Las huellas de dios
Capítulo 3
3
Capítulo
GELI BAUER estaba sentada en las oscuras entrañas del edificio Trinity, un complejo subterráneo iluminado sólo por el resplandor de monitores de ordenador y cámaras de vigilancia. Desde allí, los filamentos electrónicos se desplegaban para controlar a las personas y la planta física del Proyecto Trinity. Pero ése no era más que el núcleo de sus dominios. Con sólo accionar una tecla, Geli podía conectar con los superordenadores que la ASN tenía en Fort Meade y escuchar conversaciones y otros eventos al otro lado del planeta. Aunque ya había ejercido muchos tipos de poder en sus treinta y dos años de vida, nunca antes había sabido lo que era manipular el mundo computerizado con un solo dedo.
En teoría, Geli trabajaba para Godin Supercomputing, con sede en Mountain View, California. Pero fue la relación cuasi gubernamental de su empresa con la ASN lo que la había elevado a la estratosfera de poder. Si declaraba el estado de excepción, podía detener trenes, cerrar aeropuertos internacionales, reorientar los satélites de vigilancia, o enviar helicópteros armados al cielo de Estados Unidos y darles orden de abrir fuego. Ninguna otra mujer moderna había ostentado semejante poder (de hecho, en algunos aspectos su autoridad rivalizaba con la de su padre), y Geli no tenía intención de renunciar a él.
—Sólo pude oír la conversación de la cocina —dijo—. Esto no tiene sentido. Él y la doctora Weiss tenían que hablar en algún otro lugar.
—A lo mejor estaban haciendo otra cosa.
—Lo habríamos oído. Eso pasa con los discretos y Weiss tiene pinta de escandalosa.
—¿Qué hago?
—Entra ahí y comprueba los micros.
Geli pulsó una tecla del panel frontal y conectó con un joven operador ex Delta llamado Thomas Corelli, que cubría la casa de Andrew Fielding.
—¿Oyes algo, Thomas?
—Ruido de fondo normal. La televisión. Golpes y repiqueteos.
—¿Has oído el final de la conversación telefónica con la señora Fielding?
—Sí, pero cuesta entender ese acento chino.
—¿Pueden verte?
—No. Estoy aparcado junto a la entrada de unos vecinos.
—Tennant pasará por tu posición dentro de cinco minutos. Lo acompaña una mujer, la doctora Rachel Weiss. No cambies de línea.
Geli volvió a pulsar la tecla y luego dijo con voz clara: «JPEG. Weiss, Rachel.»
Una fotografía digital de Rachel Weiss apareció en pantalla. Era de medio cuerpo y la habían tomado cuando la psiquiatra abandonaba el hospital de la Universidad de Duke. Rachel era tres años mayor que Geli, pero Geli conocía a las de su clase. Había convivido con chicas así en un internado de Suiza. Luchadoras. La mayoría judías. Habría sabido que Weiss era judía sin siquiera oír su nombre o ver su expediente. Pese a su moderno look rizado, Rachel Weiss parecía llevar sobre los hombros el peso de la historia. Tenía los oscuros ojos de mártir y las prematuras arrugas en la comisura de la boca. Era una de las mejores psicoanalistas jungianas del mundo, y uno no alcanzaba ese nivel si no se obsesionaba con su trabajo.
Geli no había querido involucrar a Weiss. Fue Skow quien lo permitió.
La teoría de Skow era que si uno apretaba demasiado la correa, se buscaba problemas. Pero era la cabeza de Geli la que rodaría si peligraba el sistema de seguridad. Para evitarlo, ésta recibió las transcripciones de las sesiones de Tennant con Weiss y las grabaciones de todas y cada una de las llamadas telefónicas que la psiquiatra había realizado. Una vez por semana, uno de
sus agentes se deslizaba en el despacho de Weiss y fotocopiaba el historial de Tennant, para asegurarse de que nada escapaba al control de Geli.
Ése era el tipo de complicación que suponía tratar con civiles. Lo mismo había ocurrido en Los Álamos, con el Proyecto Manhattan. En ambos casos el gobierno había procurado controlar a un grupo de talentosos científicos civiles que por ignorancia, obstinación o ideología representaban la mayor amenaza a su propio trabajo. Cuando uno reclutaba a las mentes más brillantes del mundo, trataba con chiflados.
Tennant era un chiflado. Como Fielding y como Ravi Nara, el premio Nobel neurocientífico del proyecto. Los seis cerebros de Trinity habían firmado contratos de lo más leonino en materia de seguridad y confidencialidad, pero seguían creyendo que podían hacer lo que les viniera en gana. Para ellos el mundo era Disneyland. Y los médicos eran los peores. Las reglas no parecían aplicárseles ni siquiera en el ejército. Sin embargo, esta noche Tennant iba a rebasar la línea lo suficiente para cavar su propia sepultura.
Le pitaron los auriculares. Abrió la línea al agente que estaba en casa de Tennant:
—Dime.
—Estoy dentro. No se lo va a creer. Alguien ha puesto masilla de pintor en los agujeros de los micros.
Geli sintió un extraño hormigueo en el pecho:
—¿Cómo iba a saber Tennant dónde estaban?
—Imposible sin un escáner.
—¿Y con una lupa?
—Sólo si supiera dónde encontrarlos. Pero eso le llevaría horas, y nunca podría estar seguro de que los tuviera todos.
«Un escáner. ¿Dónde demonios lo conseguiría un internista?» Luego cayó en la cuenta. «Fielding.»
—Tennant recogió ese envío de FedEx. ¿Ves algún sobre?
—No.
—Se lo habrá llevado. ¿Qué más ves? ¿Algo fuera de lo normal?
—Hay una videocámara montada sobre un trípode.
«Mierda.»
—¿Dentro tiene alguna cinta?
—Lo comprobaré. No hay cinta.
—¿Qué más?
—Una aspiradora en el patio trasero.
«¿Qué diablos…?»
—¿Una aspiradora? Sácale la bolsa y tráemela. La facturaremos a Fort Meade para que la analicen. ¿Qué más?
—Nada.
—Echa un último vistazo y sal de ahí.
Geli pulsó de nuevo la tecla y dijo: «Skow: casa.» El ordenador marcó el número de teléfono de la residencia que el director administrativo del Proyecto Trinity tenía en Raleigh.
—¿Geli? —dijo Skow—. ¿Qué ocurre?
Bauer siempre pensaba en Kennedy cuando oía la voz de John Skow.
Skow era un brahmán bostoniano el doble de inteligente que los de su calaña. En lugar de la tradicional formación en materia de humanidades y derecho, Skow poseía estudios superiores en astronomía y matemáticas y llevaba ocho años trabajando como director adjunto de proyectos especiales en la ASN. Allí era el máximo responsable del centro de investigación secreta con superordenadores. Estrictamente hablando, Skow era el superior de Geli, pero su relación siempre había sido incómoda. Geli, que no era de este mundo, tenía plena responsabilidad sobre la seguridad del Proyecto Trinity. Tenía este poder porque Peter Godin había solicitado formar su propio equipo para proteger Trinity, aduciendo fallos de seguridad en laboratorios del gobierno.
El anciano la había conocido justo cuando ella abandonaba el ejército.
Geli creía a pies juntillas en la cultura guerrera, aunque no pudo soportar por más tiempo la burocracia retrógrada y abotargada del cuerpo militar, ni los pésimos niveles de calidad que ofrecía a los nuevos reclutas. Cuando conoció a Godin, éste le ofreció el trabajo que siempre había querido y que ni se imaginaba que existía.
Percibiría 700.000 dólares anuales por trabajar como jefe de seguridad de proyectos especiales para Godin Supercomputing. El salario era descomunal, pero Godin era multimillonario y se lo podía permitir. Las condiciones de trabajo eran únicas: acataría cualquier orden que le diera,
sin preguntas y sin tener en cuenta la legalidad; no revelaría información de ningún tipo sobre su patrón, su empresa o su trabajo. Si lo hacía, moriría.
Geli contrataría a sus propios agentes, pero éstos tendrían que aceptar las mismas condiciones y la misma pena, que ella misma ejecutaría. Le sorprendía que un personaje público como Godin se atreviera a establecer semejantes condiciones. Luego supo que Godin la había encontrado gracias a su padre. Eso explicaba muchas cosas. Geli llevaba años sin apenas hablar con su padre, pero él estaba en condiciones de saberlo todo sobre ella; y se atrevía a decir que Godin también sabía algo sobre ella, a juzgar por cómo la miraba. Seguramente las historias que había filtrado de Irak tras la operación Tormenta del Desierto. Peter Godin buscaba a un experto en materia de seguridad, pero también buscaba a un asesino. Y Geli era ambas cosas.
En cambio, John Skow sería incapaz de matar. A diferencia de Godin, que de joven había luchado en Corea con los marines, Skow era un guerrero teórico. Aquel hombre de la ASN nunca había visto sangre en sus manos, aunque a veces delante de Geli actuaba como quien sujeta a un pitbull con una correa.
—¿Geli? —repitió Skow—. ¿Está ahí?
—La doctora Weiss fue a casa de Tennant —dijo Geli a través de su auricular.
—¿Para qué?
—No lo sé. Apenas tenemos constancia de la conversación que mantuvieron. Ahora van de camino a casa de Fielding. Lu Li Fielding lo llamó por teléfono. Estaba disgustada.
Skow guardó un momento de silencio.
—¿Va a reconfortar a la desconsolada viuda?
—Seguro. —Geli quería tantear el nivel de preocupación de Skow antes de facilitarle más detalles—: ¿Lo dejamos entrar?
—Por supuesto. Podrá oír todo lo que dicen, ¿verdad?
—Tal vez no. Ha habido un problema con los micrófonos en casa de Tennant.
—¿Qué clase de problema?
—Tennant tapó los micros con masilla. En la casa había una videocámara colocada sobre un trípode. Sin cinta —dejó caer Geli—. O
bien pretendía decir algo en la cinta que no quería que oyéramos, o bien intentaba hablar con la doctora Weiss sin que nosotros lo supiéramos. En cualquier caso, son malas noticias.
Por un momento oyó la respiración de Skow.
—Está bien —dijo al fin—. Vamos a salir de ésta.
—Usted sabe algo que yo no sé, señor.
Skow se rió ante el desprecio con el que ella había pronunciado aquel
«señor». El de la ASN era un tipo duro a su manera. Poseía la indiferente frialdad de la inteligencia matemática:
—Las ventajas de la directiva, Geli. Por cierto, me ha sorprendido lo bien que lo hizo esta mañana.
Geli volvió al cadáver de Fielding. Había tenido una muerte efectiva, pero dar aquel paso había sido un error. También deberían haberse librado de Tennant. Ella misma podría haber metido a los dos hombres en el mismo vehículo, y después de eso… cuestión de logística. Un accidente de tráfico.
Y ahora el proyecto no correría peligro.
—¿Tennant ha hablado con el presidente, señor?
—No lo sé. Así que mantenga las distancias. Limítese a controlar la situación.
—También recibió un envío de FedEx. Una carta. Sea lo que sea, lo lleva encima. Necesitamos averiguar de qué se trata.
—Sólo si puede echarle un vistazo sin que él lo sepa. De lo contrario, llame a FedEx y averigüe quién lo envió.
—En eso estamos.
—Bien. Pero no…
Geli oyó que la esposa de Skow lo llamaba por su nombre.
—Manténgame informado —dijo, y colgó.
Geli cerró los ojos y respiró hondo. Había expuesto a Godin sus argumentos para librarse de Tennant y Fielding a un tiempo, pero el anciano se había resistido. No obstante, Godin reconoció que Tennant había infringido las normas de seguridad para ver a Fielding fuera del complejo.
Sí, Tennant había respaldado el esfuerzo de Fielding por suspender el proyecto. Y era el vínculo de Tennant con el presidente lo que había hecho de aquella suspensión una realidad. Pero no había pruebas de que Tennant
participara en la campaña del inglés para sabotear el proyecto, o de que conociera la peligrosa información que Fielding poseía. Puesto que Geli no estaba al corriente de dicha información, no podía valorar el riesgo que suponía dejar a Tennant con vida. Había recordado a Godin aquello de
«más vale prevenir que curar», pero Godin no transigía. Aunque lo haría. Y
pronto.
Geli dijo: «JPEG, Fielding, Lu Li.» La imagen de una mujer asiática de pelo oscuro apareció en pantalla. De soltera Lu Li Cheng, criada en el Cantón de la China comunista. Cuarenta años de edad. Estudios superiores en física aplicada.
—Otro error —murmuró Geli. A Lu Li Cheng no se le había perdido nada en Estados Unidos, y mucho menos en el círculo cerrado del proyecto científico más confidencial del país. Geli pulsó la tecla que la conectaba con Thomas Corelli, apostado en el coche de vigilancia junto a la casa de Fielding—: ¿Ves algo raro?
—No.
—¿Con qué facilidad podrías registrar el coche de Tennant cuando llegue?
—Depende de dónde aparque.
—Si ves un sobre de FedEx en el coche, entra, lee lo que pone y luego déjalo en su sitio. Y quiero un vídeo de la llegada.
—No hay problema. ¿Qué buscamos?
—No estoy segura. Pero haz lo que te he dicho.
Geli sacó un paquete de Gauloises de la mesa, cogió un cigarrillo y le arrancó el filtro. Con la llamarada de la cerilla se vio reflejada en la pantalla del ordenador. Un velo de pelo rubio, pómulos marcados, ojos azul acerado y una horrible quemadura. Ella consideraba el feo costurón en la mejilla izquierda parte de su rostro, tanto como los ojos o la boca. En una ocasión un cirujano plástico se había ofrecido a eliminarle aquella marca amarillenta sin pedirle nada a cambio, pero ella se había negado. Las cicatrices tienen una función: hacer que su portador recuerde las heridas. Y
la que le había dejado aquella cicatriz jamás la olvidaría.
Pulsó una tecla y desvió las señales de los micrófonos que había en casa de Fielding a sus auriculares. Luego dio una buena calada al cigarrillo,
se recostó en la silla y exhaló una columna de humo espeso hacia el techo.
Geli Bauer odiaba muchas cosas, sobre todo la espera.
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