La voz de los valientes
Capítulo 11
La duquesa de Riosgrandes se había puesto manos a la obra para que nadie estropeara la belleza de su finca en aras de conseguir las riquezas de Peña Negra. Por un lado, había enviado una carta a Barcelona para reclamar la presencia de Inés y Pablo. No era tonta y toda precaución era poca. No volvería a hablar —ni a escribir— sobre el wolframio hasta que la guerra acabara o, en su defecto, hasta que el metal dejara de ser un material que compensaba todo destrozo. Sospechaba que la investigaban, que probablemente leyeran sus cartas. Alguien quería saber más sobre el destino de lo que extraían de la mina, así que convenía ser cauta. No era tan rica como alguno de sus vecinos, y mucha de la aristocracia con la que mantenía relaciones de parentesco o amistad tenía más propiedades que ella, pero contaba con sobrados recursos para llevar la vida que quería, mantener La Recuesta impecablemente cuidada y darse de vez en cuando algún capricho.
Así que no, no necesitaba el dinero que le proporcionaba el wolframio, que se acumulaba en la cuenta del Banco Popular sin que ella supiera exactamente de qué cantidad se trataba. Tan solo necesitaba hacer desaparecer la mina. O mejor, agotarla.
La idea se le ocurrió mientras dormía y, durante el desayuno, que incomprensiblemente siempre tomaba en la cama pese a detestarlo, hizo llamar a José, su guardés y amigo para comentárselo. Al hombre no le gustaba ver a la duquesa en camisón y gorro, metida en una cama rodeada de puntillas y cojines mientras desayunaba, pero supuso que la urgencia lo hacía necesario. Miró al suelo tímidamente y escuchó.
—Volverán, José. Lo harán. Con algún funcionario, con alguien del Gobierno, para ampliar la mina, para quitárnosla o para obligarnos a vender a quien ellos quieran, probablemente a esos malditos nazis. Tenemos que ganar tiempo, así que he pensado algo —dijo mientras se llevaba un trozo
de sobao pasiego a la boca—. He pensado —tragó— en engañarlos. Cuando lo descubran, que lo harán pese a la incompetencia del gobierno de por aquí, quizás la guerra haya acabado. O habré pensado otra cosa.
—¿Y qué es lo que ha ideado, señora?
—Oh, le va a encantar. Tengo que reconocer que, cuando quiero, soy brillante, aunque esté mal que lo diga yo. Nos disfrazaremos. Me encantan los disfraces.
—¿Disfrazarnos?
—Calle y escuche. Disfrazaremos la mina. ¿Recuerda la mina de carbón?
—Sí, señora, claro. La que se agotó en tiempos del difunto duque.
—Esa misma. O mucho me equivoco o los que vengan a hablarnos de la mina actual serán funcionarios, no geólogos, no ingenieros de minas.
Primero la verán y luego llamarán a los expertos. Así que los engañaremos.
Disfrazaremos la mina agotada de carbón de mina de wolframio. Dejaremos algunas rocas del mineral aquí y allá, pero el resto se verá vacío y agotado.
Eso debería darnos tiempo. Mientras, taparemos el acceso a la mina verdadera. Desviaremos el camino, borraremos todo rastro de su existencia.
—Será difícil, señora.
—¿Y qué no lo es, querido José? Venimos de una guerra, por el amor de Dios. Este siglo es un apocalipsis continuo, es agotador. Estoy deseando que empiece el siguiente. Vaya a preparar el carro. En media hora iremos a ver el terreno. Decidiremos cómo proceder. Será divertido.
A media mañana, el plan ya estaba trazado meticulosamente. Por la noche habría una explosión controlada para provocar un desprendimiento en la boca de la mina. Mientras, durante todo el día, José y cuatro de los capataces de máxima confianza llevarían sacos de wolframio a la antigua mina de carbón, situada en otro punto, a menor altura, de la misma Peña Negra. A la vez, se planificó un segundo desprendimiento de rocas en uno de los cruces del camino que comunicaba la entrada a la mina con la zona de trabajo de la finca. Parecería que el cruce nunca había existido.
Lo más complicado de orquestar era el despido de los treinta mineros que trabajaban en aquella explotación, pero también elaboraron un plan, nada novedoso, pero de eficacia contrastada a lo largo de la historia.
Decidieron que debían reunirse con todos, uno a uno, y comprar su silencio.
Lo harían con el mismo mineral que habían extraído, que podrían vender por su cuenta. También se comprometerían a volver a contratarlos si la mina abriese de nuevo. Al día siguiente empezarían aquella negociación. Si el secreto no se desvelaba, si todos transmitían aquella mentira y se daba por cierto que la mina se había agotado, en cuatro años recibirían un segundo pago por su silencio.
Aquella noche, sentada en medio de un prado, con la silueta de Peña Negra dibujándose contra el cielo estrellado, la duquesa observó las dos explosiones. Luego oyó cómo las rocas se desprendían ocultando los dos enclaves que quería alejar de las fauces de la guerra. Sonrió satisfecha y durmió plácidamente soñando con nazis engañados y funcionarios despistados.
Al cabo de una semana, todo parecía solucionado, y cada uno de los mineros había aceptado el trato con entusiasmo, por lo que tan solo les quedó esperar. La semana siguiente, tres hombres llamaron a su puerta.
Había amanecido nuboso y frío, y los campos se mostraban escarchados y húmedos. El jardín se velaba con una bruma que desdibujaba los árboles, y la casa, sólida, grande y noble, humeaba por las chimeneas de la cocina y los salones. La Recuesta parecía decidida, como su dueña, a consumar el engaño y alejar el tiempo que fuera posible su wolframio de manos indeseadas.
No habían tocado las once en el reloj del vestíbulo cuando se oyó cómo se detenía un coche sobre la grava. Ana corrió el visillo y miró por la ventana. Luego, bajó al piso inferior. Encontró a José esperándola al final de la escalera. Con una mirada supo que aquellas personas eran las que llevaba días esperando.
—Son del Ministerio de Minas —dijo su capataz escueto.
—Estaba segura. Tienen cara de aburridos.
—Los he llevado al despacho. Está todo como lo pidió.
—Perfecto entonces. No perdamos más tiempo. Parece que lloverá —
dijo sonriendo—. Ya sabe lo que hacer.
—Está hecho también —respondió José.
Entró al despacho con paso firme. En efecto, todo estaba como había pedido. Normalmente la estancia ofrecía una imagen ordenada, elegante y pulcra, articulada alrededor de un escritorio de caoba colocado ante una ventana, con las paredes cubiertas de pequeños grabados botánicos y el retrato de Zuloaga del octavo duque de Riosgrandes colgado sobre la chimenea. Pero aquel día el retrato había desaparecido y habían descolgado algunos de los grabados de manera que se apreciaban los huecos y los clavos. Sobre un pedestal, una maceta exhibía una planta seca. Todo emanaba decadencia y entonaba bien con los tres hombres que la esperaban de pie, con trajes grises de poca calidad y pelos grasos y escasos. La saludaron con cordialidad. Se presentaron, pero ella olvidó sus nombres casi de inmediato.
Ana los miró unos segundos y ellos hicieron lo mismo. Luego les tendió la mano. Dos la estrecharon. El tercero la besó. Con un gesto, les indicó dónde podían sentarse y ella lo hizo en el gran butacón que asomaba detrás del escritorio. Una de las sillas cojeaba y a las otras dos se les habían recortado las patas de forma que sus ocupantes estaban incómodos y a poca altura, teniendo que mirar hacia arriba para hablar con aquella duquesa de aspecto frugal. Porque lo tenía. Más que de costumbre.
Parecía una campesina y solo el que sabía qué observar identificaba en sus modales a alguien nacido entre algodones y miembro de la alta aristocracia. Aquel día se había esmerado en parecer descuidada.
—Excelencia, gracias por recibirnos. Nos gusta verla en forma, como siempre. Supongo que la vida campestre es beneficiosa para la salud, a su edad.
—A la suya también lo es, señor mío —respondió ella con ironía.
—Por supuesto, por supuesto. Lamentablemente, no puedo vivir en el campo, aunque estas pequeñas excursiones siempre resultan muy agradables. Mi familia es de Oviedo, de hecho, mi abuelo...
—Seguro que era una persona interesante, pero ¿le parece que nos ahorremos el prólogo? —lo interrumpió ella—. No quisiera entretenerlos más de lo necesario. Mi vida es aburrida, pero seguro que la de ustedes los tendrá ocupados.
Los tres hombres se miraron. Uno se acomodó en su silla coja antes de hablar. Ana tuvo que contener la risa al verlos a los tres mirándola casi desde el suelo.
—Nos han informado de una gratísima noticia, señora duquesa. De la suerte de haber encontrado wolframio en su finca. Debe saber que es un material valioso y estratégico.
—Lo sé —dijo ella—, por eso también ha sido una tremenda decepción.
—¿Decepción ha dicho? —replicó el hombre, extrañado.
—Sí, claro. Pensé que tendría al fin algo que saneara mis cuentas, pero ni en eso he tenido suerte, y ya ven que..., bueno..., vivo con estrecheces. La mina se ha agotado y ninguno de mis expertos ve nada que haga pensar que puedan encontrar más mineral. Está seca.
—Pero eso...
—Es un desastre, sí. Solo me queda vender algunas de mis cosas para mantenerme. Es una pena, pero por suerte no creo que me quede mucho de vida, supongo que me las apañaré. —Ana sentía que podía vivir aún un centenar de años más y su cuenta corriente estaba tan sana como ella. Tuvo que volver a contener la risa.
Se hizo el silencio. El hombre que no había hablado aún se mostró más desconfiado.
—No es eso lo que hemos oído. De hecho, nos informaron de que la mina era aún joven, que duraría muchos años.
—El que los informó debió querer darse importancia. No es así, pero ojalá fuera cierto. ¿Cuándo exactamente vio la mina? No recuerdo que nadie me solicitara permiso. —Se hizo el silencio unos segundos—. En fin
—continuó—, podemos ir a verla si quieren. Me gusta pasear. Se la puedo mostrar. Nos llevará José en la tartana, pero espero que le den una buena propina. No le puedo pagar, así que cualquier ayuda es muy agradecida.
Uno de los funcionarios se llevó instintivamente la mano al bolsillo.
Luego siguieron a la anciana al exterior de la casa. Chispeaba levemente y, al mirar el cielo y reconocer las nubes, Ana supo que en poco tiempo aquella mañana sería plenamente lluviosa.
—Asturias, te quiero —susurró contenta.
Feliz de que la tierrina los ayudara en su plan, José, que sabía lo mismo que ella, llegó con la tartana tirada por la mula. De la parte que ocuparían los tres visitantes, tal y como habían planificado, había retirado la lona.
—Súbanse detrás. Yo me acomodaré con mi capataz —indicó la duquesa.
Como preveían, a los pocos minutos un trueno retumbó en el cielo y enseguida empezó a llover con intensidad. A medio camino de la mina falsa, los visitantes ya estaban calados hasta los huesos y el tedioso paso de la mula por los caminos embarrados no auguraba más que un empeoramiento de la situación. Una hora y media bastó para que, al llegar a la boca de la excavación, la inspección fuera rápida. Un minero que parecía muy capaz les dio información pesimista. Sí, había restos de wolframio en el suelo, también algunas manchas negras en las paredes, pero aquella mina estaba totalmente agotada. Sintieron el frío en los huesos mientras inspeccionaban una galería tras otra y, al final, sintiéndose enfermos, moqueando y cansados, al no ver nada, decidieron que habían visto suficiente.
Volvieron a la casa y se despidieron rápidamente. En la entrada, triunfal, la duquesa los vio marchar. Aquello no acababa ahí, pero de momento habían ganado tiempo. Pablo e Inés debían ir a verla enseguida.
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