La voz de los valientes
Capítulo 24
José Manuel Bultó se había adaptado a la vida de la élite berlinesa en Potsdam sin dificultad. Todos eran extremadamente amables con él y la mayoría pasaba sus días paseando y divirtiéndose entre comidas y cenas sin que la guerra cambiara nada más que sus conversaciones, que monopolizaba casi por completo. Había hecho algún negocio y puesto en contacto a varios empresarios alemanes con otros españoles, así que su tapadera funcionaba a la perfección y le favorecía para completar su misión.
Tras pocos encuentros se había hecho amigo de Otto von Strutt, el hombre y la razón por la que estaba en Alemania.
Había descubierto que Otto, como él, jugaba bien al tenis y que en su casa tenía una excelente pista de hierba. Así que jugaban dos o tres veces a la semana y luego comían juntos en la casa del alemán, sin su mujer, que parecía estar poco allí y, cuando estaba, a menudo se limitaba a saludar con desinterés a José Manuel y dejarles solos. Nunca comió con ellos, algo que el español, habida cuenta de la antipatía que le producía Maria, siempre agradecía.
Aquel día habían acabado el cuarto set cuando ambos, agotados, dejaron las raquetas en el suelo y decidieron declarar el empate para comer y descansar. Se ducharon y vistieron apropiadamente para sentarse a la mesa. Como siempre, serían solo dos en el comedor redondo, con vistas al jardín y al lago, que compartían a menudo. A los pies de Otto, apoyando su cabeza en el suelo y pegado a él, se colocó su setter irlandés color fuego.
José Manuel lo miró y sonrió; Otto captó su mirada acariciando la cabeza del animal:
—Siempre me gustaron los perros. En muchas cosas me parecen mejores que las personas. Son fieles, son leales. Roth me es muy querido.
—Lo son —dijo José Manuel.
—¿Tiene usted perro?
—Tengo dos pastores alemanes, pero mentiría si le dijera que les hago mucho caso.
—Son una buena raza, pero... En fin —suspiró Otto. José Manuel le miró en silencio obligándole a seguir con lo que quería decir—. Se les debería educar en la fidelidad, en la compañía, en la defensa incluso..., pero no en la agresividad. Estoy agotado de ver cómo los humanos retorcemos las cosas bonitas de la naturaleza. Los pastores alemanes siempre están furiosos últimamente.
—El Führer tiene uno, según creo. —José Manuel había visto una foto de Hitler en su casa de Obersalzberg con uno.
—Sí. Siempre tiene pastores alemanes, cuando son machos los llama Wolf, cuando son hembras, Blondi. Ahora tiene una perra, siempre está con ella. Se la regaló Bormann... Hitler tiene muchas cosas. Y no todas las usa como debería —dijo entre dientes. Se quedó mirando unos segundos el plato y respiró profundamente, para luego levantar la cabeza recompuesto.
—A usted no le gusta...
—Me gusta muchísimo —le interrumpió Otto molesto—. Hitler es un gran hombre. Yo no soy un traidor.
—Desde luego que no lo es. Por supuesto. Yo no trabaría amistad con nadie que lo fuera —replicó José Manuel. Otto sonrió algo más relajado.
—Me alegra mucho nuestra amistad, don José Manuel. Es usted un soplo de aire fresco en Potsdam. Aquí siempre estamos los mismos... y habrá notado que el tema también siempre es igual. La guerra, la guerra y la guerra. Es agotador. Ilusionante, por supuesto, pero agotador. En ocasiones desearía que Roth pudiera hablar para cambiar de tema. Uno se encuentra solo. Nadie tan fiel, tan poco traicionero y leal como mi perro.
—¿Y Maria? —se aventuró a preguntar José Manuel—. Debe de ser una buena compañía.
—Bueno, Maria está a sus cosas, aunque no me dejaría por nada del mundo. Creo que me quiere... a su manera —acabó murmurando, sin poder evitar hacer una mueca de desagrado. Se pasó la mano por el pelo rubio colocándoselo de lado—. Pero hablemos de cosas más banales, ¿le parece?
Podemos seguir el partido mañana, ¡me resisto a que me gane en mi propia casa!
Se despidieron tras la sobremesa y José Manuel volvió a Villa Kreisler convencido de que Otto y Maria eran un matrimonio atípico y forzado.
Convencido de que su amigo —porque Otto era su amigo— no podía abandonar a aquella mujer por algún motivo que él aún desconocía. No tenían hijos, era relativamente joven, guapo y rico, y los alemanes aceptaban el divorcio con ligereza. La mismísima mujer de Goebbels era una divorciada y se la consideraba casi como la primera dama del Reich, así que si los Von Strutt seguían juntos era por algo que debía averiguar. La clave estaba en Maria y fue a ella a quien empezó a seguir discretamente en su día a día.
Pronto detectó algo extraño en una de sus rutinas. Algo que pareció un hilo del que tirar. Potsdam estaba rodeado de parques palaciegos, lagos inmensos y jardines perfectos, pero aquella mujer se hacía llevar muy a menudo a Kreutzberg, un barrio que no tenía por qué visitar, y acudía sola al Viktoriapark, donde se sentaba en el mismo banco, a los pies de la colina que presidía el parque, y con mirada aparentemente perdida observaba a los paseantes y a los niños.
Era la cuarta vez que José Manuel la seguía a aquel lugar, donde ella volvía a estar sentada contemplando el parque. «Está observando a los niños», se corrigió, sentado en un banco desde donde veía la espalda del abrigo de visón de la mujer. «A un niño», pensó corrigiéndose de nuevo, pues, en realidad, Maria Strutt miraba al único niño que jugaba cerca. Un muchacho de unos cuatro o cinco años, pelirrojo, vestido con un abrigo del que asomaban sus piernas robustas e infantiles.
Maria von Strutt observó quieta en el banco durante casi dos horas, sin que la que parecía la madre de la criatura lo percibiera. A las seis, cuando la desconocida, una mujer menuda y de escaso desarrollo, cogió la mano del niño y enfiló la salida del parque, la señora Von Strutt se levantó y los siguió a poca distancia. José Manuel hizo lo mismo con ella.
Salieron del parque y lo rodearon hasta entrar por una de las bocacalles que daban al recinto. En ese punto, Maria se detuvo para ver cómo se alejaban y luego fue en dirección contraria, probablemente hacia su coche, que esperaba donde la había dejado. José Manuel aguardó a quedar fuera de la vista de su investigada y se adentró en la calle tras la misteriosa pareja.
Las casas allí eran de clase media, nada que ver con las de Potsdam, y sus cinco pisos revestían poca elegancia, pintados de un color rojizo, casi berenjena, que a aquella hora parecía negro. En el número diez de Monumentstrasse, la mujer sacó una llave y entró en el edificio. José Manuel esperó unos minutos observando la fachada. Al poco, se encendió la luz del cuarto piso. Se acercó a los buzones y comprobó que solo había una vivienda por planta; luego, apuntó mentalmente el nombre que figuraba en el del cuarto: «Z. Ludlow». Bien. Ahora solo tenía que averiguar quién demonios era y por qué era importante para Maria von Strutt.
Probablemente no averiguara nada de interés, pero, tras semanas de observación, era lo único vagamente sospechoso de la mujer que controlaba a su informador.
Llegó a Villa Kreisler cuando ya era tarde y encontró la mesa preparada en el comedor, donde se había acostumbrado a cenar solo, leyendo la prensa y la correspondencia que llegaba desde Barcelona. Su país de pronto parecía un oasis, un remanso de paz a pesar de las dificultades de la posguerra. La sociedad de Potsdam cada vez le resultaba más similar a los asistentes a un lujoso baile en un barco que esquivaba torpedos y minas... Nadie parecía darse cuenta de la gravedad ni de los días decisivos que la guerra atravesaba. Si Alemania se encallaba en el frente ruso, la victoria aliada sería mucho más factible. Berlín había recibido escasos bombardeos aún, y la propaganda se encargaba de desinformar, de hacer creer a los alemanes que nada ni nadie podría con ellos, el pueblo elegido para conducir el destino del planeta; quizás hiciera falta que sus vecinos vieran la guerra más de cerca para comprenderla bien.
Entre las cartas, uno de los sobres no tenía nada en su interior, lo que significaba que aquella noche, alrededor de las doce, debía ir a la casita del embarcadero para recibir a Heidi, que llegaría en su barca. A la hora convenida paseó por el jardín húmedo y oscuro hasta la casa de los botes, donde a los pocos minutos escuchó un motor acercarse y vio la proa de la barca entrar lentamente en la caseta, con las luces apagadas y el motor al ralentí. Iba tan pegada al agua que José Manuel no entendía cómo la más pequeña onda en el lago no penetraba en la cabina mojándola. Su enlace
llevaba un pañuelo oscuro tapándole el pelo y un abrigo impermeable del que asomaba un cuello alto. Con la locuacidad a la que le tenía acostumbrado, le ordenó:
—Súbase.
José Manuel lamentó no haber llevado algo de abrigo, pero evitó decirlo y obedeció sentándose a su lado y provocando que aquella barca minúscula se hundiera un poco más en el agua. Sintió el cuerpo de Heidi pegado a su costado y la miró de reojo para admirar la fría belleza de aquella mujer hermética. Lentamente, el motor se revolucionó un poco, salieron de la casa de botes y empezaron a navegar por el lago.
—Le van a invitar a Carinhall —dijo ella de golpe.
—A...
—A la casa de Goering, a una fiesta en honor del Führer, que obviamente no asistirá. No tiene sentido que a usted le inviten. No lo tiene
—repitió secamente.
—Es una buena noticia, ¿no? —dijo José Manuel.
—Es extraño. Por supuesto, Goering no tiene ni idea de quién es usted, y probablemente apenas crucen unas palabras, quizás le estreche la mano.
Son los Müller quienes han conseguido que lo inviten a través de un alto mando. Han incluido su nombre para que los acompañe a la siguiente fiesta.
Será en una semana.
Desde su llegada a Berlín, había compartido varias cenas con los Müller, que le trataban como a un viejo amigo y no cesaban de agasajarle.
El cortejo se alargaba y José Manuel solo podía pensar que en algún momento hablarían del wolframio, que sabía era el principal atractivo que podía tener para los alemanes.
—Saben que usted es espía, de eso no cabe duda —dijo ella.
—¡¿Cómo?!
—Quiero decir que saben que era espía, no que lo sea ahora. No que trabaje para los aliados, insensato. Pero a la Gestapo no le habrá costado obtener información de su gobierno. Saben que usted fue espía, pero desconocen que lo es ahora. Además, los nazis suponen que todos los que apoyaron a Franco les apoyan a ellos..., y un espía..., un espía a menudo se encuentra entre los más convencidos de cada bando.
—Yo no soy espía —matizó él.
—Bueno, quizás no del todo, tiene razón. Pero usted mismo sabe que una vez uno empieza a informar... Tal vez no sea un espía importante, tan solo un amigo de los aliados. Alguien con oídos y ojos.
—Un espía busca información, no espera a que llegue por casualidad a sus oídos. Heidi, yo... No sé a dónde quiere ir a parar. Imagino que en algún momento me pedirán acceso a la mina de wolframio.
—Puede ser, pero, además, quizás intenten captarle. Quizás quieran que investigue algo en España o en alguno de los países aliados. El asunto es que no podemos desperdiciar la oportunidad. Si le encargan una misión, usted aceptará.
—Eso debería decidirlo yo, ¿no cree? —dijo él algo molesto por el habitual tono imperativo de Heidi.
—Lo hará. Ambos lo sabemos, así que no alarguemos esto. Mientras tanto, debemos pensar en Carinhall. En la fiesta. Puede que no saquemos nada de ello, pero sin duda es una buena oportunidad para que pueda averiguar algo.
—Heidi, usted sabe que no vine más que por lo de Von Strutt. —Las cosas de pronto se estaban complicando y no le gustaba.
—¿Y ha averiguado algo? —le dijo ella retándole.
Navegaban por un lago envuelto en sombras de tanto en tanto rotas por las luces de las casas que dejaban a los lados; cortaban las aguas sedosas en silencio, con la humedad y el frío en la piel. Hubiera podido ser romántico, pero Heidi le recriminaba veladamente que aún no hubiera averiguado nada.
José Manuel nunca revelaba suposiciones, sino certezas, pero en aquella ocasión decidió responder a las palabras de su compañera de asiento.
—Hay algo. Un hilo del que tirar.
—¿Y bien? —dijo ella evitando mostrar demasiado interés.
—Maria von Strutt vigila a una madre y un niño de Kreuzberg. Va a menudo a verlos al parque. Sé dónde vive esa mujer. Se apellida Ludlow.
—Quizás sean parientes. No veo qué importancia puede tener —opinó Heidi.
—Nunca se saludan. Maria evita ser vista. Los sigue a distancia. Los observa de forma casi hipnótica y cuando abandonan el parque, lo hace ella también.
—Eso es raro.
—Eso pienso yo... Y hay algo más... —Algo en lo que José Manuel acababa de reparar—. Esa mujer, la señora Ludlow, es joven. Mucho. Puede que demasiado para ser madre.
—¿Cómo de joven?
—Parece tener dieciséis, tal vez menos.
—Puede tener un hijo sin problema.
—¿Uno de tres o cuatro años? Además, ese niño es pelirrojo. Igual que Maria.
—De acuerdo —suspiró Heidi—. Está usted diciendo que Maria von Strutt puede ser la madre de ese niño, ¿es eso? —José Manuel asintió en la oscuridad—. Me parece muy aventurado. Tal vez sea la madre de la mujer, es decir, la abuela del niño, o no tengan nada que ver, que es lo más probable. Lo investigaré. Si podemos darle armas a Otto para que responda al chantaje del que suponemos que es víctima con otro chantaje..., quizás vuelva a colaborar con nosotros, o por lo menos tendrá controlada a su mujer para que no hable, que es el principal peligro. Ahora déjelo en mis manos. Yo tomaré el relevo. No siga de nuevo a la señora Von Strutt hasta que sepamos más. Eso ha pasado a ser secundario, además, siempre nos queda la última opción.
—No quiero que mate a nadie aún. Deme tiempo.
—Dar tiempo es un error por el que se han perdido numerosas guerras y por el que empezó esta, pero no se inquiete, no haré nada hasta que no quede otra opción. De todas formas, espero que usted no le haya cogido cariño a esa gente. No sería profesional.
José Manuel evitó decir que sí, que le había cogido cierto aprecio a Otto von Strutt. Ella le miró unos segundos y volvió la vista a la proa de la embarcación, que seguía surcando las aguas de los lagos de Potsdam hacia un rumbo desconocido.
—Nos centraremos en su visita a Carinhall. Olvídese de los Strutt de momento, aunque probablemente estén en la fiesta también. Los Müller suelen hacer un pequeño encuentro en su casa con otros de los invitados a Carinhall antes de ir. Evidentemente, ellos y los demás son invitados de segunda y, por tanto, acuden a las fiestas en casa de Goering cuando los invitados de primera, altos mandos del Reich y empresarios más relevantes del régimen, han acabado de cenar. Pero eso es interesante. Llegará cuando estén ya ebrios. Hablarán más, tendrán menos cuidado.
—Aún no me ha dicho qué es lo que debo buscar en esa fiesta.
—Amigo mío —dijo ella sonriéndole—, me temo que será a usted a quien busquen. Solo espere. En una semana sabremos por qué de pronto alguien se ha interesado por usted. No lleve el revólver, pero coja la cámara, va a entrar usted en la boca del lobo y quiero saber cómo es cada uno de sus dientes.
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