Las huellas de dios

Greg Iles · Capítulo 14 de 47

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Las huellas de dios

Capítulo 13

13

Capítulo

EN el centro de control del edificio Trinity, Geli Bauer hablaba por los auriculares sin inmutarse.

—Oímos un disparo. En la casa de Tennant.

—¿No es eso lo que esperaba? —preguntó Skow.

«Idiota», pensó Geli.

—No. Ritter llevaba silenciador.

—Y anoche Tennant iba armado.

—Exacto.

Skow interpretó la respuesta en silencio.

—Eso no quiere decir que Ritter haya fallado.

—No. De hecho, no me imagino la escena.

—Bien. ¿Y qué quiere hacer?

Geli siempre había visto en Skow un guerrero teórico que recurría a ella cuando las balas silbaban.

—He retirado mis otras bazas para no levantar sospechas. Pero si dentro de cinco minutos no me confirman que la operación se ha completado con éxito, enviaré un equipo de reconocimiento.

—¿Y la tapadera?

—Un camión de limpieza de alfombras.

—¿Cabe la posibilidad de que alguien haya dado parte del disparo a la policía local?

—En efecto. Y si aparece una patrulla antes de que hayamos despejado la escena del crimen…

—Utilice las credenciales de la ASN para poner la casa en cuarentena

—concluyó Skow, demostrando por fin tenerlos bien puestos—. Luego contacte conmigo de inmediato.

—De acuerdo.

—Ahora tengo que irme.

—Espere.

—¿Qué pasa ahora?

Geli estaba cansada de permanecer en la sombra:

—Tennant me preguntó por el reloj de bolsillo.

—¿Qué reloj de bolsillo?

La pregunta colmó la medida en el detector de tonterías de Geli.

—Esta mañana fui al almacén. Para revisar los efectos personales de Fielding. Todo seguía allí, menos su reloj de bolsillo.

Por un instante, Skow guardó silencio. Luego habló casi para sus adentros:

—Fielding debe de haberle dicho algo.

—¿Quiere explicarme el qué?

—No necesita esa información para cumplir con su trabajo.

La ira se apoderó de ella:

—Si está en la mente de Tennant, puede que sea importante.

—Es importante. Pero no para usted. Manténgame al corriente de la situación en la casa.

Entonces Skow cortó la comunicación.

Geli estaba sentada en su sillón. Odiaba que la trataran como un acólito, pero ése era el principio rector en los servicios de inteligencia. Mantener a los agentes en la sombra y proporcionarles datos irrelevantes. Ella comprendía el valor de compartimentar conocimientos. Y en los dos últimos años no había tenido verdadera necesidad de saber en qué trabajaban los científicos. Pero las cosas habían cambiado. Desde la suspensión del proyecto, Peter Godin había pasado buena parte del tiempo fuera, supuestamente de visita en su cuartel general de California. A veces Godin llevaba consigo a Ravi Nara, lo cual carecía de sentido. Nara no

tenía nada que ver con Godin Supercomputing, y el neurólogo ni siquiera caía en gracia al propio Godin.

Ahora Godin había desaparecido de la faz de la tierra. ¿Acaso el reloj de bolsillo se había ido con él? ¿Cómo podía un reloj ser tan importante?

Cuando Fielding vino a trabajar a Trinity por primera vez, un ingeniero de la ASN había desmontado el reloj de bolsillo para asegurarse de que no contenía ningún dispositivo de grabación de datos. El reloj estaba limpio.

Este año lo volvieron a desmontar, un día elegido al azar. El reloj volvía a estar limpio. ¿Y entonces por qué había desaparecido del almacén? Geli recreó el reloj en su mente: una esfera de oro y un cristal en el extremo de la leontina. Pero el cristal era transparente y no se podía esconder nada en el interior; al menos, nada de lo que ella conocía.

Se encendió la luz roja de línea directa con la ASN. Desvió la llamada a sus auriculares:

—Bauer.

—Jim Conklin al habla. —Conklin era su principal contacto en Crypto City, Fort Meade.

—¿Alguna novedad?

—Seguimos teniendo intervenidos los teléfonos públicos que rodean la casa de Andrew Fielding. Todos los teléfonos públicos en cinco kilómetros a la redonda, las veinticuatro horas del día. Nunca has revocado la orden.

—Y nunca he tenido intención de hacerlo.

—Bueno, con todas las grabaciones que estamos haciendo para la campaña antiterrorista, llevamos unos días de retraso en el reconocimiento de voz.

A Geli se le aceleró el pulso:

—¿Tienes algo?

—Hace cuatro días Andrew Fielding hizo una llamada desde una estación de servicio. Seguramente querrás oír lo que dijo.

—¿Me puedes enviar el archivo de audio?

—Claro. Usaré el Webworld. —Webworld era la intranet segura de la ASN, y Geli una de las pocas intrusas conectadas a ella—: ¿Quieres los espectrogramas de los patrones de voz?

—No. Conozco la voz de Fielding.

—Dame un par de minutos.

Geli pulsó una tecla, miró el reloj y dijo: «JPEG, Fielding, Andrew.»

Una foto de Fielding apareció en pantalla. El inglés de pelo cano tenía un bello rostro angular de mejillas sonrosadas. Fielding le daba a la ginebra.

Pero eran sus ojos azul chispeante los que cautivaban: transmitían una pillería infantil que casi impedía profundizar en la gran inteligencia que escondían. Mientras Geli miraba esos ojos, caía en la cuenta del formidable adversario que era Fielding. Puede que estuviera muerto, pero seguía controlando el devenir de los acontecimientos.

El icono de un archivo de audio apareció en la esquina de la pantalla; la ASN era muy eficaz. Geli estaba a punto de abrirlo cuando los auriculares emitieron un pitido: el código de alerta del equipo que iba en el camión de limpieza de alfombras.

—¿Qué pasa?

—Se acerca una patrulla de la policía. Alguien habrá dado parte del disparo.

Geli cerró los ojos. Tendría que acogerse a su autoridad federal y poner en cuarentena la casa de Tennant. La policía municipal estaba a punto de descubrir la presencia de la ASN en Chapel Hill.

—Voy para allá.

—Nosotros nos vamos.

Geli pulsó el botón de alarma que tenía sobre la mesa para poner sobre aviso a todos los miembros de su equipo de seguridad, estuvieran dentro del edificio, de guardia o durmiendo en sus respectivas casas. En cuestión de dos minutos, una red cercaría la casa de David Tennant desde todas direcciones.

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