La voz de los valientes
Capítulo 67
Frau Bauer no podía creer que se estuviera enfrentando a aquella tragedia sin Fritz. Nadie sabía dónde estaba el mayordomo. Se llevaría un disgusto.
Había visto crecer al Graf y ahora estaba muerto, tirado en el suelo de un salón en el que los cadáveres se repartían por cada rincón. A primera hora de la mañana una de las muchachas encargadas de limpiar y preparar las numerosas chimeneas se había sorprendido al encontrar el salón de armaduras cerrado con una cadena, pero fue el humo que se colaba por debajo de la puerta lo que la alarmó de verdad y la animó a despertar a frau Bauer, la persona al mando del servicio cuando herr Fritz no estaba. El ama de llaves se asustó mucho y mandó llamar a un mozo de cuadra que con un hacha y varios golpes consiguió partir la cadena. El humo, concentrado, negro y espeso se abalanzó sobre los que esperaban a entrar en el salón.
Frau Bauer ordenó primero que abrieran las contraventanas, que extrañamente estaban aseguradas por fuera, y vio cómo, poco a poco, la oscuridad del humo se disipaba dejando paso a la de la muerte. Porque estaban todos muertos. Todos los invitados al cumpleaños del conde. La imagen era patética porque se presentía lo que habían sufrido y lo que habían intentado en su desesperación por salvarse. Algunos estaban cerca de las ventanas, otros se acurrucaban contra las esquinas del salón. Dos habían muerto sentados cogidos de la mano. Encontraron enseguida al conde y buscaron desesperadamente a la condesa antes de fijarse en ningún otro cadáver. Al no hallarla, la buscaron tres pisos más arriba, en su habitación, cuya puerta estaba cerrada por fuera. Al abrirla encontraron a una mujer inesperada. Anna Knapp, la novia del oficial invitado, se había salvado al quedar encerrada en la habitación.
Estaba aturdida por la resaca y tardó en recordar. Al cabo de un rato, mientras frau Bauer la escuchaba con tanta paciencia como ansiedad por volver al salón de armaduras, recordó que había ido a la habitación con la
condesa, por lo que el ama de llaves supuso que su señora era quien la había encerrado. Nadie la encontraba, tampoco a Ernst. En el tocador faltaban algunas joyas y la foto de sus padres que había en la mesita de noche.
Supieron que se había ido y, sin que hiciera falta demasiada agudeza, imaginaron que estaba detrás de aquella tragedia.
A mediodía la Gestapo ya estaba allí. Casi a la vez llegaba Fritz, cuya indignación por haber sido abandonado a su suerte por Bruno Lippe mutó rápidamente en consternación e incredulidad. Los agentes no tuvieron duda: Hilda y Bruno eran una pareja de asesinos, un dúo con motivaciones subversivas. Al investigar al hombre, averiguaron que estaba en busca y captura desde hacía años. Todo cuadraba. La fotografía de ambos fue de comisaría en comisaría, de cuartel en cuartel de los Alpes a Escandinavia y los Pirineos, desde los Países Bajos hasta el frente ruso. La noticia de la matanza enseguida llenó las conversaciones de muchas mesas del Reich.
«La condesa asesina» se convirtió de pronto en uno de los personajes más conocidos y odiados. En alguien que había que capturar fuera como fuera.
Sabiendo que era española, el foco lógico de atención se centró en la frontera con aquel país. Todos suponían que Hilda querría volver a casa.
Era cierto, Hilda pasó la noche en la hospedería de Egling acurrucada en la cama con Ernst y los hijos de Bruno, y cada uno de los sueños que no se vieron interrumpidos por las caras de sus víctimas la llevaron a España. A Barcelona, a los prados de la Cerdaña, a las estancias de la casa de sus padres. A su hogar. Cuando se despertaron, con los rayos del sol de mediodía entrando por su ventana, aquel deseo se había hecho más fuerte aún, pues no había vuelta atrás y llegar a su país era, además, su única salvación.
Habían llevado comida para cuatro días, y mientras daban cuenta de la del primero, invitaron a José Manuel a unirse a ellos. Sentados en suelo, comieron con mesura mientras reflexionaban sobre los siguientes pasos.
Los hijos de Bruno, tristemente, habían vivido la fuga que los llevó a Fallstein, así que no necesitaron demasiado aleccionamiento sobre lo que estaba pasando y cómo debían comportarse. Ernst también parecía entender
a su corta edad que debía permanecer callado y no entorpecer lo que quiera que Hilda estuviera haciendo. No pensaban salir de la habitación, pues querían seguir las instrucciones que les habían dado al pie de la letra.
Tenían que esperar allí pacientemente. Si lo que el guía le había dicho era cierto, no acabaría la segunda noche sin que los recogieran. En previsión de que así fuera, Bruno dejó pagadas las habitaciones.
A media tarde, Hilda llevó a los niños al cuarto de José Manuel y los acostó allí, donde se durmieron rápidamente. Era más práctico que luego estuvieran despiertos y pudieran andar si los planes para las próximas horas se cumplían. A las once, cuando ellos mismos estaban también descansando entre la cama y la butaca de la habitación, alguien llamó a la puerta. Bruno se levantó como un resorte para abrirla mientras los otros dos observaban con atención. En cuanto giró el pomo, un hombre empujó la puerta para entrar y la cerró silenciosamente tras él.
—Pensaba que habría niños —dijo sin presentarse.
—Los hay, tres, en la habitación de al lado —intervino Hilda.
—Son ustedes uno más.
—Lo somos. Este hombre es un prófugo también. —Apoyó una mano en el hombro de José Manuel.
—Será más fácil así. Cada uno se puede ocupar de un niño. ¿Su coche?
—Está escondido a la entrada del pueblo.
—Bien, deme las llaves. Lo primero que haremos será hundirlo en el río. Los nazis lo estarán buscando. Esperen aquí hasta las cinco de la mañana. Entonces pasará el camión de la leche por delante de la posada.
Cuando pare, tendrán dos minutos, tres a lo sumo, para bajar las escaleras y subirse a la parte trasera. El conductor está con nosotros, pero no hablen y actúen como si no fuera un cómplice. Es importante que entiendan que mucha gente arriesgará la vida por ustedes y que, si no siguen las instrucciones al pie de la letra, pueden morir. Además, lamento informarlos de que no han podido elegir ustedes peor momento para fugarse.
—No lo hemos elegido. En cualquier caso, ¿por qué es tan funesto el día de hoy concretamente?
—Claro, llevan todo el día aquí. No se han enterado de nada. Pues bien, básicamente el Estado francés de Vichy ha sido invadido completamente por las tropas alemanas. No han opuesto resistencia, tan solo han acuartelado a su Marina en Toulon. Pétain ha radiado un comunicado mostrándose tan airado como vencido, declarando roto el armisticio de 1941. Es ridículo. La Gestapo se implantará en todo el territorio y todas las demás fuerzas nazis también. Hitler se enfureció cuando las colonias francesas del norte de África se unieron a los aliados hace pocos días. La consecuencia de todo ello es que, si bien las fuerzas del orden de Vichy se han mostrado muy colaboradoras con el régimen nazi, probablemente ahora, con la Gestapo al mando, el control de las fronteras sea más fuerte aún. Y su hazaña... Permítame que la felicite por su valentía, pero la ha hecho a usted famosa. Una aristócrata alemana que acaba con su marido y dieciséis prominentes nazis... Eso será difícil de olvidar. Deben extremar las precauciones. —Los miró a la cara y luego abrió el zurrón que llevaba colgado—. Les he traído algunas cosas. Lamentablemente no tenemos pasaportes nuevos para todos. Quizás en otro punto podamos hacer algo, aquí de momento no es posible. Tendrán que valerse con esto.
Les tendió dos documentos. Hilda y Bruno cogieron cada uno uno. Al abrirlos, ambos miraron con interés la foto. Un hombre y una mujer.
—Son ausweis, documentos de identificación. Permiten viajar por el Reich. Pero lo mejor es que no los paren. Como ven, las fotografías..., bueno, he traído tinte de pelo..., y usted deberá dejarse crecer el bigote como el hombre de su documento. Por desgracia no podemos esperar a que lo haga. Deben intentar de alguna manera parecerse a estas personas. Sus caras son muy... comunes; las de ustedes, no tanto. No tenemos nada mejor de momento. Pero es mejor que nada.
Eso era exactamente lo que el contacto tenía para José Manuel: nada.
No estaba previsto que estuviera allí.
—Tengo mi pasaporte español.
—Si le detienen, no lo muestre. Tan solo enséñelo en controles menores. Entiendo que también le buscan.
—Sí, por espía.
—Ya. Bueno, son ustedes un grupo..., digamos que atractivo para cualquier agente. La mayor parte de los fugitivos no han sido detenidos y hemos esquivado muchos controles. Pero si ven la huida fácil, huyan antes de que los paren. Esta noche empezará todo. No se bajen del furgón de la leche hasta que se lo digan. No bajen aunque tengan que pasar la noche en él. El guía que los acompañará hasta España los recogerá. ¿Está claro? —
Los tres asintieron con la cabeza—. Muy bien. Usted tíñase el pelo —le dijo a Hilda. Luego miró a Bruno—, y usted también. Tiene más cara de alemán que los hijos de Goebbels. —Sonrió un poco, se levantó y, sin decir nada, salió de la habitación.
Nunca más lo verían.
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