La voz de los valientes
Capítulo 58
Cuando August vio las montañas del Pirineo en el horizonte no pudo evitar emocionarse. Todo había ido bien hasta entonces, igual que la primera vez que lo había intentado con su familia, así que se esforzaba en no ilusionarse demasiado porque sabía de la fragilidad del plan. No estaría tranquilo hasta que estuviera al otro lado de esa cordillera; aun así, la sensación era parecida a la de ver las luces de su querido (y perdido) castillo a lo lejos en una noche de tormenta, o la ventana iluminada de la habitación de su mujer cuando volvía a casa. El otro lado, que desconocía, era su hogar.
Se habían refugiado en un caserío entre prados, acogidos por una anciana viuda que les explicó que no tenía nada que perder en aquel mundo y, en cambio, mucho que hacer para ganarse el eterno, que preveía próximo.
Les dio de comer lo poco que tenía y les ofreció su casa, que era grande para una sola persona.
Desde que habían partido de Le Chambon, cada uno de los días había sido extenuante, ya que no eran solo sus piernas las que debía mover, además ayudaba a Silvia Stern. Jamás pensó en ella como un lastre y no le hizo falta compartir los achaques propios de una persona mayor para empatizar con su estado. Se prometió que llegarían ambos o ninguno.
Silvia se lo agradecía con conversación e historias de su vida. Se hicieron rápidamente amigos. Ambos sabían que la amistad tiene más que ver con el cerebro y el corazón que con los huesos, y ambos tenían un corazón bondadoso y un cerebro joven, pese a que sus huesos tuvieran edades distintas. Cuando Silvia se empezaba a cansar, August la ataba por la cintura a Doblone y él tiraba de ella un rato, con paciencia y fuerza. Al final del día, si no habían llegado aún y la cara de la mujer decía lo que sus palabras callaban, la acarreaba sobre su espalda. Habían andado mucho, pero también habían usado carros, camiones, incluso bicicletas para avanzar más rápido y con menor esfuerzo. El resultado hasta el momento había sido
exitoso. Todos esperaban que lo que quedaba hasta España también lo fuera. Cuando se dormía, August a menudo soñaba con Athalia y Saul, con su reencuentro. Con los abrazos fuertes, las risas y la vida familiar truncada que volvía a ponerse en marcha.
Aquella noche al acostarse, Doblone se había puesto en alerta mirando a la puerta del caserío. Él había avisado al guía, que había mirado por la ventana antes de dejar entrar a alguien a quien conocía, con quien había hablado largas horas. August estaba adormilado cuando el guía le despertó.
—Tenemos que hablar —le dijo muy serio.
Se incorporó. Doblone, que era su espejo animal, también se sentó.
—La persona que ha venido es un mensajero. Los mensajes viajan con nosotros, como es lógico. Noticias de personas que han aparecido, de otras que han muerto, hechos de unos y otros, historias de los campos, etcétera.
Los mensajes más importantes se transmiten a las personas de mayor confianza para que sean ellas las que los entreguen. Tú has mostrado nobleza en cada paso desde Le Chambon. Te dijeron que te ocuparas de Silvia sin conocerla y eso has hecho, sin pedir ayuda a nadie y sin quejarte.
—No soy una persona quejosa. Dije que lo haría si me llevaban a España y cumplo mi parte, eso es todo. Cumplir lo que uno ha prometido debería ser lo normal, no la excepción —dijo el checoslovaco.
—Ya, bueno. Tengo un mensaje que debes transmitir a la persona que os recibirá en España. Él sabrá a quién hacérselo llegar. Es urgente y vital.
Debes transmitirlo igual que te lo digo yo, porque en los matices está lo importante. Atiende.
August miró al guía fijamente y se esforzó por memorizar cada palabra.
—En la isla de Spaansholmane, al sur del archipiélago de Utsira en Noruega, hay una base secreta nazi indetectable desde el aire. Se ha comprobado sobre el terreno que tiene un puerto para un submarino y una gran lanzadera de cohetes. Creemos que se está desarrollando un arma secreta allí. —Se calló unos segundos—. ¿Lo has entendido?
—Perfectamente.
—Repítelo. —August repitió la explicación palabra por palabra—.
Bien. Antes de nada, antes de ver a tu familia, comer, beber, dormir, antes de NADA —repitió— debes entregar este mensaje. Es vital. Pregunta al hermano mayor de la congregación que te acogerá. Él sabrá con quién debes hablar. No hables con nadie más y no digas nada hasta que estés en España.
—Sin duda —confirmó August—, los aliados deben acabar con esa isla.
—Sí. Armas secretas... Dios sabe qué estarán planeando. No lo escribas, memorízalo. Si no llegas a España, me enteraré y buscaré otra manera de entregar el mensaje, pero debes llegar. No podemos retrasar más la información. Por eso te vamos a cambiar de grupo a uno que cruzará la frontera pasado mañana.
—¡¿Pasado mañana?!
—Sí. Lo sé, es muy pronto, pero así debe ser. Queremos que seas tú el que entregue el mensaje. El grupo está formado por pilotos derribados canadienses. También por el rabino de Perpiñán. Ninguno nos da tanta confianza como tú. El rabino ha pasado muchos meses escondido y pierde la memoria fácilmente. Los pilotos... No conocemos a ninguno bien, aunque sean jóvenes y valientes. Mañana por la mañana te vendrán a buscar. El plan ya está armado. El resto esperaremos dos días aquí antes de retomar el camino.
—Silvia y Doblone vienen conmigo.
—Silvia debe quedarse aquí. Sería un estorbo.
—Silvia no me estorba. Cruzaremos la frontera juntos —aseguró August—. Doblone... es el mejor amigo que he tenido nunca. También viene conmigo. Si no vienen ambos, no hay trato.
El guía le miró. Luego se le escapó una carcajada.
—Maldito loco. Irás con la vieja y el perro..., y no sé por qué, pero estoy seguro de que lo lograrás.
Por la mañana el relevo fue a por August y nuevamente intentaron disuadirle de la compañía que acarreaba. Era tozudo, tanto que fue fácil entender que sería imposible hacerle cambiar de opinión, así que, disgustados pero rendidos, accedieron a modificar el plan y subieron a los tres en un pequeño y viejo camión.
Llevaban una hora de viaje en el cajón del vehículo cuando entraron en un almacén a pie de carretera. Se trataba de un depósito de ataúdes, y los había de todo tipo, nuevos y viejos, lujosos y sencillos, de diferentes maderas y tonos, ordenados en estanterías. Por cómo se apilaban, August supo que estaban vacíos. También había varios hombres, ocho en total, que los miraron con curiosidad. Todos estaban vestidos de religiosos.
El que los había llevado hasta allí se acercó al que parecía el líder y le explicó, señalándolos, lo que había sucedido, por qué en vez de una sola persona eran dos las que debían cruzar, además del perro. El hombre se enfadó al principio, pero luego, mirando la estampa, no pudo evitar sonreír.
Se acercó.
—Están ustedes locos, pero no se me ocurre nada con menor aspecto hostil que esta mujer y su perro. Y... en parte ambos contribuirán a dar más credibilidad a nuestro disfraz, al que llevamos todos.
—¿Disfraz?
—Sí. Ninguno de nosotros es religioso. Esos seis son pilotos canadienses —añadió señalando—. Aquel es Simon Zolli, rabino de Perpiñán. Usted será el séptimo de los monjes de la orden de los Hermanos de los Cristianos. Usted —dijo dirigiéndose a Silvia— será una muerta por tuberculosis. Viajará en uno de estos ataúdes, igual que el rabino, que interpretará el papel de otro hermano muerto por la misma enfermedad, y el piloto al que ven herido. No abrirán los ataúdes, la tuberculosis provoca pánico. El perro no necesita disfraz —rio—, la congregación tiene varios..., aunque este podría comérselos a todos —dijo refiriéndose al tamaño de Doblone.
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