Las huellas de dios

Greg Iles · Capítulo 17 de 47

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Las huellas de dios

Capítulo 16

16

Capítulo

CUANDO el Audi se acercaba con un ruido infernal al desvío rumbo al este, me giré para escudriñar la carretera que íbamos dejando atrás. El vehículo más cercano estaba a unos doscientos metros; parecía una camioneta de reparto. Dudaba que fuera la ASN, pero nunca se sabe. Con la vigilancia aérea, las unidades terrestres no necesitaban seguirnos de cerca. Incluso podían situarse delante de nosotros. Simplemente no había manera de saber quiénes eran o dónde estaban nuestros perseguidores. Y, por suerte, había sido sólo cuestión de minutos descubrir el avión que nos controlaba desde las alturas.

Rachel se estiró y se me acercó lo suficiente para poder hablar en susurros:

—Creo que veo el ramal. ¿Es la autovía 45?

Miré el mapa:

—Sí, pero no es una autovía. Entra.

Rachel redujo a ochenta, y luego giró a la izquierda con un chirrido para entrar en la 45.

—Písale.

Pisó el acelerador y despegó en el asfalto de doble carril a ciento diez por hora. Yo me coloqué las gafas y busqué el láser. Nos había perdido en la maniobra, pero enseguida recuperó la pista de nuestra luneta. Me incliné hacia la oreja de Rachel.

—Vamos a cruzar un puente sobre el río Cashie, en su desembocadura a la ensenada de Albermale. Después coge el primer desvío a la izquierda.

—Ya dirás cuándo.

El A8 devoraba la carretera como un tigre hambriento, desplazándose a toda velocidad sobre el elevado puente que formaba un arco sobre el Cashie. Saqué la cabeza por la ventanilla lo suficiente para escudriñar el cielo. Una avioneta sobrevolaba la carretera a unos cinco mil pies. Me sentí aliviado. Temía que un helicóptero pudiera aterrizar en la carretera y desplegar un equipo SWAT de fuerzas especiales armado con metralletas.

Un avión podría aterrizar en una autovía, pero no en una carretera sinuosa por la que pronto circularíamos.

Rachel señaló una intersección justo delante de nosotros. Yo asentí con la cabeza. Redujo lo justo para tomar el desvío, y entró a todo gas en una carretera mucho más pequeña con mucho bosque a ambos márgenes.

—Mira esos árboles —dije, apoyando las manos sobre el salpicadero.

Unos noventa metros más adelante, unos altísimos robles tupían la carretera hasta convertirla en un oscuro túnel. Cuando pasamos por allí, bajé la ventanilla y volví a sacar la cabeza. Al principio sólo veía ramas; después atisbé un avión plateado que descendía a unos dos mil pies sobre la carretera que quedaba atrás.

—¡Venga! —grité—. ¡Los estamos perdiendo!

—Si voy más rápido, perderé el control.

—Lo estás haciendo muy bien.

Para imponer el cumplimiento de la ley se empleaban aviones de vigilancia, porque podían permanecer en el aire más horas que un helicóptero. Hoy pagarían muy caro esa estrategia: un avión no podía entrecruzar el cielo con ajustadas maniobras para mantener el contacto visual sobre una carretera sinuosa tan tupida de árboles.

Los anchos neumáticos del Audi rechinaban cada vez que Rachel tomaba una curva cerrada a más de cien por hora. El hombro derecho se me comprimía contra la puerta. Mientras me esforzaba por mantener el plano estable, buscaba una ruta alternativa. Si torcíamos a la izquierda en el próximo desvío hacia una diminuta carretera rural, volveríamos a cruzar rápidamente el río Cashie, pero no por el puente. En aquel punto, donde el Cashie parecía poco más ancho que un arroyo, había un letrero en

bastardilla que decía «Ferry»; lo cual podía significar cualquier cosa desde un barco flotante hasta una barcaza teleférica.

Cogí las gafas y examiné la carretera que se extendía ante nosotros. El rayo láser bailaba erráticamente unos setenta metros por delante del coche, partiéndose y rehaciéndose mientras el operario del avión intentaba lidiar con las ramas que nos protegían desde las alturas.

—Hay un ferry más adelante —dije—. Si llegamos hasta él, puede que logremos despistar a las unidades terrestres.

—De acuerdo.

—Verás un desvío a la izquierda de un momento a otro.

—Vale.

—¡Ahí!

Rachel pisó el freno. Pensaba que íbamos a derrapar, pero la tracción a las cuatro ruedas aferró el coche a la calzada, y conseguimos tomar el desvío. A medida que el robledal se hacía más denso, la carretera de un solo carril se iba perdiendo entre lodo y grava, hasta morir en un ángulo poco profundo que indicaba la cercanía del río.

—Cuidado —advertí, temiendo que la grava rascara contra los bajos.

Con el coche a estribor, trazamos la última curva y nos detuvimos tras un antiguo Chevy Nova que estaba aparcado en el medio del camino. Más allá del coche, divisé un río de aguas turbias que discurría lento y con una amplitud de setenta metros.

—No veo ningún ferry —dijo Rachel.

Había una destartalada canoa de aluminio en el techo del Nova, pero nadie a la vista. Cubrí la pistola con el faldón de la camisa, y luego salí del coche para dirigirme hacia el río.

Los acordes de una guitarra acústica me traían a la memoria la canción Deliverance. Cuando di la vuelta al Nova, no vi a dos rústicos aldeanos, sino a un par de universitarios sentados en el suelo. Uno era rubio y llevaba un pañuelo en la cabeza; el otro era moreno y rasgueaba una destartalada guitarra Martin. Los saludé con la mano de manera informal y pasé a su lado para acercarme a la orilla del río.

Un ferry pensado para transportar tres o cuatro coches se deslizaba sobre el agua desde el margen opuesto, al tiempo que su estrepitoso motor

despedía una negra columna de humo. Una caravana esperaba a la otra orilla, junto a una rampa y una carretera que se perdía en las profundidades del bosque.

—Ya hemos llamado al ferry —dijo uno de los muchachos que tenía detrás.

Me giré y les sonreí. El rubio del pañuelo llevaba una camiseta de la UNC y tenía unos chispeantes ojos verdes. El guitarrista parecía colocado y tenía los hombros quemados por el sol. Pude percibir el inconfundible olor a marihuana.

—Eh, chicos, ¿vais en canoa por los ríos de la zona?

El rubio se echó a reír:

—Nos lo tomamos con calma. Esta mañana bajamos el río Chowan.

Ahora volvíamos a casa. A Tarboro. Sólo hemos venido a echar un vistazo al Cashie.

Me puse la mano de visera y miré hacia el cielo. El avión de vigilancia salió zumbando de un cúmulo y sobrevoló el río.

—Está bien —dije al guitarrista, que tocaba suavemente. A continuación regresé sobre mis pasos hacia el Audi y me metí dentro.

—El ferry no tardará en llegar.

—¿El avión sigue ahí arriba? —inquirió Rachel.

—Sí.

Parecía como si ya no lo pudiera soportar más. Mientras miraba la parte de atrás del Nova, tuve una idea.

Ahora vuelvo.

Salí del coche y rodeé el Nova para agacharme frente a los universitarios.

—Os propongo una cosa, chicos.

—¿De qué se trata? —quiso saber el rubio.

—Mi esposa nunca ha ido en canoa. Ha visto la vuestra y se le ha ocurrido hacer una locura. Dice que le gustaría descender el río hasta la ensenada.

El guitarrista dejó de tocar:

—Ahora volvemos a casa.

—Lo sé. A Tarboro. Pero estaba pensando… ¿cuánto me pedís por vuestra canoa? Parece una vieja Grumman.

—Sí —dijo el rubio—. Era de mi tío. Debe de valer unos cuatrocientos pavos.

Todos nos dimos la vuelta cuando la cubierta del ferry tocó la rampa en nuestro margen del río.

Me incorporé y toqué la V invertida de cuerda que amarraba la proa de la canoa al parachoques delantero del coche.

—Doscientos y vas que chutas —dije con una carcajada—. Pero me gusta tener a mi esposa contenta. ¿Qué te parecen quinientos?

El rubio tragó saliva. Estaba calculando cuánta hierba podía comprar con quinientos en efectivo.

—La cuestión es que no quiero dejar aquí el coche. ¿Lo podríais llevar carretera arriba?

—¿Adónde? —preguntó el rubio.

—¿Qué os parece hasta Tarboro?

Parecía confundido:

—¿Pero cómo vais a hacer recoger luego el coche?

—¡Suban a bordo! —gritó el barquero, un larguirucho de pelo cano ataviado con un mono descolorido.

Saqué la cartera y conté diez billetes de 100 dólares.

—¿Y a vosotros qué os importa, por mil dólares?

—Joder —dijo el guitarrista, poniéndose en pie. Echó un vistazo al Nova y al Audi. El rostro de Rachel se veía borroso con el reflejo del sol.

—¿Ése es su coche?

—Ese es.

—¿Qué pasa, tío?

—Pasa que os doy mil pavos por la canoa y un paseíto en coche. ¿Qué me decís?

Los dos muchachos examinaron el Audi, y luego se miraron el uno al otro.

—Mil quinientos —dijo el rubio, volviéndose hacia mí—. Por mil quinientos te llevamos el coche a Tarboro. Considéralo un seguro a todo riesgo.

Sonreí:

—Aquí tenéis los mil quinientos. Pero ahora viene cuando decidimos cómo hacerlo.

* * *

Cargamos los coches en el ferry, y el anciano volvió a guiar el barco a sacudidas por las lentas aguas del río. Según lo acordado, los muchachos se sentaron en su Nova durante el trayecto; Rachel y yo íbamos en el Audi. El avión continuaba en el aire, sobrevolando el río en círculo. Casi podía notar cómo los equipos de vigilancia de Geli Bauer convergían en este rinconcito de Carolina del Norte.

Cuando el ferry alcanzó la otra orilla, el Nova salió lentamente de cubierta y descendió la rampa hasta llegar a la carretera. Rachel lo seguía.

De pronto, adelantó al Nova y aceleró bosque adentro como alma que lleva el diablo. En cuanto las ramas de los robles nos cubrieron, frenó y esperó a que el Nova nos alcanzara. Al cabo de veinte segundos, el viejo Chevy trazaba una curva y se detenía detrás de nosotros.

—¡Rápido! —grité a los muchachos cuando salieron del coche.

La canoa descansaba sobre unos cuadrados de espuma que protegían el techo de las regalas de metal. Empecé a desatar las cuerdas que sujetaban la quilla, pero el rubio sacó rápidamente una navaja del bolsillo y cortó las cuerdas a ambos extremos del bote. Yo cogí la proa, el guitarrista la popa; y entre ambos deslizamos la canoa del techo, dándole la vuelta al bajarla al suelo. En el último momento la canoa nos resbaló de las manos y se golpeó contra la grava con un sonoro ¡clonc!

El rubio introdujo medio cuerpo en el asiento de atrás, sacó dos largas palas de madera, y las arrojó al interior de la canoa. Cuando levantó la mirada, clavó los ojos en algo que había detrás de mí, y se sonrojó. Me giré y vi a Rachel con sus vaqueros y su camiseta blanca.

—Eh —dijo ella—, no sabéis cuánto os lo agradezco. —Luego sonrió como nunca antes la había visto sonreír.

—Ah, no hay problema —dijo el rubio.

El guitarrista le hizo adiós con la mano sin decir nada, y entonces vi que Rachel Weiss seguía impresionando a los veinteañeros pese a sus

treinta y cinco tacos.

—Tenemos que irnos —dije—, y vosotros también.

Le di al rubio quince billetes de 100 dólares.

—O me estás dando demasiado o menos de lo que deberías —dijo—.

Pero ya me está bien. —Señaló a los árboles—: Por ese camino de ahí tenéis el río a unos cincuenta metros.

—Gracias.

Se fue trotando al Audi y se puso al volante. Cuando saqué la caja de Fielding del asiento de atrás, toqué al muchacho en el hombro:

—Si alguien os para en este coche, explicadles exactamente lo que ha pasado. Lo del dinero, todo. No os preocupéis.

Él asintió con la cabeza:

—Y que lo jures.

El motor del Audi volvió a rugir y arrancó para perderse en el túnel de robles. El guitarrista que iba en el Nova soltó una carcajada, meneó la cabeza y se puso lentamente en marcha. Yo metí la caja de Fielding en la canoa, me lié la cuerda de proa alrededor de la mano derecha y empecé a arrastrar el bote hacia los árboles.

—¿Quieres que empuje? —preguntó Rachel.

—Ya puedo yo. Tú vigila las serpientes.

Desde entonces no levantó los ojos del suelo.

Los árboles crecían casi demasiado juntos para arrastrar la canoa entre ellos, y enseguida me puse a sudar. Pero aquel muchacho rubio tenía razón; poco después, empecé a notar cierto olor a plantas en descomposición, y finalmente atisbé el reflejo de un rayo de luz sobre el agua. Quince metros más y me vi empujando la canoa entre los troncos de dos cipreses hasta llegar al río.

—Sube —le dije a Rachel—. Tú delante.

Rachel se subió a popa y se metió cuidadosamente en el asiento de proa. Yo empujé la canoa hasta un lugar más profundo, y luego trepé a popa mientras la canoa se alejaba de la orilla. Me acomodé en la dureza del asiento, cogí una pala y propulsé el bote por la serpenteante ribera.

—Voy a mantener la canoa bajo los árboles —dije—. Tú no pierdas de vista al avión.

Rachel miró hacia arriba y entrecerró los ojos. Yo presté atención mientras remaba, pero sólo oí el suave ruido de la madera cortando el agua.

—¿Ves algo?

Rachel meneó la cabeza.

Miré el lado oscuro y largo del río, flanqueado por frondosos grupos de pinos y cipreses. En este momento, la ASN destinaba todos sus recursos a buscarnos. Pero aquí, esos recursos eran totalmente inútiles. Por primera vez en muchas horas, sentí algo de paz.

—¿Tienes idea de lo que vamos a hacer? —preguntó Rachel.

—No. Pero lo sabré cuando lleguemos.

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