La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 48 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 46

Hilda Sagnier de Fallstein cada vez sentía menos ser de Fallstein, si es que alguna vez había tenido sentido aquel apéndice a su querido apellido. Le gustaba su castillo y hubiera deseado que fuera para sus herederos, pero salvo el pequeño Ernst, al que quería más que a nada en el mundo y precisamente por ello quería devolver a sus padres, ella se había ocupado de que no hubiera heredero de la dinastía, al menos no uno fruto de su unión con Harald.

Él había vuelto. Diferente.

Habían cenado sin apenas hablar. Su humor, siempre medido y elegante, había derivado en instantes casi histriónicos, bromas en voz alta y risotadas más propias de burdeles y tabernas que de aquellas paredes distinguidas. Bebía más y peor, lo que facilitó que, cuando aquella primera noche quiso hacerle el amor, acabara dormido rápidamente sin que nada sucediera. No hacía ninguna falta que lo comentara para que ella lo supiera.

Las cosas en el frente ruso no estaban saliendo como querían, por más que la propaganda nazi tratara de ocultarlo. Su aversión a los eslavos no había cambiado, pero de pronto aquel pueblo inferior era más resistente de lo que ninguno de los formidables arios esperaba.

No saludó a Ernst. Ni siquiera preguntó por él, lo que la sorprendió, pero también la colocó ante una realidad que tomaba forma: aquel castillo nunca sería el hogar del niño. Por la mañana desayunaron entre silencios, sin tensión de ningún tipo, ni buena ni mala. Hablaron muy poco, se miraron menos y compartieron una mesa que en realidad eran dos, cada vez más alejadas la una de la otra. Hilda supo que el desprecio que sentía por el hombre en el que se había convertido Harald se estaba tornando en indiferencia, aquel punto terrible de no retorno. Era más fácil volver a querer a alguien con quien se estaba terriblemente enfadada que a alguien que resultaba totalmente indiferente. Tras el desayuno, le vio partir vestido

de caza, a caballo, con su rehala de sabuesos, así que supo que comerían tarde, cosa que prefería. Ya habían tocado las tres cuando su marido entró en el comedor.

—Un venado y algunos faisanes —fue lo primero que dijo.

—No está mal —respondió ella levantando la vista del libro que leía.

—No. Tampoco nada extraordinario. Tengo ganas de una buena cacería, la verdad. Estoy harto de los mismos bichos y los mismos paisajes.

—No encontrarás muchos más bonitos que los de Baviera en esta época. La primavera aquí es...

—Sí, sí, claro —interrumpió él—. Pero matar aquí me empieza a resultar monótono. Cuando todo esto acabe, organizaremos algo en el sur de Francia.

—No tiene por qué ser una cacería. Estarás harto de matar para entonces —dijo ella irónica. Él ni siquiera la escuchó.

—La pesca siempre me gustó. Iremos a la costa de Marsella. Además, tendremos mucho que celebrar pronto. —Hilda se irguió un poco prestando indisimuladamente más atención—. Nada que no imagináramos, claro —

continuó Harald—. Volveré a Fallstein pronto. Definitivamente. Ya no soy necesario en la operación en el este, así que debo volver y ocuparme de mi finca y mis asuntos. A finales de septiembre estaré de vuelta. Te he tenido un poco desatendida.

—No me he sentido así —respondió ella pensando tan rápidamente como podía, deseando no mostrar demasiado lo que en realidad sentía—.

De hecho —se iluminó—, estaba preparando una fiesta, un baile.

—Ah, eso me gusta. ¿En mi honor? —dijo él orgulloso.

—Por supuesto. Ahora será también un baile de bienvenida. Mandé las invitaciones hace unas semanas, mi idea era hacerlo por tu cumpleaños, el 11 de noviembre. Me dijiste que tendrías permiso, así que pensé en una fiesta sorpresa. Pero si estás aquí será imposible que no veas los preparativos.

—Es una idea excelente. Excelente de veras, querida. Que maravillosa sangre española tienes. Quizás no sea la más pura, pero probablemente sea la más divertida.

Ella intentó tomárselo como un halago pese a la velada crítica a su origen. De todas formas, debía centrarse en la fiesta, así que, una vez más, dio poca importancia a lo que su marido decía. Se entretuvieron un rato más con banalidades y dejaron a cargo de Harald la comida y la bebida. El mejor caviar, el mejor champán, el mejor todo. En cuanto empezó a apuntar de dónde saldría lo que tendrían sobre la mesa, Hilda confirmó la necesidad de que su plan se llevara a cabo hasta las últimas consecuencias. Comerían y beberían los frutos de expolios y robos, de expropiaciones, de crueldad e injusticia. «Luego morirán», pensó ella.

A última hora de la tarde aprovechó para ir a ver a Bruno Lippe a las cuadras. Encontró al segundo caballerizo limpiando los boxes de los caballos que habían salido con Harald. Sus dos niños jugaban con unos gatos recién nacidos en el mismo recinto y él, horca en mano, sacaba la paja sucia y colocaba la nueva, limpia y dorada, con olor a campo de verano. Al verla, él supo que necesitaba hablar, dejó la horca a un lado, colocó una silla junto a la pared, cerca de donde estaba, y volvío a coger la herramientra para seguir trabajando. Rara vez preguntaba, pero sus gestos y su franqueza eran una constante invitación a que Hilda se abriera a él, cosa que hacía con cada vez mayor frecuencia. Ella se sentó.

—¿Todo bien?

—No exactamente. Harald volverá al castillo permanentemente a partir de septiembre. Será imposible acoger a más refugiados. Informaré enseguida a mi prima para que avise a los organizadores.

—Será lo mejor. Y respecto a su... ¿fiesta?

—Eso sigue adelante. Sin duda.

Él la miró sin poder evitar que sus pensamientos trascendieran.

—No me diga algo que ya sé —dijo ella.

—Si se venga de esa gente, será como ellos —dijo él deteniendo un momento su trabajo.

—Bruno, esto es una guerra. Voy a luchar. Mataré a todos los que asistieron a la cacería de personas. El fuego se combate con fuego.

—Se equivoca, el fuego se combate con agua, pero si esa es su decisión, la ayudaré, aunque no crea que sea lo mejor.

—Las invitaciones están mandadas, será el 11 de noviembre, día del cumpleaños de Harald —dijo ella volviendo al tema.

—El día en que morirá.

Hilda dudó unos segundos. Luego recordó a Ernst, arrancado de unos padres enviados a un campo de concentración, a su marido disparando a personas en casa de Sofia Maeckelberg, el castillo de Neuschwanstein repleto de bienes robados a familias judías y del este...

—Sí —respondió gélida—, el día en que morirá, aunque en realidad la persona que conocí murió hace ya algún tiempo.

Lo cierto era que no estaba segura de poder matar a Harald llegado el momento. El corazón traiciona a menudo la voluntad y, al fin y al cabo, ella era humana. No dijo nada, aunque supo que Bruno lo sabía.

—También está el asunto de Fritz.

—Sí. Fue él quien me informó del escape que intoxicaba el salón de armaduras, así que habrá que organizarlo todo en otro salón para que no sospeche nada. Llegado el día habremos de neutralizarle, mandarlo a Múnich con alguna excusa, y trasladar la fiesta al otro salón, donde los invitados morirán intoxicados.

—¿Y luego?

—Luego nos iremos. Ernst y yo, y usted y sus gemelos también, si es lo que desea. Somos alemanes, no nos detendrán.

—Se equivoca. Yo estoy en búsqueda y captura y usted lo estará en cuanto se descubra que no se encuentra entre las víctimas. El servicio hablará, habrá una investigación, deberá correr.

—Pues eso haré. Lo pensaremos más adelante.

Bruno había acabado su labor. Apoyó la herramienta en una pared, cerró el box del caballo y se quitó los guantes dejándolos en un estante que estaba ahí mismo. Eran casi las siete y media y los niños, como polluelos, habían vuelto a la casa sobre la cuadra, donde cada día se aseaban antes de cenar. Bruno se ocupaba de todo, llegaba a todo y jamás se quejaba, pese a que la pena por la pérdida de su mujer se hacía presente en aquellos momentos.

—¿Ha cenado? —le preguntó a Hilda.

—Aún no —respondió ella sin poder evitar que su cara se entristeciera ante la perspectiva de compartir mesa con Harald—, no tengo demasiada hambre y, de todas formas, el conde cena más tarde —musitó quedándose pensativa mirando al suelo. ¿Cómo había llegado a aquella situación?

¿Cómo se había complicado tanto su vida?

Bruno se acercó. En muchas ocasiones era impenetrable, y la vida le había obligado a ser duro. Costaba que valorara penas que para él no tenían importancia, pero aquel no era el caso y sabía exactamente qué hacer. La abrazó lentamente dejando que Hilda, a la que conocía desde hacía poco pero apreciaba sinceramente, apoyara la cabeza en su pecho y, como una niña, llorara silenciosamente.

—Todo pasará. No siempre será así —le dijo él.

Ella permaneció un rato entre sus brazos sintiendo su olor a paja y a cuero. Luego, se recompuso poco a poco, se separó de él y se enjugó las lágrimas con la manga del vestido.

—Lo siento, Bruno —le dijo sin poder mirarle—, no debería ponerle en esta situación. Es usted muy generoso.

—Usted lo ha sido conmigo. Soy yo el que está en deuda. Seré su fiel amigo siempre, aquel que la acompañará hasta en sus malas decisiones.

—Ya. Espero que cuando todo acabe, siga pensando que valió la pena.

—No se inquiete. Un buen amigo acompaña durante todo el camino, no solo en el destino.

Hilda le cogió las dos manos y levantó la cabeza para mirarle a los ojos. Él la miró también y sonrió tímidamente.

—Gracias, Bruno. Miraré hacia su ventana cuando necesite recordarlo.

Se alejó hacia la entrada del castillo, respiró fuerte al entrar y, cargándose de fuerzas, sonrió al pasar por delante del salón de armaduras, sintiendo que ella misma se estaba poniendo una para afrontar todo lo que venía.

A las ocho, Harald la esperaba en el comedor.

—He ido a ver al niño esta tarde. Es hermoso, se parece a ti —dijo.

—Entonces supongo que su madre y yo nos parecemos —replicó ella.

—Querida, no seas latosa. Tú eres su madre. La otra... nunca existió.

Esa mujer sencillamente no existe.

—Lo dices con mucha seguridad.

—Entonces créeme y no preguntes más —le dijo él metiéndose un trozo de carne en la boca.

Ya no le quedaba duda de que su marido sabía lo que le había pasado a aquella desgraciada. La madre del pobre Ernst habría acabado en un campo como el que le había descrito el refugiado August Wiesner a su paso por Fallstein. Probablemente estuvieran exterminando a todos por medio de trabajos forzados. Se estremeció al pensarlo.

—Te vi entrando en la cuadra —continuó él—. Me dijo Fritz que hablas mucho con el segundo caballerizo. Parece buena persona, menos hermético que Amsel, desde luego.

Fritz era el mayordomo y el empleado más antiguo del castillo; mandaba sobre todos dentro del edificio y, aunque su poder no se extendía a guardeses, capataces y al personal de labor de la finca, era una figura muy respetada y con influencia. Por lo visto también era el espía de Harald.

—Fritz debería meterse en sus asuntos en vez de espiar a su señora —

dijo ella.

—Oh, sí, tienes razón. Ese viejo canalla siempre ha sido muy fisgón..., cosas del aburrimiento, probablemente, no se lo tengas en cuenta. ¿Es tu amante? —preguntó con indiferencia antes de sorber un poco de vino.

Hilda dejó los cubiertos sobre la mesa y miró a Harald helada.

—¿Perdón?

—¿Lo es? —repitió él sin darle importancia.

—No, Harald, no es mi amante. No tengo amantes. Te soy completamente fiel —afirmó con aplomo, al tiempo que pensaba: «No soy adúltera, pero planeo ser tu asesina».

—Querida, yace con él si te divierte. Supongo que es normal. Ha pasado siempre y es bastante inevitable en mi opinión. Esa gente evoca sentimientos primarios que a veces todos deseamos. Nos casamos con el caviar, pero en ocasiones a todos nos gusta algo de patata, tú me entiendes.

—No, Harald, no te entiendo, y preferiría no seguir con esta conversación —dijo completamente en serio. Estaba harta de sorpresas desagradables.

—Como quieras, Hilda. Las españolas sois muy tradicionales, eso no es nada nuevo.

Se hizo el silencio. Servidos por tres lacayos que lo oían todo, uno para cada uno y otro que se ocupaba de la bebida, la situación era humillante para ella y perfectamente normal para Harald. Él acabó el vino de un sorbo y comentó, tranquilo y contento.

—Hace pocos días bombardeamos Gibraltar. Me enteré ayer.

—Ah —dijo ella aún impresionada por la conversación anterior.

—Los españoles odiáis esa roca. Deberías alegrarte.

—Ningún bombardeo provocará mi alegría —murmuró muy bajo, al borde de las lágrimas.

—¿Decías, querida? —dijo él sonriente al otro extremo de la mesa.

—Decía que debemos brindar —propuso ella levantando la copa y forzando una sonrisa—. Y que tu fiesta será un éxito y una ocasión más para celebrar.

Harald amplió la sonrisa. Hilda sintió que se estaba convirtiendo en un diablo vengador.

Luego fue a ver a Ernst, que dormía plácidamente, vigilado por una niñera que los dejó solos cuando la vio entrar. No podía enfadarse por lo que Harald había dicho ni por lo que había dado a entender. Él la quería a su manera, se había buscado a una compañera de buena estirpe y modales con la que tener hijos y poder acudir a los diferentes eventos a los que alguien como él estaba invitado. En cualquier caso, sus sentimientos hacia ella eran más elevados que los de ella hacia él.

Contempló a Ernst dormido, chupándose el pulgar mientras con la otra mano agarraba un oso de peluche, en aquella camita aristocrática, cubierta de bordados y lazos.

—Nos iremos de aquí —le dijo asomando la cabeza—, te lo prometo.

Te sacaré de aquí. Vivirás con gentes que te quieran, con amigos de verdad y en un país en paz. Agotaré hasta la última de mis fuerzas y me equivocaré y pecaré solo para que tú no tengas la vida que yo tengo. Lo mejor de que hayas caído en mis manos es que mis errores son tan grandes que será fácil que aprendas a no repetirlos. Yo erraré por los dos, para que tú solo puedas acertar.

Se acercó a él para besarle la frente, despertando al niño sin querer. Él bostezó estirando los brazos y abrió poco a poco sus ojos hasta mirarla fijamente. Luego, como hacía siempre que la veía, sonrió.

—Hilda —dijo sintiendo que, a pesar de los esfuerzos de ella, aquel nombre era sinónimo de mamá.

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