Las huellas de dios
Capítulo 28
28
Capítulo
ARENAS BLANCAS, NUEVO MÉXICO
RAVI NARA pisó el acelerador de su Honda ATV y se dirigió hacia lo que el personal técnico de Godin estaba tan equivocado que llamaba hospital. El aire de Nuevo México le resecaba la garganta, y el sol abrasador dejaba al neurólogo tan agotado que procuraba permanecer fuera cuanto menos mejor. Un técnico de bata blanca se cruzó a pie en su camino y levantó un brazo para saludarlo. Ravi frenó furioso y reemprendió la marcha.
Se había tenido que armar de coraje para llamar a John Skow, incluso con el móvil cifrado que el hombre de la ASN le había dado. Pero con Godin a las puertas de la muerte, tenía que asumir el riesgo. Skow había dejado claro que si Godin moría antes de que Trinity se hiciera realidad, todas sus carreras, y tal vez sus vidas, podrían quedar destruidas. Zach Levin, ingeniero jefe de Godin, había previsto que el prototipo Trinity podría estar totalmente operativo entre siete y diez días. Pero dicho supuesto asumía la continua participación del propio Godin. Ravi sabía que tendría la suerte de mantener al anciano con vida veinticuatro horas más.
Dudaba que algún doctor hubiera trabajado tan duro para mantener vivo a un paciente. Con treinta y seis años, Ravi Nara ya era un venerado científico. En su India natal lo trataban como a un héroe, pese a haberse convertido en ciudadano norteamericano. Pero si Trinity fracasaba bajo una
nube de escándalo levantada por el asesinato de un conocido premio Nobel, nada salvaría su reputación.
Una vez más, se preguntaba si alguien habría oído su conversación con Skow. La seguridad en Carolina del Norte se había vuelto intrusiva, pero Arenas Blancas era una maldita reserva militar. Aún así, nadie se le había acercado todavía. Tal vez lo apartado del lugar hacía que el personal de seguridad estuviera menos paranoico.
Arenas Blancas era más grande que Delaware y Rhode Island juntos.
La parcela vallada para investigar en Trinity era una mole sobre un elefante blanco, parte de una extensión mayor administrada por la Escuela y Centro de Servicios de Inteligencia del Ejército de Estados Unidos, de Fort Huachuca (Atizona). Antes de que Ravi visitara la base, Godin había descrito las condiciones de vida allí como «espartanas». Para Ravi, neoyorquino de adopción, Carolina del Norte estaba en medio de la nada.
Arenas Blancas era un agujero en el mundo, un paisaje lunar de yeso blanco y roca con sólo serpientes de cascabel por compañía. Medio esperaba que los indios aparecieran cabalgando sobre las dunas con los vaqueros de John Ford a la zaga, pero nunca llegó a verlo.
El complejo Trinity había sido diseñado con geométrica simplicidad.
Había cuatro grandes edificios: el laboratorio de investigación, el hospital, la Administración y la Contención. También había barracones, una tienda de maquinaria, una enorme central eléctrica y una pista de aterrizaje que podía albergar motores a reacción del ejército. Más que edificios, se trataba de hangares aeronáuticos montados por ingenieros militares en cinco frenéticas semanas de construcción. Sólo la Contención era diferente; contenía el prototipo Trinity.
Ravi veía ese extraño edificio a su derecha, solitario en el centro del complejo. Construida como un fortín de la segunda guerra mundial, la Contención tenía paredes de hormigón reforzadas con acero templado y estaba blindada con plomo. La abastecían cuatro gigantescos cables eléctricos, dos cañerías de agua y un sistema residencial de aire acondicionado. No llegaban hasta allí líneas telefónicas, cables coaxiales o cables de red CAT-5. Del tejado tampoco sobresalían antenas o parabólicas como lo hacían de todos los demás edificios. La Contención parecía una estructura pensada para Harry Houdini, si Houdini hubiera podido
autodigitalizarse y huir entre los cables o las transmisiones. En caso de que el prototipo Trinity llegara a ser totalmente operativo, nadie, ni siquiera Peter Godin, quería que estuviera conectado a Internet.
Hoy Ravi había evitado el hospital. Godin llevaba semanas a punto de morir, pero hacía cuestión de dos días por fin había iniciado el viaje hacia la eternidad. Ravi estaba convencido de que lo había propiciado la muerte de Fielding, una implacable necesidad que golpeó al anciano con más fuerza de la que cabía esperar. Sin embargo, la muerte de Fielding les había proporcionado el cristal; de manera que no tenía sentido dudar si habían hecho bien en matarlo.
Horas después de hacerse con el cristal, habían logrado recuperar todo el terreno saboteado por Fielding, y una vez descubierto el trabajo que Fielding había ido haciendo por su cuenta, se vieron a un paso del prototipo. No obstante, la euforia del logro se había visto debilitada por los problemas con Tennant y su psiquiatra. Godin llevaba mal el estrés que eso le producía, aunque a fin de cuentas era el cáncer lo que lo estaba matando, como a todo aquel que padecía esta clase de tumor maligno.
Ravi aparcó el ATV frente al hangar del hospital y entró. El hangar estaba dividido en «salas» mediante tabiques. Ninguna de ellas tenía techo, ni siquiera los lavabos, así que la fetidez inundaba el edificio con maldita regularidad. A Peter Godin no le molestaba. Ocupaba una cámara hermética con presión positiva que ningún agente infeccioso podía traspasar. El cubículo de plástico, abastecido por aire y agua depurados y conocido como la Burbuja, descansaba como una incubadora en el centro del hangar.
Para que Ravi y las enfermeras no perdieran el tiempo con trajes protectores, se había instalado un descontaminador por radiación ultravioleta junto a la puerta de la Burbuja. Para esterilizarse, Ravi sólo tenía que frotarse las manos, ponerse una mascarilla y permanecer sometido a la radiación el tiempo suficiente para despojar piel y ropa de organismos peligrosos. Sólo llevaba dos minutos completar el proceso, pero últimamente había empezado a ponerle los nervios de punta. Sin embargo, no podía culpar a Godin. Los esteroides y la quimioterapia habían destrozado el sistema inmune del anciano, y Godin quería lo que todo hombre había querido desde tiempo inmemorial: burlar a la muerte.
Por fin la zumbante unidad de radiación ultravioleta se quedó a oscuras.
Ravi pisó un botón que abría la trampilla de plexiglás en la Burbuja y entró. Godin yacía inconsciente en una cama de hospital, rodeado de monitores y equipo de resucitación. Tenía el cuerpo perforado por una línea central intravenosa y conectado a los monitores mediante delgados cables.
La cabeza dominante tenía poco más color que la sábana blanca sobre la que descansaba.
Dos enfermeras guardaban la cama, atentas al menor cambio en el estado de su paciente. Ravi les hizo un gesto de asentimiento, luego sacó el gráfico de la ranura que había a los pies de la cama y le echó una mirada de circunstancia. «Glioma cerebral, difuso e inoperable.» Había hecho el diagnóstico seis meses atrás, la primera vez que había visto el escáner de Super-IRM del cerebro de Godin. Se hacía extraño ver crecer un tumor en una de las mentes más privilegiadas del planeta. Cuando Godin le pidió a Ravi que mantuviera su cáncer en secreto, Ravi no lo había puesto en duda.
Revelar el estado de Godin podría haberle impedido participar en el mayor esfuerzo científico de la historia. Por supuesto, Ravi había fijado un precio para su cooperación. Lo justo. Peter Godin era rico y Ravi Nara, relativamente pobre. Ahora la cosa se había equilibrado, aunque sólo fuera un poco. Sin embargo, la fortuna en efectivo y en especie que Ravi había recibido parecía una insignificancia en relación a lo que podría ser.
—¿Ravi? —dijo el anciano con voz ronca—. ¿Eres tú?
Ravi levantó la mirada del gráfico y vio cómo se le clavaban aquellos ojos azul intenso.
—¿Por qué estoy tan cansado? —preguntó Godin.
—Seguramente por los ataques. —Godin seguía sufriendo la epilepsia que le había desencadenado la exposición a la Super-IRM.
Ravi rodeó la cama y miró el rostro fláccido. Peter Godin había sido uno de los hombres más vitales que había conocido jamás, pero el cáncer lo había dejado tan débil como a un mendigo de la calle. Bueno… no exactamente. Ningún mendigo de la calle contaba con Ravi Nara y una riqueza prácticamente ilimitada que lo mantuvieran con vida. Aun a las puertas de la muerte, sin cabello y cejas, Godin conservaba el perfil aguileño que tan reconocible había hecho al joven programador informático a finales de los años cincuenta y las cinco décadas siguientes.
—Tu tumor está muy avanzado, Peter. No hay mucho más que pueda hacer. Es una lucha entre mantenerte consciente y lo bastante libre del dolor para que funciones.
—A la mierda el dolor —Godin cerró una mano artrítica en un puño—.
Puedo soportarlo.
—Eso no es lo que decías ayer, cuando tenías la cara ardiendo.
Godin se estremeció:
—Ahora estoy consciente. Envíame a Levin.
Zach Levin había llevado el departamento de I+D en el Godin Supercomputing de Mountain View hasta que lo trasladaron a Carolina del Norte para que dirigiera el Equipo de Interfaz, el grupo responsable de la comunicación con el ordenador Trinity. Levin era un hombre alto y cadavérico de treinta y cinco años, un gay precoz. Al igual que el maestro en sus mejores años, Levin parecía vivir sin dormir.
—Le diré que venga —dijo Ravi.
Godin levantó una mano:
—¿Sabes algo de Tennant y Weiss?
—No han dado señales de vida desde lo de la Union Station.
El anciano cerró los ojos y suspiró con un gorgoteo, una pista de lo que le esperaba:
—¿La mujer disparó a Geli?
Cuando Godin fruncía el entrecejo, se le formaba un nido de arrugas en la mitad inferior de su rostro. Pese a haber pasado buena parte de su vida casado con una mujer, Godin no tenía hijos, y siempre había manifestado un cariño paternal hacia Geli Bauer. A Ravi la idea le ponía la carne de gallina; era como tenerle cariño a una cobra.
—¿Cómo está Geli? —preguntó Godin.
—Tengo entendido que bastante bien. La han trasladado a Walter Reed.
Su padre se ocupó de ello.
Una sonrisa se esbozó en los labios de Godin:
—Si ella lo hubiera sabido, no lo habría consentido. —La sonrisa se desvaneció—: ¿Qué crees que hacía Tennant en Washington? El presidente sigue en China.
Ojalá Ravi lo supiera. Durante buena parte del proyecto, el internista se había convertido en su mayor dolor de cabeza. Ocultar un cáncer a alguien profano era fácil, pero Tennant siempre se fijaba en las oscilaciones de peso de Godin, en su vacilante manera de caminar y en los cambios corporales que le provocaban los esteroides. La artrosis del anciano lo explicaba en parte, pero en las últimas semanas Ravi se había visto obligado a mantener a su paciente prácticamente aislado de Tennant.
—No tengo ni idea, Peter. Y eso me preocupa.
Mientras una enfermera daba un sorbo de agua a Godin, Ravi procuraba calcular el tiempo que le quedaba al anciano tenaz. No era fácil. Hacía años que no trabajaba directamente con pacientes, y Godin había superado los índices de mortalidad para su tipo de tumor. Pronosticar la supervivencia en estas circunstancias era el tipo de augurio en el que doctores como Tennant se lucían. Los años de experiencia clínica los proveían de un sexto sentido sobre la vida y la muerte. Pero eso también podía hacerlo cualquier comadrona de Madrás.
Un zumbido y un destello púrpura hicieron que Ravi se girara. A través de la trampilla transparente de la Burbuja vio a Zach Levin de pie en el descontaminador.
Levin pasaba la mayor parte del tiempo en el útero de hormigón de la Contención, pero siempre parecía intuir cuándo Godin recuperaba la conciencia. Levin y sus técnicos eran como un sacerdocio, ocupándose de su maestro que moría y de la criatura que nacía. «Sacerdotes de la ciencia
—pensaba Ravi—. Menuda contradicción.» Saludó a Levin con la mano y pensó: «Me pones de los nervios…»
—Aquí está Levin —dijo, y dibujó una sonrisa forzada.
—¿Cuánto tiempo estaré consciente? —preguntó Godin.
—Hasta que el dolor te resulte insoportable.
—Haz pasar a Levin cuando salgas.
Ravi reprimió su ira. Toda su vida había sido un niño prodigio, pero en los últimos seis meses se había sentido más como un médico de la corte cuidando de un rey en su alcoba. Los caprichos de un tirano gobernaban sus días. Pisó el botón que abría la trampilla y salió de la Burbuja.
Zach Levin asintió desde el descontaminador. Técnicamente, Levin y su equipo eran los subordinados de Ravi. Pero el hardware y el software del
ordenador Trinity eran tan complejos que Ravi no podía esperar mangonear a la gente de Levin de manera coherente, salvo en lo concerniente al cerebro en sí. Hasta cuando le planteaban preguntas sobre neurología se sentía más manipulado que escuchado. Nadaban como pirañas en su mente, devorando lo que necesitaban para sus incursiones en los neuromodelos laberínticos…
—¿Cómo está? —preguntó Levin en voz alta.
El descontaminador dio un zumbido y se apagó.
—Está despierto —dijo Ravi—. Lúcido.
—Bien. Tengo buenas noticias para él.
«Pero no para mí», pensó Ravi amargamente.
—¿Has hecho más preguntas al modelo de Tennant?
Levin parecía pensarse la respuesta:
—Hace una hora que descargué al doctor Tennant del ordenador.
—¿Quién te dijo que lo hicieras?
—¿Quién crees que lo hizo?
«Godin.»
—Llegados a este punto —dijo Levin—, llevar el Trinity a un estado totalmente operativo es más importante que cualquier daño que el doctor Tennant pueda causar al proyecto.
Ravi opinaba lo mismo, pero no quería que el ingeniero lo supiera:
—¿Y de qué sirve descargar el modelo de Tennant?
—Peter cree que parte de los problemas que tenemos ahora podrían responder a una etiología cuántica. Tal vez pensaba que Andrew Fielding nos podría echar una mano.
—¿Fielding? ¿Me estás diciendo que has cargado el neuromodelo de Fielding en el prototipo?
—Así es.
—¿De verdad crees que este modelo te puede ayudar a resolver los problemas que quedan por resolver?
—A decir verdad, no veo por qué este modelo iba a funcionar de manera diferente que el del doctor Tennant. Pero es interesante que el doctor Fielding vaya a pasar por los mismos problemas de aclimatación que Tennant experimentó: terror, confusión y bucles de retroalimentación
en sus circuitos de supervivencia biológica con desequilibradas vías de escape. Aunque parece adaptarse a ellos a un ritmo considerablemente más rápido.
Ravi se estremeció. Levin hablaba como si Fielding estuviera vivo:
—¿Qué significa eso?
El ingeniero se encogió de hombros:
—Puede que nada. Pero la intuición de Peter había acertado demasiadas veces para no hacerle caso. Y fue el trabajo almacenado en el cristal del doctor Fielding lo que nos ha llevado tan lejos. Si las áreas de procesamiento de este modelo actúan con mayor eficacia que las del doctor Tennant… podría cambiar totalmente el panorama.
El corazón de Ravi empezó a latir con fuerza:
—¿Qué posibilidades hay de que eso ocurra?
Levin no respondió.
Ravi tenía ganas de pegarle una bofetada a aquel hombre más alto que él, pero las consecuencias de lo que acababa de saber le sacaron esa idea de la cabeza:
—Bien, adelante.
La arrogante sonrisa de Levin decía a Ravi el poco peso que ahora tenían sus palabras.
Ravi salió del hangar, se subió a su ATV y puso en marcha el motor. Si lo que Levin decía era cierto, entonces él se había precipitado al llamar a Skow. Trinity no tardaría en hacerse realidad aunque Godin muriera. Y si eso ocurría, lo cambiaría todo. En vez de buscar chivos expiatorios, el presidente buscaría pechos en los que colgar medallas. Y si Ravi jugaba bien sus cartas, sería el primero de la lista.
De regreso a su despacho, se fijó en el edificio de Contención. El edificio de hormigón, medio enterrado en la arena, le transmitía un poder que no había sentido en ningún otro rincón del mundo. Había experimentado desasosiego al poner los pies en las centrales eléctricas, y sin embargo el peligro de hallarse en un reactor era cuantificable. Era de esperar hasta el peor de los escenarios, porque pese a su peligrosidad, el combustible nuclear obedecía a leyes naturales.
Trinity sería diferente.
Ochenta kilómetros al norte de estas instalaciones, la primera explosión nuclear del planeta había cristalizado la arena del desierto. Robert Oppenheimer había contemplado atemorizado la bola de fuego resultante, aunque más que por la máquina que había creado temía por su vida. Pero si el ordenador que albergaba la Contención desarrollaba todo su potencial, si todos los problemas se resolvían y el neuromodelo alcanzaba una eficacia del noventa por ciento, entonces la creación de Peter Godin eclipsaría el juguete mortal de Oppenheimer. Para cuando los hombres fueran testigos de Trinity, el propio Trinity miraría atrás. Y sabría lo que estaba viendo.
Una forma de vida inferior.
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