Las huellas de dios

Greg Iles · Capítulo 27 de 47

Páginas del PDF

Las huellas de dios

Capítulo 26

26

Capítulo

AGARRÉ a Rachel de la mano y aceleré el paso. En vez de ir a la entrada principal, giré hacia una escalera que subía a la siguiente planta, camuflándome entre la multitud.

—¿Arriba? —preguntó Rachel, señalando las escaleras.

—No. —Mi objetivo eran los trenes. Me encaminé hacia las taquillas que había a nuestra izquierda, pero una voz femenina que sonaba por megafonía me detuvo.

«Atención a todos los pasajeros. Atención. Les comunicamos que la circulación de trenes se ha interrumpido por razones de mantenimiento.

Rogamos permanezcan en el andén. Los mantendremos informados.

Gracias por su colaboración.»

La adrenalina recorrió todo mi cuerpo. Los altavoces repetían el mensaje en español.

—Volvamos a las escaleras —dije, cambiando radicalmente de dirección.

—¿Arriba o abajo?

—¡Arriba!

Subimos los peldaños de dos en dos. En la siguiente planta, me asomé lo suficiente a la barandilla como para ver al policía que nos había descubierto. Seguía en la planta baja, intentando determinar qué camino habíamos tomado. Levantó la vista, protegiéndose los ojos de las luces, y luego empezó a subir las escaleras.

—¿Por qué han detenido los trenes?—preguntó Rachel.

—Por nosotros.

—¿Están paralizando los ferrocarriles de la Union Station para encontrarnos?

«Atención, por favor —dijeron por megafonía—. La policía ha dado órdenes de que todos los clientes y pasajeros se dirijan de manera civilizada a las salidas. Les rogamos disculpen las molestias. No hay peligro. Pueden abonar sus compras, pero les pedimos que se dirijan a las salidas lo antes posible. Gracias.»Veía lo mucho que le estaba costando a Rachel mantener la calma.

—No vamos a salir, ¿verdad? —preguntó.

Volví a asomarme a la barandilla. El policía no sabía si subir o bajar.

—Deben de haber activado algún tipo de alerta terrorista. Es la única forma de evacuar este lugar. Podría haber cientos de policías rodeando el edificio.

Rachel miró por el hueco de la escalera. Grupos de gente se apresuraban en nuestra dirección. Nos apartamos de las escaleras para dejarles pasar.

El policía de más abajo se dirigía hacia las taquillas y volvía a hablar por su radio.

—Tenemos dos opciones. Una, cambiamos de aspecto y tratamos de salir con la multitud.

—¿Cómo vamos a cambiar de aspecto ahora?

—Podemos entrar en una tienda y vestirnos de negro. Buscar unas tijeras y cortarte el pelo a ti o alborotarme a mí el mío. Intentar sacarnos diez años de encima.

Rachel no parecía animada:

—Nos detendrán en el aeropuerto. Piensa en las fotos del pasaporte.

—Tienes razón. Entonces iremos a lo fácil. Nos meteremos en al almacén de alguna tienda, buscaremos dos cajas grandes de cartón y nos esconderemos allí hasta que todo esto se calme.

—Lo fácil es bueno.

—Pero la policía podría traer perros.

—Dios.

—Vamos —dije de pronto, seguro de qué hacer.

Bajé las escaleras corriendo, pendiente de los uniformes de policía.

Había visto el toldo de unos cines al entrar, y desde las taquillas de la estación me pareció que estaba en la planta baja. La escalera moría en un patio de comidas. La gente se apresuraba a acabar la comida, con cara de ansiedad. Entre un revoltijo de sillas naranjas y amarillas, vi una hilera de personas que salían del cine.

—¿Adónde vamos? —preguntó Rachel.

—Al cine.

—Pero si lo están evacuando.

Cuando nos dirigíamos a la entrada del cine, una puerta se abrió a unos diez metros de nosotros y salió una joven pareja, entrecerrando los ojos.

Antes de que el muelle que hacía de bisagra cerrara la puerta, entré disparado y la bloqueé con el pie.

Las luces de la sala estaban encendidas, pero en las butacas no había nadie. Siguiendo con la mirada la inclinación del suelo a mi izquierda, vi que un hombre en americana acompañaba a los rezagados hasta el pasillo central que conducía a la salida principal. A mi derecha, un Hugh Grant de tres metros caminaba con desanimo por una calle de Londres, las manos en los bolsillos. Rachel se me apoyó contra la espalda.

—¿Qué hay ahí?

Abrí la puerta lo suficiente para poder deslizamos al interior, luego levanté la pesada cortina roja que colgaba de la pared y dejé que nos cayera encima. Nos pegamos bien a la pared y nos separamos, para encajar de manera más natural en los frunces de la tela. No veía a Rachel, pero descubrí sorprendido que estábamos cogidos de la mano. El instinto era tan primitivo como el de dos Neandertales que se reconfortan mutuamente en la pared de una cueva.

—¿Por qué aquí? —preguntó— ¿Por qué no en el almacén de una tienda?

En mi mente, veía cómo la policía rodeaba nuestra camioneta.

—Perros —susurró Rachel—. Hace un minuto, esta sala estaba llena de personas sudorosas. Diferentes rastros. No es como el almacén de alguna tienda.

—Exacto. La banda sonora de la película acabó en un crujido. Esperaba oír voces, pero nada. Pasaron quince minutos. Veinte. Rachel me agarró de la mano sudorosa. Cuando me enjugaba el sudor de la frente, una voz masculina atravesó la cortina.

—¡Yo voy por el pasillo central!

La mano de Rachel se aferró con fuerza a la mía.

El parloteo de la radio del policía hacía eco en la sala.

—Vale —gritó otro hombre—. Miraré con la linterna bajo los asientos.

Los hombres no me preocupaban demasiado, pero el rápido resuello que los seguía hizo que casi se me parara el corazón. Pronto tendría que elegir entre la rendición y un tiroteo con la policía local.

—¡Tiene algo! —gritó el primer hombre—. Mira, está sobre una pista.

¡Venga, pequeña!

Procuré aguantar la respiración.

—Mierda, es medio perrito caliente.

Espera, tiene algo más.

Las voces se acercaban. A Rachel le temblaba la mano. ¿Cómo reaccionaría si yo abría fuego con mi pistola? No se trataba de unos asesinos enviados por Geli Bauer. Seguramente, eran policías del distrito cumpliendo con su deber.

—Se mueve en círculo —dijo la segunda voz—. Demasiados rastros.

Yo mismo huelo diferentes tipos de sudor. Vamos a tener que volver más tarde.

—Está bien. De todas formas, quieren que el perro les siga la pista.

—Las voces se alejaron.

—¿Qué vamos a hacer? —murmuró Rachel.

—Esperar.

—¿Cuánto tiempo?

—No pueden tener todo el día cerrada la Union Station.

—¿Crees que volverán con ese perro?

—No lo sé.

—Me parece que me he meado en los pantalones.

—No te preocupes.

—¿El perro no lo olerá?

Rachel tenía razón.

—Sólo procura no moverte.

* * *

Una hora y cuarenta y cinco minutos más tarde, una voz masculina hablaba por megafonía: «Doctor Tennant, habla el oficial Wilton Howard, del departamento de policía de Washington D.C. Queremos que sepa que todo esto es un malentendido. Nos han dicho que el tiroteo en Carolina del Norte fue en defensa propia, y estamos dispuestos a ofrecerle protección y comunicación ilimitada con quien usted desee hablar. Por favor, salga con la doctora Weiss, deje las armas y entréguese a algún agente. Recibirá un trato privilegiado.»

—¿Qué te parece? —preguntó Rachel.

—Oigo a Geli en ese mensaje.

—A lo mejor es cierto. Quiero decir, que también lo han oído todos los policías del edificio.

—Si les han dicho que soy un terrorista o algo por el estilo, creerán que todo vale con tal de hacerme salir. Además, creen que estoy armado.

—¿Y lo estás?

Iba a mentirle, pero Rachel necesitaba saber la verdad.

—Sí.

—Oh, Dios.

La policía repitió el mensaje: «David…»

Alargué la mano y apreté la de Rachel:

—No te muevas.

Pasó otra hora, con más y diversos mensajes que se emitían por megafonía. Guiados por el instinto, dije a Rachel que se estirara en el suelo y permaneciera pegada a la pared. Yo hice lo mismo.

No volvió el perro policía, pero sí más agentes. Era como si estuvieran recorriendo cada hilera de butacas. De vez en cuando notaba que la cortina ondeaba cuando alguno de ellos la inspeccionaba. Cada vez que oía pasos cerca, sacaba la pistola del cinturón y rezaba para que Rachel no se

alterara. Sonaron unas fuertes pisadas, y entonces la tela se me despegó de la cara.

Tenía un par de botas negras a escasos centímetros de los ojos. Aguanté la respiración, ignorando si me había visto. La tela me rozaba la mejilla derecha. A continuación se detuvo y las botas se alejaron. El agente se había limitado a tocar la pared unas cuantas veces con la mano para mirar detrás de la cortina.

Era como si el corazón se me hubiese petrificado.

Las botas regresaron. El policía inspeccionó la cortina como había hecho antes, una fila abajo. Procuré no pensar en el sonido de sus pasos.

Después de lo que pareció toda una eternidad, me percaté de que había pasado de largo. La búsqueda continuó durante otros cinco minutos, y luego el parloteo de la radio enmudeció. Pensaba que Rachel estaría a punto de estallar, pero tampoco me arriesgué a dirigirle la palabra. Tras unos minutos sin más llamamientos por megafonía, oí un zumbido y un chasquido metálicos que identifiqué como el rebobinado de una película.

—¿Eso es el proyector? —inquirió Rachel.

—Alguien está rebobinando la película. Deben de estar reabriendo la estación. Más vale que salgamos de aquí.

—A lo mejor deberíamos esperar hasta que se haga de noche.

—No. Esta noche habrá guardias apostados en las salidas. Ahora podemos contar con un gran revuelo al reabrirse la estación. Es nuestra mejor opción.

Nos levantamos y seguimos la pared hasta la puerta de salida. Al no escuchar ni oír nada, entreabrí la puerta. Dos mujeres pasaron ante mis ojos con ropa de calle. Pensaba que serían policías, pero entonces anunciaron por megafonía la llegada de un tren. Un comunicado así sobraba en un andén vacío. Empujé a Rachel al otro lado de la puerta.

Las escaleras y las escaleras mecánicas estaban llenas de gente, y los sonidos metálicos del material de cocina retumbaban en el suelo de mármol del patio de comidas. Caminamos hasta la escalera mecánica y nos pusimos en marcha.

—Cuando lleguemos a la planta baja, sígueme a unos veinte metros de distancia —dije—. Si alguien me descubre, piérdete entre la multitud y desaparece.

La escalera mecánica nos dejó casi a la entrada de la tienda B. Dalton.

Besé a Rachel en la mejilla, y luego eché a caminar, buscando uniformes entre la multitud.

Los pasajeros enojados se abalanzaban sobre la estación como el agua que desborda una presa. La mayoría se dirigía a los trenes, así que no se podía pedir mejor pantalla. Eché la vista atrás para comprobar que Rachel me seguía y, a continuación, me dispuse a torcer a la derecha, hacia la entrada principal. Si la policía hacía pasar a toda la gente por un único punto de control, volvería sobre mis pasos y buscaría una ruta de huida alternativa. De lo contrario, tendría que arriesgarme y confiar en que el anonimato de la multitud nos ayudaría a pasar inadvertidos.

Giré a la derecha, en dirección a la estancia abovedada conducente a la entrada principal. Costaba remontar el río de humanidad que fluía contra mí, pero agradecía la presencia allí de cada persona. Al mantener la estación tres horas cerrada, la policía había creado una situación casi imposible de controlar.

Entre mí y la entrada se interponía el restaurante circular que había visto de camino. La cafetería al aire libre de dos pisos era como una isla en el centro de aquella planta. En el segundo nivel tenía mesas y una terraza de hierro forjado que permitía a sus clientes ver a la gente pasar. También proporcionaba una buena vista aérea a quien quisiera inspeccionar el enorme vestíbulo. Me disponía a rodearlo por la izquierda, cabizbajo.

—¡Doctor Tennant! —gritó una voz femenina.

Levanté la vista.

Geli Bauer me miraba fijamente desde el segundo piso de la cafetería.

Aquel rostro cicatrizado y aquellos ojos azul eléctrico eran inconfundibles, y su presencia allí tenía la inevitabilidad del destino. Las tres horas que pasamos escondidos en el cine le dieron tiempo a venir en avión desde Carolina del Norte. La policía había reabierto la estación, pero Geli había preferido esperar, con la esperanza de encontrarnos. En cuanto di media vuelta para ver si Rachel había detectado el peligro, supe que estaba cometiendo un error. Geli la descubrió al instante y se llevó un walkie-talkie a los labios.

—¡Corre! —le grité a Rachel.

Geli dejó la radio, sacó una pistola automática y me apuntó con ella.

Una mujer que tenía detrás gritó. Cuando otros se dejaron arrastrar por el pánico, Geli salió disparada hacia unas escaleras que descendían en curva a la planta baja. Yo me llevé la mano a la espalda, hacia la pistola que llevaba en el cinturón.

—¡No! —gritó Geli, bajando rápidamente las escaleras—. ¡No voy a disparar! ¡La orden de matarlo venía de Godin! ¡Godin ha perdido la cabeza! Se detuvo a tres cuartos del rellano de la escalera, con la pistola agarrada con las dos manos en posición de combate.

—Si eso es cierto, ¡deje la pistola en el suelo!

Geli no le hizo caso.

«¿Por qué no me ha disparado?», me pregunté. Y entonces lo supe.

Rachel estaba lo bastante alejada para huir entre la muchedumbre aterrada si Geli me disparaba a distancia.

—¡Suelte la pistola, doctor! —gritó Geli mientras seguía bajando las escaleras—. ¡Suéltela ahora y túmbese en el suelo boca abajo! ¡No dispararé!

No podía fallar desde donde estaba. Dejé la pistola en el relucir del suelo y los ojos le centellearon de satisfacción.

La muchedumbre reaccionó al tumulto como un hormiguero que detecta el peligro en su interior. Oleadas de pánico arrastraron a los preocupados viajeros que había más alejados del epicentro, creando así un ciclón de gente que se precipitaba hacia las salidas. La policía allí destacada tendría que hacerles frente uno por uno.

—¡Venga aquí, doctora Weiss! —gritó Geli.

—¿David? —Rachel llamó tímidamente.

La automática de Geli llevaba un silenciador en el cañón.

—¡Corre! —chillé— ¡Sal de aquí!

Geli apuntó a Rachel. Entonces arremetí contra ella escaleras arriba. La agarré por las muñecas cuando la pistola disparó una bala más allá de mí.

La rabia que expresaba su cara me dijo que había fallado.

Geli me golpeó el estómago con la rodilla, haciéndome expulsar el aire de los pulmones. Yo le estrangulé sus huesos como el hombre que intenta partir leña verde. Ella retrocedió y se tambaleó, empujándome escaleras abajo al caérseme encima. Forcejeé para que apuntara a otro lugar, pero ella

jugaba con ventaja. El silenciador avanzaba lentamente hacia mi cara. La cicatriz de Geli se volvió blanca cuando la tensión del combate le inyectó las mejillas en sangre.

—¡Dejen la pistola! —gritó una voz de mujer — ¡Los dos! ¡ Vamos, y pónganse en pie!A tres metros, Rachel estaba aferrada con las dos manos a mi revólver, con los ojos bien abiertos por el miedo.

—¡Deje el arma! —chilló Geli— ¡Está usted perjudicando a un agente federal en el cumplimiento de su deber!

—¡Dispárale! —grité, intentando arrebatarle la pistola a Geli— ¡Ella mató a Fielding! ¡Dispara!

Geli me golpeó con la punta del codo en el plexo solar, y con el silenciador me atizó en el pómulo. Un estallido me retumbó como un gong en los oídos, y algo líquido me salpicó la cara. Los centelleantes ojos de Geli parecían acaparar mi campo de visión, pero entonces un río de sangre le inundó la pechera.

Le saqué la pistola y la aparté de mí.

Rachel seguía apuntando con el revólver humeante y temblaba como una epiléptica. La bala había impactado en el cuello de Geli, y sin embargo ésta había logrado introducirse los dedos en la herida para detener la hemorragia. Nunca había visto tanta rabia en unos ojos humanos. Agarré a Rachel de la muñeca y me la llevé corriendo hacia el vestíbulo principal.

Cuando doblábamos la esquina, la voz de Geli retumbaba en la estancia de treinta metros de alto:

—¡Está muerto, Tennant! ¡Está muerto!

Eché una carrera hacia la tienda B. Dalton que había al fondo del centro comercial. Las cajas de libros eran voluminosas y pesadas; lo cual implicaba una zona de carga.

Los clientes nos abrieron paso cuando me vieron meter a Rachel a empujones en el almacén de la librería. El suelo embaldosado estaba repleto de cajas, y casi seguro que tenían un muelle de carga con puerta mecanizada para trajinar la mercancía. Pulsé un botón rojo que había en la pared y la puerta empezó a levantarse.

La claridad inundó la sala. Bajé a Rachel al cemento del muelle de carga, y luego bajé de un salto. Una camioneta de reparto estaba aparcada a la entrada del muelle y dos hombres estaban allí de pie hablando junto a la

cabina. Al subir corriendo la pendiente, vi un Toyota Corolla blanco aparcado junto a la camioneta. Tenía abierta la puerta del conductor, pero no había nadie dentro.

Apunté con mi revólver a aquellos dos hombres, y a continuación señalé con él al Toyota:

—¡Necesito ese coche!

El conductor de la camioneta levantó las manos, pero el otro hombre miró al Toyota:

—Ese es mi coche.

—¡Deme las llaves!

El hombre parecía tajante.

—¡Dale las malditas llaves! —dijo el conductor de la camioneta.

—Las tiene puestas.

Llevé a Rachel hasta la puerta del pasajero y la metí en el interior, después yo me subí al asiento del conductor y puse el motor en marcha. El dueño del coche daba voces, pero sus palabras se perdieron en medio del estruendo que hice al acelerar. La puerta se me cerró con el ímpetu de la velocidad, y para reducir necesité una buena dosis de autocontrol. Tendría que conducir a velocidad moderada si quería salir sin problemas de la estación y luego deshacerme del coche para abandonar la ciudad.

—Oh, Dios mío —dijo Rachel, pálida.

El gemir de las sirenas inundaba Union Station.

OceanofPDF.com