Las huellas de dios

Greg Iles · Capítulo 15 de 47

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Las huellas de dios

Capítulo 14

14

Capítulo

IBA a abandonar en coche mi parcela cuando me percaté de que estaba cometiendo un error. La carretera que se abría ante mis ojos parecía la escapatoria ideal, pero en realidad no lo era. Conocía muy bien a Geli Bauer. Giré el volante a la izquierda de un tirón, describí 180 grados en plena calle Hickory y regresé a Elm.

—¿Por qué das la vuelta? —Preguntó Rachel agazapada a los pies del asiento del pasajero.

—¿Alguna vez has ido a cazar conejos?

Rachel parpadeó confusa:

—¿Conejos? Soy de Nueva York.

Una mujer en bicicleta de montaña nos pasó y saludó, con un bebé sentado en una silla sobre el guardabarros trasero. Dadas las circunstancias, era una imagen surrealista.

—Cuando un conejo echa a correr para salvar la vida, se desplaza como un rayo en zigzag. Pero siempre vuelve al lugar de partida. Es una buena estrategia de huida. Claro que los cazadores de conejos lo saben; por eso usan perros. Los perros persiguen al conejo mientras el cazador se queda allí plantado esperando a que vuelva para dispararle.

Por la expresión, Rachel parecía disgustada:

—¡Qué cruel!

—Te trae la comida a la mesa. La cuestión es que nuestros cazadores esperan que huyamos como humanos. Pero vamos a seguir el ejemplo del

conejo.

—¿Y qué ganamos haciéndolo?

—Para empezar, un coche. Con éste no avanzaríamos ni ocho kilómetros. Con el tuyo, tampoco.

—¿Y qué coche vamos a coger?

—Tú no te muevas.

La calle Elm circunnavegaba mi parcela. Cuando llegué a la entrada este de la calle Oak, que discurría paralela a la calle Willow, torcí a la izquierda. Mientras conducía, miré entre las casas para ver los tejados de mi calle. Cuando divisé el de la mía, me puse a recorrer con la vista los céspedes que había un poco más allá. Unos cien metros calle Oak arriba, hallé lo que buscaba: un letrero azul y blanco que decía EN VENTA. La casa que lo exhibía tenía una gran entrada curvilínea con dos coches aparcados. Metí el coche hacia la entrada, lo saqué rápidamente del cemento y lo aparqué tras una gruesa mata de boj as.

—Sígueme —dije, mientras salía del coche.

Rachel se incorporó y abrió la puerta. Tenía la cara pálida y le temblaban las manos. El tiroteo en mi casa la había dejado en estado de shock. Aunque yo también había perdido la calma. Ya había matado antes; había inyectado a mi propio hermano narcóticos y potasio, y luego había visto salir de sus ojos la última chispa de vida. Pero otra cosa era volarle a un hombre la tapa de los sesos. Y cuando Geli Bauer sepa que había matado a uno de los suyos, removería cielo y tierra para vengarse.

Caminé hacia Rachel y la acerqué a mí, abrazándola como sólo había abrazado a mi esposa y mi hija:

—Estaremos bien —dije, sin acabar de creérmelo. El olor que desprendía su pelo me era familiar. Mi esposa usaba el mismo champú—.

Pero tenemos que darnos prisa. ¿Entiendes?

Rachel asintió con la cabeza hundida en mi pecho. Le sacudí el pelo, sin acabar de creer lo que me había ocurrido. Hacía treinta minutos pensaba que la pesadilla había terminado: Ewan McCaskell volvería a llamar, y el presidente se haría con el control de Trinity. Ahora esa esperanza se había ido al infierno.

»Vamos a caminar un poco —añadí—, y después vamos a tomar prestado un coche. Nadie nos molestará. Con la caja de Fielding, parecerá

que venimos vendiendo algo. ¿Podrás disimular?

Rachel asintió.

Saqué la caja de Fielding del coche y eché a caminar por la calle Oak, con Rachel a mi lado.

—Hay un seto en esos patios traseros que va siguiendo los solares de mi calle. Lo verás en un minuto. Vamos a atajar para ir a mi calle; ya te diré cuándo.

Yendo por la acera, no tardamos en retroceder los casi cien metros que nos separaban de mi tejado. Caminé con Rachel hasta dos parterres más allá y a continuación le dije:

—Justo aquí. Métete por entre las casas.

Una valla de madera ocupaba el espacio entre las dos casas que yo había elegido, concediendo algo más de intimidad.

—Si la verja está cerrada, la saltaremos —dije.

—¿Y si hay alguien en el patio?

—Le plantaré cara.

La verja se abrió sin oponer resistencia. En el patio había columpios de plástico y un cortacésped, pero no personas. Puse la mano sobre la espalda menuda de Rachel y la ayudé a cruzar el patio. No había ninguna verja al otro lado de la valla, así que me agaché y entrelacé las manos para elevarla; después me subí yo y me dejé caer con ella al otro lado.

El espacio entre la valla y el seto hacía menos de un metro de ancho.

Me arrastré por un hueco que había a los pies de los arbustos y luego me puse en pie tras el lavadero donde antes había escondido la caja de Fielding. Rachel me siguió, me agarró de la mano y se incorporó. Yo no sabía cómo se ganaba la vida el dueño del lavadero; pero di por sentado que tendría algún negocio de ventas, porque rara vez estaba en casa.

El interior era oscuro, y apestaba a ratón muerto y gasóleo. Una hilera de herramientas colgaba de un tablero. Yo buscaba una barra como la que había en mi desván, pero no vi nada parecido. De rodillas, recorrí con la mirada el espacio que quedaba bajo las estanterías: el dueño guardaba allí el aparejo de pesca, pero nada lo bastante pesado para mi propósito.

—Estoy mareada —dijo Rachel.

—Es este olor. Vete de aquí.

Cuando Rachel se iba, vi un mazo de cinco kilos apoyado en la esquina.

Lo cogí y salí. Rachel estaba inclinada con las manos sobre las rodillas.

—¿Para qué es eso? —preguntó.

—No te separes de mí.

Fui trotando hacia la puerta trasera de la casa, levanté el mazo y lo dejé caer sobre la cerradura. La puerta cedió. Dejé el mazo a un lado y pasé al oscuro interior, con Rachel en la retaguardia. No oí ninguna alarma, pero bien podría ser silenciosa; de las que entran en contacto directo con un servicio de seguridad.

—Buscamos la cocina —le dije a Rachel.

—Por aquí. Huele a sopa y a ajo.

—Busca ganchos en la pared. Necesitamos las llaves de un coche.

—Sería más fácil si encendieras las luces.

Toqué un interruptor e inundé la cocina de luz. Aquello era un parque de atracciones, con artilugios vikingos profesionales de acero inoxidable por todos los rincones. Mientras Rachel registraba las paredes en busca de ganchos, yo abría cajones. Uno descolgaba trapos; otro lanzaba vales por los aires, lo cual resultaba extraño. Alguien que podía permitirse tener artilugios vikingos no necesitaba ir recortando vales.

—¡Una llave! —gritó Rachel, cogiendo algo de la encimera.

Cogí la llave y la examiné:

—Es la del cortacésped. Sigue buscando.

En el siguiente cajón había botes con puntas, tornillos, pegamento en barra y clips. Ninguna llave.

—¿Por qué has elegido esta casa? —preguntó.

—El propietario es soltero y siempre está fuera, pero sé que tiene dos coches.

—¡La tengo! —cogió una llave negra y cuadrada que había colgada bajo un armario—. Es de un Audi.

—¡Bingo!

Al igual que en mi casa, para ir al garaje había que pasar por el lavadero. Seguramente ambas eran obra del mismo constructor.

—¿Cómo sabías que la llave era de un Audi?

—Mi ex marido tenía uno.

Abrí la puerta que daba al garaje y vi un A8 plateado esperando allí como caído del cielo. También había un Honda Accord. Seguramente cogía el Honda para ir al aeropuerto y dejarlo en el aparcamiento, y el Audi lo reservaba para los viajes por carretera.

—Quien tenga un coche de ochenta mil dólares tiene también un sistema de seguridad en su casa —dijo Rachel por encima de mi hombro.

—Sin duda, la policía está de camino. ¿La llave?

Me la puso en la palma de la mano como una enfermera que pasa el bisturí a un cirujano, y al cabo de veinte segundos, mientras la puerta del garaje se cerraba a nuestro paso, salíamos a la calle Willow. Miré a ambos lados de la calle, procurando no torcerme demasiado hacia la derecha al mirar hacia mi casa. No había un alma, ni siquiera un jardinero.

—¿Qué sentido tiene robar este coche si la policía viene a comprobar por qué ha saltado la alarma de ese tipo? —preguntó Rachel.

—La policía no sabrá lo que falta. No saben si el coche estaba allí.

Tendrán que buscar al propietario, que seguramente estará en un viaje de negocios Dios sabe dónde.

Di dos volantazos y me metí en Kinsdale, para dirigirme luego al este rumbo a la Interestatal 40. El tráfico era bastante denso y me alegraba de ello.

—¿Adónde vamos ahora?

Alargué el brazo hacia el asiento de atrás y de la caja saqué la bolsa Ziploc con la carta de Fielding en el interior, para dejársela a Rachel en el regazo. Le señalé la línea que decía: «Lu Li y yo iremos al lugar azul el sábado por la noche.»

—¿El lugar azul?

Mientras aguantaba el volante con la rodilla, revolví en el salpicadero del Audi hasta encontrar un bolígrafo. A continuación saqué la carta de la bolsa Ziploc y escribí «Nags Head/Outer Banks» bajo el Conejo Blanco que Fielding había dibujado.

—¿Por qué no me lo puedes decir en voz alta?

Garabateé: «Podrían estar escuchando.»

Rachel cogió el bolígrafo y escribió: «¿COMO? ¡SI ACABAMOS DE

ROBAR ESTE COCHE!»

—Confía en mí —susurré—. Es posible.

Ella meneó la cabeza y luego escribió: «¿Hay algo en Nags Head?

¿Alguna prueba?»

Una imagen del reloj de bolsillo de Fielding acudió a mi mente. Volví a coger el bolígrafo y anoté: «Eso espero.»

Rachel escribió: «Teléfono móvil en mi bolsillo. ¿Llamas al Presidente?»

Cogí el bolígrafo y escribí: «Ahora no es tan sencillo.»

—¿Por qué no?

No había manera de anotar todo lo que necesitaba decirle. La acerqué a mí y le susurré al oído:

—En cuanto oyeron el mensaje de Ewan McCaskell, supieron que podían eliminarme y decirle al presidente lo que quisieran para justificar mi muerte. La tuya, también.

—¿Qué clase de mentira la justificaría?

—Una bien sencilla. De momento, el presidente sabe que mis alucinaciones han degenerado en una psicosis. Ravi Nara redactará un diagnóstico oficial. Dirá que me he vuelto peligrosamente paranoico, y que creo que Andrew Fielding fue asesinado cuando claramente murió por causas naturales. Los informes de tu propia consulta revelan que he estado sufriendo alucinaciones y que podría ser esquizofrénico; de hecho, los usarán para respaldar la postura de Nara. —Levanté los ojos de la carretera y los clavé en ella—: ¿Crees que eso sería tan complicado?

Rachel apartó la mirada.

—No es un panorama muy alentador, ¿verdad?

—No. Pero tienes que sacártelo de la cabeza por unos minutos. Vas conduciendo. Si te empeñas en conducir, debes calmarte.

—Ahora mismo eso no es lo que me preocupa.

—¿Entonces qué es?

Si respondía a esto con franqueza, me buscaría problemas; pero no quería callármelo ni un minuto más:

—Lo vi.

—¿El qué?

—Al tipo que te iba a matar.

—Pues claro que lo viste. Para dispararle tenías que haberlo visto.

Entré por la vía de acceso a la I-40 y me perdí entre los coches que circulaban hacia la RTP y Raleigh.

—No me refiero a eso. Lo vi caminando por la calle; por la calle Willow. Mucho antes de que nosotros entráramos en la casa. Iba caminando justo hasta la puerta.

—¿Qué quieres decir?

—Lo soñé, Rachel.

Se me quedó mirando fijamente. Nunca me había acompañado cuando había sufrido alguna de mis visiones.

—¿Cómo lo viste? ¿Como si fuera una de tus visiones religiosas? ¿O

una película? ¿Qué?

—Lo vi como quien ve lo que el asesino o el monstruo ve en las películas de serie B. Lo vi a través de sus ojos.

Rachel se recostó en el asiento:

—Dime exactamente lo que viste.

—Las casas de mi calle. Mis pies al caminar. Un perro que pasaba trotando a mi lado. Pensaba que estaba soñando conmigo mismo. Pero cuando llegué a mi casa y metí la mano en el bolsillo… en lugar de la llave, saqué una ganzúa.

—Continúa.

—Pasé al interior con ayuda de la ganzúa. Te oí en la cocina, y entonces saqué una pistola.

Rachel se quedó mirando a través del parabrisas, pero su mente estaba en otro lugar.

—Eso no tiene nada que ver —dijo al fin—. Soñar que se invade la casa o la habitación de alguien es algo casi universal en pacientes narcolépticos. Y aunque tú no fueras narcoléptico, ése sería un sueño prototípico, una distorsión de la realidad producto de la ansiedad.

—No. Demasiadas coincidencias. Vi una amenaza en mi sueño, y cuando me desperté, la amenaza estaba en el mundo real. Tal y como yo la había visto.

Rachel me apretó el hombro:

—Escúchame. Estás acostumbrado a los ruidos de tu propia casa. Ya te notabas inquieto. Oíste algo raro, algo que desató el miedo a un intruso. La puerta principal o una ventana que se abre. Una tabla que cruje. En respuesta a dicho estímulo, tu mente forjó el sueño de un intruso. Y eso te espantó tanto que te despertó. Ese sueño fue una reacción a estímulos externos, y no a la inversa.

En efecto, recordé una tabla que crujía. Pero para entonces ya estaba despierto.

—Vi su pistola en el sueño —dije obstinadamente—. Una automática.

Llevaba silenciador —tamborileé con los dedos sobre la pistola que tenía en el cinturón—. Igual que ésta.

—Casualidad.

—En mi vida había visto una pistola con silenciador.

—Claro que sí. Has visto cientos de ellas en las películas.

Pensé en ello…

—Tienes razón, pero hay algo más.

—¿Qué?

—No es el primer sueño que he tenido de este tipo. En el que yo era otra persona, alguien del presente. De hecho, tuve uno el día que Fielding murió.

—Descríbemelo.

En los carriles que llevaban hacia el oeste nos cruzamos con una patrulla de la policía de Durham. Me dio un vuelco el corazón, pero la patrulla no redujo ni nos hizo señas con las luces.

—Ayer, mientras grababa la cinta, justo antes de que tú llegaras, soñé que era Fielding antes de y durante su muerte. Era tan real que hasta tenía la sensación de estar muerto. No veía… no respiraba. Cuando te fui a abrir la puerta, estaba desorientado.

—Pero Fielding ya había muerto aquella misma mañana.

—¿Y?

Rachel gesticuló como para enfatizar lo evidente:

—¿Es que no lo ves? Soñar con Fielding no predecía nada. Bien podía haber sido una reacción a tanto dolor. ¿Has tenido más sueños como ése?

Volví a centrarme en la carretera. Habíamos llegado al Research Triangle Park. La I-40 pasaba justo por delante. A menos de kilómetro y medio, Geli Bauer dirigía la partida para darme caza.

—David, ¿has tenido algún otro sueño parecido?

—Ahora no es momento para hablar de ello.

—¿Habrá un mejor momento? ¿Por qué faltaste a las tres últimas sesiones conmigo?

Meneé la cabeza:

—Tú ya piensas que estoy loco.

—Ése no es el término médico que yo emplearía.

—Pero es muy descriptivo.

Rachel suspiró y a través de la ventanilla contempló el impecable césped verde que había en su lado de la carretera.

—Eso es Trinity —dije—. Estamos llegando.

El laboratorio estaba tan alejado de la carretera que apenas era visible.

—El letrero dice Argus Optical —dijo.

—Es una tapadera.

—Ah. Mira… ¿Qué necesidad hay de ocultarme una visión? ¿Qué parte de ti crees que estás protegiendo?

—Ya hablaremos de eso. —Veía que ella no tenía intención de cambiar de tema—: Necesito medicarme, Rachel. Mientras huyamos, no me puedo pasar inconsciente cinco veces al día.

—¿Qué tomabas? ¿Modafinil? —El modafinil era un fármaco habitual en el tratamiento de la narcolepsia.

—A veces. Normalmente tomo metanfetamina.

—¡David! Ya hablamos de los efectos secundarios de las anfetaminas.

Podrían acentuar tus alucinaciones.

—Son lo único que me mantiene despierto. Ravi Nara solía conseguirme Dexedrine.

Rachel suspiró:

—Yo te recetaré Adderall.

—La receta no es el problema; yo mismo podría extenderla. El problema es que saben que lo necesito. Tendrán vigiladas todas las farmacias.

—No pueden cubrir cada farmacia del Triangle.

—Son la ASN, Rachel, y saben que necesito medicamentos. Son quienes, en 1983, grabaron la conversación en cabina de los pilotos rusos que derribaron un avión coreano sobre la isla de Sajalín. Ese incidente, fruto del azar, ocurrió hace veinte años. Ahora nos buscan debajo de las piedras. ¿Has leído 1984?

—Hace veinte años.

—Cuando digo ASN, pienso en el Gran Hermano. En Estados Unidos, la ASN es lo más parecido.

—Aun así, necesitas medicarte.

—Seguro que tú conoces a alguien.

—Podría conseguirte algo en el dispensario del hospital.

—Nos estarán esperando.

—Ya, mierda.

Casi nunca la oía jurar. Tal vez fuera cosa de los vaqueros. A lo mejor perdía el recato al despojarse de las faldas y las blusas de seda.

—Conozco a un doctor en North Durham que nos dará unas muestras

—dijo.

Durham ya había quedado atrás, y nos dirigíamos rumbo a Raleigh.

Conocer a Geli Bauer hacía que me resistiera a permanecer en la zona más tiempo del necesario. Además, por paradójico que resulte, algo en mi interior no quería que cesaran los sueños. El último nos había salvado la vida y, aunque nunca se lo confesaría a Rachel, en cierto modo tenía la sensación de que, por espantosos que fueran mis sueños, aportaban datos sobre nuestra situación: información que de ningún otro modo podría obtener.

—Ahora no vamos a retroceder —dije.

—¿Y si pierdes el conocimiento al volante?

—En la casa ya viste cómo reacciono. No es algo instantáneo.

—Entonces no ibas conduciendo.

—Suelo recibir un aviso un par de minutos antes. Me pararé al primer síntoma.

Era evidente que Rachel no estaba conforme. Como para descargar parte de la ira, puso un pie sobre el salpicadero y, después de desatarse el

zapato, lo retiró. Luego hizo lo mismo con el otro. Este ritual compulsivo parecía calmarla.

Tracé la curva que la 440 describía alrededor de Raleigh y fui a parar a la U.S. 64, que nos llevaría directos al Océano Atlántico. La carretera era típicamente sureña: dos extensas franjas de cemento que discurrían por entre pinares y bosques de madera noble. Pasarían dos horas más hasta que la tierra empezara a ceder terreno a los Outer Banks. Si Fielding no hubiera muerto, hoy tendría que estar circulando por esta carretera; una carretera que ya antes había transitado hacia un destino que mi esposa y yo habíamos visitado hacía doce años. Pensamientos de ese tipo me habían demostrado la innecesaria ambigüedad de palabras como espacio-tiempo. Cuando una persona cualquiera oía una palabra como ésa, se figuraba que nunca llegaría a captar su significado. Pero era muy sencillo: todos los lugares que hemos visto están vinculados a un momento determinado. El bungalow de Nags Head en el que Fielding y su esposa habían pasado la luna de miel parecía el mismo que mi esposa y yo habíamos frecuentado; pero, en realidad, no lo era. En la coordenada espacio-tiempo era totalmente diferente. La facultad que uno visita veinte años después de licenciarse, el campo de fútbol en el que jugaba, las pistas en las que corría… nada de aquello es lo mismo. Si lo fuera, chocaríamos con las generaciones que han pasado por esos lugares antes y después de nosotros. La persona a la que acabamos de besar no es la misma que era hace un minuto, porque en ese minuto han muerto un millón de células subcutáneas que luego han sido reemplazadas por otras nuevas. Las porciones más pequeñas de espacio-tiempo separan el pensamiento de la acción, la vida de la muerte.

—No quisiera empeorar las cosas —dijo Rachel—, pero como ya no puedes llamar al presidente, ¿qué es lo que puedes hacer, exactamente?

¿Adónde podemos ir?

—Espero encontrar algo en el bungalow que me dé una pista. De momento, sólo trato de mantenernos con vida.

—¿Y por qué acudir a la prensa? ¿Por qué no vamos a Atlanta en coche y lo explicamos todo en la CNN?

—Porque la ASN podría decir que miento. ¿Y entonces qué podría demostrar?

Rachel se cruzó de brazos:

—Dime. ¿Un premio Nobel como Ravi Nara juraría en falso para encubrir todo esto?

—Ni se lo pensaría. La seguridad nacional es razón de más para mentir.

Y, en cuanto al edificio Trinity, a estas alturas ya podría estar totalmente vacío.

—Lu Li Fielding te respaldaría.

—Lu Li Fielding ha desaparecido.

El rostro de Rachel palideció.

—Por lo pronto, no pienses lo peor. Tenía un plan de huida, pero no tengo ni idea de si lo ha llevado a cabo o no.

—Tienes que saber algo más de todo lo que me estás contando, David.

—¿Sobre Lu Li?

—¡Sobre Trinity!

Estaba en lo cierto.

—Está bien. Hace un par de semanas, Fielding descubrió que la suspensión del proyecto era una simple artimaña para distraer la atención de ambos. Él creía que el verdadero trabajo de Trinity seguía en algún otro lugar, y que tal vez así había sido desde hacía mucho tiempo.

—¿Y en qué otro lugar se podría estar realizando?

—La apuesta de Fielding eran los laboratorios I+D de Godin Supercomputing, en California. Godin se ha desplazado bastantes veces hasta allí en su jet privado. Nara lo ha acompañado en diversas ocasiones.

—Eso no demuestra nada. Porque, que se sepa, van a Pebble Beach a jugar al golf.

—Esos tipos no juegan al golf; trabajan. Le venderían el alma al diablo por conseguir su propósito. Cuando pienses en Peter Godin, piensa en Fausto. —¿Y cuál es ese propósito?

—Cada uno tiene el suyo. A John Skow lo iban a echar de la ASN

cuando Godin pidió que dirigiera el Proyecto Trinity. Eso lo ayudó a relanzar su carrera.

—¿Por qué necesitaba Peter Godin a un hombre como él?

—Creo que Godin tiene algo con Skow. Es como si lo hubiera puesto en un compromiso hace mucho tiempo y tuviera la certeza de que Skow no desvelaría nada de lo que se le dijera. Uno no se hace rico trabajando en la

ASN; sin embargo, el hecho de procurar un ordenador Trinity a la agencia sentaría a Skow en la silla del director. Y, después, tendría un valor incalculable para las empresas privadas. Skow haría lo que fuera para hacer de Trinity una realidad.

—¿Y Ravi Nara?

—Nara pedía un millón de dólares por embarcarse en el proyecto. Lo que el gobierno no estaba dispuesto a pagar, Godin lo hizo efectivo.

Además, si Nara hacía su aportación a Trinity, tendría el control de otro Nobel; aunque, claro está, tendría que compartirlo con Godin y Jutta Klein.

Fielding se merecía el premio más que nadie, pero el comité no concede ningún Nobel póstumo. A esto habría que añadir la concesión de ilimitados fondos en materia de investigación para el resto de su vida, la aparición del nombre de Nara en los libros de historia…

—¿Y esa tal Jutta Klein?

—El caso de Klein es claro. Es una mujer mayor, alemana, que ya en 1994 compartió un Nobel con otros dos alemanes. Siemens la ha cedido a Trinity. Así es como funcionan algunas empresas. Godin buscaba a los mejores del mundo, así que los tomó prestados de las divisiones I+D de las mejores empresas informáticas: Sun, Micro, Silicon Graphics. A cambio, esas empresas obtendrán la licencia sobre determinados componentes de tecnología Trinity cuando deje de ser secreta. Si es que deja de ser secreta.

—Si tan claro es el caso de Jutta Klein —dijo Rachel—, tal vez sea la persona más indicada para ayudarnos.

—No podría aunque quisiera. Le tendrán la boca bien cerrada.

Rachel dio un frustrado suspiro:

—¿Y Godin? ¿Qué quiere Godin?

—Godin quiere ser Dios.

—¿Qué?

Me pasé al carril de la izquierda para adelantar a una caravana.

—A Godin le trae sin cuidado que Trinity le reporte algún beneficio. Es multimillonario. Tiene setenta y dos años, y ha sido una estrella desde los cuarenta. Así que olvida que quiera ser el padre de la inteligencia artificial o algo por el estilo. El quiere ser el primer ser humano, y tal vez el único, al que vacíen la mente en un ordenador Trinity.

Rachel se apartó un pelo negro de los ojos.

—¿Y cómo es? ¿Un ególatra?

—No es tan simple. Godin es un hombre brillante que cree saber qué hay de malo en el mundo. Es como esas personas que uno conoce en la facultad, que creen que Atlas Shrugged es la respuesta a los problemas del mundo; sólo que él es un genio y ha hecho grandes contribuciones a la ciencia. Por lo de ahora, Estados Unidos es un lugar mejor porque Peter Godin existe. Sus superordenadores jugaron la baza decisiva en la Guerra Fría.

—Cualquiera diría que lo admiras.

—Es fácil admirarlo. Pero a la vez me asusta. Se está matando prácticamente por construir el ordenador más potente del mundo, y no le importa entender cómo funciona cuando finalmente lo haga. Godin está desarrollando el Trinity para uso propio. Y no sé si hay algo más peligroso que un hombre poderoso obsesionado con crear un mundo a su propia imagen y semejanza.

Cuando alargué la mano para activar el control de crucero del Audi, empezó a nublárseme la vista. Me invadió una oleada de cansancio, y las últimas palabras de Rachel se perdieron en mi mente. La vista se me despejó, pero ya notaba el familiar zumbido agudo en la cabeza. Pisé el freno y viré bruscamente hacia el arcén.

—¿Qué pasa? —preguntó Rachel.

—Conduce tú. Puede que me duerma.

Rachel se puso derecha:

—Vale.

Salí del coche y caminé hasta su lado del coche. Rachel se pasó al del conductor para ponerse al volante. Antes de volver a entrar, miré a ambos lados de la carretera: el tráfico era moderado pero fluido, y ningún conductor mostraba el menor interés en mi persona.

Rachel me observó atentamente:

—¿Estás bien, David?

—No del todo.

Se me acercó y me abrochó el cinturón de seguridad.

—¿Es un episodio?

El zumbido me había bajado hasta las muelas:

—Sí.

—Cierra los ojos. Yo conduzco.

—Sigue conduciendo en dirección este. Nuestro destino está a unas —

levanté tres dedos— horas. —En la guantera había un mapa de las Carolinas. Localicé la 64 y señalé Plymouth, cerca de la desembocadura del río Roanoke en la ensenada de Albermale—: Si para cuando lleguemos estoy dormido, despiértame tú.

Rachel engranó el Audi y arrancó en el arcén. Cuando alcanzó los cincuenta por hora, pasó a la carretera y pisó el acelerador.

—¿Va a peor? —preguntó.

En mi interior, le contestaba «estoy bien»; pero una parte de mi cerebro era consciente de que no había movido los labios. Estaba a punto de caer inconsciente. Sentía un hormigueo en las palmas de las manos, y calor en la cara. Rachel me puso una mano en la frente.

—Estás ardiendo. ¿Siempre es así?

Traté de responder, pero tenía la misma sensación que cuando era un niño y en la piscina de Oak Ridge intentaba hablar con mis amigos bajo el agua. Gritábamos cuanto podíamos, pero no lográbamos hacernos entender.

La mano de Rachel parecía derretírseme en la frente y, en cierto modo, eso me gustaba. Quería bajar la visera con espejo y ver si su mano se estaba derritiendo realmente; pero no me podía mover. Una mujer me llamaba en la distancia. Cuando le iba a responder, el azul profundo de una ola me arrastró y me hundí, rodando y dando vueltas en la oscuridad.

* * *

Estoy fuera, sentado en un círculo de hombres que duermen apoyados contra la pared. Un montón de brasas resplandece en el centro del círculo.

El cielo está estrellado. Un hombre que viste toga y se llama Pedro está a mi lado. Parece contrariado.

—¿Por qué quieres hacerlo?—susurró—. Si vas, sufrirás toda suerte de vejaciones. Aunque el pueblo escuche, sacerdotes y patriarcas te rechazarán. ¿Y qué me dices de los romanos? Te matarán.

Él no nombra el lugar, pero sé que habla de Jerusalén.

—Márchate —le digo—. Tú valoras lo que el perro: el cuerpo, la comida, la vida.

Él me agarra del brazo y lo sacude:

—¡No me apartes así de ti! Lo he visto en un sueño. Si te vas, serás ejecutado.

—Quien quiera salvar su vida la perderá —contesto.

Pedro menea la cabeza, con los ojos rebosantes de confusión.

De repente, la escena cambia. Estoy en lo alto de una montaña, divisando una llanura. Hay tres hombres sentados a mi vera.

—Cuando entráis en los pueblos —pregunto—, ¿quién decís que soy?

—Decimos que eres el elegido.

Meneo la cabeza:

—No digáis tal cosa de mí. Hablad con el corazón de lo que habéis visto. Nada más.

—Sí, Maestro —contesta un hombre llamado Juan, de ojos grandes y marrones como los de una mujer. Éste mira a Pedro y luego se dirige a mí con cautela—: Me han dicho que vas a Jerusalén.

—Sí.

Juan sacude la cabeza:

—Si lo haces, los sacerdotes no sabrán qué hacer contigo. Te temerán, y te condenarán a muerte.

—Me han ofrecido este cáliz. Debo beber de él.

Los hombres guardaron silencio. Mientras contemplo la llanura, el miedo me revuelve el estómago: conocer el milagro de esta vida, de este cuerpo, y luego renunciar a él…

* * *

Me desperté sobresaltado, aferrándome al salpicadero y con los ojos clavados en el remolque del camión que teníamos delante. Rachel me agarró la rodilla:

—¡Tranquilo, David! Estoy aquí.

Me temblaban las manos, y el miedo del sueño todavía era palpable.

—¿Cuánto tiempo llevas conduciendo?

—Una hora y veinte minutos. Acabamos de pasar Plymouth.

—¡Te dije que me despertaras!

—Estabas durmiendo tan profundamente que me daba rabia hacerlo.

—¿Has visto algo sospechoso?

—Hace una hora nos cruzamos con una patrulla de la policía estatal y con un par de agentes de Plymouth, pero ninguno de ellos nos miró dos veces. Creo que estamos bien.

Rachel parecía de todo menos bien. Y, en cuanto alcanzáramos nuestro principal objetivo de huida, perdería la compostura. Yo no era menos. Mi reacción después de haber matado al sicario de Geli Bauer se había visto suavizada por una avalancha de sustancias neuroquímicas segregadas para mi supervivencia. Seguían acudiendo a mi mente imágenes del sueño con destellos de luz y color; en cambio, el miedo se iba disipando, y a su paso sentía una extraña suerte de alivio. Tras meses de vaguedad y misterio, los sueños acabaron localizados en un lugar concreto: Jerusalén. Lógicamente, todo aquello carecía de sentido. Yo nunca había estado en Israel, y de ese país en cuestión conocía poco más que el sangriento conflicto que llevaba años viendo en las noticias de la noche. Pero ¿hasta dónde me había guiado la lógica, por el momento?

—David —dijo Rachel—. A lo mejor podemos pararnos a descansar un momento en…

Le tapé la boca con la mano:

—No. Lo siento, pero ya te lo advertí.

Rachel asintió, y me apartó la mano:

—Si la ASN tiene tanto poder —susurró—, ¿qué hacías grabando una cinta en el salón de tu casa? ¿No te oían?

Extendí la mano hacia el asiento trasero, cogí la caja de Fielding con juguetes electrónicos de fabricación casera, y me la puse en el regazo. De su interior saqué una varita metálica de unos veinticinco centímetros de largo.

—Fielding me enseñó dónde tenían instalados los micrófonos. En diminutos agujeros hechos en el pladur.

—¿Y qué hacía él con dispositivos como ése? ¿No crees que es un poco sospechoso?

—Ya sé lo que parece. Tenías que conocerlo.

Aunque acababa de decirlo, me preguntaba si realmente había conocido al excéntrico inglés. Revolví en la caja, buscando indicios de una agenda secreta. La mayoría de los artilugios de fabricación casera eran como los proyectos de un adolescente que se pasa los fines de semana en RadioShack. Uno de ellos se parecía al viejo juguete View-Master de mi juventud, una carcasa de plástico con lentes tubulares y un botón a la derecha. Me acerqué las improvisadas gafas a los ojos, enfoqué a Rachel y apreté el botón. Una nube ambarina se instaló en mi campo de visión; pero no pasó nada más.

—¿Qué es eso? —indagó Rachel.

—No estoy seguro. —Giré las gafas hacia el parabrisas y enfoqué la carretera.

Se me heló el corazón. Un fino rayo verde de luz rebotaba contra el parabrisas del Audi con un ángulo casi perpendicular al suelo. Era un láser.

Había visto muchos como éste en los laboratorios de física del MIT; y fuera de allí, sólo en las escenas de películas en las que aparecían pistolas de rayos láser. ¡Alguien nos estaba apuntando con un láser desde el cielo!

Quería gritar y avisar a Rachel, pero se me atragantaron las palabras.

Deslicé el pie por el suelo del coche y pisé el freno, haciendo derrapar al Audi.

Rachel gritó y trató de controlar el coche que daba vueltas sin control.

Giré las gafas y busqué el láser. Estaba a casi cuarenta metros, persiguiendo al coche como la mano de Dios. El Audi fue dando bandazos hasta detenerse en un arcén cubierto de hierba.

—¿Por qué demonios has hecho eso? —chilló Rachel . Nuestro refugio más próximo era una hilera de árboles a unos cuarenta y cinco metros del arcén. Alguien armado con una automática nos podía abatir fácilmente antes de alcanzar la hilera de árboles. Enfoqué las gafas a los ojos de Rachel.

—¡Alguien va a dispararnos! Métete bajo el salpicadero. Todo lo agachada que puedas.

Mientras ella intentaba agazaparse bajo la columna de dirección, volví a localizar el rayo láser. Esperaba que se desplazara hacia mí, sin embargo permaneció inmóvil en el parabrisas.

El rayo no traspasaba el cristal, sino que moría en la superficie del parabrisas. Dibujando en mi mente la prolongación del láser, me percaté de que éste sólo alcanzaría el salpicadero, y a ninguno de nosotros dos.

—Si quisieran dispararnos —pensaba en voz alta—, lo habrían hecho antes de que me pusiera estas gafas.

—¿Qué?

—No es el visor de una pistola.

—¿De qué estás hablando?El láser podría ser una bomba teledirigida, pero ni el menor atisbo de pánico haría que la ASN arrojara una bomba inteligente sobre el arcén de ninguna carretera estadounidense. Entonces lo comprendí: el láser era un dispositivo de vigilancia. Al enfocar el rayo hacia el parabrisas y medir las vibraciones del cristal, desde un avión o un helicóptero era posible escuchar todas y cada una de las palabras que decíamos en el interior.

—¡Levántate! ¡Levántate y conduce!

Rachel volvió como pudo a su asiento, puso el coche en marcha y entró en la carretera. El rayo verde permanecía sujeto a nuestro parabrisas como un arma teledirigida vía satélite. Cogí el mapa del suelo, lo doblé hasta reducirlo a un pequeño rectángulo y di tres golpecitos en un punto determinado para indicar nuestra posición.

Rachel asintió.

Luego seguimos la 64 en dirección este durante un par de minutos, hasta llegar a una pequeña carretera rural que se desviaba hacia la izquierda. Llegados a ese punto escribí: «Coge este desvío.»

Cuando Rachel volvió a asentir con la cabeza, me incliné para decirle al oído:

—Coge el desvío pase lo que pase. ¿Entendido?

—Vale. ¿Lo que viste sigue estando allí?

Miré a través de las gafas y a continuación le apreté el brazo:

—Está allí. Acelera.

Rachel pisó a fondo el acelerador.

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