Las huellas de dios

Greg Iles · Capítulo 7 de 47

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Las huellas de dios

Capítulo 6

6

Capítulo

EMPUJÉ a Rachel hacia el recibidor de la casa de Fielding. La puerta se cerró de inmediato a nuestras espaldas, y nos volvimos para encontrarnos cara a cara con una mujer asiática de menos de metro cincuenta. Lu Li Fielding había vivido buena parte de sus cuarenta años en la China comunista. Entendía bastante bien el inglés, pero sólo lo chapurreaba.

—¿Esta mujer quién? —preguntó, señalando a Rachel—. No casado,

¿no, doctor David?

—Rachel Weiss, una buena amiga mía. También es médico.

La sospecha anidó en los ojos de Li Lu:

—¿Trabaja para la empresa?

—¿Te refieres a Argus Optical?

—Tlinity —dijo, reemplazando la r por una l. —No, no. Es profesora en la Facultad de Medicina de la Universidad de Duke.

Lu Li inspeccionó a Rachel por unos instantes:

—Entonces entre también. Por favor. Rápido, por favor.

Lu Li hizo una reverencia y nos dejó entrar en su guarida, que giraba en torno a la cocina. Sonreí con tristeza. Cuando Fielding vivía solo en aquella casa, siempre parecía que un tornado acabara de pasar por allí. Libros y papeles desparramados por todas partes, docenas de tazas de café, litronas y ceniceros rebosantes sobre cada superficie plana. Con la llegada de Lu Li, la casa se había convertido en un espacio Zen de orden y limpieza. Aquella noche olía a cera y limón en vez de a cigarrillos y cerveza pasada.

—Siéntense, por favor —invitó Lu Li.

Rachel y yo nos sentamos el uno al lado del otro en un sofá mullido. Lu Li se sentó en el borde de una vieja silla tapizada que había frente a nosotros. Se centró en Rachel, la cual miraba fijamente una placa que colgaba de la pared justo detrás de la silla de Lu Li.

—¿Ése es el premio Nobel? —preguntó Rachel en bajo.

Lu Li asintió, no sin orgullo:

—Andy ganó el Nobel en 1988. Entonces yo estaba en China, pero allí conocíamos su trabajo. Todos los físicos asombrados.

—Debe de estar muy orgullosa de él —confesó Rachel, con una calma que sus enormes ojos no dejaban traslucir—. ¿Cómo se conocieron?

Mientras Lu Li respondía en su inglés chapurreado, yo me maravillaba con la unión de aquella mujer y mi querido amigo. Fielding había conocido a Lu Li cuando daba una conferencia en Pekín como parte de una iniciativa diplomática chino-británica. Ella enseñaba física en la Universidad de Pekín, y en cada una de las nueve ponencias de Fielding se había sentado en primera fila. Los burócratas partidistas habían celebrado varias recepciones durante el ciclo de conferencias, y Lu Li asistía a todas.

Fielding y ella enseguida congeniaron, y para cuando llegó el momento de la despedida, ambos supieron que estaban profundamente enamorados el uno del otro. Siguieron dos años y medio de separación, en los que Fielding trató desesperadamente de conseguirle un visado de tránsito. Le costó lo suyo, aun con el supuesto apoyo de los mandamases de la ASN. Al final, llegó un punto en que le rondaba la idea de pagar a agentes ilegales para sacar a Lu Li clandestinamente del país; pero yo lo convencí de que era demasiado arriesgado.

Todo cambió cuando Fielding empezó a retrasar el Proyecto Trinity con sus sospechas sobre los efectos secundarios que todos estábamos padeciendo. Como por arte de magia, los trámites se aceleraron y Lu Li se vio sentada en un avión rumbo a Washington. Fielding sabía que a su prometida sólo la habían traído a Estados Unidos para distraerlo, pero eso le daba igual. Su llegada tampoco había surtido el efecto deseado; el inglés seguía investigando a fondo cada acontecimiento negativo que tenía lugar en el laboratorio Trinity, y los otros científicos llegaron a odiarlo por ello.

—Lu Li —dije aprovechando una pausa—, primero déjame darte el pésame por la muerte de Andrew.

La física meneó la cabeza:

—No por eso le pedí venir aquí. Quiero saber de esta mañana. ¿Qué pasó a mi Andy?

Yo no sabía si hablar abiertamente en la casa. Al verme cara de preocupado, se dirigió hacia la chimenea, se arrodilló y rebuscó en el tiro hasta encontrar una caja de cartón tiznada, que luego colocó sobre la mesa de centro. No era la primera vez que la veía. Contenía varios componentes electrónicos caseros que me recordaban a los proyectos Heathkit en los que mi padre y yo habíamos trabajado cuando tan sólo era un niño. Lu Li sacó algo parecido a un lector óptico de metal.

—Andy pasó esto por la casa la mañana antes del trabajo —dijo—.

Tapó todos los micros. Ahora podemos hablar.

Eché una mirada a Rachel. El trasfondo estaba claro. Lu Li sabía lo de Trinity, o al menos conocía las tácticas de seguridad de la ASN. Geli Bauer se habría ensañado con esta casa en cuanto Lu Li saliera a la tienda o a la tintorería. Me sorprendió que hubiera esperado tanto tiempo.

—¿Has salido en todo el día? —pregunté.

—No —respondió Lu Li—. No me dicen el hospital a donde llevaron a Andy.

Yo dudaba que Fielding hubiera sido trasladado a un hospital. Lo habrían llevado en avión al cuartel general de la ASN, en Fort Meade (Maryland), seguramente a alguna unidad médica especial para realizarle una autopsia o algo peor. El gobierno británico podría reclamarlo más tarde, pero de eso ya se encargaría el Departamento de Estado, no la ASN.

Además los británicos, artífices de la Ley de Secretos de Estado y del Sistema de Consejos sobre Defensa, acataban la política de Estados Unidos en materia de seguridad nacional.

—Insisto en que deberíamos hablar bajo —murmuré, señalando a aquella especie de lector óptico—. Y también creo que debería llevarme esa caja cuando me vaya. Me temo que la A… —me interrumpí a mí mismo—, los de la empresa de seguridad registrarán esta casa en cuanto te vean salir. Y no querrás que la encuentren.

Lu Li se había criado en un país comunista, con una implacable policía de seguridad. Tenía profundamente arraigada cierta predisposición a creer siempre lo peor.

—¿Mi Andy asesinado? —susurró.

—Espero que no. Dada la salud de Andrew, su edad y sus hábitos, existía la posibilidad de que sufriera un ictus. Sin embargo… yo no creo que eso lo matara. ¿Qué te hace pensar en el asesinato?

Lu Li cerró los ojos, haciendo que se le saltaran las lágrimas:

—Andy sabía que algo podía pasar. Lo dijo.

—¿Lo dijo una vez? ¿O muchas veces?

—Estas dos semanas, muchas veces.

Inspiré profunda y lentamente:

—¿Sabes por qué Andrew me quería ver en Nags Head?

—Para hablar contigo. No sé más. Estaba preocupado por el trabajo.

Por Trinity. Por…

—¿Qué?

—Godin.

Algo me decía que tenía que ser Godin. Era fácil odiar a John Skow, un arrogante tecnócrata sin sentido moral; aunque no inspiraba mucho miedo.

En cambio, Godin solía caer bien porque era un genio, un patriota en el mejor sentido de la palabra, un hombre de convicciones; y sin embargo, al llevar un tiempo trabajando con él, uno tenía la sensación de que irradiaba una inquietante vibración, un ansia como la de Fausto por saber que traspasaba todo límite e ignoraba toda frontera. Una cosa estaba clara: cualquier cosa o persona que se interpusiera entre Godin y su meta tenía los días contados.

Godin y Fielding se habían llevado bien al principio. Pertenecían aproximadamente a la misma generación, y Godin tenía el don de Robert Oppenheimer para motivar a los científicos con talento: una combinación de halagos y honda perspectiva. Pero la luna de miel no duró lo suficiente.

Para Godin, Trinity era una misión, y él la perseguía con celo apostólico.

Fielding era diferente. El inglés no creía que porque algo fuera posible habría que materializarlo; como tampoco creía que el más noble de los fines justificara todos los medios.

—¿Andy me iba a enseñar algún documento? —pregunté esperanzado.

—No lo creo. Todas las tardes tomaba notas, pero antes de dormir —

señalaba a la chimenea— siempre quemaba. Andy muy secreto. Siempre quería protegerme. Siempre protegerme.

«Hizo lo mismo por mí», pensé. De pronto recordé unas palabras en la carta de Fielding.

—¿Andrew llevó hoy el reloj de bolsillo al trabajo?

Lu Li no vaciló:

—Lo llevaba cada día. ¿Hoy no?

—No. Pero estoy seguro de que te lo devolverán junto con sus efectos personales.

El labio de abajo le empezó a temblar, y yo percibí otra inminente oleada de lágrimas que no llegó. Al contemplar el estoicismo de Lu Li sentí una fuerte punzada de dolor, que me resultaba familiar y en cierto modo también desconocida. Ya sabía lo que era estar de luto por alguien, pero lo que ahora sentía era diferente de lo que había sentido tras la muerte de mi esposa y mi hija. Andrew Fielding era uno de los pocos hombres de su siglo que podría haber respondido a algunas de las preguntas fundamentales sobre la existencia humana. Saber que una mente así se había ido de este mundo me dejaba con una sensación de vacío, como si mi especie se viera mermada de manera profunda e irrecuperable.

—¿Y ahora yo, qué? —preguntó Lu Li en voz baja— ¿Vuelvo a China?

«Ni hablar», pensé. Una razón para el secretismo de Trinity era que en ciertos ámbitos existía la creencia de que otros países podrían estar desarrollando un dispositivo similar. La China comunista, con su historial de agresivos robos tecnológicos, encabezaba la lista. La ASN jamás permitiría que una física china regresara a su tierra natal si había estado tan cerca del proyecto. Pero poco podía hacer yo para protegerla hasta hablar con el presidente.

—Tranquila, no te pueden repatriar —le aseguré.

—Andy decía «el gobierno hace lo que quiere».

Estaba a punto de responderle cuando las luces de un coche iluminaron el recibidor. Un coche pasaba despacio por delante de la casa.

—Eso no es cierto —desmentí—. Lu Li, no está bien que lo diga, pero lo mejor que puedes hacer ahora mismo es cooperar con la ASN. Cuantos menos problemas les des, menos te verán como una amenaza. ¿Lo entiendes?

El rostro se le crispó.

—¿Que ahora tengo que dejarlos matar a mi Andy y no decir nada?

¿No hacer nada?

—No sabemos si a Andy lo han asesinado. Además, ahora mismo hay muy pocas cosas que puedas hacer en persona. Quiero que lo dejes todo en mis manos. He llamado al presidente, y podría tener noticias suyas de un momento a otro. Precisamente ahora está en China. En Pekín.

De repente, y pese a su angustia, Lu Li sonrió:

—Andy era un buen hombre. Un hombre amable y divertido.

Inteligente.

—Muy inteligente —asentí, aunque palabras como inteligente decían bien poco cuando se aplicaban a hombres como Andrew Fielding. Fielding había sido miembro de una de las comunidades más pequeñas del planeta, la de quienes verdaderamente entendían los misterios de la física cuántica; un campo reservado, como los alumnos que Fielding tenía en Cambridge solían bromear, para los estudiantes «demasiado inteligentes para ser doctores».

Rachel dio un chillido de sorpresa cuando una bola blanca de pelo entró corriendo en la habitación y saltó al regazo de Lu Li. Aquella bola de pelo era un perrito, un bichon frise. Lu Li sonrió y le dio una fuerte palmada en el cuello.

—Maya, maya —susurró, y luego canturreó en cantonés.

Aunque el bichon parecía nervioso en presencia de extraños, no ladró.

Sus ojitos marrones se posaron en mí.

—¿Conoce a Maya, doctor David?

—Sí. Ya nos hemos visto antes.

—Andy la compró para mí. Hace seis semanas. Maya era mi bebé; mi bebé hasta que Andy y yo…

Cuando Lu Li guardó silencio, caí en la cuenta de que mi amigo de sesenta y tres años había estado intentando tener hijos con su esposa de

cuarenta.

—Lo siento —dije en vano—. Lo siento mucho.

Era como si Rachel quisiera hablar, pero había ocasiones en las que ni el psiquiatra más experimentado encontraba las palabras. Y cuando Lu Li se quedó mirando al vacío, mi preocupación fue en aumento. Si Fielding sospechaba que lo iban a asesinar y había expresado ese miedo a su esposa, en la ASN podrían saber que lo había hecho. Y casi seguro que sabrían también dónde me encontraba ahora. Si estaban ahí fuera, era muy posible que hubieran fotografiado a Rachel y que estuvieran intentando averiguar qué pintaba ella en todo esto.

—Parece que Maya quiere ir a dar un paseo —dije alegremente.

Lu Li salió del trance.

—Será un placer sacarla a pasear —añadí.

—No. Maya no necesita…

La interrumpí con una mano en alto:

—Creo que a los dos nos convendría un poco de aire fresco.

Lu Li se me quedó mirando unos instantes.

—Sí —dijo al fin—. Buena idea. Estamos en casa todo el día.

Mientras buscaba algo con lo que escribir, vi un bloc de notas junto al teléfono. Me dirigí hacia él y anoté: «¿Tienes una grabadora portátil?».

Luego arranqué la hoja y escribí mi número de teléfono móvil en la siguiente.

Cuando Lu Li leyó mi pregunta, fue al despacho de Fielding y volvió con una grabadora de microcasete Sony, de las que usan para hacer dictados. Me la metí en el bolsillo y acompañé a ambas mujeres hasta las puertas de cristal que daban al patio.

Maya nos seguía sin separarse de Lu Li, que ató una correa al cuello de la perra. Unos cien metros bosque adentro se hallaba el anfiteatro al aire libre de la Universidad de Carolina del Norte. En otras dos ocasiones, Fielding me había llevado hasta allí para hablar.

—Ya sé que Andrew hizo un barrido de la casa —le susurré a Lu Li—, pero sigo sin sentirme seguro hablando dentro. Necesito hablar con Rachel a solas unos minutos. Quiero que vuelvas dentro. Cierra las puertas con llave, pero deja a Maya con nosotros. Vamos a pasear por el bosque hasta el

anfiteatro. Volveremos enseguida. Llevo el móvil conmigo; te he dejado el número en el bloc de notas. En cuanto veas algo raro, llámame.

El desconcierto y la preocupación arrugaron el rostro de Lu Li:

—¿Necesita a Maya?

—Es la tapadera. ¿Entiendes? Una excusa para salir de aquí.

Ella asintió levemente, luego se arrodilló, dijo algo al oído de la perra y se adentró en la casa. Yo cogí al bichon quejumbroso y atravesé rápidamente el patio hasta llegar a un estrecho sendero que se internaba en el bosque. Rachel seguía adelante como podía cuando las ramas empezaban a enganchársele en la ropa.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo entre dientes.

—Silencio. Tengo que hablar contigo y no creo que vaya para largo.

No estaba seguro de cuál era el origen de aquel miedo, pero sabía que estaba muy arraigado. Sin darme cuenta, había pasado la correa de la perra a la mano izquierda para desenfundar la pistola con la derecha.

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