Las huellas de dios
Capítulo 8
8
Capítulo
ME moví en silencio por entre los árboles oscuros. Rachel parecía un oso ciego siguiéndome a tumbos. En una calle de Manhattan seguramente se manejaba como un half-back profesional, pero el bosque era algo ajeno a ella. Reduje la marcha hasta que ella me alcanzó, luego le aconsejé que se me agarrara al cinturón. Y así lo hizo.
Cuando estábamos a unos cincuenta metros de la casa, le pregunté:
—¿Crees ahora lo que te decía de Fielding?
—Lo que creo es que tú trabajabas con él —contestó Rachel—. No estoy segura de que alguien lo haya asesinado. Y me parece que tú tampoco.
Esquivé un tronco caído, y luego la ayudé a salvarlo.
—Sé que fue un asesinato. Sólo dos personas del Proyecto Trinity estaban en contra de lo que allí se hacía. Fielding era una de ellas, y ahora está muerto. Yo soy la otra.
—¿Vas a hablarme de Trinity de una vez por todas?
—Sólo si estás dispuesta a escuchar. Pienso que ahora entiendes lo peligroso que podría resultar para ti.
Aguantó la respiración cuando las zarzas le raspaban el brazo.
—Continúa.
—Cuando viniste hoy a mi casa, estaba grabando una cinta para entregársela a mi ahogado. La tenía que desprecintar si algo me pasaba.
Pero nunca la terminé. Y la verdad es que me preocupa no llegar a ver amanecer.
Rachel se detuvo en el camino lleno de maleza:
—¿Y por qué no llamas a la policía? Lu Li comparte claramente tus sospechas, y creo que hay suficientes pruebas circunstanciales para…
—La policía local no puede investigar a la ASN, que es quien supervisa el Proyecto Trinity.
—Entonces llama al FBI.
—Eso es como llamar al FBI para que investigue a la CIA. Esas agencias se tienen tanta ojeriza que tardarían semanas en resolver algo así.
Si de verdad quieres ayudar, conviértete en mi cinta de vídeo. Escucha lo que tengo que decirte, vuelve a casa y guarda el secreto.
—¿Y si algo te ocurriera?
—Llama a la CNN y al New York Times y cuéntales todo lo que sepas.
Cuando antes lo hagas, más segura te sentirás.
—¿Y por qué no lo haces tú mismo? ¿Esta noche?
—Porque no estoy completamente seguro. Porque el presidente podría intentar localizarme mientras hablo con los medios de comunicación. Y
porque, por infantil que pueda parecer, se trata de un asunto de seguridad nacional.
Mientras sostenía al bichon de Lu Li en el brazo izquierdo, guardé la pistola en el bolsillo e hice pasar a Rachel delante. Al cabo de unos cuarenta metros, vi que el camino se hacía aún más oscuro. Los árboles iban desapareciendo como decrecientes hileras de soldados hasta que una pared artificial nos paró en seco. Cuando los ojos se me adaptaron a la oscuridad, vi la puerta cuya existencia ya conocía. La abrí con la mano que tenía libre y luego hice pasar a Rachel. Fuimos a parar a una hondonada iluminada por la luna y recubierta de piedra tallada.
—Dios mío —dijo Rachel.
Parecía como si el anfiteatro hubiera sido transportado por arte de magia desde Grecia hasta los bosques de Carolina. A nuestra derecha había un escenario elevado y, a la izquierda, unas escaleras de piedra que conducían a los asientos de tribuna. No mucho más arriba se hallaba la carretera del club de campo. La vista desde la carretera quedaba prácticamente tapada por pinos y árboles de madera noble; en cambio,
desde el anfiteatro se vislumbraban los faros de los coches que pasaban muy por encima de nosotros.
Cogí a Rachel de la mano, pisé el suelo de piedra y la llevé hasta el borde del escenario. A continuación até la correa de Maya a un poste bajo de la luz. Y mientras el perro olfateaba un rastro invisible, coloqué la grabadora al borde del escenario y apreté el botón RECORD. «Soy el doctor David Tennant —dije—. Me dirijo a la doctora Rachel Weiss, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Duke.»
El play-back reproducía mis palabras con poco dinamismo. Miré el reloj:
—Tenemos que hacer esto en menos de diez minutos.
Rachel se encogió de hombros, con los ojos llenos de curiosidad.
«Llevo los dos últimos años trabajando en un proyecto especial para la Agencia de Seguridad Nacional. Se le conoce como Proyecto Trinity, y tiene su base en un edificio del Research Triangle Park, a unos veinte kilómetros de aquí. El Trinity constituye un gran esfuerzo financiado por el gobierno para construir un superordenador capaz de desarrollar inteligencia artificial. Un ordenador que piense.»
Aquello le resultó poco convincente:
—¿Pero no existen ya ordenadores así?
Me sorprendió que ella tuviera un concepto equivocado; aunque ni yo mismo sabía mucho al respecto cuando empecé a trabajar en Trinity. Tanto escritores de ciencia ficción como directores de cine llevan cincuenta años recreando escenas de «gigantes cerebros electrónicos» que se apoderan del mundo. HAL, el ordenador que habla en 2001: Una Odisea del espacio, quedó firmemente arraigado en la conciencia popular el año 1968. En los treinta y cinco años posteriores, asistimos a semejante revolución informática digital que el ciudadano de a pie llegó a creer en la futura existencia de «un ordenador pensante», si es que no estaba ya dentro de nuestras posibilidades. Nada más lejos de la realidad. No tenía tiempo de entrar en lo complejo de las redes neuronales o en lo poderoso de la Inteligencia Artificial; Rachel sólo necesitaba una base y los hechos sobre Trinity.
—¿Has oído hablar de un hombre llamado Alan Turing? —pregunté—.
Es uno de los hombres que durante la segunda guerra mundial logró
descifrar el código Enigma de los alemanes.
—¿Turing? —Rachel parecía preocupada—. Creo haber oído hablar del test de Turing.
—Es el clásico test de inteligencia artificial. Turing decía que la inteligencia automática se alcanzaría cuando un ser humano se sentara a un lado de una pared divisoria, introdujera preguntas en un teclado y, al leer las respuestas en pantalla, estuviera seguro de que otro ser humano le contestaba desde el otro lado de la pared. Turing calculaba que eso ocurriría a finales del siglo veinte, pero ningún ordenador ha pasado el test ni por asomo. Y utilizando la tecnología convencional, es muy posible que todavía queden otros cincuenta años para conseguirlo.
—¿Pero no hay ya un ordenador IBM que ha ganado una partida de ajedrez a Gary Kaspárov? Lo he leído en alguna parte.
—¿El Deep Blue? —me reí, y el sonido retumbó de manera extraña en el anfiteatro—. Sí. Pero ganó usando lo que los científicos llaman la fuerza bruta. Su memoria contiene todas las partidas de ajedrez de la historia, y procesa millones de probabilidades cada vez que realiza un movimiento.
Juega muy bien al ajedrez, pero no entiende lo que hace. Como buen ser humano, Gary Kaspárov nunca tiene en cuenta los miles de millones de alternativas (muchas de ellas terriblemente sencillas) que considera el ordenador. El conocimiento adquirido permite a Kaspárov hacer movimientos intuitivos y aprender cada vez que lo hace. Juega por instinto, y nadie entiende lo que ello implica.
Rachel se sentó al borde del escenario:
—¿Y qué me quieres decir con eso?
—Que los ordenadores no piensan como seres humanos. De hecho, ni siquiera piensan; simplemente ejecutan instrucciones. ¿Y todos esos anuncios que hablan de «software que piensa»? Tonterías. Los investigadores serios de Inteligencia Artificial ya temen incluso emplear el término inteligencia artificial. —Vale. ¿Entonces qué es el Proyecto Trinity?
—El Santo Grial.
—¿A qué te refieres?
—Todo el mundo quiere construir un ordenador que funcione como el cerebro humano, pero todavía no se sabe cómo funciona el cerebro. Y eso
también lo reconoce todo el mundo. Bueno… pues hace dos años, a un hombre se le ocurrió que éste no tenía por qué ser el impedimento que todos creían que era; que podíamos copiar el cerebro sin acabar de entender lo que estábamos haciendo. Con ayuda de la tecnología ya existente.
—¿Y quién era ese hombre?
—Peter Godin. El multimillonario.
—¿De Godin Supercomputing?
Ahora me había sorprendido ella a mí:
—Exacto.
—Tienen un superordenador Godin Four en un sótano de la TUNL, el laboratorio de alta energía de la Universidad de Duke.
—Bueno, Godin es el artífice del Proyecto Trinity.
Parecía como si los detalles que se iban acumulando empezaran a surtir efecto en Rachel.
—¿Qué clase de tecnología ya existente puede copiar el cerebro?
—IRM.
—¿Imagen por resonancia magnética?
—Sí. Tú pides escáneres cada semana, ¿no?
—Claro.
—Y esos aparatos contienen mucha información, ¿verdad?
—Más de la que a veces puedo interpretar.
—Pues Rachel, yo he visto escáneres de IRM con mil veces la información y resolución de los que pasan por tus manos cada día.
Rachel se turbó:
—¿Pero cómo puede ser? ¿Qué más puedes ver?
—He visto reacciones entre sinapsis nerviosas del individuo, congeladas en el tiempo. He visto cómo el cerebro humano funcionaba a nivel molecular.
—Tonterías.
Cualquier doctor habría dicho lo mismo.
—No. La máquina existe. Se encuentra en una sala a menos de veinte kilómetros de donde estamos ahora. Sólo que nadie lo sabe.
Rachel meneaba la cabeza:
—Eso no tiene sentido. ¿Por qué una empresa iba a mantener algo así en secreto?
—Porque el gobierno los obliga por ley.
—Pero una IRM así reportaría cientos de millones de dólares al que la desarrollara. Podría detectar células cancerígenas mucho antes de que se convirtieran en masas tumorales.
—Tienes razón. Ése ha sido el principal problema que he tenido con este proyecto. No es ético ocultar esa máquina a pacientes con cáncer. Pero, de momento, sólo admite que existe una máquina de IRM que puede producir modelos del cerebro en tres dimensiones, con resolución a nivel molecular.
—Instantáneas moleculares del cerebro.
—Básicamente. Ravi Nara las llama «neuromodelos».
—Neuromodelos. Vale.
—Rachel, ¿sabes lo que es un neuromodelo?
—Sé que con sólo uno de ellos se revolucionaría el universo de la neurociencia. Pero me parece que no te refieres a eso.
—Un neuromodelo es la persona de la que se ha obtenido.
Literalmente. Sus ideas, recuerdos, temores… todo.
—Pero… no es más que un escáner, ¿verdad? Un mapa del cerebro en alta resolución.
—No. Es un facsímil cifrado de cada molécula del cerebro, en perfecta armonía espacial y electroquímica. Lo cual significa que…
—Espera. ¿Vas a decirme que es posible cargar uno de estos neuromodelos en un ordenador?
—No. Pero para eso han estado trabajando dos días consecutivos.
Godin calculó que les llevaría entre quince y veinte años, pero en diecinueve meses tuvieron medio camino recorrido. Nunca he visto nada igual. De hecho, el único precedente histórico es el Proyecto Manhattan, puesto en marcha durante la segunda guerra mundial.
Rachel se disponía a hablar, pero yo levanté la mano. Más arriba, un par de faros se desplazaban a menos velocidad de la acostumbrada.
Redujeron aún más la marcha, luego aceleraron y desaparecieron.
—Hay que darse prisa.
—Si Trinity es todo lo que me dices que es —dijo Rachel—, entonces
¿por qué demonios iba a tener la base en Carolina del Norte?
Esto no me lo esperaba.
—¿No eres la mejor psicoanalista jungiana del mundo?
—Bueno… una de ellas.
—¿Por qué has venido a Carolina del Norte?
Frunció el entrecejo:
—Porque la Universidad de Duke está aquí. Que es diferente.
—No es tan diferente. Peter Godin quería que Trinity estuviera en su laboratorio I + D de Mountain View, California. La ASN es quien paga, y allí querían que la base estuviera en Fort Meade, Maryland. El Research Triangle Park era la última alternativa. Alta tecnología, pero en un lugar apartado.
—¿Cuál es aquí el verdadero objetivo? ¿Qué pretende la ASN con el Proyecto Trinity?
—Nuestro gobierno ve casi todas las revoluciones científicas en función del potencial armamentístico. Y si es posible construir una máquina de estas características, nuestro gobierno quiere ser el primero en hacerlo.
—¿Qué clase de arma sería este ordenador?
—Piensa en la Operación Tormenta del Desierto, Afganistán, Irak.
Todo está informatizado en la guerra moderna. Descodificadores, ensayos con armamento nuclear, guerra informática, sistemas de estrategia. Pero un Trinity no sólo supondría un paso adelante; haría que los superordenadores del hoy se quedaran tan obsoletos como el modelo FORDTS. Y si Fielding no se equivocaba respecto a sus capacidades cuánticas… el cifrado actual ha pasado a la historia. Por eso la ASN se ha gastado cerca de mil millones de dólares en el proyecto.
Rachel iba asimilando lo que yo le acababa de decir.
—Pero éste no es sólo un superordenador más rápido, sino un ordenador que piensa como una persona.
Meneé la cabeza:
—No podemos construir un ordenador que piense como una persona.
Estamos hablando de copiar el cerebro de un ser humano; de crear una
entidad digital que sea una persona a todos los efectos, con sus funciones cognitivas, sus recuerdos, esperanzas, sueños… todo excepto un cuerpo.
Sólo que funcionaría a la velocidad de un ordenador digital: un millón de veces más rápido que un circuito biológico.
Rachel casi hablaba sola:
—Por eso Andrew Fielding y Ravi Nara trabajaban juntos.
—Exacto. Los premios Nobel de física cuántica y neurociencia, respectivamente. Peter Godin los juntó —comprobé que los cabezales de la cinta seguían girando—. Pero ésta sólo es una parte del potencial de Trinity. En cuanto tu neuromodelo se introduce en el ordenador como Rachel Weiss, la velocidad no es la única ventaja que tendrá sobre ti, sobre el original.
—¿A qué te refieres?
—Digamos que decido aprender a tocar el piano. Me lleva tres años de estudio intensivo. Eso te impresiona y tú también quieres aprender.
También te llevará unos tres años. Ése es el inconveniente del cerebro humano. Cada uno tiene aproximadamente la misma curva de aprendizaje.
Pero el modelo informatizado de tu cerebro no tiene ese problema. La suma total de teoría musical se puede digitalizar y descargar a su memoria (tu memoria) en unos tres segundos. Desaparece la curva de aprendizaje.
Rachel meneó la cabeza.
—¿Estás diciendo que podrías descargar la totalidad del conocimiento humano en este ordenador, es decir en mí, en unas cuantas horas?
—En teoría, sí.
—David, estás hablando de algo muy parecido a… un Dios, o casi.
—Nada de casi. Porque ese modelo de ordenador no sólo sería Rachel Weiss; sería la eterna Rachel Weiss. Se podría almacenar y hacérsele una copia de seguridad, o descargarlo en otro ordenador Trinity. Jamás moriría.
Rachel frunció la boca para hablar, pero no le salieron las palabras.
—¿Ahora empiezas a creerme?
—¿Cuál es tu misión en Trinity?
—El presidente me nombró para evaluar cualquier dilema ético que pudiera surgir. Durante el Proyecto Manhattan, algunos científicos se volvieron en contra de la bomba atómica por razones morales, pero no
pudieron pronunciarse. El presidente quería restar importancia a la polémica que se desataría si Trinity se hacía realidad. Conoció a mi hermano en la universidad, y había leído mi libro sobre ética médica o, lo más seguro, había visto la serie NOVA inspirada en él. Por eso me había elegido para el proyecto. Así de simple.
Rachel desvió la mirada hacia los árboles oscuros.
—Esto es más complejo de lo que parece. De hecho, es una locura —se volvió hacia mí, con los ojos brillantes—. Dijiste que en diecinueve meses Trinity ya tenía medio camino recorrido. ¿Qué le espera en la segunda mitad?
—Construir un ordenador con potencia suficiente para albergar un neuromodelo completo en su sistema de circuitos. El cerebro humano es bastante lento en cuanto a velocidad, pero enormemente paralelo. Contiene más de cien trillones de posibles conexiones, todas ellas capaces de realizar cálculos simultáneos; y eso sólo para procesar información. Además tiene el equivalente a mil doscientos terabytes de memoria computerizada.
Rachel se encogió de hombros:
—Eso no me dice nada.
—Seis millones de años del Wall Street Journal. Se quedó con la boca abierta.
—Cuando el Proyecto Trinity se puso en marcha, ningún ordenador en todo el mundo tenía esa clase de capacidad. Internet lo hace de manera global, pero está demasiado dispersa y es demasiado inestable para poderla controlar.
—¿Y ahora?
—IBM está construyendo un ordenador llamado Blue Gene que rivalizará con el poder de procesamiento del cerebro; pero todavía es incapaz de hacer lo que cualquier niño de cinco años.
—¿Y Trinity es diferente?
—Podría decirse que sí. Blue Gene ocupará una sala de quince metros cuadrados y necesitará trescientas toneladas de aire acondicionado sólo para ponerse en marcha. Trinity tendrá el tamaño aproximado de un Volkswagen Beetle. Y Godin cree que aún es demasiado grande. No para de decir que el cerebro humano pesa un kilo trescientos gramos y consume
sólo diez vatios de electricidad. Está convencido de que las soluciones a los grandes problemas deben ser hermosas. Elegantes.
Rachel levantó la mirada hacia la pendiente de asientos de piedra, procurando captar un futuro que se abalanzaba precipitadamente sobre el presente.
—¿Falta mucho para que Trinity se haga realidad?
Pensé en la masa negra de carbón y cristal que crecía casi como una criatura en el laboratorio subterráneo del edificio Trinity:
—Ahora mismo tenemos un prototipo en el laboratorio con ciento veinticinco trillones de conexiones y una memoria prácticamente ilimitada.
—¿Y funciona?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque aunque consigas cargar un neuromodelo en el ordenador,
¿cómo te comunicas con él? El cerebro humano interactúa con el mundo a través de un cuerpo biológico con cinco sentidos. Imagina que tu cerebro se descargara en una caja: sería sordo, mudo, ciego y paralítico. Una estremecedora masa de miedo. Y doy gracias a Dios por ello. Porque el día que una máquina así hable, escuche y actúe, no se sabe lo que podría llegar a hacer.
Rachel me miró con interés:
—¿Qué podría hacer?
—¿Te acuerdas de HAL, en 2001: La Odisea del espacio?—Claro. El ordenador más fiable de la historia. Urbana, Illinois, ¿verdad?
Me reí entre dientes.
—Lo era hasta que asesinó a la tripulación de su nave espacial. Pues imagínate lo que HAL podría hacer si estuviera conectado a Internet.
—Dímelo tú.
—Un ordenador Trinity conectado a una línea telefónica podría tomar al mundo industrializado como rehén. Podría crear problemas en el suministro de electricidad, en las vías de ferrocarril, en el control del tráfico aéreo, en los sistemas de misiles, en NORAD, en Wall Street. Podría pedir a cambio lo que quisiera.
Rachel meneó la cabeza confundida.
—¿Pero qué iba a querer?
—¿Qué quiere un ente inteligente? ¿En especial uno fundamentalmente humano?
—¿Poder?
—Exacto. —Me sobresalté con el sonido del móvil. El identificador de llamada decía «Andrew Fielding». Pulsé CONTESTAR—: ¿Lu Li?
¿Ocurre algo?
—Nada —respondió Lu Li con voz temblorosa—. Me preocupa Maya.
Hay ruidos fuera. Tráigamela doctor David.
El bichon dejó de olfatear el suelo, me miró y ladeó la cabeza como si estuviera escuchando.
—Ahora vamos.
—¿Está bien? —preguntó Rachel cuando colgué.
—Sí. Quiere que volvamos, pero vamos a esperar un poco más.
—¿Por qué?
—Porque la ASN ha intervenido la llamada. Si tienen agentes en el bosque, es posible que los movilicen. Y si esperamos los oiremos.
Rachel miró con preocupación al muro que nos separaba de los árboles:
—¿De veras crees que hay alguien ahí fuera?
—Eso no es lo que te asusta —contesté—. Lo que te asusta es que ahora tú crees que podría haber alguien.
Rachel se bajó del escenario y clavó la mirada en la puerta por la que habíamos entrado. Era fácil imaginarse a alguien esperando al otro lado.
—Dices que Fielding fue asesinado porque él y tú os opusisteis al proyecto. ¿Cómo exactamente?
—No sólo nos opusimos al proyecto. Lo frenamos en seco. Lo suspendimos. Fielding era el impulsor, pero necesitaba que yo hablara con el presidente para conseguirlo. Era como intentar detener el trabajo con la bomba atómica en la segunda guerra mundial.
—¿Por qué queríais detenerlo?
—No sé muy bien cuáles eran los motivos de Fielding. Creo que me ocultó muchas cosas; eso sí, para protegerme. En cambio, mis razones eran sencillas.
»Hace seis meses, probamos la máquina de Super-IRM. Al principio usamos animales, y no hubo ningún problema. Los primeros humanos que escaneamos fuimos los seis miembros del proyecto. En cuestión de una semana, todos nosotros presentamos extraños síntomas neuronales. Efectos secundarios de la exposición a la máquina. Fielding creía…
—La IRM no tiene efectos secundarios —interrumpió Rachel.
—Las máquinas que tú utilizas, no. Pero los campos magnéticos generados por las resonancias de Trinity son exponencialmente más intensos que las de las máquinas actuales. Utilizan materiales superconductores que permiten impulsos masivos…
Maya gruñía desde sus entrañas y miraba gradería arriba. Yo no había oído nada que viniera del bosque, pero tal vez el perro sí. Guardé la grabadora en el bolsillo, cogí a Maya en brazos, luego saqué la pistola y salí con Rachel por la puerta del escenario.
La oscuridad nos envolvía.
—Quédate justo detrás de mí —dije, escondiéndome bajo una rama.
—¿Has oído algo?
—No.
De no haber llevado a Rachel conmigo, me habría hecho invisible para llegar a la casa sano y salvo. Sin embargo, ahora la rapidez era la única alternativa. Me abrí camino con dificultad a través de la maleza, avisando a Rachel cuando apartaba ramas que podían volverse y darle con fuerza en la cara. Gritó dos veces y tropezó una, pero se recompuso como pudo y logró pisarme los talones. Cuando nos acercábamos a la casa, vi el cuadrado amarillo en las puertas del patio de Fielding. La silueta de Lu Li se dibujaba en su interior, el blanco perfecto. Aquella imagen me produjo escalofríos.
Cuando abrió la puerta de par en par, la empujé hacia el interior de la casa. Maya ladró como loca hasta que Lu Li se agachó y le tendió los brazos. La perrita se abalanzó sobre ellos mientras Rachel cerraba la puerta de cristal.
—Llama a un taxi —susurré por encima del hombro.
Rachel se dirigió al teléfono.
Los ojos de Lu Li estaban húmedos. Le rocé el codo y el perro me quiso morder.
—Ojalá pudiera pasar la noche aquí —dije en bajo—, pero eso despertaría más sospechas que si me marcho a casa. Mañana iré a trabajar e intentaré obtener respuestas, por eso quiero que todo parezca todo lo normal posible. ¿Entiendes?
—Sí.
—Me llevaré la caja de juguetes de Andrew. No quiero que nadie la encuentre aquí. ¿Te parece bien?
Lu Li asintió, acariciando a la bichon con tanto cariño como a un niño.
—Voy a meterme en el garaje cuando salga, así nadie me verá coger la caja. Si alguien te pregunta qué estaba haciendo yo aquí, diles que era una visita de pésame. Si hubieran llegado a oír parte de nuestra conversación, limítate a actuar como lo que eres: una consternada viuda.
—¿Qué significa consternada?
—Desconsolada. Apenada.
Lu Li sonrió valientemente:
—No necesito actuar.
Le puse las manos sobre los hombros y la apreté, luego hablé de forma casi inaudible:
—En la carta que Andy me envió por FedEx había polvo blanco.
Parecía arena. Está en las bolsas plásticas que he dejado en el sofá. ¿Sabes algo?
La mirada del Lu Li se posó en el sofá, y frunció el ceño en un mar de confusión:
—No. Nada.
—¿Lo metiste tú en el sobre de FedEx?
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—Eso no importa. —Sabía que Lu Li lo había metido en el sobre porque en mi último sueño había estado en la mente de Fielding. De repente sentí el impulso de abandonar la casa—: ¿Rachel? ¿Y el taxi?
—Llegará de un momento a otro —dijo desde detrás de mí.
—Quiero que vayas al garaje —dije a Lu Li—. Cuando me oigas pitar, ábreme la puerta. Cuando haya entrado, cierra la puerta.
—Vale —se fue sin decir nada.
Recogí las Ziploc, y luego acompañé a Rachel al salón en penumbra, donde un amplio ventanal daba a la calle. Dejé las Ziploc sobre una silla y me senté en un sofá que había frente a la ventana mientras esperaba el taxi.
—¿El taxi es para mí? —susurró Rachel, que estaba sentada a mi lado.
—Sí.
—Pero tengo el coche aparcado en tu casa.
—No querrás volver a mi casa. Si quieres, puedes pasarte mañana por la mañana. Preferiría que fueras en taxi al trabajo.
—¿Antes le has dicho a Lu Li que mañana volverías al trabajo?
—Si no tengo noticias del presidente, sí.
—¿Por qué? Si mataron a Fielding, ¿por qué no te iban a matar a ti también?
Su pregunta me dio una perversa satisfacción.
—Parece que por fin aceptas mi delirante teoría.
Rachel apretó los labios, y vi que estaba realmente asustada.
—Mira, si de verdad quieren matarme, ya estoy muerto. Y si deciden matarme antes de mañana, nada los detendrá. Pero creo que están demasiado preocupados por la reacción del presidente. Si sigo con vida mañana por la mañana, no habrá inconveniente en que vaya a trabajar.
Rachel suspiró y se frotó las sienes con los dedos.
—No sé lo que va a ocurrir —murmuré—. Si alguien te pregunta, diles todo lo que sepas. Viniste a mi casa porque yo había faltado a tres sesiones.
Me llamó la esposa de un amigo que murió hoy. Ella no tenía familia aquí y tú te ofreciste a darle consuelo. La reconfortamos y le sacamos el perro a pasear. Eso es todo lo que sabes.
Rachel escrutó mi rostro en la penumbra:
—No es lo que me esperaba.
—Lo sé. Pensabas que estaba loco.
Se mordió el labio, en un gesto casi infantil:
—Supongo que sí. Una parte de mí esperaba que me equivocara. Y
ahora estoy espantada. Conozco los problemas psiquiátricos; pero esto no tiene nada que ver.
Me acerqué a ella y le hablé al oído:
—Quiero que lo olvides todo. A no ser que me pase algo. Entonces quiero que lo recuerdes; que lo recuerdes y clames al cielo —me aparté y la miré a los ojos—. No volveré a tu consulta.
Se me quedó mirando como si le hubiera dicho «Nunca más nos volveremos a ver», que en el fondo era lo que yo sentía.
—David…
—Aquí está tu taxi. —Me puse en pie cuando los faros se detuvieron delante de la casa, sin perderlo de vista para asegurarme que llevaba una luz de taxi en el techo.
Rachel meneaba la cabeza, en un gesto casi de impotencia.
—No te preocupes —dije—. Estaré bien. Me has ayudado mucho.
—Yo no he hecho nada por ti.
La aparté de la ventana; luego saqué la grabadora del bolsillo, le extraje la cinta y se la puse en la mano.
—Si me quieres ayudar, ésta es tu oportunidad —empezaba a despedirme, y luego me lo pensé mejor—. Hay otra cosa que puedes hacer.
—Dime.
Señalé a las bolsas Ziploc que había encima de la silla:
—¿Hay alguien en Duke a quien puedas confiar el análisis de ese polvo por si contiene agentes infecciosos y venenos?
—Por supuesto. Allí hay tipos que viven para esa clase de cosas.
Uno de los cojines del sofá tenía funda. Se la saqué, luego la rellené con las Ziploc y se la di.
—Ten mucho cuidado con esto.
—No gastes tu saliva.
Le apreté el brazo:
—Gracias. Y ahora, vete.
No se fue. Se puso de puntillas y me besó con dulzura en los labios.
—Ten cuidado. Por favor, ten mucho cuidado.
Mientras la miraba de hito en hito, Rachel escondió la funda bajo la blusa y luego se dirigió al recibidor. Oí que la puerta principal se cerraba suavemente. Desde la ventana vi cómo se metía en el taxi, que maniobró delante de la casa antes de desaparecer calle Gimghoul arriba.
Yo fui hasta mi coche, lo metí en el garaje de Fielding y toqué la bocina. Lu Li abrió la puerta desde dentro y después la cerró detrás de mí.
A continuación abrió la puerta del copiloto y colocó en el asiento la caja de cartón de su marido. La cogí desde el asiento del conductor y a ella la agarré de la muñeca, mirándola fijamente a los ojos.
—Dime la verdad, Lu Li. ¿Sabes qué están intentando construir en Trinity?
Transcurridos unos segundos de contacto visual, asintió una sola vez.
—No se lo digas a nadie —le advertí—. Nunca. —Yo china, David.
Saber qué puede pasar.
Por un instante se me pasó por la cabeza su silueta tras las puertas del patio, el blanco que espera a su asesino.
—Ven conmigo —le dije de repente—. Ahora mismo. Ve a buscar a tu perrita y nos vamos. Os pondré a salvo.
Sus labios esbozaron una triste sonrisa:
—Hombre bueno. Como Andrew. No se preocupe. Ya tengo mis planes.
«¿Planes?» No me podía imaginar cuáles eran. No sabía que conociera a alguien en Estados Unidos. ¿Cuáles serían?
Meneó la cabeza:
—Mejor no saberlo. ¿Sí? Todo está bien.
Por alguna razón, le creía. La revelación de que la pérdida de su marido no dejaba a Lu Li indefensa me llevó a hacerle una nueva pregunta:
—En su carta, Andy me dijo que, si algo le ocurriera, pensara en su reloj de bolsillo. ¿Qué tiene ese reloj de especial?
Lu Li me estudió los ojos durante lo que pareció un buen rato. Luego, en un susurro casi inaudible, me dijo:
—Reloj no. Leontina.
—¿Leontina?
—Leontina de reloj.
Cerré los ojos y me imaginé el reloj de Fielding. Era una reliquia llena de marcas pero de valor incalculable, y en el extremo de la cadena tenía un pequeño cristal en forma de diamante.
—¿El cristal? —pregunté.
Lu Li sonrió:
—Hombre listo. Busque la respuesta.
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