Las huellas de dios
Capítulo 2
2
Capítulo
RACHEL WEISS tenía el pelo negro azabache, la piel aceitunada y los ojos de ónice. Hacía once semanas, al acudir a su consulta para mi primera sesión, me había recordado a la Rebecca de Ivanhoe, de Sir Walter Scott.
Sólo que, en la novela, Rebecca irradiaba una especie de belleza salvaje y desmedida; mientras que Rachel Weiss proyectaba una austeridad concentrada que neutralizaba su aspecto físico y su atuendo, como si quisiera ocultar atributos que la presentarían como algo más que la extraordinaria profesional que era.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando al cojín del sofá donde yo había escondido la pistola—. ¿Has vuelto a automedicarte?
—No. ¿Cómo sabías dónde vivo?
—Conozco a una mujer que trabaja en el departamento de personal de la Universidad de Virginia. Faltaste a dos sesiones consecutivas, pero al menos llamaste antes para cancelarlas. ¿Y hoy vas y me dejas allí sentada sin tan sólo una llamada? Teniendo en cuenta tu estado mental, ¿qué esperabas que hiciera? —Los ojos de Rachel se posaron en la videocámara
—: Oh, David… ¿no habrás vuelto a las andadas? Pensaba que lo habías dejado hace años.
—No es lo que piensas.
No parecía muy convencida. Hace cinco años, un conductor ebrio precipitó el coche de mi esposa a un estanque que había al borde de la carretera. No era muy hondo, pero tanto Karen como mi hija Zooey se
ahogaron antes de que llegara el equipo de rescate. Yo trabajaba en el hospital al que fueron trasladadas después del accidente. Observar cómo el personal de urgencias intentaba en vano resucitar a mi hija de cuatro años me destrozó. Entonces empecé a pasarme horas en casa delante de la televisión, pasando una y otra vez vídeos de Zooey aprendiendo a caminar, riéndose en los brazos de Karen, abrazándome en la fiesta de su tercer cumpleaños. Mi consultorio médico fue a menos y luego dejó de existir, y yo caí en una depresión clínica. Este era el único aspecto de mi vida privada que había explicado en detalle a mi psiquiatra, y sólo porque después de tres sesiones ella me había contado que la leucemia se había llevado a su único hijo el año anterior.
La psiquiatra me confesó aquello, porque creía que mis pesadillas eran fruto de la trágica pérdida de mi familia y quería hacerme saber que ella había sentido la misma clase de dolor. Rachel también había perdido algo más que un hijo. Incapaz de sobrellevar los devastadores efectos de aquella enfermedad, su marido abogado la había abandonado para regresar a Nueva York. Al igual que yo, Rachel había descendido al infierno de la depresión del que tuvo la suerte de salir. La terapia y los medicamentos habían sido su salvación. Pero yo siempre he sido extremadamente discreto, como mi padre, y me he esforzado por volver al paraíso de la soledad. No pasaba ni un solo día sin que echara de menos a mi esposa y mi hija; sin embargo, las lágrimas de cuando miraba sin cesar imágenes del pasado ya se han secado.
—Esto no tiene nada que ver con Karen y Zooey —le dije a Rachel—.
Haz el favor de cerrar la puerta.
Ella se quedó en el umbral de la puerta con las llaves del coche en la mano; era evidente que quería creerme, aunque igual de evidente era su escepticismo:
—¿Entonces qué es?
—Trabajo. Anda, cierra la puerta.
Rachel vaciló, luego cerró la puerta y se me quedó mirando fijamente a los ojos:
—Va siendo hora de que me hables de tu trabajo.
Esto llevaba mucho tiempo siendo motivo de discusión entre nosotros.
Rachel consideraba la confidencialidad doctor/paciente tan sagrada como la confesional, y mi falta de confianza la ofendía. Ella creía que mi demanda
de secretismo y mis advertencias de peligro insinuaban una falsa realidad que yo había creado para proteger mi psique de un riguroso análisis. No la culpaba de ello. A petición de la ASN, había concertado mi primera cita en su consulta con un seudónimo. Pero diez minutos después de habernos estrechado la mano, ella me reconoció por la foto que aparecía en la sobrecubierta de mi libro. Asumió que mi táctica era fingir la paranoia de una eminencia médica, y yo no hice nada por evitarlo. Sin embargo, al cabo de unas semanas, mi negativa a divulgar los detalles sobre el trabajo (y mi obsesión por «protegerla») la habían llevado a sospechar que podría ser un esquizofrénico.
Lo que Rachel no sabía era que sólo se me había permitido acudir a ella tras salir airoso de una brutal discusión con John Skow, el director del Proyecto Trinity. Padecía narcolepsia como resultado de mi trabajo en Trinity, y necesitaba la ayuda de un profesional para entender los sueños que se le atribuían.
Primero la ASN me envió un loquero de Fort Meade, un psiquiatra farmacológico cuyos principales pacientes eran técnicos afectados de estrés crónico o depresión. Quería atiborrarme de tranquilizantes y averiguar cómo convertirse en un médico de fama internacional como yo. Luego me trajeron una mujer, una experta en el tratamiento de las neurosis que se generan cuando las personas se ven obligadas a trabajar en secreto durante largos períodos de tiempo. Su conocimiento del simbolismo onírico se limitaba a «unas cuantas lecturas históricas» de cuando hacía el MIR. Al igual que su colega, quería iniciarme en un régimen a base de antidepresivos y antipsicóticos. Lo que yo necesitaba era un psicoanalista con experiencia en análisis onírico, y la ASN no disponía de ninguno.
Llamé a algunos amigos que tenía en la Facultad de Medicina de la Universidad de Virginia y descubrí que Rachel Weiss, la eminente psicoanalista jungiana del país, trabajaba en la Facultad de Medicina de la Universidad de Duke, a menos de veinticinco kilómetros del edificio Trinity. Skow trató de impedir que fuera a verla, pero al final le dije que tendría que arrestarme para conseguirlo, y le aconsejé que antes de hacerlo llamara al presidente, quien me había designado para el proyecto.
—Algo va mal —dijo Rachel—. ¿Qué pasa? ¿Han vuelto a cambiar las alucinaciones?
«Alucinaciones —pensé amargamente—. Nunca sueños.»
—¿Se han intensificado? ¿Se han vuelto más personales? ¿Tienes miedo?
—Andrew Fielding está muerto —dije con monotonía.
Rachel parpadeó:
—¿Quién es Andrew Fielding?
—Era físico.
Los ojos se le abrieron de par en par:
—¿El físico Andrew Fielding está muerto?
Daba una idea de la reputación de Fielding el hecho de que un doctor poco ducho en física cuántica conociera su nombre. Pero eso no me sorprendió. También había niños de seis años que habían oído hablar del
«Conejo Blanco». El hombre que había resuelto buena parte del enigma de la materia oscura del universo quedaba sólo por detrás de su amigo Stephen Hawking en el firmamento astrofísico.
—Murió de un derrame cerebral —respondí—. O eso dicen.
—¿Quién lo dice?
—La gente con la que trabajo.
—¿Trabajas con Andrew Fielding?
—Llevaba dos años trabajando con él.
Rachel meneó la cabeza con asombro. ¿Y tú no crees que haya muerto de un derrame cerebral?
—No.
—¿Le hiciste un reconocimiento?
—Un reconocimiento superficial. Sufrió un colapso en su despacho.
Otro médico acudió en su ayuda antes de morir; dijo que Fielding tenía el lado izquierdo paralizado y la pupila del ojo izquierdo destrozada, pero…
—¿Qué?
—No me lo creo. Fielding murió demasiado rápido para tratarse de un derrame cerebral. En cuestión de cuatro o cinco minutos.
Rachel frunció la boca:
—A veces pasa. Sobre todo en el caso de hemorragias graves.
—Sí, pero es relativamente poco frecuente, y no se suele ver la pupila reventada. —Estaba en lo cierto, aunque no era lo que yo pensaba en aquel
momento. Para mí Rachel era una psiquiatra, y por buena que fuera no tenía mis dieciséis años de experiencia en medicina interna. Uno llega a tener presentimientos respecto a determinados casos y determinadas personas. Un sexto sentido. Fielding no era paciente mío, pero en aquellos dos años me había explicado muchas cosas sobre su enfermedad y no me parecía acertado el argumento de una fuerte hemorragia—: Mira, no sé dónde está su cadáver, y diría que tampoco se le va a practicar la autopsia, así que…
—¿Y por qué no se le iba a practicar la autopsia? —interrumpió Rachel.
—Porque creo que fue un asesinato.
—Me dijiste que había muerto en su despacho.
—Así es.
—¿Crees que lo asesinaron en el trabajo? ¿Violencia laboral?
Ella todavía no lo había captado.
—Te estoy hablando de homicidio premeditado. De un crimen planeado con esmero y ejecutado por una mano experta.
—Pero… ¿por qué iba alguien a asesinar a Andrew Fielding? Ya era mayor, ¿no?
—Sesenta y tres años. —Al recordar el cuerpo de Fielding tendido sobre el suelo de su despacho, con la boca abierta y los ojos sin vida clavados en el techo, sentí un repentino impulso de contárselo todo a Rachel. Pero un vistazo a la ventana reprimió aquel impulso. Podía haber un micrófono parabólico en el cristal.
—Eso es todo lo que te puedo decir. Lo siento. Tienes que irte, Rachel.
Avanzó dos pasos hacia mí, con expresión decidida:
—No me voy a ir a ninguna parte. Mira, si alguien murió en este estado sin la supervisión de un médico, hay que hacerle una autopsia. Y sobre todo en posibles casos de violencia criminal; lo dicta la ley.
Me reí de su ingenuidad:
—No habrá autopsia. Y si la hay, no se hará pública.
—David…
—No puedo decirte nada más. Ya he hablado demasiado. Sólo quería que supieras… que todo esto es real.
—¿Por qué no me puedes decir nada más? —alzó una mano pequeña y grácil—. No, deja que responda yo a eso. Porque si me dieras más información me pondrías en peligro. ¿Sí o no?
—Sí.
Puso los ojos en blanco:
—David, desde el principio me has hecho extraordinarias peticiones de confidencialidad. Y las he cumplido. He dicho a mis colegas que las horas que pasas en mi consulta forman parte de un trabajo de investigación para tu segundo libro, y no lo que realmente son.
—Y tú sabes que yo te lo agradezco. Pero sí no me equivoco respecto a Fielding, cualquier cosa que te diga ahora podría poner tu vida en peligro.
¿Lo entiendes?
—No, nunca lo he entendido. ¿Qué tipo de trabajo podría resultar tan peligroso?
Negué con la cabeza.
—Esto es como un chiste malo —rió de una manera extraña—. El típico pensamiento de un paranoico: «Podría decirte algo más, pero entonces tendría que matarte.»
—¿De verdad crees que me estoy inventando todo esto?
Rachel respondió con cautela:
—Creo que tú te crees todo lo que me has explicado.
—Entonces sigo delirando.
—Reconocerás que ya llevas un tiempo sufriendo alucinaciones.
Algunas de las recientes son típicas visiones religiosas.
—Pero la mayoría no lo son —le recordé—. Además, soy ateo. ¿Eso es típico?
—No, lo admito. Pero tú también te has negado a un reconocimiento médico por lo de tu narcolepsia. O epilepsia. Y, en realidad, hasta te has negado a un chequeo para comprobar el nivel de glucosa.
«Me ha tratado el mejor neurólogo del mundo.»
—Eso es lo que están investigando en el trabajo.
—¿Quién, Andrew Fielding? No era médico, ¿verdad?
Decidí ir más lejos:
—Ravi Nara lleva mi caso.
Se quedó boquiabierta:
—¿Ravi Nara? ¿El premio Nobel de Medicina?
—El mismo —dije con desagrado.
—¿Trabajas con Ravi Nara?
—Sí. Es un gilipollas. Nara fue quien dijo que Fielding había muerto de un derrame cerebral.
Rachel estaba desconcertada:
—David, no sé qué decir. ¿De veras trabajas con estas eminencias?
—¿Tanto cuesta creerlo? Yo también soy bastante famoso.
—Sí, pero… no de la misma manera. ¿Por qué iban esos hombres a trabajar juntos si pertenecen a campos totalmente diferentes?
—Eso era hasta hace dos años.
—¿Qué quieres decir?
—Vuelve a tu consulta, Rachel.
—He anulado la visita de mi último paciente para venir aquí.
—Ya me pasarás factura por el tiempo perdido.
Ella se sonrojó:
—No hace falta que me ofendas. Dime lo que pasa, por favor. Estoy cansado de oírte hablar sólo de tus visiones.
—Sueños.
—Lo que sea. No son material suficiente para trabajar.
—No para lo que tú quieres. Pero tú y yo tenemos objetivos diferentes.
Siempre los hemos tenido. Tú intentas resolver el enigma de David Tennant y yo el de mis sueños.
—¡Pero las respuestas están en ti! ¡Los sueños no son independientes del resto de tu cerebro! Tú…
El timbre del teléfono la interrumpió. Yo me levanté y me dirigí a la cocina para responder, con un extraño repiqueteo en el pecho. Puede que llamara el presidente de Estados Unidos.
—Doctor Tennant —dije por inercia.
—¿Doctor David? —gritó una histérica voz de mujer con acento asiático. Era Lu Li, la esposa china de Fielding. O la viuda…
—Soy David, Lu Li. Siento no haberte llamado antes. —Buscaba la expresión adecuada, pero sólo hallé un cliché—: No tengo palabras para
expresar el dolor que siento por la muerte de Andrew…
Una ráfaga de cantonés salpicado de inglés recorrió la línea. No tenía que entenderlo todo para darme cuenta de que escuchaba a una viuda consternada a punto de venirse abajo. Dios sabía lo que los encargados de seguridad de Trinity habían contado a Lu Li, o lo que ella había entendido.
Sólo llevaba tres meses en Estados Unidos; el Departamento de Estado había agilizado los trámites para su inmigración, tras haber recibido una llamada motivadora y no demasiado sutil de la Casa Blanca.
—Sé que has tenido un día terrible —dije con voz reconfortante—.
Pero necesito que te calmes.
Lu Li jadeaba.
—Respira hondo —le aconsejé, tratando de discernir qué postura debía adoptar. Lo más seguro era usar la tapadera de la empresa en la que tanto había insistido la ASN desde un principio. En cuanto a las demás empresas del parque tecnológico, la sociedad anónima Argus Optical desarrollaba componentes de ordenadores ópticos destinados a proyectos de defensa gubernamental. Y seguramente eso era todo lo que Lu Li sabía.
—¿Qué te han dicho en la empresa? —pregunté con cautela.
—¡Andy muerto! —gritó Lu Li—. Dicen que murió de una hemorragia cerebral, pero no sé nada. No sé qué hacer.
Yo no ganaba nada preocupando aún más a la viuda de Fielding con mis teorías de asesinato:
—Lu Li, Andrew tenía sesenta y tres años, y no estaba muy bien de salud. Hay muchas probabilidades de sufrir un derrame cerebral en esas condiciones.
—¡Tú no entiendes, doctor David! Andy me avisó de esto.
Noté que la mano se me tensaba alrededor del teléfono:
—¿A qué te refieres?
La línea me trajo otra ráfaga de cantonés, pero luego Lu Li se acabó pasando a un inglés más entrecortado:
—Andy dice esto podía pasar. El dice: «Si algo me ocurriera, llama al doctor David. David sabe qué hacer.»Un profundo dolor se apoderó de mi corazón. El hecho de que Fielding hubiera depositado tanta confianza en mí…
—¿Qué quieres que haga?
—Ven aquí. Por favor. Habla conmigo. Dime por qué ocurrió esto a Andy.
Titubeé. Seguramente la ASN estaría interviniendo esta llamada. Ir a casa de Lu Li sólo nos pondría en peligro, a ella y a mí. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? No podía fallar a mi amigo.
—Estaré ahí en veinte minutos.
—¡Gracias, gracias, David! Por favor, gracias.
Colgué el teléfono y volví al salón. Raquel estaba de pie junto a la puerta de la cocina.
—Tengo que irme —le dije—. Te agradezco que hayas venido a ver cómo estoy. No tenías por qué hacerlo.
—Voy contigo. He oído parte de la conversación, y voy a acompañarte.
—Ni hablar.
—¿Por qué?
—No tienes ningún motivo para hacerlo. No formas parte de esto.
Ella se cruzó de brazos:
—Para mí es muy sencillo, ¿vale? Si dices la verdad, la consternada viuda de Andrew Fielding estará esperando a pocos kilómetros de aquí. Y
ella confirmará todo lo que me acabas de explicar.
—No necesariamente. No sé cuánto confiaba Fielding en ella. Y Lu Li apenas habla inglés.
—¿Andrew Fielding no enseñaba inglés a su propia esposa?
—Él hablaba un cantonés fluido. Más otras ocho lenguas. Y ella tan sólo lleva unos meses aquí.
Rachel se alisó la falda con la palma de la mano:
—Tu reacción me dice que sabes que expondré tu historia como un delirio.
La ira se apoderó de mí:
—Tengo la tentación de dejar que me acompañes, sólo por eso. Pero tú no sabes dónde está el peligro. Podrías morir. Esta misma noche.
—No lo creo.
Recogí la bolsa Ziploc que contenía el polvo blanco y el sobre de FedEx, y se la ofrecí:
—Hace unos minutos recibí una carta de Fielding. Este polvo estaba en el interior del sobre.
Se encogió de hombros:
—Parece arena. ¿Qué es?
—No tengo ni idea. Pero podría ser ántrax. O lo que quiera que mató a Fielding.
Cogió la bolsa. Al principio pensaba que estaba examinando el polvo, pero lo que hacía era leer la etiqueta en el sobre de FedEx.
—Aquí dice que el remitente es Lewis Carroll.
—Está en clave. Fielding no se arriesgaría a introducir su nombre en el sistema informático de FedEx. La ASN enseguida lo sabría. Usaba «Lewis Carroll» porque su apodo era «Conejo Blanco». Lo habrás oído, ¿no?
Rachel parecía esforzarse por recordarlo:
—Pues no te sabría decir. ¿Dónde está la carta?
Me dirigí hacia el salón:
—En la bolsa plástica que hay sobre el sofá. No la abras.
Se inclinó sobre la nota y la leyó de un vistazo:
—No está firmada.
—Claro que no. Fielding no sabía quién la vería. Ese dibujo del conejo es su firma.
Me miró incrédula:
—Llévame contigo, David. Si lo que vea confirma todo lo que me has explicado, me tomaré todas tus advertencias en serio desde ahora.
Salgamos de dudas.
—Eso es como arrojarte al mar para ver si hay tiburones. Para cuando lo compruebes, será demasiado tarde.
—Siempre pasa con este tipo de fantasías.
Fui a coger las llaves que estaban en la encimera de la cocina, con Rachel a la zaga:
—De acuerdo, ¿quieres venir? Pues sígueme en tu coche.
Ella meneó la cabeza:
—De eso nada. Me perderías de vista en el primer semáforo.
—Tus colegas te dirían que es peligroso acompañar a un paciente que persigue una fantasía paranoica. Sobre todo si el paciente es narcoléptico.
—Mis colegas no te conocen. En cuanto a la narcolepsia, todavía no te has matado.
Rebusqué bajo el cojín del sofá, saqué la pistola y me la metí en la pretina:
—Tú tampoco me conoces.
Ella analizó la culata de la pistola y luego me miró a los ojos:
—Creo que sí. Y quiero ayudarte.
Si sólo fuera mi psiquiatra, la habría dejado allí mismo. Pero durante nuestras largas sesiones habíamos reconocido algo el uno en el otro, un sentimiento tácito compartido por dos personas que habían experimentado una gran pérdida. Aunque ahora pensara que podía estar enfermo, cuidaba de mí como nadie lo había hecho en mucho tiempo. Llevármela conmigo sería egoísta, pero la pura verdad era que no quería ir solo.
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