Las huellas de dios
Capítulo 4
4
Capítulo
CONDUCÍAMOS en silencio; el Honda se desplazaba rápidamente al anochecer. A esas horas de la tarde, mi casa quedaba a escasa distancia en coche de la de Andrew Fielding, próxima a la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill. Rachel no entendió que le exigiera guardar silencio, aunque tampoco esperaba que lo hiciera. Cuando pasé a formar parte de Trinity, me sorprendió el nivel xenófobo de seguridad. Los otros científicos (Fielding incluido) habían trabajado antes en proyectos relacionados con la defensa del país y aceptaron las inesperadas medidas de seguridad como una incomodidad necesaria. Pero al final, hasta los veteranos se quejaban de tolerar algo sin precedentes. La vigilancia era excesiva y sobrepasaba los confines del complejo experimental. Las protestas toparon con un frío recordatorio de que los científicos del Proyecto Manhattan se habían visto obligados a vivir tras una alambrada para velar por la seguridad del
«dispositivo». La libertad de la que nosotros disfrutábamos tenía un precio; o eso decía la línea de partido.
Fielding no la compró. Las pruebas de polígrafo «aleatorias» tenían lugar casi cada semana, y la vigilancia se extendía incluso a nuestros hogares. Hoy, antes de empezar a grabarme con la videocámara, había tenido que tapar unos agujeritos en las paredes que ocultaban micrófonos.
Fielding los detectaba con un escáner especial improvisado, y marcaba los micrófonos con diminutos alfileres. En su caso, burlar la vigilancia de Trinity se había convertido en todo un pasatiempo. Me advirtió que hablar
confidencialmente en un coche era imposible. Era muy sencillo colocar micrófonos ocultos en los automóviles, y con micrófonos de alta tecnología incluso se podía cubrir coches limpios a cierta distancia. A veces me divertía ver cómo el inglés jugaba al gato y el ratón con la ASN; pero no cabía duda sobre quién reía último.
Miré a Rachel. Me resultaba extraño estar con ella en un coche. En los cinco años que habían pasado desde la muerte de mi esposa, había mantenido relaciones con dos mujeres; y en ambos casos, antes de empezar a ejercer mis funciones en Trinity. El tiempo que pasaba con Rachel no era una «relación» en el sentido romántico de la palabra. En los tres últimos meses, me había sentado con ella en una consulta dos horas por semana para hablar sobre el aspecto más perturbador de mi vida: mis sueños. Con sus preguntas e interpretaciones, seguramente me había revelado más sobre sí misma de lo que ella había descubierto sobre mi persona, aunque todavía quedaba mucho oculto.
Rachel había venido del Hospital Presbiteriano de Nueva York para formar parte del cuerpo docente de la Universidad de Duke, donde impartía a un pequeño grupo de psiquiatras residentes clases de psicoanálisis jungiano, un arte que se estaba perdiendo en el mundo de la psiquiatría farmacológica moderna. Al mismo tiempo atendía a particulares en su consulta privada y llevaba a cabo trabajos de investigación psiquiátrica.
Después de dos años de trabajar para Trinity en virtual soledad, el contacto con cualquier mujer inteligente me resultaba provocativo. No obstante, Rachel, además de inteligencia, tenía mucho más para ofrecer. Sentada en su sillón de cuero, impecablemente vestida y con el pelo oscuro recogido en una trenza francesa, me miraba sin pestañear, como escrutando esas profundidades de mi mente que ni siquiera yo había sondeado. A veces su rostro, y en especial sus ojos, se convertían en todo mi universo. Eran el espacio que ocupaba, el público en el que confiaba, la sentencia que esperaba. Sin embargo, esos ojos tardaban en emitir su veredicto, al menos al principio: ella me interrogaba sobre determinadas imágenes, y luego ponía en duda las respuestas que yo le daba. En ocasiones hacía interpretaciones de mis sueños; pero, a diferencia de los psiquiatras de la ASN que me habían tratado, nunca me hablaba con un tono de
infalibilidad. Parecía buscar conmigo un significado, incitarme a que interpretara yo mismo las imágenes.
—David, no tienes por qué conducir toda la noche —dijo—. No voy a usar esto en tu contra.
«Vale —pensé—, ¿Qué hay de malo en tener visiones de una conspiración secreta contra el gobierno?»
—Paciencia —le contesté—. No queda mucho.
Me miró en la penumbra, con escepticismo:
—¿Cuál es la asignación monetaria de un premio Nobel?
—Cerca de un millón de dólares. Fielding recibió algo menos que Ravi Nara, porque… —callé al percatarme de que sólo me estaba tanteando y de que buscaba hacer mella en mi «visión».
Me centré en la carretera, consciente de que en unos minutos tendría que reconocer que mi paranoia estaba fundada en hechos, al menos en parte. ¿Y entonces qué pensaría? ¿Abriría su mente a la interpretación que yo hacía de mis propios sueños, por muy irracional que le pudiera parecer?
Desde nuestra primera sesión, Rachel había sostenido que no podía hacer interpretaciones válidas de mis «visiones» sin conocer los detalles íntimos de mi pasado y mi trabajo. Sin embargo, yo no podía decirle gran cosa. Fielding me había advertido de que la ASN consideraría a cualquiera que supiera algo sobre Trinity o sus cerebros un peligro potencial. Aparte de esto, tenía la impresión de que lo que veía en mis episodios narcolépticos no tenía relación con el pasado. Las imágenes parecían venir de fuera de mi mente. No en el sentido de oír voces extrañas, lo cual era indicador de esquizofrenia; sino en el sentido clásico de tener visiones.
Visiones reveladas, como las descritas por profetas. Para un hombre que había dejado de creer en Dios cuando era un muchacho, aquella era una situación especialmente perturbadora.
Mis sueños no habían empezado con los primeros ataques de narcolepsia. Los primeros episodios eran auténticas lagunas. Agujeros en mi vida. Lapsos de tiempo, perdidos para siempre. Estaba trabajando en el ordenador de mi despacho y, de repente, notaba una poderosa vibración en todo el cuerpo. Al principio era general, y se acababa localizando en los dientes. Era un clásico síntoma inicial de narcolepsia. Entonces empezaba a sentirme adormilado, hasta despertar sobresaltado en la silla y comprobar
que habían transcurrido cuarenta minutos. Era como estar bajo los efectos de la anestesia. No recordaba nada.
Tras una semana de lagunas, llegaron los sueños. El primero siempre era el mismo, una pesadilla recurrente que me espantaba aún más que las lagunas. Recuerdo lo intrigada que estaba Rachel la primera vez que se lo conté, y lo inusitadamente segura que estaba de haber entendido la imagen.
Me senté en el sillón acolchado que había delante de su mesa, cerré los ojos y describí lo que tantas veces había visto.
«Estoy sentado en un cuarto oscuro. No hay ninguna luz. No se oye ningún ruido. Me toco los ojos y las orejas con los dedos, pero no veo ni oigo nada. No recuerdo nada. No tengo pasado. Simplemente existo. Esa es mi realidad. EXISTO. Me siento como la víctima de un derrame cerebral prisionera en un cuerpo y un cerebro que han dejado de funcionar. Pienso, pero en ninguna imagen en concreto. Más que pensar, siento. Y lo que siento es: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy solo? ¿Siempre he estado aquí? ¿Siempre lo estaré? Estos pensamientos no sólo ocupan mi mente; son mi mente. El tiempo tal como lo conocemos no existe; sólo las preguntas que van cambiando. Al final, las preguntas se reducen a un único mantra: ¿De dónde vengo? ¿De dónde vengo? Soy un hombre con una lesión cerebral que se pasa la eternidad sentado en una habitación, haciendo una pregunta en la oscuridad.»
—¿Es que no lo ves? —había dicho Rachel—. No has logrado superar las muertes de tu hija y tu esposa. Su pérdida te ha alejado del mundo, y de ti mismo. Estás traumatizado. Estás dolido. El hombre que camina por el mundo de la luz actúa. Y el auténtico David Tennant está sentado en ese cuarto oscuro, incapaz de pensar y sentir. Nadie siente su pena y su dolor.
—No es eso —le expliqué—. Por el amor de Dios, que hice una rotación por psiquiatría. Esto no es un trauma.
Ella suspiró y meneó la cabeza:
—Los médicos siempre son los peores pacientes.
Una semana más tarde, le dije que el sueño había cambiado.
—Ahora en la habitación hay algo más conmigo.
—¿Qué es?
—No lo sé. No lo puedo ver.
—¿Pero sabes que está ahí?
—Sí.
—¿Es una persona?
—No. Es muy pequeño. Una esfera, y flota en el espacio. Una pelota negra de golf flotando en la oscuridad.
—¿Y cómo sabes que está ahí?
—Es como una oscuridad más intensa en el centro de lo oscuro. Y me arrastra.
—¿Cómo te arrastra?
—No lo sé. Como la gravedad. Gravedad emocional. Pero es algo que conozco. Y sabe cuál es la respuesta a mi pregunta. Sabe quién soy y por qué estoy sumido en ese cuarto oscuro.
Y así siguió el tema, con pequeñas variaciones, hasta que el sueño volvió a cambiar. Cuando lo hizo, fue de manera radical. Una noche, mientras leía en casa, me quedé «dormido» como de costumbre. Me vi a mí mismo sentado en el consabido cuarto sin luz, preguntándome por la bola negra. Luego, sin avisar, la bola irradió una claridad cegadora. Después de tanta oscuridad, encender una cerilla habría parecido una explosión, pero aquello no era una cerilla. Explosionó en todas direcciones con la magnitud de una bomba de hidrógeno; sólo que luego no aspiraba los restos ni generaba una nube en forma de hongo. Se expandía con infinita potencia y velocidad, y yo tenía la horrible sensación de estar siendo engullido, engullido pero no destruido. Cuando aquella luz cegadora consumió la oscuridad, que era yo, en cierto modo sabía que podría hacerlo durante miles de años sin destruirme por completo. Pero aun así tenía miedo.
Rachel no sabía cómo interpretar este sueño. En el transcurso de las tres semanas siguientes, me escuchaba mientras yo describía el nacimiento de las estrellas y las galaxias, sus vidas y sus muertes: agujeros negros, supernovas, destellos de nebulosas como polvo de diamantes arrojado a la oscuridad, planetas que nacían y morían. Parecía ver de un extremo al otro del universo, todos ellos objetos que se precipitaban sobre mí a la velocidad de la luz.
—¿Habías visto antes imágenes como éstas? —preguntó— ¿Estando despierto?
—¿Cómo iba a hacerlo?
—¿Has visto fotografías realizadas por el telescopio espacial Hubble?
—Por supuesto.
—Son muy parecidas a lo que describes.
La frustración se apoderó de mi voz:
—¿No lo entiendes? No es que vea todo esto; es que también lo siento.
Como lo que podría sentir al ver niños, un combate o una pareja de enamorados. No es una mera presentación visual.
—Continúa.
Eso era lo que siempre me decía. Cerré los ojos y me sumergí en el más reciente de mis sueños.
—Veo un planeta. Floto sobre él. Hay nubes, pero no como las que conocemos. Son verdes como el ácido, y amenazan tormenta. Ahora desciendo en picado por entre las nubes, como la imagen de un satélite que se acerca vertiginosamente al suelo. Bajo mis pies hay un océano, pero no es azul; es rojo, y está hirviendo. Me zambullo en él, en las profundidades de sus aguas rojas. Busco algo que no encuentro. El océano está vacío.
—Se me ocurrían muchas cosas cuando describías todo esto —dijo Rachel—. En primer lugar, la imaginería del color: el rojo podría ser importante. Por otro lado, el océano vacío simboliza la esterilidad, lo cual expresa tu estado de duelo. —Titubeó—: ¿Qué buscas en ese océano?
—No lo sé.
—Yo diría que sí.
—No busco a Karen ni a Zooey.
—David —en su voz percibí un dejo de irritación—. Si no crees que estas imágenes simbolicen algo, ¿por qué estás aquí?
Abrí los ojos y contemplé su rostro sereno. Una cortina de profesionalismo camuflaba su empatía, pero yo vi la verdad: estaba proyectando en mí la pérdida de su propia familia.
—Si estoy aquí es porque no consigo obtener una respuesta —dije—.
Porque he leído montañas de libros, y no me han servido de nada.
Asintió con gravedad:
—¿Cómo puedes recordar las visiones con tanto detalle? ¿Tomas nota cuando te despiertas?
—No. No son como sueños normales, que cuanto más tratas de recordar, menos lo consigues. Éstos son imborrables. ¿No es característico
de los sueños narcolépticos?
—Sí —respondió en voz baja—. Veamos. Tanto Karen como Zooey murieron ahogadas. Es muy posible que Karen perdiera mucha sangre por las manos y por la herida que se hizo al golpearse la cabeza contra el volante. Eso nos lleva al agua roja. —Rachel se reclinó en el sillón y miró hacia el techo—: En estas visiones no hay personas, y sin embargo tú experimentas fuertes reacciones emocionales. Mencionabas un combate.
¿Alguna vez has librado combate?
—No.
—Pero sabes que Karen luchó para salvar a Zooey. Luchó para sobrevivir. Tú mismo me lo dijiste.
Cerré los ojos. No quería pensar en aquello, aunque a veces no podía evitarle). Cuando el coche de Karen se precipitó al estanque, dio una vuelta de campana y se hundió en un pie de lodo. Las ventanillas eléctricas y las puertas se bloquearon. Los huesos rotos en las manos y los pies de Karen atestiguaban el furor con el que había luchado por romper los cristales.
Pese a ser una mujer menuda sin apenas fuerza física, no se había rendido.
Un paramédico que había acudido al lugar del accidente me explicó que cuando por fin extrajeron el coche del lodazal y abrieron las puertas, la hallaron en el asiento de atrás; un brazo estrechaba fuertemente a Zooey y el otro flotaba en libertad, con la mano destrozada y llena de heridas a la altura de los nudillos.
Lo que había ocurrido estaba claro. Cuando el agua empezaba a anegar el coche y Karen luchaba por romper las ventanillas, Zooey fue presa del pánico. Le podría haber pasado a cualquiera, sobre todo a una niña. En ese momento, unas madres habrían continuado luchando por sobrevivir, mientras su criatura gritaba aterrorizada; otras la habrían consolado y rezado para que vinieran a ayudarlas. En cambio, Karen había abrazado fuertemente a Zooey, le había prometido que todo iba a salir bien y luego, con los pies, había luchado hasta el final para huir de aquel ataúd acuático.
En su caso, aferrarse a Zooey mientras agonizaba de anoxia demostraba que el amor había sido más fuerte que el terror, y el hecho de saberlo me había procurado algo de paz.
—Las nubes verdes y el océano rojo no tienen nada que ver con un accidente de coche ocurrido hace cinco años —dije.
—¿Ah, no? Entonces creo que deberías explicarme más detalles sobre tu infancia.
—No es relevante.
—Eso tú no lo puedes saber —insistió Rachel.
—Lo sé.
—Entonces háblame de tu trabajo.
—Imparto clases de ética médica.
—Pediste un curso de excedencia hace cosa de un año.
Acerqué mi cabeza a la suya y abrí los ojos:
—¿Cómo lo sabes?
—Lo oí en el hospital.
—¿Quién te lo dijo?
—No lo recuerdo. No pude evitar escucharlo. Eres muy conocido en la comunidad médica. Los médicos de Duke no dejan de citar tu libro.
También lo hacían en el Hospital Presbiteriano de Nueva York. Entonces,
¿es cierto? ¿Pediste una excedencia de la escuela de medicina?
—Ciñámonos a los sueños, ¿vale? Es lo más seguro para los dos.
—¿En qué sentido?
No respondí.
En la consulta de la semana siguiente, los sueños habían vuelto a cambiar.
—Estoy mirando a la Tierra. Suspendido en el espacio. Es lo más bello que he visto en mi vida. Azul y verde, con nubes blancas que se arremolinan. Es un ente vivo, un perfecto sistema cerrado. Desciendo en picado por entre las nubes, un salto del ángel de cientos de kilómetros hasta las profundidades del océano azul. Está lleno de vida. Moléculas gigantes, criaturas multicelulares, medusas, calamares, serpientes, tiburones. La tierra también rebosa vida. Es una tupida jungla. Una sinfonía de verde. En la orilla, los peces dan coletazos lejos de las olas y desarrollan patas. Unos extraños cangrejos se entierran en la arena y se transforman en otros animales que en mi vida había visto. El tiempo avanza rápido, como si un proyector fuera pasando todas las etapas de la evolución a millones de veces la velocidad real. Los dinosaurios se convierten en pájaros, los roedores en mamíferos. Los primates pierden su pelaje. Las placas de hielo
cubren las junglas y luego se funden en una sabana. Veinte mil años pasan en un suspiro…
—Tómatelo con calma —le aconsejó Rachel—, Te estás alterando.
—¿Cómo podía ver todo eso?
—Tú tienes la respuesta. Tu mente puede crear cualquier imagen imaginable y hacerla realidad. Esa fotografía de la Tierra tomada desde el espacio es un icono de la cultura moderna. Emociona a todo el que la ve, y tú la habrás visto unas cincuenta veces desde pequeño.
—¿Mi mente puede crear animales que jamás he visto? ¿Animales que parecen reales?
—Desde luego. Ya has visto las pinturas del Bosco. Yo también he visto en televisión el tipo de imágenes a intervalos prefijados que describes.
En los viejos tiempos, la revista Life publicaba cosas así, como «La ascendencia del hombre». La cuestión es, ¿por qué ves estas cosas?
—Precisamente por eso estoy aquí, para averiguarlo.
—¿Tú apareces en este paisaje surreal?
—No.
—¿Y qué sientes?
—Sigo buscando algo.
—¿El qué?
—No lo sé. Soy como un pájaro que explora la tierra y el mar en busca de… algo.
—¿En el sueño eres un pájaro?
Parecía esperanzada. Los pájaros deben de significar algo en el léxico de la interpretación de los sueños.
—No.
—¿Qué eres?
—Nada. Un par de ojos.
—Un observador.
—Sí. Un observador incorpóreo. T.J. Eckleburg.
—¿Quién?
—Nada. Algo de Scott Fitzgerald.
—Ah, ya me acuerdo —se puso la punta del bolígrafo en la boca y la mordió. Un gesto impropio de ella—. ¿Tienes idea de por qué ves todo
esto?
—Sí. —Sabía que las siguientes palabras la sorprenderían—: Creo que alguien me lo está mostrando.
Los ojos se le abrieron como platos, algo prácticamente histriónico viniendo de Rachel Weiss:
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y quién te lo está mostrando?
—No tengo la menor idea. ¿Por qué crees tú que tengo estas visiones?
Meneó la cabeza de un lado a otro. Casi podía ver cómo se le disparaban las neuronas, al procesar mis palabras a través de los filtros que la educación y la experiencia le habían instalado en el cerebro.
—La evolución es cambio —dijo—. Estás viendo el cambio a velocidad irreal. El cambio incontrolable. Tengo la impresión de que esto podría tener algo que ver con tu trabajo.
«A lo mejor tienes razón», pensé; pero no dije nada. Me limité a cambiar de tema. Mi silencio era su única protección. En el fondo, aquello no importaba, porque el tema de la evolución quedó desfasado, y lo que pasó a dominar mi mente durmiente me horrorizó.
En mis nuevos sueños había personas. No me veían, y yo sólo podía ver destellos de ellas. Era como mirar tiras dañadas de película empalmadas sin ton ni son. Una mujer paseándose con un bebé en brazos. Un hombre extrayendo agua de un pozo. Un soldado uniformado con una daga, el gladius que conocí en octavo, en la clase de latín de la señora Whaley. Un soldado romano. Ésa fue la auténtica primera pista de que no se trataba de una serie aleatoria de imágenes, sino de escenas de una era concreta. Veía bueyes tirando de arados, una joven vendiendo su cuerpo en la calle, hombres haciendo intercambio de dinero; monedas de oro y cobre grabadas con el perfil soberbio de un emperador. Y un nombre: Tiberius. El nombre despertó algo en mi mente, por eso lo consulté en Internet. Tiberio, sucesor de Augusto, fue un ex comandante de legiones que había pasado buena parte de su reinado dirigiendo campañas militares en Germania. En retrospectiva, uno de los pocos hechos destacables de su reinado fue la ejecución de un campesino judío que según se cuenta afirmaba ser el rey de los judíos.
—¿Tu padre era muy religioso? —preguntó Rachel, al oír hablar de estas nuevas imágenes.
—No. Él era… iba a la esencia de las cosas.
—¿A qué te refieres?
—No viene al caso.
Un suspiro exasperado:
—¿Tu madre sí?
—Ella tenía fe en algo más grande que la humanidad, no en la religión jerarquizada.
—¿De niño no recibiste adoctrinamiento religioso?
—Durante un par de años fui a catecismo los domingos. No cuajó.
—¿De qué confesión?
—Metodista. Era la iglesia más cercana a casa.
—¿Te enseñaron películas sobre la vida de Jesús?
—Tal vez. No lo recuerdo.
—Te criaste en Oak Ridge, Tennessee, ¿verdad? Es lo más probable. Y
claro que todos nosotros hemos visto las magníficas superproducciones de los años cincuenta. Los diez mandamientos. Ben-Hur. Esa clase de cosas.
—¿Qué me estás diciendo?
—Simplemente que los detalles de esas visiones llevan años en tu subconsciente. Están en el de todos nosotros. Pero tus sueños parecen inclinarse hacia algo. Y ese algo podría ser Jesús de Nazaret.
—¿Alguna vez has oído hablar de sueños como éste? —pregunté.
—Claro. Muchas personas sueñan con Jesús. Interaccionan con él, reciben mensajes suyos. Sin embargo, la progresión de t u sueño sigue cierta lógica y tiene un tono naturalista más que el absurdo de la obsesiva fantasía. Además, te declaras ateo; o, al menos, agnóstico. Tengo curiosidad por saber a dónde nos lleva todo esto.
Yo apreciaba su interés, aunque estaba cansado de esperar una respuesta.
—¿Pero tú qué crees que significa?
Frunció los labios y luego meneó la cabeza:
—Ahora no me parece que esto tenga algo que ver con la pérdida de tu mujer y tu hija. Pero la verdad es que no conozco lo bastante de tu vida
como para hacer una evaluación bien fundada.
Estábamos en un impasse. Yo todavía no creía que mi pasado tuviera relación con mis sueños. Sin embargo, con el paso de los días, las tiras rayadas de película iban apareciendo en mi mente con total claridad, y determinados personajes oníricos empezaban a repetirse. Las caras que veía me resultaban familiares, como las de mis amigos. Luego pasaron a ser más familiares que las de mis amigos. Empezaba a tener la sensación de recordar esas caras, y no sólo de otros sueños. Se las describí a Rachel lo mejor que pude.
«Estoy sentado en medio de un círculo, y unos rostros barbudos me miran embelesados. Sé que estoy hablando, porque no hay duda de que me están escuchando; sin embargo, no puedo oír mis propias palabras.
Veo el rostro de una mujer, angelical aunque corriente, y un par de ojos que me recuerdan a los de mi madre. No son los de mi madre, la madre que me crió en Oíd Ridge; pero me miran con puro amor. Detrás de ella hay un hombre con barba que me mira con orgullo de padre. Sólo que mi padre nunca se dejó barba ni bigote…
Veo asnos… una palmera datilera. Niños desnudos. Un río turbio.
Siento el impacto frío y molesto de la inmersión, el compás de mis pies sobre la arena. Veo una hermosa joven de pelo oscuro que se me acerca para darme un beso; luego se ruboriza y se aleja. Camino entre adultos. Sus rostros dicen: “Este niño no es como los demás.” Un hombre de ojos desorbitados está en pie con el agua a la cintura; una hilera de hombres y mujeres esperan su turno de inmersión, mientras otros salen del agua tosiendo y resoplando con los ojos abiertos de par en par.»A veces los sueños no respondían a una lógica, sino que eran sólo fragmentos inconexos. Cuando por fin volvía a reinar la lógica, me espantaba.
* * *
Estoy sentado junto a la canta de un niño. No se puede mover. Tiene los ojos cerrados. Lleva dos días paralítico. Su madre y su tía están sentadas a mi lado. Traen comida, agua fresca y aceite para ungir al pequeño. Yo le susurro al oído y digo a las mujeres que lo tomen de la mano. Luego me inclino y pronuncio su nombre. Los ojos, bien cerrados, le segregan
mucosidad; pero entonces se le abren y se iluminan al reconocer a su propia madre, que jadea y luego grita que a su hijo se le ha movido una mano. Ella lo alza y él la abraza. Las mujeres lloran de felicidad…
Estoy comiendo con un grupo de mujeres. Pan y aceitunas. Algunas mujeres no me miran a los ojos. Después de comer, me llevan a una habitación donde hay una joven encamada. Me cuentan que el bebé lleva demasiado tiempo en su vientre. La muchacha no tiene contracciones y temen que la criatura esté muerta. Pido a las mujeres que me dejen a solas con ella. La joven madre está asustada. Yo la calmo con palabras dulces, luego levanto la manta y cubro su vientre con mis manos. Está dilatado, tirante como la piel de un tambor. Dejo las manos allí durante un buen rato, haciéndole ruegos y hablándole con dulzura. No entiendo lo que le digo, es como un suave canto. Al cabo de un rato, abre la boca. Ha notado una patada. Grita a las otras mu' ¡eres: «¡Mi bebé está vivo!» Las mujeres me acercan sus manos para tocarme, como si yo poseyera algún poder invisible. «¡Es él!», dicen.
* * *
—Son historias de la Biblia —dijo Rachel—, conocidas por millones de escolares. No tienen nada de particular.
—Me he estado leyendo el Nuevo Testamento —le repliqué—. No hay constancia de que Jesús curara la parálisis de un niño.
Tampoco se menciona que asista a un banquete acompañado únicamente de mujeres, y que después provoque un parto.
—Pero ésas son imágenes de sanación. Y tú eres médico. El subconsciente parece proyectar a Jesús en tu mente. O viceversa. Tal vez el verdadero problema sea tu trabajo. ¿Has ido más allá del campo de la medicina? Conozco a doctores que cayeron en una depresión después de dejar la medicina práctica por la investigación pura y dura. ¿A lo mejor es tu caso?
No se había equivocado respecto al alejamiento de la medicina práctica, pero mis lúcidos sueños no eran una extraña manifestación de la nostalgia por mis días de bata blanca.
—Existe otra posibilidad —sugirió—. Una más en la línea de mi interpretación inicial. Estas imágenes de curación divina podrían responder
al deseo subconsciente de revivir a Karen y Zooey. Piénsalo. ¿Cuáles fueron dos de los mayores milagros de Dios?
Asentí de mala gana:
—Hacer resucitar a Lázaro de entre los muertos.
—Sí. Y si no me equivoco, también resucitó a una niña.
—Sí. Pero no creo que ése sea el significado de estos sueños.
Rachel sonrió con infinita paciencia:
—Bueno, una cosa es cierta. Tu subconsciente acabará dejando claro el mensaje.
Ésa resultó ser nuestra última sesión. Porque aquella misma noche mis sueños volvieron a cambiar y no tenía intención de explicarle a Rachel en qué sentido.
El nuevo sueño era más claro que ninguno, y aunque yo hablaba una lengua extranjera esta vez sabía lo que decía. Caminaba por un sendero arenoso. Llegué a un pozo. Había poca agua, y yo no tenía con qué cogerla.
Al cabo de un rato, apareció una mujer con un cubo enganchado a una cuerda. Le pedí que me sacara un poco de agua. Pareció sorprenderse de que me dirigiera a ella, y tuve la impresión de que pertenecíamos a clanes diferentes. Le dije que el agua del pozo no saciaría su sed. Ella habló por un momento y me miró llena de curiosidad.
—Debes de ser un profeta —dijo—. Ves cosas que los demás no ven.
—Yo no soy profeta —le dije.
Por un instante me miró en silencio. Luego dijo:
—Hablan de un Mesías que algún día vendrá para revelarnos cosas.
¿Qué te parece?
Miré al suelo, pero de mí brotaron palabras de profunda convicción.
Levanté la vista y dije a la mujer:
—Yo soy el Mesías.
La mujer no se rió ante semejante afirmación. Se arrodilló, me tocó la rodilla y a continuación se fue sin perderme de vista.
Cuando me desperté de aquel sueño, estaba empapado en sudor. No levanté el auricular del teléfono para pedir a Rachel una visita urgente. No tenía sentido. Ya no creía que ninguna interpretación de los sueños me pudiera ayudar, porque no soñaba. Recordaba.
* * *
—¿En qué piensas? —preguntó Rachel desde el asiento del pasajero.
Nos acercábamos al recinto de la Universidad de Carolina del Norte:
—¿Por qué has venido?
Ella se movió inquieta en el asiento y me dedicó una mirada de preocupación:
—He venido porque has faltado a tres sesiones, y no lo habrías hecho si las cosas no hubieran ido a peor. Creo que tus alucinaciones han vuelto a cambiar, y te ha entrado el pánico.
Sujeté el volante con más fuerza, pero guardé silencio. Desde algún lugar, la ASN seguía la conversación.
—¿Por qué no me lo explicas? ¿Qué riesgo iba a correr yo?
—Éste no es el momento. Ni el lugar.
El auditorio de la Universidad de Carolina del Norte estaba arriba a la izquierda. A nuestra derecha, el anfiteatro Forest quedaba entre los árboles que había carretera abajo. Di un volantuzo brusco hacia la derecha y avancé por la pista de una oscura colina que discurría entre dos hileras de casas señoriales, un vecindario con una sola entrada que albergaba a profesores titulares y profesionales jóvenes y acomodados. Fielding vivía en una casa pequeña de dos plantas bastante alejada de la calle principal.
Era perfecta para él y la esposa china que esperaba traer a Estados Unidos.
—¿Dónde estamos? —preguntó Rachel.
—La casa de Fielding está justo ahí.
Miré en la dirección de la casa, pero sólo vi oscuridad. Esperaba encontrarme el lugar rebosante de luz, como la mía justo después de perder a Karen y Zooey. Tuve un momento de pánico, el presentimiento de haberme metido en una de esas películas de intriga de los años setenta en las que te acercas a la casa de un conocido y la encuentras vacía. O peor aún, habitada por una familia totalmente nueva.
Una luz del porche se encendió cuando estábamos a escasos treinta metros de la casa. Lu Li debía de estar mirando desde una ventana a oscuras. Volví la cabeza para comprobar que no había vehículos sospechosos en la calle. Solía detectar los coches de vigilancia que la ASN
me asignaba. Una de dos, o a los equipos de vigilancia no les importaba que los descubriera o, lo que es más probable, querían que nos sintiéramos observados. Aquella noche no vi nada sospechoso, pero tuve la sensación de que algo iba mal. Tal vez hubiera vigilantes que no querían ser descubiertos. Dirigimos nuestros pasos hacia la casa de Fielding hasta llegar a la puerta cerrada del garaje.
—¿Aquí vive un premio Nobel? —inquirió Rachel, señalando la modesta casa.
—Vivía —corregí—. Espérame aquí. Voy a acercarme a la puerta.
—Por amor de Dios —me espetó—. Esto es ridículo. ¿Por qué no admites que todo esto es una farsa y nos vamos a tomar un café mientras hablamos de ello?
La agarré del brazo y la miré fijamente a los ojos:
—Escúchame, maldita sea. Seguramente no hay peligro, pero por si acaso vamos a hacer lo siguiente: Cuando no haya moros en la costa, te silbaré para que vengas.
Caminé hasta la puerta principal de la casa de mi difunto amigo, con las manos a la vista y la mente en el calibre 38 que llevaba en el bolsillo.
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