Las huellas de dios

Greg Iles · Capítulo 2 de 47

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Las huellas de dios

Capítulo 1

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Capítulo

«ME llamo David Tennant. Soy médico. Doy clases de ética en la Facultad de Medicina de la Universidad de Virginia, y si alguien ve esta cinta es que estoy muerto.»

Respiré hondo y pensé lo que iba a decir. No quería echar un sermón.

Había montado mi videocámara Sony en un trípode y tenía girada la pantalla de cristal líquido para verme mientras hablaba. Había perdido peso en las últimas semanas. Con los ojos rojos por el cansancio y las órbitas brillando en la oscuridad, parecía más un criminal buscado por la justicia que no un amigo de luto.

«No sé muy bien por dónde empezar. Sigo viendo a Andrew tendido en el suelo. Y sé que ellos lo han asesinado. Pero… me estoy adelantando a los acontecimientos. Y lo que necesito son hechos. Nací en 1961 en Los Álamos, Nuevo México. Soy hijo de James Howard Tennant, el físico nuclear, y de Ann Tennant, pediatra. Grabo esta cinta en estado sobrio, y en cuanto termine la dejaré en manos de mi abogado, con la condición de que se divulgue sólo si, por alguna circunstancia, muero.

Hace seis horas hallaron a mi colega, el doctor Andrew Fielding, muerto al lado de su escritorio, víctima de lo que parecía ser un derrame cerebral. No lo puedo probar, pero sé que Fielding fue asesinado. Los dos últimos años, él y yo habíamos formado parte de un equipo fundado por la Agencia de Seguridad Nacional (ASN) y la DARPA, la agencia gubernamental que creó Internet en la década de 1970. A ese equipo y su

trabajo, ambos de alta seguridad, se les conoce con el nombre de Proyecto Trinity.»

Bajé la vista a la Smith & Wesson del calibre 38 que tenía en el regazo.

Me había asegurado que la pistola no saliera en la grabación, pero era reconfortante tenerla a mano. Ahora que estaba más calmado, volví a mirar fijamente la luz roja.

«Hace dos años, Peter Godin, fundador de la sociedad anónima Godin Supercomputing, tuvo una epifanía muy similar al mítico momento en que una manzana cayó sobre la cabeza de Isaac Newton. Esta vez fue un sueño.

Sin razón aparente, un hombre de setenta años visualizó la más revolucionaria posibilidad en la historia de la ciencia. Cuando se despertó, Godin llamó por teléfono a John Skow, director adjunto de la ASN, en Fort Meade, Maryland. A las seis de la mañana, los dos hombres ya habían redactado y enviado una carta al presidente de Estados Unidos. Esa carta hizo estremecer los cimientos de la Casa Blanca; lo sé porque el presidente era el mejor amigo de mi hermano en la facultad. Mi hermano murió hace tres años, pero gracias a él el presidente llegó a conocer mi trabajo; por eso me he visto involucrado en todo lo que vino después.»

Froté el frío metal de la calibre 38, preguntándome qué decir y qué no decir. «No te dejes nada», decía una voz en mi interior. La voz de mi padre.

Cincuenta años atrás había tenido su propio lugar en la historia secreta de Estados Unidos, y esa carga había acortado enormemente sus días. Mi padre murió en 1988, angustiado, convencido de que la Guerra Fría en la que había malgastado la energía de su juventud acabaría destruyendo la civilización, con toda la facilidad del mundo. «No te dejes nada.»

«El memorando de Godin —proseguí—, surtió el mismo efecto que la carta que Albert Einstein había enviado al presidente Roosevelt a principios de la segunda guerra mundial, para darle una idea del potencial de la bomba atómica y comunicarle la posibilidad de que la Alemania nazi pudiera desarrollar una. La carta de Einstein sirvió de acicate para el Proyecto Manhattan, la búsqueda secreta para cerciorarse de que Estados Unidos sería el primero en poseer armas nucleares. La carta de Godin se plasmó en un proyecto de alcance similar pero de ambición infinitamente mayor. El «Proyecto Trinity» nació tras los muros de la principal sociedad anónima de la ASN, en el Research Triangle Park de Carolina del Norte.

Sólo seis personas en todo el mundo conocen los pormenores de Trinity.

Ahora que Andrew Fielding está muerto, quedan cinco. Yo soy una de ellas. Las otras cuatro son Peter Godin, John Skow, Ravi Nara…»

Me levanté de un brinco con la calibre 38 en la mano. Alguien llamaba a la puerta de mi casa. Por entre las delgadas cortinas divisé una furgoneta de Federal Express aparcada al pie de la acera. Lo que no alcancé a ver fue el espacio que había justo delante de la puerta.

—¿Quién es? —pregunté.

—FedEx —respondió una apagada voz masculina—. Necesito una firma.

Yo no esperaba ningún paquete.

—¿Es una carta o un paquete?

—Una carta.

—¿Quién la envía?

—Esto… Lewis Carroll.

Me estremecí. ¿Una carta de un hombre muerto? Sólo una persona me escribiría con remite del autor de Alicia en el país de las maravillas.

Andrew Fielding. ¿Acaso me había enviado algo la víspera de su muerte?

Fielding llevaba semanas investigando a conciencia los laboratorios de Trinity, tanto los ordenadores como el espacio físico. Tal vez había encontrado algo. Y tal vez lo que encontró fue lo que acabó con su vida.

Ayer noté algo extraño en el comportamiento de Fielding, lo cual no es tan fácil en un hombre célebre por sus excentricidades; pero esta mañana parecía volver a ser el mismo de siempre.

—¿Quiere esto o no? —preguntó el repartidor.

Amartillé la pistola y me acerqué a la puerta. Había pasado la cadena al llegar a casa. Con la mano izquierda, abrí la puerta hasta que hizo tope con la cadena. A través de la rendija, vi la cara de un veinteañero uniformado y con el pelo recogido en una pequeña coleta.

—Pásame el bloc con la carta. Firmaré y te lo devolveré.

—Es una PDA. No se la puedo dar.

—Entonces aguántala.

—Paranoico —rezongó, pero acercó una gruesa PDA naranja a la rendija de la puerta.

Cogí el lápiz óptico que colgaba del cordel y garabateé mi nombre en la pantalla táctil.

—Vale.

La PDA desapareció, y por la rendija asomó un sobre de FedEx. Lo cogí y lo arrojé al sofá, luego cerré la puerta con llave y esperé hasta oír que la furgoneta se alejaba de la acera.

Recogí el sobre y eché un vistazo a la etiqueta. «Lewis Carroll» estaba escrito con los trazos delgados e inseguros de Fielding. Cuando saqué la hoja del sobre, un granulado blanco y grasiento se me derramó sobre los dedos. En el preciso instante en que mis ojos percibieron el color, una parte de mi cerebro susurró «ántrax». Las probabilidades de que lo fuera eran pocas, pero mi mejor amigo acababa de morir en extrañas circunstancias.

Tenía motivos para estar paranoico.

Corrí a la cocina y me restregué las manos con agua y lavavajillas.

Luego saqué un maletín negro del armario; dentro había la farmacopea propia de un médico: analgésicos, antibióticos, eméticos, crema esteroidea.

Encontré lo que buscaba en un bolsillo: un blíster de Cipro, un potente antibiótico de amplio espectro. Me tragué un comprimido con agua del grifo, y luego me puse un par de guantes de látex que llevaba en el maletín.

Como última precaución, cogí una camiseta sucia del cesto de la ropa y me la até alrededor de la boca y la nariz. Después doblé el sobre y la carta de FedEx y los metí en diferentes bolsas Ziploc, que luego sellé y dejé sobre la encimera de la cocina.

Por mucho que quisiera leer la carta, una parte de mí se resistía.

Fielding podría haber muerto por lo que había escrito en la carta; y, aun cuando no fuera así, leerla no me haría ningún bien.

Aspiré cuidadosamente los gránulos blancos que había esparcidos por la alfombra del salón, y mientras tanto me preguntaba si sería un error pensar que a Fielding lo habían asesinado. Él y yo llevábamos semanas trabajando con recelo, pero entonces teníamos razones para hacerlo. El momento era de lo más oportuno. En vez de volver a poner la aspiradora en el armario, me dirigí a la puerta trasera y arrojé la máquina al patio.

Siempre podía comprar una nueva.

Era consciente de que la carta estaba en la encimera de la cocina y eso me inquietaba. Me sentía como la esposa de un soldado que se niega a abrir

un telegrama. Pero yo ya sabía que mi amigo estaba muerto. ¿De qué tenía miedo, pues?

«El porqué», respondió una voz en mi interior. Era Fielding el que hablaba. «Nadie quiere sacar la cabeza del agujero. Es el pasatiempo nacional de Estados Unidos…»Más que irritado por descubrir que los muertos podían ser tan pesados como los vivos, recogí la bolsa Ziploc que contenía la carta y la llevé al salón. La nota era breve y estaba escrita a mano.

David:

Tenemos que volver a vernos. Al fin he podido encararme con Godin y hablarle de mis sospechas. Su reacción me sorprendió. No quiero poner nada por escrito, pero sé que estoy en lo cierto. Lu Li y yo iremos al lugar azul el sábado por la noche. Por favor, acompáñanos. Está muy cerca, pero es discreto. Tal vez sea hora de que te pongas en contacto con el amigo de tu difunto hermano, aunque me pregunto si podrá hacer algo llegados a este punto. Cosas como ésta tienen un empuje mayor que el de cualquier individuo; me temo que incluso mayor que el de la humanidad. Si me ocurriera algo, no olvides esa cosita de oro que un día te pedí que me guardaras. Malos tiempos, colega. Nos vemos el sábado.

Debajo de la nota no había firma, sólo la cabeza de un conejo y la esfera de un reloj dibujados. El Conejo Blanco, un apelativo cariñoso con el que lo conocían en Cambridge sus estudiantes de física. Fielding siempre llevaba un reloj de oro de bolsillo, y ésa era la «cosita de oro» que un día me había pedido que le guardara.

Nos cruzamos en el pasillo cuando me puso el reloj y la cadena en la mano. «¿Te importa quedártelo una hora?», me había murmurado.

«Estupendo». Luego se había ido. Al cabo de una hora se había pasado por mi despacho para recogerlo, y me explicaba que no había querido llevar el reloj consigo al laboratorio de IRM, porque se habría podido golpear contra la unidad de IRM debido a los enormes campos magnéticos de las máquinas. Pero Fielding visitaba el laboratorio de IRM a todas horas, y nunca antes me había dado su reloj de bolsillo. Tampoco volvió a hacerlo

nunca más. Debía de llevarlo en el bolsillo cuando murió. Entonces, ¿en qué andaba metido ese día?

Repasé la nota. «Lu Li y yo iremos al lugar azul el sábado por la noche.» Lu Li era la nueva esposa china de Fielding. El «lugar azul» tenía que ser un código para referirse a un bungalow de Nags Head, en los Outer Banks de Carolina del Norte. Tres meses antes, cuando Fielding me había pedido que le recomendara un lugar para pasar la luna de miel, yo le había sugerido el bungalow de Nags Head, a pocas horas de allí. A Fielding y su esposa les había encantado aquel lugar, y al parecer el inglés había pensado en él como un lugar seguro para hablar de sus miedos.

Me temblaban las manos. El hombre que había escrito esta nota estaba ahora tan frío como la mesa del depósito de cadáveres en la que yacía, si es que se hallaba en una morgue. Nadie había podido (o querido) decirme a dónde llevarían el cuerpo de mi amigo. Y ahora el polvo blanco. ¿Habría puesto Fielding los polvos en el sobre y olvidado mencionarlo en la carta?

De no ser así, ¿quién lo había hecho? ¿Quién sino la persona que lo había asesinado?

Dejé la carta en el sofá, me quité los guantes de látex y rebobiné la cinta de vídeo hasta el punto en el que había tenido que ir a abrir la puerta.

Había decidido grabar esta cinta porque temía que me pudieran asesinar antes de contar al presidente lo que sabía. La carta de Fielding no cambiaba nada. Sin embargo, al clavar la mirada en el objetivo dejé volar mi imaginación. Me había adelantado al consejo que Fielding me daba de llamar al «amigo de mi difunto hermano». En el preciso instante en que vi el cadáver de Fielding en el suelo de su despacho, supe que tenía que llamar al presidente. Pero el presidente estaba en China. Aún así, nada más salir del laboratorio Trinity había llamado a la Casa Blanca desde el teléfono público del restaurante Shoney’s, un teléfono «seguro» del que Fielding me había hablado. No podía ser captado por los equipos de vigilancia motorizados, y la geometría del interior del restaurante dificultaba la escucha con un micrófono parabólico desde cierta distancia.

Cuando mencioné el «Proyecto Trinity», el operador de la Casa Blanca pasó mi llamada a un hombre que me pidió bruscamente que le expusiera el asunto. Le pedí que me pusiera con Ewan McCaskell, el jefe del estado mayor del presidente, a quien había conocido en mi visita al Despacho

Oval. McCaskell estaba en China con el presidente. Solicité que comunicaran al presidente que David Tennant necesitaba hablar urgentemente con él sobre el Proyecto Trinity, y que no pusieran al corriente a ninguna otra persona relacionada con el mismo. Aquel hombre me dijo que le harían llegar mi mensaje y luego colgó.

Trece horas separaban Carolina del Norte y Pekín. Eso hacía que en China fuera por la mañana. De día. Pero ya habían transcurrido cuatro horas desde mi llamada, y seguía sin tener noticias. ¿Le habrían hecho llegar mi mensaje a China, dada la naturaleza crítica de la cumbre? No había manera de saberlo. Yo sólo sabía que si alguien de Trinity tuviera antes conocimiento de mi llamada, podría acabar como Fielding antes de hablar con el presidente.

Pulsé el botón START en el mando a distancia y volví a hablar para la cámara.

«En los seis últimos meses, había pasado de sentirme parte de un noble esfuerzo científico a preguntarme si realmente vivía en Estados Unidos. He visto que los premios Nobel abandonan todo principio en busca de…»

Me quedé inmóvil. Algo había pasado por delante de una de mis ventanas. Un rostro. Muy cerca, como escudriñando el interior. Lo había visto a través de las finas cortinas, pero estaba seguro. Un rostro delimitado por una media melena. Tenía la impresión de que los rasgos eran femeninos, aunque…

Cuando me disponía a levantarme, me quedé clavado en el sofá. Los dientes me vibraban con un dolor eléctrico como si me hubieran introducido papel de aluminio en los empastes. Los párpados me pesaban demasiado para mantenerlos abiertos. «Ahora no —pensé, registrándome el bolsillo con la mano en busca del frasco que me habían recetado—. Por Dios, ahora no.» Cada uno de los integrantes del equipo Trinity había contraído enfermedades neurológicas, todas ellas diferentes. En mi caso se trataba de narcolepsia. Narcolepsia y sueños. En casa, solía dar rienda suelta al sueño como si cayera en estado de trance. Pero cuando necesitaba romper el hechizo, en Trinity o para conducir, sólo las anfetaminas detenían el irresistible sopor.

Saqué mi frasco con receta médica y lo agité. «Vacío.» Ayer me había tomado el último comprimido. Las anfetas me las había dado Ravi Nara, el

neurólogo de Trinity, pero Nara y yo habíamos dejado de hablarnos. Intenté levantarme, pensando en llamar a una farmacia y prescribírmelas a mí mismo, pero eso era ridículo. Ni siquiera podía ponerme de pie. Una plomiza pesadez se había apoderado de mis piernas. La cara me ardía y los ojos se me cerraban.

El merodeador volvía a estar en la ventana. Mentalmente, levantaba la pistola y apuntaba con ella; pero luego vi que tenía el arma en el regazo. Ni siquiera el instinto de supervivencia podía disipar la niebla que me ofuscaba el cerebro. Volví a mirar hacia la ventana. El rostro había desaparecido. «Un rostro de mujer.» Estaba seguro. ¿Utilizarían a una mujer para matarme? Por supuesto. Eran pragmáticos; utilizaban aquello que funcionaba.

Algo arañaba el pomo de mi puerta. Aturdido, me esforcé por apuntar a la puerta con la pistola. Algo golpeaba la madera. Puse el dedo en el gatillo, aunque cuando mi cerebro aletargado dio la orden de apretarlo, el sueño aniquiló la conciencia como los dedos que apagan la llama de una vela.

* * *

Andrew Fielding estaba sentado tras la mesa de su despacho, solo, fumando ansiosamente un cigarrillo. Las manos le temblaban después del careo con Godin. Había sido el día anterior, pero Fielding tenía la costumbre de revivir escenas como ésa en su mente, de dar vueltas a lo mal que había expuesto el caso y murmurar réplicas que debería haber hecho en el momento.El careo había sido el resultado de semanas de frustración.

A Fielding no le gustaban las discusiones, en cualquier caso no las que se salían del campo de la física. Había pospuesto la reunión hasta el último momento posible. Se pasó el día merodeando por su despacho, cavilando sobre uno de los principales enigmas de la física cuántica: cómo dos partículas disparadas simultáneamente desde la misma fuente podían llegar al mismo tiempo al mismo destino, aun cuando una tuviera que recorrer diez veces la misma distancia que la otra. Como dos 747 que volaban de Nueva York a Los Ángeles; aunque uno iba directo y el otro tenía que bajar hasta Miami antes de girar al oeste rumbo a Los Ángeles,

ambos aterrizaban al mismo tiempo en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. El vuelo directo 747 se desplazaba a la velocidad de la luz, pero aun así el avión que se desviaba por Miami llegaba a Los Ángeles al mismo tiempo. Lo cual significaba que el segundo avión había rebasado la velocidad de la luz y que, por lo tanto, la teoría de Einstein sobre la Relatividad era una falacia. Tal vez. Fielding se pasó un buen rato dándole vueltas al problema.Encendió otro cigarrillo y pensó en la carta que había enviado a David Tennant por medio de FedEx. No decía gran cosa. Ni con mucho. Sin embargo, bastaría con eso hasta que se reunieran en Nags Head. Tennant se pasaba toda la tarde trabajando unos escalones más arriba que él, pero era como si estuviera en Fiji. No había ni un centímetro cuadrado en el complejo Trinity que no dispusiera de sistemas de vigilancia y escucha. Y Tennant recibiría la carta esa misma tarde, si nadie la interceptaba. Para evitarlo, Fielding había dicho a su esposa que la depositara en un buzón de FedEx, en la oficina de correos de Durham, lejos de la vista de quien la siguiera a distancia. La vigilancia de las esposas se solía hacer desde un coche y de manera aleatoria; pero nunca se sabía…Tennant era la única esperanza de Fielding. Conocía al presidente; al menos, había asistido a cócteles en la Casa Blanca. En cambio, Fielding había ganado el premio Nobel en 1998, y sin embargo nunca lo habían invitado al 10 de Downing Street; seguramente, nunca lo harían. Había estrechado la mano del Primer Ministro en una recepción, pero no era lo mismo. Para nada.Dio una calada al cigarrillo y bajó la mirada al escritorio. Allí había una ecuación, un colapso de la función ondulatoria, irresoluble utilizando las matemáticas actuales. Ni los superordenadores más potentes del mundo podían resolver un colapso de la función ondulatoria. Existía una máquina sobre la faz de la Tierra que podría hacer progresos con el problema (o al menos él creía que existía) y, si estaba en lo cierto, el término superordenador pronto se quedaría tan obsoleto y arcaico como ‘abacus’. Pero la máquina que podría resolver un colapso de la función ondulatoria sería capaz de mucho más que de una mera computación; sería todo lo que Peter Godin había prometido a los jerarcas de Washington, y más. Ese «más» era lo que asustaba a Fielding.

Lo aterraba. Porque nadie podía predecir las inesperadas consecuencias de semejante creación. «Trinity».Pensaba regresar temprano a casa cuando algo le cegó el ojo izquierdo. No sintió dolor. A continuación el

campo visual de ese ojo se le nubló, y pareció notar una explosión en el lóbulo frontal izquierdo del cerebro. «Un derrame —pensó con objetividad clínica—. Tengo un derrame cerebral.» Por extraño que parezca, cogió tranquilamente el teléfono para llamar al 911; luego recordó que el neurólogo más eminente del mundo trabajaba en el despacho que había cuatro puertas más allá de la suya.Llamarlo por teléfono sería más rápido que ir a pie. Tenía el auricular en la mano, pero el acontecimiento que estaba teniendo lugar en el interior de su cráneo hizo gala de su mortífero poder. Se le formó un coágulo, o le dio un ataque, y el ojo izquierdo se le puso negro. Después un dolor punzante le atravesó la base del cerebro, el centro neurálgico de las funciones vitales. Mientras caía al suelo, Fielding volvía a pensar en esa partícula fugaz que había rebasado la velocidad de la luz, que había demostrado la falsedad del argumento de Einstein al atravesar el espacio como si éste no existiera. Se planteó un experimento del pensamiento: Si Andrew Fielding podía moverse tan rápido como aquella partícula, ¿llegaría hasta Ravi Nara a tiempo para salvar la vida?

Respuesta: No. Ahora ya nada podía salvarlo.Su último pensamiento coherente fue una oración, la callada esperanza de que en el desconocido mundo cuántico la conciencia existiera más allá de lo que los humanos llamaban muerte. Para Fielding, la religión era una ilusión; pero en los albores del siglo veintiuno, el Proyecto Trinity había alumbrado la esperanza de una nueva inmortalidad. Y no era el monstruoso Rube Goldberg lo que pretendían construir a cien metros de la puerta de su despacho.Impactar contra el suelo fue como impactar contra el agua.

* * *

Me desperté sobresaltado y agarré la pistola. Alguien golpeaba sin parar la puerta principal contra la cadena de seguridad. Intenté levantarme, pero el sueño me había desorientado; su lucidez había superado lo experimentado hasta el momento. Sentía que estaba muerto, que era Andrew Fielding en el momento de su muerte…

—¿Doctor Tennant? —gritó la voz de una mujer—. ¿David? ¿Estás ahí?

«¿Mi psiquiatra?» Me puse la mano en la frente y me esforcé en volver a la realidad.

—¿Doctora Weiss? ¿Rachel? ¿Eres tú?

—¡Sí! ¡Quita la cadena!

—Voy —murmuré—. ¿Estás sola?

—¡Sí! Abre la puerta.

Escondí la pistola entre los cojines del sofá y fui a trompicones hacia la puerta. Cuando alargué la mano para descorrer la cadena, se me ocurrió que nunca había dicho a mi psiquiatra dónde vivía.

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