La voz de los valientes

Rafael Tarradas-Bulto · Capítulo 7 de 82

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La voz de los valientes

Capítulo 5

Vivían en la zona del Turó Park, en un buen piso con vista al parque del que asomaban cipreses, tilos y castaños y que, sin ser de los más antiguos de Barcelona (tampoco el más bello), probablemente sí fuera el más distinguido frente al que vivir. Por alguna razón, su uso, a diferencia de otros jardines de la ciudad, era puramente vecinal y la clase alta que vivía allí, que aún recordaba los episodios de lucha de clases de la Guerra Civil, agradecía que la concurrencia se circunscribiera a sus iguales: elegantes damas, caballeros que se descubrían galantemente cada vez que se cruzaban con algún conocido y relucientes coches de bebé que paseaban niñeras uniformadas.

Carritos de bebé.

Hacía una semana habían comprado el que pasearía a su primer hijo.

Inés no se había equivocado. Su desmayo en medio de la cacería, en Baviera, se debía a la nueva vida que crecía en su interior. La noticia llenó la casa de alegría y repentinamente todo empezó a girar en torno al bebé.

Quizás demasiado, pero la futura madre no fue capaz de templar el ánimo de los habitantes de aquella vivienda. Pese a todo, acostumbrada a la casa de sus padres, con su numerosa familia, sus catorce hermanos, el extenso servicio y los parientes que permanecían invitados varios meses, su piso de recién casada parecía silencioso, pues tan solo lo compartía con su marido, una cocinera, una doncella y Magda, que no era ni una cosa ni otra y rápidamente se había convertido en una amiga con la que poder contar para cualquier tarea que requiriera de una mente eficiente. Magda podía haberse ido, pues enseguida había contactado con la comunidad sefardí de Barcelona, pero había permanecido a su lado, tal vez para agradecer el gesto que los catalanes habían tenido con ella al sacarla de Múnich. El estado de gestación de la judía avanzaba al de Inés en dos meses, pero pese a su voluminoso vientre, nada reducía su actividad y la acompañaba allá

donde fuera. Habían mentido respecto a su estado civil a la puritana sociedad barcelonesa, que no hubiera aprobado que no estuviera casada.

Inés, tras conocer las circunstancias de la mujer, no podía censurar su vida en nada y sabía que, pese a ser bien diferentes, su amistad se cimentaba día a día con más fuerza.

Magda vivía con la preocupación de lo que pasaba en su país, de lo que sufrían los suyos, y solo recibía malas noticias en lo que a ellos respectaba. Sus amigos, que hacía años que eran desposeídos y tratados con inexplicable crueldad, desaparecían de un día para otro. Todos iban hacia el este y allí, como si hubieran caído en un gran agujero, se esfumaba toda pista de ellos.

Por su parte, Pablo cada mañana emprendía el trayecto a Villanueva, donde su hermano José Manuel dirigía las dos empresas familiares, la textil, Bultó y Compañía, de herencia familiar y PIROSA, la de piezas mecánicas, que a Pablo le interesaba mucho más, pero aún era un negocio menor. Se intentaba escapar a menudo a aquel lugar de olor ferroso y calor, pero la mayor parte del tiempo la dedicaba a la fábrica textil, que le aburría enormemente.

El único aliciente era aquel trayecto a Villanueva, que realizaba en un Alfa Romeo rojo por la carretera de las costas del Garraf, de la que conocía cada curva. Iba rápido, entretenido, adelantando de vez en cuando algún carro o coche más lento que el suyo, y deseando que el viaje no acabara tan pronto como lo hacía siempre, con el mar a la izquierda, brillante, infinito y plateado, y las rocas grises del escarpado macizo a la derecha.

Con algo de retraso, a las diez y diez minutos de la mañana, atravesó el arco que rezaba Bultó y Cía. Fábrica de Tejidos. La visión del conjunto de edificaciones marrones, grandes, con altos ventanales de pequeños cristales, sin belleza alguna para el que no se esforzara en encontrarla, le desanimó igual que cada día. A un lado, el segundo turno de la noche salía, cansado y gris, hacia sus hogares; al otro, la edificación de la novena nave del conjunto fabril avanzaba a buen ritmo. A pie de obra, inconfundible, distinguió a su hermano José Manuel hablando con uno de los responsables

de que aquella construcción estuviera acabada en pocas semanas. Saludó desde donde estaba y accedió al edificio tras lanzarle una última mirada a su vehículo. Suspiró deseando que las horas que le aguardaban hasta poder volver a subirse a él no se le hicieran demasiado largas.

Su despacho estaba frente al de su hermano, pero era algo menor, lo cual era lógico habida cuenta del uso que daban uno y otro al espacio. Pablo básicamente se encargaba de la compra de maquinaria y del estudio del mercado internacional. Buscaba oportunidades de negocio fuera de España, pero, una vez identificaba cualquier nicho en el que los productos que fabricaban pudieran venderse, todo el peso de la estrategia de contacto, venta y fidelización recaía en el equipo de José Manuel, que tenía ojos en todos los departamentos y tiempo inagotable para supervisar un volumen mucho mayor de tareas que él. Saludó a su secretaria, que también era menos voluminosa que la de su hermano, y le dio su sombrero y abrigo antes de sentarse tras su mesa, sobre la que ya esperaban diligentemente su café, periódico y agenda. Revisó sus tareas mientras soplaba el humo ardiente de la bebida. Poco que hacer nuevamente. Revisión de los telares de la sala 1 de la fábrica San Juan, estudio del catálogo de nuevos telares de Platt Brothers Ltd. de Manchester —«si no la han bombardeado aún los alemanes», se dijo—. Apartó la agenda y cogió el periódico del día, donde, nuevamente, ocupaba toda la portada la guerra que sacudía Europa. Oyó la puerta de su despacho al abrirse. Sin necesidad de girarse, supo que la única persona que entraba sin llamar se encontraba a su espalda.

—Buenos días, José Manuel —dijo volviéndose.

—Hermano, ¿cómo estás? —respondió él mirándole con una sonrisa.

Estaba bien. Lo estaban los dos, aunque tras la guerra José Manuel había adquirido rápidamente las hechuras de un hombre de más edad de la que tenía, mientras Pablo se esmeraba en mantenerse en forma. Su hermano seguía soltero.

—Estaría bien que fueras a dormir a San Antonio —le dijo.

Aquella era la sutil forma en que su hermano le mandaba. Supo que aquella noche dormiría en la masía familiar, ubicada en Cunit, un pueblo a pocos kilómetros de donde se encontraban.

—Lo haré si es lo que quieres. Pero ¿con qué motivo?

—Es por los alemanes. Los del primo de tu mujer, el tal Harald.

Mañana por la mañana quieren ver la fábrica, pero antes quieren que les enseñes las naves de PIROSA. Parecían tener curiosidad por las piezas que fabricamos, vete tú a saber. Hablan español razonablemente bien por lo que he podido saber. Hoy están en Barcelona, en el Majestic, pero mañana quieren venir al alba.

—Y no les has dicho que...

—No, nunca digo a un comprador que no puede venir a esta o aquella hora. Por eso es lo de San Antonio. Ve a mediodía si quieres, así podrás pasear, ver alguna de las masoverías... Mañana tendrás que madrugar, te convendrá estar cerca.

—Eso no es problema, no te preocupes, José Manuel.

—Ya —dijo él sonriendo, sabedor de que Pablo era noctámbulo y poco madrugador—. Te agradezco que los atiendas tú. He pensado que, ya que fuiste el que primeramente habló con el primo alemán de Inés, con ese Harald, deberías seguir siendo quien mantenga la negociación.

—¿Sabes lo que quieren?

—Imagino que lo que te dijo, ¿no? Tela de diferentes tipos. Seda para los paracaídas, arpillera... Has vivido una guerra, ya sabes lo que necesitan.

—No me gusta la idea —no pudo evitar decir Pablo.

—¿La idea?

—Vender a esa gente. No me gustan los nazis. No me gusta lo que están haciendo en toda Europa, incluso hasta a los que eran sus compatriotas.

—Ya. Pero esto es una empresa. Si no les vendemos nosotros, lo harán los Soldevila, o los Mata, o los Fabra... Tienen para elegir. Aprovechemos nuestros contactos.

—Preferiría que fueran ellos los que...

—Ya, pero yo no —lo interrumpió José Manuel—. Vendamos. Es lo que hacemos. Sé encantador, lo harás bien. Cuando acabes me cuentas.

¿Qué tal Inés? —Así se zanjaba el tema. Pablo miró a su hermano y sonrió con ironía—. Dale recuerdos. Tengo que pasarme algún día por vuestra casa

—dijo José Manuel devolviéndole la sonrisa.

—No traigas nazis contigo, haz el favor —replicó Pablo.

—Solo si quieren comprarla a buen precio. Ya sabes lo que me gusta hacer buenos negocios.

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