Las huellas de dios
Capítulo 20
20
Capítulo
PARA cuando llegamos a Raleigh ya era de noche. La 64 se convirtió en I-40, y luego retrocedimos por el Research Triangle Park para desplazarnos al oeste rumbo a Tennessee.
—Mira eso —dijo Rachel, viendo pasar las luces de la zona—. Cuando está tan oscuro, hasta casi creo que tú me podrías acercar a mi casa de Durham y que yo podría entrar a prepararme una taza de té.
—Ahora sabes más de la cuenta.
Me miró durante un buen rato, y después suspiró en la oscuridad.
—Siento haberte metido en todo esto —dije—. Todavía no te he pedido disculpas.
—Yo me metí en esto.
—No. Yo lo hice al elegirte como mi psicoanalista.
La fatiga que denotaba el rostro de Rachel me reveló que estaba acostumbrada a lidiar con el sentimiento de culpa de los demás.
—No trates de entender los caprichos del destino. Si una mariposa hubiera aleteado en Malasia antes de tu llamada, habrías dado con otra persona. Así es la vida.
Antes yo mismo me decía esa clase de cosas, pero no me las creía en casos como éste:
—No. Te busqué porque eres la mejor en lo que haces. Y los psicoanalistas jungianos no son como los psicólogos, que están en todos los
rincones. Sé que suena infantil, pero tengo la extraña sensación de que el destino ha querido que te encontrara.
Rachel me miró con ojos infinitamente perspicaces, pero bajo esa perspicacia vi dolor. De alguna manera, había tocado fibra sensible.
Cuando habló, lo hizo con una voz carente de emoción.
—Es fácil decirnos a nosotros mismos que lo que nos ocurre es un capricho del destino. Es un consuelo. Así tenemos la impresión de formar parte de algo más grande. Yo pensaba que mi marido y yo estábamos predestinados. Pero no era así; tan sólo se trataba de una mala elección que yo había racionalizado como parte de mi destino. La verdad es que resulta patético.
—¿Patético? Tu hijo fue fruto de ese matrimonio.
—Que murió asustado y lleno de dolor a los cinco años.
El tono en el que hablaba era alarmante. Había visto a muchos niños morir en los años que llevo ejerciendo la medicina, y era consciente de lo mucho que eso afecta a los padres. Podía dejarlos irremediablemente destrozados. Ni siquiera el personal del hospital estaba inmunizado. El exoesqueleto del profesionalismo desaparece fácilmente ante el sufrimiento de un niño. Para mí ese sufrimiento, la agonía de los inocentes, era uno de los principales obstáculos para creer en Dios.
—Tú y tu hijo os disteis el uno al otro cinco años de amor incondicional. ¿Preferirías que nunca hubiera venido a este mundo, para ahorrar a ambos el dolor del final?
Clavó en mí una mirada de indignación:
—Vas a seguir, ¿verdad? No respetas los límites.
—No cuando me he ganado el derecho a sobrepasarlos. —Hablaba de la pérdida de mi propia hija, y ella lo sabía.
Volvió a mirar por la ventanilla:
—No hablemos de ello.
—No tenemos por qué hablar. Pero necesitamos provisiones. Voy a parar en un Wal-Mart veinticuatro horas de Winston-Salem o Asheville.
Podrás dormir un par de horas.
—Estoy agotada —reconoció.
—Ven aquí.
—¿Qué?
—Apóyate aquí.
—¿En tu hombro?
—No. Sé valiente. Acurrúcate en el asiento y apoya la cabeza sobre mi regazo.
Rachel meneó la cabeza, pero no a modo de rechazo. Yo no levanté los ojos de la carretera. Al cabo de un rato, ella se sacó los zapatos, luego cruzó las piernas sobre el asiento y apoyó la cabeza sobre mi muslo derecho. Notaba que tenía los ojos abiertos, pero no miré para comprobarlo. Bajé la mano derecha del volante y empecé a acariciarle la frente, peinándole el pelo con los dedos.
—Esto me recuerda a cuando era niña —dijo.
—No estoy hablando contigo. Cierra los ojos.
Al cabo de un rato, lo hizo.
* * *
Llegamos a Asheville a las 10:30 de la noche. Un Wal-Mart alegremente iluminado apareció como un oasis en medio de la oscuridad, y entonces abandonamos la interestatal. La cabeza de Rachel seguía en mi regazo, y yo tenía la pierna derecha casi entumecida. No respondió cuando le hablé. Estuve tentado de dejarla en la camioneta mientras iba a la tienda, pero no quería que se despertara sola en el aparcamiento. También cabía la posibilidad de que la policía local hubiera recibido una orden de búsqueda a raíz de la camioneta robada. Para no caer en la emboscada al salir de la tienda, desperté a Rachel y la aposté justo tras las puertas de cristal, en un lugar del interior desde donde pudiera controlar a cualquiera que mostrara excesivo interés en nuestro Ram granate.
Fui directamente hacia el departamento de deportes y empecé a apilar artículos junto a una caja registradora desatendida: una tienda biplaza, sacos de dormir, mochilas, una linterna Coleman, un hornillo y combustible. En otro pasillo cogí dos monos de camuflaje Silent Shadow, gorros de camuflaje, botas de goma de camuflaje y ropa interior térmica.
Un pasillo más allá, cogí un arco compuesto, ocho flechas y una aljaba.
Coroné la pila con una brújula, un par de prismáticos, una navaja Gerber,
tabletas potabilizadoras de agua, un Maglite y dos walkie-talkies a pilas. A continuación, fui en busca de un vendedor para que me cobrara.
La joven mexicana que encontré sospechaba de mi dinero en efectivo.
Mientras ella comprobaba la autenticidad de cada billete de cien dólares, yo fui a la sección de perfumería y cogí pasta de dientes, cepillos de dientes y jabón. La compra ascendió a un total de 1429,84 dólares. Después de pagar empujé el carro hasta la entrada de la tienda y lo dejé con Rachel; después llevé otro hasta la sección de ultramarinos y metí en él lo esencial para sobrevivir un par de semanas, más agua embotellada. Cuando me acercaba a la caja, pensé en lo que tenía de increíble abandonar la autovía a altas horas de la noche y en una sola parada equiparme para sobrevivir largo tiempo en el bosque. Ni mi padre se lo habría creído.
Rachel hizo una señal de «okey» con la mano mientras yo pagaba, y respiré un poco más tranquilo. El segurata de la salida me paró, pero sólo para comprobar que mi ticket se correspondía con lo que llevaba en el carro. Diez segundos después nos vimos caminando por el aparcamiento.
Lo puse todo detrás del asiento; luego ayudé a Rachel a subir a la camioneta y nos pusimos en marcha rumbo a la I-40.
Justo antes de llegar a la interestatal, giré en el aparcamiento de un motel Best Western y aparqué entre dos camionetas que había en la parte de atrás. Una era una Dodge Ram azul, y llevaba un remolque para caballos.
Con la ayuda de un destornillador que cogí en la guantera, saqué la matrícula de Texas de aquel Ram y la cambié por la del nuestro granate.
Acto seguido me acerqué con la camioneta hasta la rampa de acceso a la I-40 y me dirigí al oeste hacia la frontera de Tennessee, en algún lugar de los Apalaches que se extendían ante nosotros.
Rachel pronto empezó a roncar suavemente, de nuevo con la cabeza sobre mi regazo. Sintonicé la radio con una emisora en la que sonaba David Gray y dejé que los ojos se me empañaran hasta que todo lo que veían fueran los bordes de la carretera. Conducíamos hacia mi pasado, hacia los bosques de mi juventud, un mundo de extraños contrastes y recuerdos imborrables. El Laboratorio Nacional de Oak Ridge era una de las instalaciones de más alta tecnología del país, aunque estuviera enclavada en medio de una vasta vegetación. Allí había ido al colegio con los hijos más brillantes de hombres y mujeres de Chicago y Nueva York, y también
con los de escuálidos hombres y mujeres que nunca habían salido del condado en el que nacieron. Algunos de los científicos hallaron el entorno rural aburrido, por no decir perturbador; sin embargo, para mi familia las montañas boscosas que rodeaban Oak Ridge habían sido una bendición.
Existían varios lugares aislados de Oak Ridge en los que podríamos escondernos, pero uno de ellos era el más indicado para nosotros. El año pasado, un amigo de la infancia me había dicho que el gobierno iba a cerrar el parque estatal Frozen Head por recortes presupuestarios. Mi hermano y yo habíamos acampado allí innumerables veces, y de momento el parque montañoso estaría desierto; de no ser por algunos fanáticos excursionistas, a quienes no importaría que alguien disfrutara del esparcimiento ilícito que ellos mismos buscaban.
Cruzamos la frontera de Tennessee por el extremo sur del parque forestal Pigsah. Después salimos de entre los gigantescos árboles y hacia medianoche íbamos ya por Knoxville. Continué hacia el oeste por la 62 y en menos de media hora atravesábamos Oak Ridge, la «ciudad secreta»
estadounidense de la segunda guerra mundial. Hoy día es mundialmente conocida por sus instalaciones nucleares, pero durante la segunda guerra mundial ni siquiera aparecía en los mapas. Entre 1945 y 1975, el año en que me fui a vivir a Alabama, Oak Ridge se había transformado en algo parecido a una ciudad normal de Estados Unidos. Aunque nunca llegó a serlo del todo. En Oak Ridge siempre ha habido un sentimiento compartido de misión, y la prueba del valor de ciudad ha permanecido invisible pero a la vez eternamente presente. Quienes vivíamos allí sabíamos que en caso de que estallara una guerra nuclear, nos evaporaríamos en los primeros minutos. Incluso en la oscuridad era evidente que la ciudad había crecido desde que me había ido. Veía más restaurantes franquiciados en la arteria de salida y más cadenas de tiendas; pero el corazón de la ciudad seguía estando en el laboratorio, y en los montones de uranio que se remontaban a la época de guerra y que llevaba a los turistas curiosos a visitar los instrumentos que habían determinado la victoria contra los japoneses.
Al salir de Oak Ridge por la 62, comprobé que el nuestro era el único vehículo que circulaba por aquella carretera. Faldeamos el pie del monte Big Brushy, sobre cuyo extremo más alejado se erigía la prisión estatal.
Tres fronteras convergían en esta zona desolada, un mundo envuelto en una
neblina que habitaban descendientes de mineros del carbón y destiladores ilegales. Se aferraban tenazmente a la existencia en las oscuras profundidades y en las minas a cielo abierto que, pese a estar ya abandonadas, habían dejado huella en estas montañas.
Giré al norte por la 116, una angosta carretera que serpenteaba por la aldea de Petros y la prisión, un recinto descarnado y deprimente iluminado por un fuerte resplandor mercúreo y rodeado por un alambrado de cuchillas. Al norte de la prisión, la carretera empezaba a retorcerse como una serpiente herida. Me desvié hacia la izquierda por una pista que no aparecía en el mapa, pero que recordaba perfectamente. Al poco tiempo, me planté en la entrada del parque forestal abandonado, que ahora seguramente estaría cerrado con barricadas.
A unos ochocientos metros de la entrada, reduje y empecé a buscar un claro entre los árboles. Cuando lo encontré, frené y salí de la carretera, y en diez segundos desaparecimos. Seguí conduciendo hasta que el bosque se hizo demasiado espeso y la cuesta demasiado empinada para seguir adelante. Entonces aparqué y apagué el motor.
Rachel ni se había inmutado. Alargué la mano y saqué los sacos de dormir de entre los bártulos que llevábamos detrás del asiento. Cuando los desenrollaba, se despertó sobresaltada y saltó de mi regazo, con los ojos abiertos como platos en la oscuridad.
—¿Qué haces?
—Tranquila —dije—. Estás a salvo. Ya hemos llegado.
—¿Adónde? —Intentó mirar por la ventanilla, pero no había luz bajo los árboles. Bien podríamos estar en el interior de una cueva.
—Estamos a las afueras de Oak Ridge, en un lugar llamado Frozen Head. Es un parque estatal abandonado.
—¿Frozen Head?
—Has dormido unas horas.
Rachel meneó la cabeza:
—Yo no puedo dormir en el coche.
—Bueno, tú sigue no durmiendo. Te despertaré justo antes del amanecer.
Rachel parpadeó como saliendo de trance. Luego se puso la mano delante de la boca y bostezó:
—¿Has comprado cepillos de dientes?
—Sí. Pero ya te los limpiarás mañana.
—Tengo ganas de ir al lavabo.
—Tienes todo el bosque para ti sola.
—¿No hay peligro ahí fuera?
Pensaba decirle que tuviera cuidado con las serpientes de cascabel que había en los árboles, pero entonces se habría quedado en el coche:
—Es el lugar más seguro en el que has estado en las últimas veinticuatro horas.
Salió de la camioneta y se alejó de la luz, sin cerrar la puerta que nos iluminaba como una linterna en el bosque. Se tomó su tiempo, y yo ya me estaba preocupando. Pero empezaron a caer gotas de lluvia sobre el parabrisas y la oí chillar. Entonces entró en la camioneta con los vaqueros desabrochados y cerró la puerta de un tirón.
—¡La que está cayendo! —gritó, abrochándose los pantalones.
—La lluvia nos vendrá bien. Amortigua el ruido al caminar por el bosque.
Se tapó con un saco de dormir y se estremeció:
—No es por ofender, pero esto es una mierda. ¿No podríamos pasar la noche en un motel de mala muerte?
—Nadie sabe dónde estamos ahora. Así que nadie puede encontrarnos.
De eso se trata. Duérmete.
Rachel asintió y se arrimó contra la puerta.
Yo me quedé escuchando la sinfonía de lluvia, que me recordaban a los amaneceres en vela con mi padre y mi hermano, esperando a que algún pato o algún venado apareciera en nuestro punto de mira. Estaba agotado, pero sabía que me despertaría antes que el sol. Una primigenia parte del cerebro que en mi caso permanecía latente en la ciudad se despertaba lejos de la civilización y me susurraba al oído los ritmos del bosque con infalible precisión. Ese susurro me decía cuándo se acercaba el amanecer, cuándo iba a llover y cuándo se movía la caza. Me arropé con el saco de dormir hasta la barbilla.
—Buenas noches —le dije a Rachel.
La respiración pausada fue su única respuesta.
* * *
Me desperté cuando las primeras tonalidades azul claro asomaban por entre las copas de los árboles. Pestañeé varias veces, para luego inspeccionar el terreno sin mover la cabeza. Al no ver nada, interrumpí con delicadeza el sueño de Rachel. Volvió a levantarse sobresaltada, pero sin dejarse llevar tanto por el pánico como la noche anterior.
—Tenemos que irnos —dije.
—Vale —farfulló, aunque parecía más dispuesta a quedarse durmiendo.
Salí y descargué la vejiga, y luego descargué los bártulos de detrás del asiento. Metí la mayoría de las cosas en mi propia mochila, para que Rachel sólo tuviera que cargar con su propio saco de dormir, comida enlatada y un par de botellas de combustible. Cuando ella se bajó de la camioneta, le di un mono de camuflaje Silent Shadow, calcetines gruesos y unas botas.
Rachel me puso mala cara, pero agarró la ropa y se fue detrás de la camioneta. Mientras ella se cambiaba, yo me ataba la aljaba y el arco compuesto a la mochila. A continuación me enfundé el mono y las botas.
Cuando me echaba al hombro la mochila, parecía que el bosque perdiera de repente su frondosidad, y entonces supe que el sol estaba culminando el monte Windrock por el este.
Rachel salió de detrás de la furgoneta con el aspecto de las soldados israelíes de las fotografías. Se puso la mochila al hombro sin demasiadas dificultades y sin dar queja del peso.
—Si te vieran tus amigas —dije, ajustándole un walkie-talkie al cinturón.
—Se partirían.
Le metí ropa de calle en la mochila.
—Mira al suelo. Pisa donde yo piso, y procura no engancharte la ropa en las zarzas. Si nos separamos, usa el walkie-talkie, pero en voz baja.
—Vale.
—Habla sólo cuando sea estrictamente necesario. Si levanto la mano, para. Agárrame del cinturón si avanzo demasiado rápido; no tenemos prisa.
Ahí fuera verás animales. Aléjate tranquilamente de las serpientes y no hagas caso del resto.
Asintió:
—¿Adónde nos dirigimos exactamente?
—En esta montaña hay cuevas. Los excursionistas conocen unas cuantas, pero hay una que es prácticamente desconocida. Mi padre y yo la descubrimos cuando yo era niño. Ésa es la que nosotros buscamos.
Rachel sonrió:
—Estoy más preparada que nunca.
Seguimos el sendero marcado por los neumáticos de la camioneta hasta llegar a la carretera; después tapamos con broza el claro. Crucé la carretera y me puse a buscar un manantial afluente del río New, un arroyuelo que se abría camino montaña abajo por un rocoso desfiladero de unos quince metros de fondo. Ese desfiladero sería el camino que seguiríamos montaña arriba. Los forestales habían hecho un cortafuegos que discurría paralelo al arroyo, pero yo no quería correr el riesgo de topar con ningún excursionista. También me preocupaban las gentes del lugar que plantaban marihuana en el recinto del parque abandonado. En momentos de penuria, era toda una tentación para los descendientes de destiladores, que tendían a recelar de los intrusos: ponían bombas en sus terrenos y disparaban sin preguntar.
Pronto encontré el arroyo y, para cuando la luz del día inundaba el bosque, nosotros ya estábamos con el agua hasta las canillas, subiendo por el barranco. Retorcidas raíces de árboles trepaban por las paredes como manos artríticas, y el camino estaba cubierto de rocas como coches. El arroyo era poco profundo y aunque en algunos lugares se ensanchaba, en otros se estrechaba hasta formar gorjeantes canales. Vi huellas y excrementos de venado, y lo que parecían las huellas de un oso. Eso despertó mi inquietud por la cueva. No dejaban de oírse ruidos en la maleza, de conejos y armadillos que salían de cubierto a nuestro paso. A cada pocos minutos me giraba para comprobar que Rachel me seguía, aunque parecía soportar bien el ritmo. Resbaló varias veces sobre roca
mojada, pero escalar una montaña en esas condiciones no era apto para principiantes.
Atravesaba una rama anegada, cuando noté que olía a humo. Me detuve sobre mis pasos, esperando que se tratara de la hoguera de algún excursionista. Pero no. Era tabaco del bueno, de Virginia. Levanté la mano, aunque no había necesidad; Rachel se había detenido nada más verme parar.
Sin mover la cabeza, recorrí con la vista las rocas y los árboles que tenía delante. Nada se movía, excepto el agua del arroyo y las gotas de lluvia que resbalaban por las hojas para caer en el suelo. Levanté la mirada y examiné las ramas bajas de la bóveda forestal. Es posible que hubiera un cazador furtivo de venados en un puesto de vigía. Pero un auténtico cazador sabía que el hecho de fumar un cigarrillo, aun fuera de temporada, le ahuyentaría las piezas. No vi nada en los árboles.
Torciendo ligeramente la cabeza, examiné el borde del desfiladero.
Primero miré a derecha y luego a izquierda. Nada. Volví a ventear. El olor había desaparecido.
Rachel me tiró del cinturón:
—¿Qué pasa? —susurró.
Me giré y vi el miedo en su cara:
—Tranquila —dije, articulando para que me leyera los labios—. No te muevas.
Rachel asintió.
Otra nube de tabaco flotaba en el aire, de olor más intenso. Me volví lentamente y, por alguna razón, miré hacia arriba. A casi cuarenta metros, un hombre enfundado en un traje negro de nailon balístico se asomó al borde del desfiladero y lanzó al arroyo la colilla de un cigarrillo. El pulso se me aceleró, pero yo ni me moví. La colilla, un destello de blanco sobre verde, cayó dando vueltas en el aire hasta dar en el agua y luego vino flotando hacia nosotros.
El hombre no perdía de vista la colilla. Yo estaba seguro de que nos iba a descubrir, pero de repente el hombre apartó la mirada y se quitó algo del hombro. Un rifle de asalto negro. Un M16. Lo apoyó contra un árbol, se bajó la cremallera y empezó a orinar desde lo alto de aquel pequeño precipicio. Parecía un niño, apuntando con el chorro al arroyo sin
alcanzarlo; aunque, en realidad, un niño lo habría logrado. En este caso, se trataba de un cuarentón acorazado.
Rogué a Rachel que no se dejara llevar por el pánico. Puede que aún no hubiera visto al fusilero, pero no se le podía escapar el largo arco dorado que destellaba con la luz del amanecer. El hombre dejó de orinar con desganadas florituras; a continuación se la sacudió, se subió la cremallera y recogió el M16.
Cuando se echaba el rifle al hombro, bajó la mirada al arroyo, justo hacia nosotros.
Aguanté la respiración y esperé a que nuestros ojos se enzarzaran.
La mirada del fusilero nos pasó por encima y luego retrocedió.
Entrecerró los ojos al mirar de nuevo arroyo abajo. Eran los trajes y los gorros de camuflaje. No podía distinguirnos entre arroyo y maleza. Lo vi mover la cabeza hacia la derecha de una extraña manera, como si tuviera un tic nervioso; pero entonces caí en la cuenta de que estaba hablando por un micrófono de solapa. Oía el débil graznido metálico de una respuesta, aunque no conseguía discernir las palabras. Entonces el fusilero se giró y se perdió nuevamente entre los árboles.
Incrédulo, me volví hacia Rachel, que me miraba confundida:
—¿Qué pasa? —susurró.
—¿No has visto eso?
—¿El qué?
—Había un tipo ahí arriba ¡meando desde el precipicio!
Rachel abrió los ojos de par en par.
»Tenía un rifle.
—¡Yo no he visto nada! Te estaba mirando a ti. Pensaba que habías visto una serpiente o algo.
—Volvemos a la camioneta. Ya.
Rachel estaba pálida:
—¿Y la cueva?
—Olvídalo. Nos están esperando allá arriba.
—No puede ser.
—Así es. Ese tipo llevaba un M16 y chaleco antibalas. Los cazadores de venado de la zona no tienen precisamente ese aspecto.
—Pero ahora ya casi habíamos llegado.
Un sarpullido recorría mi cuerpo:
—¿Y eso qué importa?
—No. Quiero decir, que la cueva parecía un lugar seguro.
—Pues no lo es.
Una nueva idea se forjaba en las tinieblas de mi mente: «Sabían que veníamos.» Antes de darle más vueltas al asunto, me vi a mí mismo escuchando con toda la atención del mundo. No estaba seguro de lo que había oído, pero era algo. Un movimiento que no encajaba en el ruido habitual del bosque. Maldije en silencio. La lluvia que había silenciado nuestras huellas ahora cubría a nuestros enemigos. ¿O tan sólo eran mis enemigos?
Cuando tuve un atisbo de lucidez, otro débil graznido rompió el silencio, y entonces supe que había otro fusilero a unos quince metros de mí. Me coloqué silenciosamente detrás de Rachel, le tapé la boca con una mano y le rodeé el pecho con el otro brazo, sujetándola contra mí con todas mis fuerzas. Intentó gritar, pero ningún sonido traspasó sus labios.
Me quedé inmóvil, y la corriente del arroyo no dejaba de empujarme las piernas. Rachel forcejeaba conmigo. La mochila me impedía sujetarla bien y yo temía que ella me pudiera morder la mano, lo cual no hizo. Era razón suficiente para sospechar que ella había dicho a la ASN dónde encontrarnos.
—Voy a destaparte la boca —susurré—. Si gritas, te corto el cuello.
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