La voz de los valientes
Capítulo 65
A última hora de la noche, Otto von Strutt llevó a José Manuel al aeródromo donde descansaba su avión. El espía viajó en el maletero del coche, escondido bajo una manta que no serviría de nada si un agente revisaba el compartimento. Pasada la media hora, casi en silencio, el vehículo se deslizó dentro del hangar y, sin más luz que la del coche, que permanecía en marcha, Otto cerró las puertas de la nave y abrió a José Manuel, que salió de su escondite y estiró los brazos. Luego giró sobre sí para observar el magnífico Junkers de los Von Strutt, un aparato alto y grande, con el fuselaje plateado y el logotipo de la empresa familiar.
—No está mal —le dijo a Otto.
—No. Sobre todo si le saca de aquí. Acompáñeme —replicó él visiblemente nervioso.
Abrió la compuerta trasera y entraron en la bodega. La luz de los faros del coche se colaba iluminando el espacio levemente.
—Le he dejado ropa de abrigo aquí —dijo abriendo un gran baúl—, pero si tiene frío, puede incluso meterse dentro. Lo importante es que cuando aterricen esté aquí.
Otto se acercó a una mampara vertical que, casi invisible, tapaba de techo a suelo el extremo final de la bodega, dejando un hueco entre la misma y el fuselaje. José Manuel se asomó. Era estrecho, pero lo bastante ancho para que pudiera permanecer de pie sin problema en aquel hueco.
—La pusimos en una época en la que llevábamos caballos de un lado a otro, cuando yo competía. Estaba todo tapado con mamparas para aislar esta zona y que los animales tuvieran menos frío. Hilda debe recogerle sola. Si va con alguien más, no salga hasta que se vayan. Espere a que sea de noche.
Si no aparece nadie a buscarle, quizás pueda escabullirse por el aeropuerto de Múnich, quién sabe... Lo normal es que todo salga como hemos planeado y sea ella quien le recoja y le lleve al castillo.
—Creo que todo saldrá bien —aseguró José Manuel mientras bajaba las escalerillas para despedirse del alemán.
—Le he traído comida. También una almohada —dijo Otto acercándose al coche.
José Manuel sonrió al pensar que aquel hombre no concebía que alguien pudiera pasar una noche sin almohada. Otto le dio una bolsa de viaje.
—Amigo mío, deseo de corazón que no tarde en estar con los suyos.
Ojalá todo acabe pronto y podamos reencontrarnos en otra situación.
Lamento que haya vivido estas circunstancias. Mi país..., mi país no es así.
—Estoy seguro de ello, Otto. Con conocerle a usted me basta para saber que hay alemanes extraordinarios.
—No sé si yo soy un buen ejemplo.
—Lo es.
—Gracias, José Manuel.
—Gracias a usted. Jamás olvidaré lo que ha hecho por mí.
Se dieron un largo abrazo. Luego José Manuel volvió a la bodega del avión, que oyó cerrarse a su espalda. Poco después las puertas del hangar chirriaron al deslizarse hacia los lados y con un golpe seco y metálico la oscuridad y el silencio se instalaron hasta la mañana siguiente.
Fue fácil saber que estaban preparándose para despegar. El avión, pese a su envergadura, en algunos puntos era muy ligero y, en cuanto el piloto y los coches entraron en el hangar, José Manuel los oyó y despertó. Poco después se abrieron las puertas de la bodega y escuchó a varios hombres cargar quejosamente los baúles de sus señores a pocos centímetros de la mampara tras la que se escondía. En una hora todo estaba asegurado en su sitio y con un golpe las puertas se cerraron volviéndole a sumir en la oscuridad. Escuchó conversaciones en la cabina de pasajeros. Era curioso cómo la clase alta alemana tenía un tono tan reconocible y tan parecido al de la española. Reían igual y, aunque el idioma era opuesto, la musicalidad con que lo entonaban era igual a la de la sociedad que conocía. Cuando el motor se puso en marcha, el ruido lo llenó todo y una vibración constante y metálica se adueñó de la bodega. Notó que rodaban por la pista y, poco después, cómo se elevaban y se estabilizaban en el aire. Alejarse de Berlín
le alivió, aunque el recuerdo de Heidi y la angustia por lo que le estuviera pasando en Buchenwald era algo que cargaba sobre su espalda día y noche.
Su mente estuvo con ella todo el viaje: ¿qué le estarían haciendo?
No habían pasado dos horas cuando el aparato aterrizó en el aeropuerto muniqués de Reim, y con el silencio del motor volvió a escuchar a los distinguidos pasajeros salir del aparato y subirse a los coches, que rápidamente partieron en dirección a Burg Fallstein mientras una furgoneta cargaba los baúles que se apilaban a pocos centímetros de donde él esperaba pacientemente. Cuando el reconocible motor de una furgoneta se puso en marcha y se alejó, tuvo que esperar cuatro horas más hasta oír cómo la puerta de la bodega se abría y los pasos de unos tacones resonaban en el compartimento.
—¿José Manuel? —lanzó Hilda al aire sin estar segura de obtener respuesta.
Salió de su escondite en silencio y la miró sin que ella se diera cuenta de su presencia.
—Estoy aquí —dijo haciéndola girar sobre sí.
—Dios mío. Sabía que serías tú. ¿Cómo te encuentras? ¿Te ha visto alguien?
—No, no me ha visto nadie y estoy... bien —dijo tras dudar unos segundos.
—Iremos a Fallstein ahora mismo, te instalaré en la casa de mi caballerizo, es de total confianza y..., bueno, está un poco al margen del servicio del castillo, que es más chismoso.
—Me parece bien.
—No puede parecerte de otra manera —dijo ella, que se endurecía cada vez con mayor frecuencia—. He acercado mucho el coche, marcha atrás. Métete en el maletero, siento si...
—Lo he hecho otras veces, no te preocupes.
—No podemos arriesgar.
—No.
Hilda salió del avión y fue al coche para ponerlo en marcha. Esperó hasta ver a José Manuel entrar en el maletero y salió para cerrarlo bien.
Antes de hacerlo, le dio tiempo de ver al hombre en posición fetal, encogido
en aquel espacio reducido. Las guerras provocaban situaciones extrañas.
Ya en Fallstein, Hilda metió el coche en la caballeriza y fue con José Manuel a la casa de Bruno sin que nadie los viera. Allí, ella le informó del plan.
—Imagino que quieres huir cuanto antes. Te buscan, eso lo sabe todo el mundo.
—Lo supongo.
—Sí, pero estás de suerte. Mañana yo misma escaparé también. Sé cómo hacerlo, tengo amigos. Creo que lo conseguiremos. Bruno, sus dos hijos y mi pequeño Ernst vendrán con nosotros. Nos ayudaremos los unos a los otros. Es posible que tengamos que llevar a alguno de los niños a cuestas de vez en cuando... Son fuertes, pero ninguno sabemos lo que nos espera.
—¿Tienes un hijo? —preguntó el recién llegado.
Bruno y ella se miraron.
—Bueno, no, algo parecido. Es una larga historia. Pero tengo mucho trabajo. Mañana doy una gran fiesta, supongo que Otto te habrá informado.
—Sí, de hecho, le extrañó no haber sido invitado —respondió José Manuel.
—Agradecerá no haberlo sido. No tengas ninguna duda. —Se calló unos segundos—. Come bien y descansa. Mañana nos iremos. Que nadie te vea.
Hilda los dejó allí y entró en el castillo. Llevaban semanas acumulando todo lo necesario para la fiesta que darían al día siguiente, pero nada estaba colocado aún. Fritz ya había dejado caer entre el servicio que aquella improvisación era inaudita y que no podía comprender cómo no estaba todo el salón de baile ya perfectamente decorado a la espera de que llegaran los invitados. No sabía que, en realidad, Hilda había sido muy organizada y previsora, pero que la fiesta se iba a dar en otro salón, aquel en el que ya había comprobado que el escape de humo era tan o más grave que el año pasado, cuando lo habían cerrado ante la imposibilidad de acometer las obras de reparación en aquella época. El salón de armaduras sería la más distinguida cámara de gas de todo el Reich.
Bajó a la cocina, donde la actividad era frenética. Había que dar de cenar a todos los invitados que ya estaban en Burg Fallstein y a la vez seguir preparando los platos para la fiesta del día siguiente. Eran catorce en total, y la situación no hubiera revestido ninguna complicación de no ser porque el servicio y la cocina misma estaban saturados. Al verla todos pararon unos segundos sus idas y venidas y la saludaron bajando la cabeza respetuosamente. Ella sonrió.
—No quiero molestarlos. Espero que todo esté en orden. Seguro que saldrá todo perfecto.
—Eso intentaremos, meine Gräffin —dijo la cocinera secándose el sudor de la frente con un paño. No parecía que lo tuviera totalmente controlado.
—Sigan con su trabajo. Estoy buscando a Fritz.
— Herr Fritz está en la sala de la plata —apuntó la misma mujer.
Se acercó al lugar, una pequeña habitación en la que se guardaba toda la plata, de la que solo tenía la llave Fritz, que era quien la revisaba, igual que la parte más selecta de la bodega. Allá lo encontró, observando detenidamente las soperas, fuentes y la gran guarnición de candelabros repletos de angelotes y animales de caza que decoraría la mesa principal, todo en plata brillante como un espejo. El mayordomo revisaba un candelabro cogiéndolo con guantes de algodón, escrutando cada esquina en busca de una imperfección. Al verla entrar se irguió. No se gustaban, pero ambos mantenían las formas. Él era el fiel sirviente que había visto nacer al conde de Fallstein; ella era la esposa que había mermado su poder y ordenaba cambios con los que Fritz no estaba de acuerdo.
— Meine Gräffin.
—Fritz, buenas tardes. Ha surgido una urgencia que solo usted puede acometer.
—Lo que necesite, señora.
—La princesa Paz de Baviera ha comunicado que asistirá a la cena de mañana.
—Eso es una gran noticia, señora.
—Lo es, pero lamentablemente su chófer está indispuesto, así que será Bruno el que vaya a buscarla.
—Pero Bruno no puede...
—No, por supuesto —le interrumpió ella preparada para la objeción—, no puede ir solo. Ese hombre es un bruto. Es por eso que tiene que acompañarle. Como sabe, los otros conductores están trayendo a otros invitados desde el aeropuerto y las estaciones, no quiero cambiarlo todo de repente. Quiero que la más alta autoridad del servicio de Fallstein atienda a la princesa.
—Su alteza debe ir en el Mercedes grande.
—Sin duda. Que los otros chóferes cojan el otro y el..., nunca recuerdo como lo llaman, el otro coche.
—El Chrysler.
—Ese. Me gusta, apenas lo usamos.
—Es americano. Lo trajeron antes de la guerra. Al Graf no le agrada.
—Bueno, no importa. Que lo usen. Mañana a las doce vaya a recoger a la princesa. Le dará tiempo a volver y organizar todo lo que reste a la vuelta. Frau Bauer se puede ocupar de todo para que usted lo revise luego.
Fritz no discutió pese a que el plan le parecía nefasto. Frau Bauer no tenia ni atisbo de su competencia por muy ama de llaves que fuera.
Hilda se dio la vuelta satisfecha. Una mentira más para una buena causa. La única persona que conocía el problema del escape de humo, o que lo tenía realmente presente en toda su dimensión, no estaría la noche siguiente. Su fiel Bruno se ocuparía de ello.
La cena, pese a su brillantez, era solo un prólogo ligero del gran evento del día siguiente, por lo que el ambiente fue algo más informal. Los hombres se vistieron con esmoquin, sin condecoraciones, y las mujeres con vestido largo y tiaras secundarias. Eran tan solo catorce, y la conversación era, por tanto, una sola, que lideraba Harald, repartiendo juego entre los invitados, haciendo despliegue del encanto que sabía mostrar.
Hilda miraba a sus víctimas. Estaba a las puertas de hacerlo y se esforzaba en recordar que aquellas personas que se estaban mostrando tan amables habían disparado a unos inocentes por pura diversión. Hubiese
hecho falta tan solo un comentario de arrepentimiento para que los perdonara, pero no se pronunció ni uno solo. Todo lo contrario.
Harald alzó la copa.
—Quiero proponer un brindis por nuestra querida amiga Sofia Maeckelberg, que estaría disfrutando de este encuentro como ella sabía hacer, bebiendo un poco de más, bailando un poco de más y llevando sus diversiones un poco más allá, siempre con la distinción que le era propia. El Reich ha perdido mucho con su partida, nadie tan sofisticado y original, nadie tan puramente alemán como ella para recordarnos nuestras virtudes, también en el campo del recreo.
Todos se pusieron en pie.
—¡Por Sofia! —vitorearon.
—Y por una próxima cacería en su honor. ¡Necesitamos una revancha!
—añadió Gottfried Meyer.
El conde había ido solo, lo que había sido un golpe de suerte para Hilda, que no quería matar a nadie que no hubiera participado en la cacería de judíos.
—Eso sí fue divertido —comentó una invitada—, recuerdo cada minuto como si fuera ayer, nunca lo he pasado tan bien.
—Será difícil que podamos repetir la experiencia —dijo Harald—, cada vez es más difícil encontrar judíos en Alemania.
A Hilda le recordó a cuando en España había oído hablar sobre la dificultad de encontrar buenos cotos de perdiz salvaje. Intentó no mostrar su asco. Esa gente no tardaría en saber de sus verdaderos sentimientos. No fue solo Gottfried Meyer quien recordó con alegría aquel día en que ella sintió que el mal despertaba en su interior: todos los invitados recordaron con desenfado y risas varios momentos del cruel episodio. Un judío que tropezó y por poco escapa, pero fue certeramente alcanzado en la nuca; otros dos que murieron por el mismo disparo, uno que intentó huir trepando por uno de los terraplenes que delimitaban el jardín... Nadie en la mesa mostró ni un poco de piedad o arrepentimiento, «así que todos serán castigados», pensó Hilda. Pese al horror de verse rodeada de semejantes personas, agradeció que se lo pusieran tan fácil.
Al acabar la cena se excusó diciendo que al día siguiente tenía mucho trabajo, y los dejó en el salón de tapices, bebiendo y riendo, encantados de una vida que, sin saber, apuraban.
A la mañana siguiente, Hilda empezó a trabajar desde bien temprano.
Por la noche habían trasladado ya algunas cosas a la planta de los grandes salones, y en el office, todos los platos, cubiertos y fuentes en los que se serviría el ágape ya estaban preparados. Varios lacayos completaban grandes cestos con vino, sándwiches y aperitivos que se afanaban en llevar a los coches. Cuando se asomó a la ventana, descubrió que estos también estaban preparados frente a la puerta principal para llevar a los invitados al pícnic que había organizado para aquel mediodía. Hilda esperaba tener el castillo para ella sola hasta que la trampa que llevaba meses rumiando estuviera tal y como había planeado.
Fue a ver a Harald, que ese día cumplía cuarenta y cinco años, para dar una última oportunidad a que los sentimientos que un día había tenido por él despertaran, o mejor..., resucitaran. Lo encontró recién salido de la ducha, en albornoz. Debía ser la única persona que había vuelto del frente más gruesa.
—Feliz cumpleaños, querido —dijo ella intentando sentir alguna de esas palabras.
—Gracias, querida. Es maravilloso estar aquí, con amigos... Hoy va a ser un buen día.
—Seguro que sí. Espero que la fiesta te guste.
—No me cabe duda. Tengo todo lo que deseo. Una bella mujer, buenos amigos y un país que lidera el mundo. ¡Ah! Y también tengo al chico. No podría pedir más.
Harald recordaba el nombre de Ernst solo a veces. Había robado un niño al que apenas veía en días.
—Sí, Ernst querrá felicitarte también.
—Bueno..., sí, pero luego. No quiero niños hoy. Ese mozalbete debe encontrar otra manera de distraerse, no puede estar con nosotros siempre.
—A veces juega con los niños del servicio.
—Que no lo haga. No me gusta. Se volverá vulgar. Además..., no te lo he dicho, pero supongo que es lógico: vamos a tener otro hijo —dijo mientras buscaba su reloj en el tocador.
—Ah... ¿Quieres que tengamos un hijo?
—Bueno, sí..., uno como Ernst. Está claro que nosotros no sabemos fabricarlos. —No dormían juntos desde hacía meses, pero Harald estaba dispuesto a alegar que el problema era distinto—. He pedido otro. Del mismo pueblo o de la misma zona. Que se parezca. Imagino que en algunos meses me proporcionarán alguno. Es importante tener dos hijos. Ya sabes, el heredero y el recambio.
Hilda no pudo resistirse.
—Ni se te ocurra. No robarás ni un niño más —dijo mirándolo con odio.
—¿Disculpa? —dijo él acercándose.
—Ni uno. No robarás más niños. Eres una bestia, un hombre sin corazón. ¿A quién demonios se le ocurre que pueda estar bien arrebatar un niño a sus padres? No lo harás. Los niños deben estar con sus padres.
—Hilda... —Se acercó más aún—, Hilda, querida. —La cogió por debajo del mentón y le apretó las mejillas. No era la primera vez que lo hacía y para ella era peor que si le pegara—: Haré lo que quiera.
Ella quiso llorar.
—No. No lo harás. Esa gente...
—Te has levantado muy impertinente. Esa gente morirá y sus hijos vivirán con un conde alemán, ario y poderoso, en este castillo. —Apretó un poco más la cara de su mujer.
—Me haces daño —dijo Hilda intentando zafarse.
—Pues apréndelo. Puedo hacerte tanto daño como quiera. —La miró fijamente a los ojos. Luego acercó la cara como si la fuera a besar y la apartó con fuerza, de forma que Hilda estuvo a punto de caer al suelo.
—Te has vuelto loco —dijo mirándolo con odio.
—Y tú muy aburrida. Espabila un poco. Yacer con blandos te ha vuelto blanda —sentenció, primero serio y luego esbozando una media sonrisa.
Parecía evidente que seguía bien informado por Fritz y daba por hecho que se acostaba con Bruno.
—Yo... no te reconozco —dijo ella tocándose la cara dolorida.
—No hace falta, querida, con que me respetes y me diviertas me vale.
También con que te metas en mi cama cuando te lo pida. El resto... me da bastante igual. Nos queda una larga vida juntos. Yo estoy seguro de que lo pasaré bien, intenta hacer lo mismo tú. Y ahora vete, mi ayuda no tardará en venir a vestirme y no me apetece que te vea así. Cuando te disgustas, envejeces, se te pone cara de beata española. Sonríe a la vida, querida, estás condenada a ella.
Hilda volvió a mirarle. Luego sonrió como él le pedía. Harald no se daba cuenta de que el que se había condenado definitivamente era él.
A las doce Fritz partió con Bruno, convencido de que iban a la casa de la princesa Paz. Bruno tenía previsto dejarlo en un lugar del que tardara por lo menos un día en ser capaz de volver por sus propios medios. Pese a la trascendencia de la misión que acometían, le hizo gracia pensar en Fritz, que llevaba toda su vida en el micromundo de Burg Fallstein, intentando desenvolverse para volver al único lugar en el que sabía hacerlo. Él esperaba estar de vuelta antes de las seis de la tarde.
Mientras, el servicio se había visto sorprendido por un repentino cambio. La fiesta se daría en el salón de armaduras. Era uno de los más elegantes, sino el más, del castillo, pero por lo bajo muchos maldijeron a la condesa, que hacía gala de una volubilidad e improvisación a la que no les tenía acostumbrados.
El salón tenía planta rectangular y estaba presidido en cada uno de los lados por dos grandes chimeneas. Todo el techo era una bóveda pintada con frescos sobre leyendas germánicas de la que pendían grandes lámparas de bronce. En las paredes, los tapices colgaban entre las numerosas armaduras que daban nombre al salón. Allí, tras la cena en el comedor principal, estaba previsto el baile. «Bueno —pensó Hilda mientras lo miraba de lado a lado
—, el baile y todo lo demás». Pidió que todas las contraventanas se cerraran. Estaban muy en alto, a varios metros del suelo, y para abrirlas hacían falta unas escaleras que, en unas horas, no estarían a mano.
Corrieron los pesados cortinajes tapando los vanos. Bloquearon los tiros de las chimeneas. Luego pidió que retiraran los muebles y en su lugar colocaran la decoración que había planeado.
A las seis regresó Bruno y, conforme a las órdenes de la condesa, cerró las contraventanas del salón y las aseguró por fuera, de forma que fuera imposible abrirlas desde dentro.
En el comedor encontró a Hilda. Revisaba los arreglos de una mesa imponente, tan cargada de plata, candelabros, flores y porcelana que parecía estar a punto de partirse. Su frialdad, una vez más, le sorprendió. Estaba sola en la habitación.
—¿Bonito, no? —le dijo ella.
—Mucho —respondió Bruno.
—Siempre me ha gustado poner la mesa. La de hoy es especial, pero nunca he esperado a que vengan invitados para que la mise en place sea lucida. Mucha gente guarda las buenas vajillas, cuberterías y cristalerías para cuando reciben, como si los importantes de verdad no fueran las personas que están a diario cerca de uno. La dejadez se muestra en eso, fíjate siempre. Lo primero que descuidan los vagos es la mesa, la comida.
Se convencen de que son informales, de que es lo más cómodo..., cuando tener las cosas bien requiere solo un poco más de dedicación, y la mesa es el reflejo de uno mismo. En España se dice que en la mesa y en el juego se conoce al caballero, y es cierto. También es muy humano. Mi madre no soportaba a los que llamaba «de exportación», ya sabes, los que se esmeran en ser educados, en arreglarse y desplegar sus encantos en el exterior, pero se descuidan para los de casa...
Bruno no podía creer que aquella banalidad fuera un tema de conversación adecuado al momento. La interrumpió.
—Ya lo tengo todo preparado. José Manuel se ocupará de que los niños se suban al coche. Yo te ayudaré hasta que todo...
—Hasta que todos estén sentenciados, sí —dijo ella mientras retocaba un buqué.
—Eso. ¿Lo tienes todo listo?
—Sí. Llevo poco equipaje. Lo que traje cuando vine de España y las joyas que me ha regalado Harald. No me llevo nada que me haya venido por herencia, pero lo que compró para mí... Dios sabe que me lo he ganado.
También tengo dinero. Podríamos comprar un avión con lo que tengo, pero nadie en el aeropuerto me dejaría irme sin Harald... y con vosotros... Es demasiado arriesgado.
—Seguiremos la ruta que te indicaron los guías.
—Sí. Los de la ruta de escape. Han demostrado su efectividad.
Llegaremos a España, pero antes hay que hacer lo que hay que hacer.
—Me gustaría tanto que lo olvidaras... —repitió una vez más Bruno, cabizbajo y resignado.
—Ya. Lamentablemente tengo buena memoria.
—No sacarás nada de esto y lo sabes.
—Quizás yo no lo haga, pero el mundo sí. Nos vemos luego —dijo despidiéndole.
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