en pie, pero al hacerlo notó un gran dolor en el tobillo.

—Diantre. Me lo he roto —dijo intentando no quejarse demasiado tras aquella muestra de debilidad femenina que odiaba haber protagonizado.

Harald se agachó y con cuidado cogió el pie y lo movió un poco. Ella no pudo evitar quejarse del dolor.

—Sí, meine liebe, me temo que te lo has roto. Pásame el brazo por el hombro. Bajaremos al valle. —Indicó al guarda que se pusiera al otro lado y lentamente descendieron hasta el punto de partida. Luego, el ayudante volvió a donde esperaban los coches dejando a su jefe acompañando a aquella patosa.

Tardaron poco menos de una hora en escuchar los ruidosos motores de los coches que iban a buscarlos. No se le hizo largo. La conversación de Harald era agradable y él, todo un caballero no exento de fina ironía y un sentido del humor más cercano al de los ingleses que los alemanes bombardeaban a diario que al de su supuesta raza superior. Con todo, le costaba mirarle a los ojos y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no preguntarle cómo se había dejado seducir tan ciegamente por el nazismo.

Al llegar, Pablo saltó del coche y le sonrió al tiempo que negaba con la cabeza.

—Querida, ¿qué vamos a hacer contigo? —dijo riendo.

—Oh, qué incordio sois los hombres —intervino Hilda—. No te preocupes Inés, le diré a Magda que te ayude estos días. Es estupenda, ahora la conocerás. Una aria fuerte y dura capaz de subir el Matternhorn contigo a cuestas si es necesario.

Inés adivinó con qué excusa Magda los acompañaría a España. En cierto modo, su desmayo y caída habían sido una bendición. Luego pensó en qué podía haberla provocado, y haciendo cuentas, se dijo que probablemente estuviera esperando su primer hijo. Aparcó aquel pensamiento feliz para cuando pisara su país y hubieran salido al fin del que la acogía.

Tal y como habían planeado, Magda fue su sombra el resto de su estancia en Burg Fallstein. No hizo falta que Hilda le explicara lo que pretendía, y tampoco Magda disimuló demasiado la exagerada atención que le prestaba.

Inés empezó a fingir una cojera intensa y pasaba el brazo por encima del hombro de la judía solicitando ayuda para hacer hasta el más mínimo movimiento. Pablo, que había pensado que aquel incidente sería leve y

pasajero, empezó a insistir para que acudieran al hospital, algo a lo que ella se negó alegando tener una rotura que ya estaba enyesada y por la que poco más se podía hacer.

La última noche Hilda remató la pantomima.

Degustaban el íbice que Inés había cazado. Macerado en oporto y frutos silvestres, y con el sabor fuerte de la caza. Inés lo comió con ganas a pesar de que su nariz y paladar empezaban a estar sensibles con lo inesperado, quizás porque su mente estaba ya de lleno ocupada en el periplo al que se había comprometido.

—No me gusta que viajes así, prima. Deberías quedarte con nosotros hasta restablecerte —inició su anfitriona.

—Estaré bien, Hilda. Y debemos volver a Barcelona. Hace días que no veo a mis padres y si Pablo no vuelve a la fábrica, acabaran por no conocerle. Eres muy amable, pero no puede ser.

—No podrás ni siquiera llevar el equipaje. Pablo no puede acarrear todo él solo. Necesitará ayuda.

Los hombres comían sin hacerles demasiado caso, pese a que la conversación tenía toda la intención.

—Llévate a Magda. Ya me la devolverás cuando te restablezcas. Te ayudará —apuntó Hilda.

—Eso sería... —dijo Inés sin saber bien cómo seguir el guion.

—Perfecto, sería perfecto. Es estupenda, ya la conoces. Quédatela unos años si quieres. Sería una magnifica nanny o fräulein para tus sobrinos si aún tardan en llegar vuestros hijos. ¿No crees, Harald querido? —dijo mirando a su marido.

—¿El qué? —dijo él repentinamente atento.

—Decíamos que Inés no puede viajar sola. Que debería quedarse con Magda, al menos unos meses.

—¿Magda? —dijo Harald sin saber de quién hablaban.

—Sí, Magda, una chica del servicio. La que está ayudando a mi prima estos días.

—Ah, sí —respondió distraído—, por supuesto, llévatela. Viajar solos es una mala idea siempre, y más en tu situación. Lleváosla, claro, será un bonito recuerdo de vuestra estancia en Fallstein. —Al instante había

olvidado aquel nombre.

Inés se contuvo de decir que Magda no era ningún souvenir.

—¿Te parece bien? —dijo mirando a Pablo.

—Me parece que habría que preguntarle a ella, ¿no crees? —dijo su marido, confuso por la actitud de Inés.

—Creo que le gustaría. Nos hemos llevado bien —dijo ella mirándole a los ojos. Al instante su marido vio el brillo que adquirían cuando Inés ocultaba algo, y comprendió que no conocía toda la historia. Dudó unos segundos antes de contestar.

—Pues háblalo con ella. Yo no tengo problema, y Dios sabe que entre tus maletas y tu cojera, toda ayuda será poca.

—Llevaros a quien queráis —intervino Harald—. Aquí tenemos a mucha más gente de la que necesitamos. No hay manera de que se vayan, tenemos al servicio de mis padres, el mío y el que incorporó Hilda. Espero que al menos los hombres se alisten pronto, es sencillamente absurdo tenerlos por aquí sin hacer nada en estos días.

—Magda será suficiente —dijo Inés intentando evitar molestarse—.

Pero gracias, Harald.

—Bueno, piénsatelo. Menos a la cocinera y a Fritz, que lleva aquí más años que los montes que nos rodean, todos los que quieras son tuyos.

—Ninguno es mío —dijo ella irritada—, tampoco tuyo —continuó bajando la voz—, pero gracias.

Harald no percibió el disgusto de su cuñada. Inés miró a su prima y vio que sus ojos se humedecían. Luego, recomponiéndose en segundos, Hilda alzó la copa para proponer un brindis por sus invitados.

Acabaron de cenar y se entretuvieron tan solo una hora más en el salón de fumar, pues al día siguiente su vuelo despegaba poco después de mediodía y debían abandonar el castillo alrededor de las diez. Antes, Hilda comunicó que se reuniría con Magda para informarla de que acompañaría a los españoles a su país.

Un lacayo con un candelabro les guio a su habitación. Tras darles paso y cerrar la puerta tras ellos, Pablo se acercó a Inés.

—De acuerdo. Explícame de qué va todo esto. Sé que no nos hemos vuelto esclavistas, así que tiene que haber una razón por la que disponemos de la vida de una pobre mujer alemana y nos la llevamos a España.

—La hay —dijo Inés bajando la voz—, siéntate y escucha.

Al día siguiente, tal y como habían planeado, las dos primas se demoraron lo suficiente en salir de sus aposentos como para que el trayecto al aeropuerto de Múnich se realizara con angustia y prisa. Inés fingió haberse dejado unos pendientes en la habitación y su prima disimuló tan bien como sabía, desenvolviéndose con torpeza y despiste.

Dos chóferes esperaban. En uno de los coches irían Inés, Pablo, Hilda y Harald. En el que les sucedía, las maletas y Magda. Salieron en una rápida procesión y Harald, que sabía que de él dependía aligerar los trámites de la partida, se vistió con su uniforme de oberst de la Luftwaffe. Todo el mundo le conocía en Múnich, pero nunca estaba de más enfatizar su importancia y afiliación. Circularon por las carreteras como solo hacían los que se sentían dueños de ellas y, en poco más de una hora, divisaron las mangas de viento y los hangares del aeródromo de Múnich. Harald sonrió orgulloso al ver que los ojos de Pablo se iluminaban con admiración.

A su llegada a Alemania, habían aterrizado en aquella instalación de noche y lloviendo, por lo que apenas había tenido tiempo de reparar en aquel prodigio de la arquitectura civil y militar. En cambio, a la luz del mediodía, Pablo no pudo evitar impresionarse con el aeropuerto de Riem, como llamaban al aeródromo de Múnich.

Estaba construido en curva y se abría, como el de Barcelona, a un prado verde, solo que era mucho mayor que el de su ciudad y edificado tan solo dos años antes. Era considerado uno de los más modernos del mundo y los flujos del pasaje se realizaban de forma ordenada y pasando exhaustivos controles de seguridad. Al suponerlo, la mirada de Pablo se ensombreció.

Miró a Inés, que sudaba levemente como solo hacía cuando estaba nerviosa.

—No llegaremos. Vais a perder el vuelo —vaticinó Hilda.

—Aquí nadie va a perder nada —respondió Harald, acercando inmediatamente después la cabeza al asiento delantero para dirigir algunas palabras al chófer mientras señalaba una alambrada situada pocos metros antes del gran edificio de la terminal.

El conductor aminoró la marcha y se acercó a la puerta, que custodiaban dos militares armados. Un suboficial se acercó a la ventanilla.

Con tan solo ver la cara de Harald, saludó y lanzó una orden al guardia que le acompañaba. A los pocos segundos, abrían la puerta y el coche esquivaba el edificio para entrar directamente en la zona de despegue.

El aeropuerto se destinaba a uso civil y militar, pero la mayoría de las aeronaves que se diseminaban por el prado del que debían partir eran civiles y tan solo una decena de cazas Messerschmitt eran revisados en un lado.

Todos sabían que la Luftwaffe estaba ocupada con el blitz en Londres, así que Pablo supuso que el grueso de los temibles bombarderos alemanes estaría en los aeródromos más cercanos a la capitán inglesa, que recibía sus bombas varias noches cada semana.

A los pocos metros de un avión al que ya accedían los pasajeros les dieron el alto y el coche se paró. A continuación, bajaron uno de los ayudas y el chófer a abrir las puertas de cada lado. Enseguida, Harald avanzó hacia el militar que aguardaba junto a ellos. El hombre pareció reconocerle y sonrió, entablando una conversación que, por sus gestos, había empezado con unas disculpas por el retraso, motivo de su tránsito privilegiado y urgente por el aeropuerto. Luego, señaló a los que serían los pasajeros y explicó quién era cada uno. Cuando apuntó a Magda, Inés se giró hacia el segundo coche y reclamó con la mirada que la judía se acercara a paso ligero y, como llevaban fingiendo varios días, le pasara el brazo por el hombro para ayudarla a andar. En cuanto Magda acercó su cuerpo al de Inés, notó que también estaba sudando y que temblaba muy levemente.

Detrás, un agente revisaba por encima el equipaje antes de autorizar el embarque.

— Die Papiere! —oyeron decir al hombre al mando, que interrumpió la conversación afable que mantenía con Harald.

—Los papeles —tradujo Harald—. Tenéis suerte de estar conmigo, está claro que los españoles estáis reñidos con la puntualidad. De haber tenido que pasar por los demás controles, nunca hubierais llegado a tiempo.

Inés y Pablo se guardaron mucho de decir que habían llegado exactamente a la hora que pretendían, mientras tendían sus pasaportes.

Magda alargó el suyo también, a nombre de Sonja Kohl. Todo el mundo había embarcado ya y las hélices del Junkers se pusieron en marcha con un sonido vibrante y continuo.

El militar revisó primero, por encima, el pasaporte de Pablo. Luego abrió el de Inés y acto seguido el de Magda, en el que se entretuvo pocos segundos más. Parecía adiestrado para asustar e Inés, que no podía aguantar más el ambiente de aquel país, sintió ganas de enfrentarse a él. No hizo falta. El hombre cerró los pasaportes y tras levantar el brazo y cederles el paso con un heil, Hitler, al que Harald respondió de la misma forma, Inés y Pablo procedieron a despedirse de sus familiares.

Cuando Pablo se acercó a Hilda, ella le abrazó con fuerza.

—Gracias por sacar a Magda. Ojalá pudierais llevarme con vosotros

—le susurró al oído. Luego se acercó a Inés y la abrazó en silencio, queriendo permanecer ahí, junto a ella, y olvidar la realidad que la rodeaba.

—¡Estas mujeres! —rio Harald cogiendo a Hilda del brazo—. Querida, al final sois tan latinas como una mamma siciliana. No tardaremos en haceros una visita, no dramaticemos. La guerra no tardará en acabar... y nuestros países son buenos amigos.

Los tres españoles se guardaron mucho de decir que no se sentían así.

A un lado Magda sostenía a Inés; de haberle prestado una mínima atención, cualquiera hubiera podido leer sus deseos de que aquellos instantes acabaran de una vez. Inés, que compartía su inquietud, la miró y se encaminaron, apoyadas la una en la otra, hacia la escalerilla de la aeronave.

Harald y Pablo se estaban despidiendo a pocos metros entre abrazos y promesas de prontos reencuentros cuando un sonido nuevo llegó a sus oídos. Por la pista, un coche negro se les acercaba a toda velocidad repitiendo el recorrido que su propio vehículo había realizado segundos

antes. Se giraron con extrañeza. A la vez, Magda e Inés dejaron de moverse y palidecieron. Hilda se agarró instintivamente al brazo de su marido, el único que estaba tranquilo.

El coche se detuvo junto al suyo y, con la misma premura con la que había circulado, de su interior saltaron cuatro hombres uniformados. A ninguno de los llegados de Burg Fallstein se le escapó el detalle de la calavera en sus gorras o la doble runa del cuello de su guerrera mientras los veían correr hacia el avión. Las caras de Magda e Inés eran delatoras y su postura, inmóvil, similar a la de los conejos paralizados de miedo ante su depredador. Inés cerró los ojos cuando los hombres se acercaron, pero en contra de lo que supuso, pasaron por delante de ellas y entraron en el avión.

Abrieron los ojos y miraron a la puerta de la escalerilla. No se oyeron gritos en el interior del avión, pero, a los pocos minutos, con paso digno y lento, asomó una mujer. Casi anciana, vestía de forma elegante pero algo anticuada, con sombrero plano sobre el que asomaba su pelo cano. De corta estatura, sus facciones redondeadas mostraban una suerte de disgusto resignado. Tras ella, una mujer la observaba con el cuidado que solo se le puede suponer a un asistente devoto, y un hombre parecía aminorar el paso para evitar que los militares que le seguían se acercaran demasiado a la dama.

Inés la reconoció al instante. Hilda también lo hizo. Pablo, que rara vez recordaba las caras que no le resultaban atractivas, no supo de quién se trataba hasta que, apoyándose en el hombro de Magda, vio a su mujer realizar una pronunciada genuflexión.

—Es la infanta Paz —musitó agachando la cabeza.

—Claro que lo es, Pablo —susurró Hilda esforzándose por que su marido no la oyera—. Desde que estas bestias llegaron al poder, la tienen vigilada día y noche. No la dejan mantener correspondencia con nadie salvo el rey y, por lo que sé, tan solo tienen esa deferencia en contadas ocasiones.

Supongo que quería volver a España, pero ya ves que no va a poder ser.

La infanta, hija de la reina Isabel II y tía del rey Alfonso XIII, se había casado con el príncipe Fernando de Baviera y, pese al advenimiento de la república en Alemania, seguía viviendo en Múnich, donde recibía a los españoles que la visitaban. Hilda había acudido a verla a su casa de

Odeonsplatz cuando se comprometió con Harald, pero supuso que la anciana no la reconocía ya. Paz de Borbón tenía setenta y ocho años y en su rostro se reflejaban bien dos guerras, un exilio y una vida de sobresaltos, pese a lo cual agradeció con una leve sonrisa el gesto de las primas Sagnier.

«Si no dejan salir ni a una infanta de España de aquí, que no harán con esta pobre judía», pensó Inés, que aún esperó un poco a ver cómo la infanta entraba en el coche que la habría de llevar de vuelta a su casa para continuar con aquella pantomima de libertad. Luego, mirando a Magda, embarcaron en el avión. En todos los asientos les pareció que solo había rostros deseosos de despegar. Inés apretó la mano de la judía mientras se elevaban.

La mujer no pudo reprimir las lágrimas.

Los campos de España no eran tan verdes, ni el aeropuerto de Barcelona tan moderno, ni siquiera podían decir que su país estuviera en un buen momento tras la reciente Guerra Civil, pero a medida que dejaban atrás Alemania, sentían también que se alejaban de una sociedad que nadie sabía cómo acabaría.

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