La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 79 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 77

El viaje a Alemania fue una suerte de horror concatenado, de dolor y de pena por lo que la guerra había provocado. Había conocido la ciudad más pujante de Europa, había vivido en ella varios meses y había incluso disfrutado a ratos. También se había enamorado. Berlín era una montaña de cascotes tan grande y tan inservible que José Manuel se preguntó si tenía sentido reconstruirla. A los lados de las calles que se habían despejado, las cadenas humanas trasladaban ladrillos a no se sabía donde, las mujeres se encaramaban a colinas de ruinas y buscaban tampoco se sabía qué entre ellas. No había luz ni sonrisas. Ni siquiera la fuerza que da la ira existía.

Aquella era la imagen de la derrota, de la tristeza y el abatimiento.

Iba acompañado de Bruno Lippe. Él en busca de la vida, José Manuel en busca de la muerte. Hilda vivía, Heidi había muerto. Bob Asprey les había facilitado los salvoconductos para llegar hasta allí. También les había desvelado el resultado de aquella lotería en la que era más probable obtener malas noticias que buenas. José Manuel había llorado por primera vez en muchos años pese a que sus informaciones sobre Buchenwald y los otros campos nunca fueron alentadoras. Había intentado por todos los medios que ambas fueran liberadas. Había puesto dinero sobre la mesa y había tenido reuniones al más alto nivel. Por desgracia, su poder y contactos tan solo le habían servido para que le advirtieran de que él mismo estaba siendo buscado por el régimen nazi y que, de no cejar en su empeño, probablemente se metiera en problemas. Aunque se negaba a compadecerse de sí mismo, habían sido unos años de pesadilla, pero cuando cruzó las puertas de Buchenwald supo que lo suyo no era nada comparado con lo que su amante había tenido que vivir.

Había varias fosas comunes alrededor del campo, así que nadie sabía dónde estaban enterrados sus seres queridos. Rezó mucho rato en dos de ellas. Luego se acercó al barracón donde había estado Heidi y, en silencio,

se sentó en el suelo. Cerró los ojos y respiró profundamente. Recordó sus ojos y su sonrisa, tan cara de ver, su pelo, su carácter, su valentía. Ella sabía que moriría. Tampoco en eso se había equivocado. No se habría arrepentido de nada. Heidi no podría haber sido feliz siendo egoísta. No se habría ido con él a España, a vivir de forma fácil y cómoda dejando atrás un país que amaba y defendía. Los alemanes como ella reconstruirían lo que ahora estaba roto, estaba seguro. Mientras, él, que se había sentido desgraciado, sonrió levemente al saberse, en el fondo, afortunado. Si había alguien para él en ese mundo era Heidi, y haberla conocido, un milagro del que se debía sentir agradecido. Miró al cielo y la vio allí, observándole, a punto para amonestarle por quejarse, por estar sentado en vez de en pie, por no honrar la dureza de su vida con el tesón de la suya, pidiéndole que resistiera, que siguiera luchando por lo que valía la pena y defendiendo lo que era justo.

Pidiéndole que su recuerdo fuera una fuente de fuerza y no de tristeza. De amor por lo que había logrado y no de odio por lo que le habían hecho a ella.

En pie de nuevo, José Manuel se alejó del barracón 15 de Buchenwald.

Decidido a recordar lo bueno, a aprender de lo malo y a no olvidar para mejorar. Decidido a honrar el amor con amor.

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