La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 9 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 7

Pablo estaba en la masía de San Antonio, el único lugar en el que se sentía verdaderamente en casa. Aunque su madre aún acudía con frecuencia, la propiedad ya le había sido legada y, con algunas reformas, resultaba una casa agradable en la que podía disfrutar de su nueva vida de casado sin renunciar del todo al hogar materno en el que había crecido. Le había tocado la peor propiedad, una finca pedregosa en la que solo se daba bien la vid, pero a él le encantaba. Poco le importaba que sus hermanos hubieran heredado fincas más rentables, San Antonio tenía algo especial para él.

Paseaba por el jardín delantero dando vueltas a la gran copa de piedra que lo presidía, observando desde aquel punto su masía, tan grande, tan sólida y tan entrañable. El cielo se había teñido de los colores del atardecer.

En la punta de la torre, que atalayaba la finca desde una de las esquinas de la edificación, observó la habitual hilera de pájaros posados sobre su cumbrera y sonrió al pensar que ellos también le observaban. Llevaba días dándole vueltas al mismo asunto, la visita de los alemanes a su empresa.

Había sido cordial y se habían entendido bien, pero cada vez que la revisaba mentalmente se convencía de que algo raro había sucedido, de que el motivo real de aquella visita se le escapaba.

Aquel día habían llegado a la fábrica tres hombres vestidos con gabardina, elegante traje y sombrero. Educados y cordiales, pero con una mirada que Pablo no supo descifrar. Tenía las tarjetas de los tres, pero solo había hablado con Helmut Müller, un tipo alto de mandíbula cuadrada, ojos oscuros y nariz recta y ancha que parecía ser el que llevaba la voz cantante.

Se colocó al lado de Pablo para que le explicara las diferentes partes de la producción mientras los otros dos, a la zaga, de vez en cuando apuntaban alguna información en sus pequeñas libretas, igual que hubiera hecho un reportero. Primero vieron la fábrica de PIROSA. Aún era una empresa pequeña, pero tanto Pablo como José Manuel estaban convencidos de su

potencial, pues mes a mes se multiplicaban los pedidos y las piezas que realizaban, fundamentalmente para aviación y automoción, eran de contrastada fiabilidad. Tenía entonces casi cien trabajadores, pero esperaban que para el año siguiente fueran más del doble. La empresa interesó a los alemanes mucho más de lo que esperaba.

Normalmente, las visitas se entretenían unos minutos viendo aquella fábrica, casi de forma anecdótica, para pasar luego a la fábrica textil, que era realmente lo que daba prestigio a la familia, donde permanecían horas admirando el vaivén de los telares y los exquisitos productos que salían de ellos. Para todos, Bulto y Cía. era una empresa textil y nadie pensaba en PIROSA, que quedaba siempre englobada en aquel grupo pese a fabricar un producto completamente distinto. Pero aquellos hombres observaron su aún pequeña industria con interés, con una meticulosidad tan extrema que parecía que, más que visitar, estuvieran espiando. Pablo explicó cada máquina y el uso de cada pieza fabricada y Helmut Müller, que hablaba español, traducía todo a los dos que le acompañaban, que apuntaban rápidamente lo que decía. Cogían las piezas y tocaban sus formas, valoraban su peso y apuntaban. Con todo, había sido en la zona en la que fabricaban rodamientos, unas piezas que se utilizaban en maquinaria y en automoción para reducir la fricción entre el eje de las ruedas, donde aquellos hombres se detuvieron más tiempo. Comentaban entre sí y Pablo solo comprendía algunas palabras sueltas que no tenían sentido por sí mismas.

Más tarde habían dedicado un rato a la fábrica textil, donde rápidamente despacharon un pedido importante de telas. Pablo estuvo seguro de que aquellos hombres no habían venido a España a ver telas, sino a revisar las piezas que fabricaban en PIROSA.

No habló con José Manuel hasta al cabo de unos días, cuando había ido a visitarle a su casa en Pedralbes, el barrio de Barcelona que seguía creciendo armoniosamente alrededor del monasterio del mismo nombre y al que poco a poco muchos de sus conocidos se estaban trasladando.

—... Y, claro, hermano —se explicaba Pablo—, yo ahí estaba, contándoles lo que fabricamos y ellos prestándome una atención intimidatoria, y dos de los alemanes apuntando todo lo que el otro les decía

en su idioma..., y yo cazando palabras sueltas, una aquí, una allá..., y ellos:

« Ja, ja, ja... Wunderbar... Vidia, vidia...».

José Manuel había dejado la cuchara sobre el plato y levantado la mano pidiéndole que callara.

—¿Qué has dicho? —le dijo.

—¿A qué te refieres? —inquirió Pablo, que llevaba casi media hora de monólogo.

—Repite lo que has dicho. Lo que decían los alemanes.

—Pues, como te decía, no sé bien qué decían. Solo entendí palabras sueltas. Todo era maravilloso, wunderbar, y asentían a todo, ja, ja, ja...

—Has dicho algo más.

—¿ Vidia? Repitieron eso al ver los rodamientos. Pensé que quizás debían decir algo de envidia, envidia que tendrán sus competidores o...

—No es nada de eso —interrumpió José Manuel—. Nada que ver. Y

creo que a nuestros clientes alemanes les interesa PIROSA por algo que no sospechábamos. Esos hombres quieren wolframio. Esos hombres quieren acceder a la mina de la abuela de Inés.

El wolframio era una de las materias primas más buscadas del momento. Su interacción con el carbono genera carburo de wolframio o tungsteno, un metal de una gran resistencia al calor (fusiona a 3.500 °C) y de una dureza inigualables, utilizado en la fabricación de los rodamientos de la fábrica de los Bultó, que al girar alcanzaban muchísima temperatura y, de haber sido de otro material, se hubieran roto. También se utilizaba, mucho, para armamento, artillería y los carros de combate. Las puntas de los proyectiles y muchos blindajes lo llevaban. Por tanto, el wolframio era muy valioso y se encontraba en pocos lugares, pero, providencialmente, había buenas minas en el norte de España, sobre todo en Galicia. También en el Bierzo e incluso en Córdoba. Para sorpresa de todos, lo habían descubierto en una mina de La Recuesta, la finca que la abuela de Inés tenía en Asturias. Había costado muchísimo esfuerzo, pero hacía casi dos años habían llegado a un acuerdo con la anciana duquesa para explotar en exclusiva aquellas minas.

— Vidia o widia, es lo que escuchaste —continuó José Manuel—, los alemanes llaman así al carburo de wolframio porque dicen que es wie diamant, como el diamante. Duro como el diamante.

—No me preguntaron por el wolframio en ningún momento —apuntó Pablo.

—Ni lo harán. No querrán que nadie sepa que tenemos acceso a ese material. Que se enteren los aliados. La guerra por conseguirlo es encarnizada. Su precio está subiendo como la espuma, pues ninguno de los bandos quiere que el otro lo posea y compran preventivamente. Esos hombres saben que nosotros tenemos un suministro de ese material privilegiado, a precio infinitamente mejor, ya que lo usamos solo para nuestras piezas, que de otra forma serían mucho más caras. Les interesa eso, Pablo. Te puedo asegurar que, si meten el hocico en PIROSA, es para hacerse con la mina de la abuela de Inés.

—La duquesa jamás les venderá. Recuerda lo que costó convencerla para que nos vendiera a nosotros.

Era cierto. Ana Argüelles, duquesa de Riosgrandes, era una persona única y peculiar a la que no movía el dinero, del que detestaba hablar. Su finca en Asturias era una de las mayores de la zona y abarcaba grandes prados y algunas peñas de importancia. En una de las cuevas de aquellas peñas, hacía años habían encontrado rocas negras, pesadísimas y extrañas que, como recuerdo, se exponían en una de las mesas de la gran casona asturiana. José Manuel, que visitó la casa al final de la guerra, supo rápidamente que aquellas rocas a las que la familia de su cuñada daba nula importancia eran de wolframio y, tras explicar a su propietaria el valor que tenían, le había propuesto que explotaran las minas conjuntamente.

Se habrían hecho muy ricos, pero tras conocer una de las minas gallegas de este mineral y comprobar el destrozo que la naturaleza sufría al ser extraído, Ana empezó a mostrarse reticente. A ella le gustaban sus vacas, sus prados verdes y su entorno rural perfecto, intacto e inocente.

Bastó que José Manuel le asegurara que los dos bandos contendientes en la guerra serían sus mejores clientes para que desechase totalmente extraer el valioso material que las entrañas de su finca guardaban. Entonces, había intervenido Inés, que era la que realmente conocía a su abuela, con la que

había pasado el final de la Guerra Civil y compartía importantes secretos.

Le aseguró que harían una explotación pequeña, respetuosa y discreta, casi secreta, y que el material solo se usaría en la nueva fábrica de Pablo, en ninguna otra. Le dijo —y era cierto— que poseer aquel material a buen precio era un factor determinante para la empresa, una ventaja enorme sobre sus competidores que les ayudaría a prosperar.

Y Ana Arguelles aceptó. Desde entonces, los rodamientos que la familia fabricaba en PIROSA eran únicos en calidad y precio, pues incorporaban carburo de wolframio, aquel material inaccesible para tantos que ellos obtenían sin problema y a bajo precio. Era un secreto que guardaban celosamente.

—Tienes que ir a Asturias. Explicarle todo esto a la abuela de Inés. Si los alemanes averiguan que es de allí de donde viene el wolframio, actuarán. Esos zorros probablemente ya estén camino de La Recuesta —

dijo José Manuel.

—Aunque se planten en la puerta de la finca, no podrán hacer nada si ella no quiere vender.

—Te equivocas. España está en deuda con Alemania. Por la ayuda que nos prestaron durante la Guerra Civil. Nos reclaman alrededor de quinientos millones de marcos y ya se han hecho con varias minas en Galicia, las llaman «Las minas del Eje». El Gobierno tiene muchas maneras de presionar a la duquesa. Es mayor, casi una anciana, encontrarán la manera.

Nuestra empresa depende de esa mina, al menos en gran parte, y no podemos permitir que nos la arrebaten, que se la arrebaten a ella.

—Se nota que no conoces bien a Ana. Es mayor, pero no es ninguna anciana, tiene más arrestos que muchos capitanes generales. Pero sí, iré a verla en cuanto Inés dé a luz. Seguro que le gustará ver a su primer biznieto

—dijo Pablo.

—Haz lo que sea, pero no tardes. ¿Cuánto le queda a Inés? ¿Dos?

¿Tres meses?

—Sale de cuentas esta semana —dijo Pablo comprendiendo que el embarazo de su mujer no había tenido ningún interés para José Manuel hasta entonces.

—Caramba, qué pronto, eso está muy bien. Pues que tenga el bebé y os vais a Asturias. Los niños cuestan dinero, no dejes que los nazis se queden con la mina —le dijo sonriendo.

—Que se la queden ellos no te debería preocupar solo por nosotros, hermano —respondió Pablo, serio—. Esos hombres cada vez me gustan menos.

—Bueno, pues más razón aún, ve a Asturias cuanto antes.

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