Las huellas de dios
Capítulo 40
40
Capítulo
ARENAS BLANCAS
ME aferré al asiento cuando el helicóptero inició el descenso hacia una multitud de vehículos y personas apostados a la entrada de Arenas Blancas.
En el interior del recinto había dos Humvees blindados con ametralladoras del calibre 50 montadas en la parte de atrás y los soldados preparados para abrir fuego. Rachel señaló al bullicio de gente. Parecía estar formado, sobre todo, por periodistas; aunque también había un grupo de manifestantes con pancartas y crucifijos. Me recordaban a la muchedumbre de la Vía Dolorosa.
Miré al norte a través de la puerta abierta de Huey. Ochenta kilómetros desierto adentro, mi padre había presenciado la detonación de la primera bomba atómica, que irónicamente llevaba el nombre de Trinity. La observó desde un búnker equipado con cámaras de alta velocidad que grababan cada milisegundo del nacimiento del nuevo sol. Muchos de los que presenciaron la prueba intentaron explicarlo, pero nadie capturó el momento como Robert Oppenheimer. Yo había inmortalizado sus palabras en la pared de mi clase de ética médica, en la Universidad de Virginia:
«Cuando esa primera bomba atómica explosionó al amanecer de Nuevo México, pensamos en Alfred Nobel y su vana esperanza de que la dinamita pusiera fin a las guerras. Pensamos en la leyenda de Prometeo, en ese profundo sentimiento de culpa que anida en los nuevos poderes del hombre
y que refleja su reconocimiento del mal y el buen conocimiento que de él tiene. Supimos que empezaba una nueva era, más aún, supimos que esa novedad en sí era algo antediluviano en la historia de la humanidad, que de ella arrancaba toda nuestra existencia.»
Cuando el Huey descendía hacia la multitud que había en tierra, vi que Oppenheimer había entendido algo que a Peter Godin se le escapaba.
Godin había entrado en el ordenador Trinity para dejar atrás lo que jamás ningún hombre había abandonado del todo: su humanidad. En esa búsqueda, sólo podía fracasar.
Al aterrizar tras algunos furgones de televisión, la muchedumbre se abalanzó en tropel hacia el helicóptero. Nos bajamos de un salto y procuramos abrirnos paso para llegar hasta la entrada del recinto, pero alguien me reconoció y gritó mi nombre, y eso desató la estampida. En cuestión de segundos, un torrente de cámaras, focos y periodistas se arremolinaba a nuestro alrededor. Permanecí quieto y en silencio hasta que se calmaron.
—Soy David Tennant. Yo envié el mensaje que sacaba a la luz la existencia de Trinity.
—¿Qué está haciendo aquí? —gritó un periodista—. ¿Las personas que están en el interior de este recinto no son las que querían su cabeza?
—Creo que ahora todo eso ha pasado. De lo contrario, ustedes me verán entrar en esta base. Y si no salgo de aquí con vida, no dejen de hacer preguntas hasta descubrir la verdad.
—¿Cuál es la verdad? —preguntó una mujer—. ¿Un ordenador ha tomado al mundo entero como rehén?
—Eso es precisamente para lo que he venido; para negociar.
—¿Cómo? —gritaron varias voces a un tiempo.
Un hombre con acento francés preguntó a viva voz:
—¿Este ordenador Trinity saboteó la presa del río Mohne en Alemania?
—Esto es todo lo que tengo que decir. Harán un gran favor al mundo si se quedan aquí. Pase lo que pase, no se vayan. Gracias.
Intenté salir del círculo, pero los periodistas se negaban a abrirme paso.
Las preguntas que hicieron a gritos se convirtieron en ruido, y nos presionaron hasta que el retumbar de unas aspas ahogó sus voces. Volaba casi a ras de nuestras cabezas un Huey de un verde oliva apagado con
minipistolas apostadas en las puertas laterales. Cuando perdió la altura suficiente, los periodistas se desperdigaron como pájaros.
Un joven con traje de oficina saltó del Huey y echó a correr hacia mí, protegiéndose la cara de la ráfaga que levantaban las aspas. Vi que llevaba una ametralladora bajo la ondeante chaqueta.
—¿Es usted el doctor Tennant?
—Sí.
—Soy el agente especial Lewis, del Servicio Secreto. Ewan McCaskell quiere que se reúna con él en la Sala de Situación de la base.
Fuimos corriendo hacia el Huey con el rebaño de periodistas a la zaga.
Mientras Rachel y yo nos poníamos los cinturones, el agente Lewis entró como pudo en el helicóptero e hizo al piloto una señal de aprobación.
—El morro se inclinó hacia delante, el Huey levantó el vuelo sobre la elevada verja del recinto y puso rumbo al oeste. A medida que las interminables dunas blancas iban pasando bajo nuestros pies, me sorprendía que la más novedosa forma de vida del planeta hubiera nacido en un desierto sin agua, más alejado del Edén de lo que nadie hubiera podido imaginar.
* * *
El piloto sorteó varios hangares de aviones colosales. Nuestro destino era un hangar que llevara pintada la palabra ADMINISTRACIÓN, vigilado por una tropa de soldados armados.
En el interior de aquel espacio cavernoso hallamos un puesto de mando prefabricado cuyo diseño parecía haber sido obra de la NASA. En el centro había sentados a una mesa John Skow, Ravi Nara, Ewan McCaskell y un general de dos estrellas al que no reconocí. Una pantalla gigante mostraba un grupo de hombres y mujeres sentados a otra mesa. A cuatro de ellos los reconocí como senadores; entre ellos estaba Barrett Jackson, el veterano senador de Tennessee.
En el extremo opuesto de la mesa se veía una mesa de hospital, donde Peter Godin yacía inconsciente. A mi lado había dos enfermeras, un hombre con una bata blanca que parecía un médico auxiliar, y una guardaespaldas rubia vestida de negro. Me disponía a dar media vuelta
cuando vi que la guardaespaldas llevaba una venda blanca alrededor del cuello. Un jadeo a mis espaldas me indicó que Rachel había reconocido a Geli Bauer al mismo tiempo que yo. Geli me miró a mí, y luego por encima de mi hombro dirigió una violenta mirada a Rachel. Sus labios esbozaron una sonrisa predadora. No había olvidado lo ocurrido en Union Station.
Ewan McCaskell nos hizo señas para que tomáramos asiento en el lado derecho de la mesa y, mientras nos sentábamos, hacía las presentaciones.
Me sorprendió oír que el general rubio se llamaba Bauer, pero entonces recordé el historial familiar de Geli. Las personas que aparecían en pantalla se presentaban como el Comité Selecto de Inteligencia, y estaba claro que tendrían que tomar cualquier decisión referente al destino de Trinity, y por consiguiente del mundo.
—Doctor Tennant— dijo el senador Jackson desde la pantalla—. Nos alegramos de verlo. En el e-mail que envió desde Israel lanzó graves acusaciones sobre el señor Skow y la Agencia de Seguridad Nacional. Le aseguro que en otra ocasión hablaremos de esas acusaciones. Pero, de momento, tenemos que centrarnos en la amenaza de Trinity.
—Precisamente a eso he venido, senador.
—Hemos oído lo que ha dicho a los periodistas a la entrada —dijo McCaskell—. ¿Conoce alguna manera de apagar este ordenador sin precipitar una terrible venganza sobre el país?
—No.
McCaskell no se molestó en ocultar su decepción:
—Pues ¿me puede decir qué tiene en mente, doctor?
—He venido a hablar con el ordenador.
El jefe del estado mayor echó una mirada al general Bauer, después a Skow. En el semblante de Skow se leía: «Se lo dije.»
—¿Y qué le quiere decir a Trinity, doctor? —preguntó el senador Jackson.
—Me gustaría hacerle unas preguntas.
—¿Como cuáles?
—De momento, preferiría guardármelas para mí.
La respuesta no agradó a nadie. Skow me miraba con fingida preocupación:
—David, espero que no esté obrando con la asunción de que el ordenador Trinity sigue siendo la mente de Peter Godin. Porque…
—Efectivamente, así es. Seguramente a estas alturas el neuromodelo de Godin estará bastante evolucionado, pero en las próximas horas creo que seguirá siendo, en esencia, el hombre que todos nosotros conocíamos.
—¿Y después qué? —preguntó McCaskell.
—Quién sabe. Godin está seguro de que su modelo evolucionará hacia una especie de filósofo rey, una entidad metahumana con la sabiduría y el distanciamiento emocional de un dios. Yo creo que en eso se equivoca.
Andrew Fielding estaba de acuerdo conmigo. Si no puedo convencer al modelo de Godin de que se autoapague en las próximas horas, de que se suicide, jamás nos libraremos del dominio de esta máquina.
La sala enmudeció.
—¿Podría explicarnos su razonamiento, doctor? —inquirió McCaskell.
—Desde la era industrial, los hombres han temido que la máquina reemplazara al hombre. La ironía es que no lo han hecho las máquinas, como género; sino una máquina. Una máquina diseñada y construida a nuestra imagen y semejanza. Señor McCaskell, hemos creado el Superhombre de Nietzsche.
Ewan McCaskell echó un vistazo a la sala, y a continuación se aclaró la voz:
—Doctor Tennant, ¿ha pensado en alguna razón para que el ordenador se autoapague que no se le haya ocurrido a nadie de los aquí presentes?
—No lo sé. ¿Qué han pensado ustedes?
—Alguien sugirió utilizar un rehén negociador —dijo el senador Jackson—. Pero no sabemos si hay alguien cualificado para hablar con esta… cosa.
—Yo lo estoy.
—¿Por qué está tan seguro, doctor? ¿Qué le piensa decir?
Noté que Rachel se encogía a mi lado. Seguramente la aterraba que dijera que Dios me había enviado para detener a Peter Godin.
Cuando me disponía a hablar, el general Bauer dijo:
—El doctor Tennant tiene razón en una cosa. A cada hora que esperamos, la máquina va ganando fuerza. Si vamos a actuar, debemos
hacerlo de inmediato.
—¿Tiene usted algo en mente, general? —quiso saber el senador Jackson—. Por el momento, todo lo que nos ha proporcionado usted es una pesadilla, el peor de los panoramas sobre la amenaza de Trinity. ¿Qué podemos hacer al respecto?
El general Bauer se puso en pie y caminó hacia la pantalla:
—Señores, el poder de Trinity reside únicamente en su capacidad de controlar los sistemas informáticos de todo el mundo. Si pudiéramos neutralizar esos sistemas informáticos, o para simplificar las cosas, los sistemas informáticos de Estados Unidos, acabaríamos con la amenaza.
—¿Está diciendo usted que deberíamos desconectar todos los ordenadores del país? —preguntó Jackson.
—Es una idea tentadora, senador, aunque imposible. Trinity desbarataría nuestro plan mucho antes de que se llevara a la práctica. Y el ordenador puede vengarse literalmente a la velocidad de la luz.
—¿Entonces qué sugiere?
Al mirar detenidamente la pantalla en la que salían los senadores, acudió a mi mente algo que Fielding había dicho sobre las capacidades cuánticas de Trinity.
—Perdone, general —interrumpí—. Nuestras comunicaciones se transmiten por líneas de larga distancia o conexiones vía satélite, ¿no?
Trinity estará escuchando todo lo que decimos.
John Skow se levantó y me lanzó una mirada condescendiente:
—Usamos códigos de 128 bits en todas las comunicaciones y líneas seguras de fibra óptica. El superordenador más rápido del mundo tarda noventa y seis horas en descifrar los códigos de 128 bits. Y eso para cada mensaje. Asumiendo que las capacidades previstas de Trinity se cumplen, contamos con unas considerables medidas de seguridad en las comunicaciones.
—No se puede asumir nada sobre Trinity —dije—, Andrew Fielding estaba convencido de que el cerebro humano posee capacidades cuánticas.
Si eso es cierto, y Trinity las ha heredado, podría descifrar al instante sus códigos de 128 bits.
Ravi Nara alzó la mano:
—Las posibilidades son nulas, general Bauer. Fielding era un genio, pero sus ideas sobre informática cuántica en el cerebro eran descabelladas.
Ciencia ficción.
—Me alegra oírlo —dijo el general Bauer.
—Se arriesga al no hacer caso a Andrew Fielding —le advertí.
—Me gusta dejar estos temas a los expertos, doctor Tennant —dijo el senador Jackson—. ¿Cuáles son sus planes, general?
—Senador, le propongo lanzar lo antes posible un ataque sobre nuestro propio país con una bomba EMP de impulso electromagnético.
Una docena de voces hablaron a un tiempo. El general Bauer hizo una seña de asentimiento a un técnico, que proyectó una imagen animada de un bombardero B-25 en las pantallas de la sala. Un misil de grandes dimensiones caía desde el vientre de un enorme avión, permanecía en suspensión durante unos segundos, luego se incendiaba y descendía en picado. Se producía una colosal explosión nuclear en las alturas y, a continuación, la bomba empezaba a emitir ondas animadas sobre todo Estados Unidos.
—Para quienes no sepan de qué estoy hablando —dijo el general Bauer
—, un ataque con EMPs no tiene misterio. Un enorme proyectil nuclear detonado a la altura suficiente desencadena un impulso electromagnético, una ráfaga masiva de radiación electromagnética, capaz de destruir o apagar cualquier circuito eléctrico moderno de Estados Unidos. Los ordenadores son especialmente vulnerables a este impulso de energía.
Debido a la elevada altitud a la que se produce la explosión, la bomba en sí se cobraría una mínima cantidad de vidas, pero entonces la capacidad de Trinity para vengarse quedaría anulada casi de inmediato.
Se produjo un silencio absoluto en la Sala de Situación.
—¿Por qué cree usted que simplifica tanto las cosas, general? —
preguntó McCaskell—. Este plan también debe de tener sus inconvenientes.
El general Bauer respiró hondo, y después empezó a hablar como George Patton. El trasfondo de esta discusión era «No puedes hacer una tortilla sin romper unos cuantos huevos.»
—Al destruir nuestras propias redes informáticas —resumió Bauer—, provocaríamos algunas de las consecuencias con las que Trinity nos ha
amenazado. Confusión generalizada, injurias, muertes. El tráfico rodado se paralizaría, y todas las retransmisiones se verían interrumpidas al instante.
Sin embargo, por ser viernes por la noche, las repercusiones económicas serían mínimas. Las consecuencias de los accidentes industriales podrían ser graves, sobre todo en lo que se refiere a centrales eléctricas, plantas químicas y tráfico aéreo y ferroviario. Aunque…
—Piense en Bhopal, India —dije—, Y eso no sería nada comparado con lo que aquí podría ocurrir.
El general Bauer me fulminó con la mirada:
—Comparado con lo que Trinity puede hacer si decide atacarnos con todo su potencial, las consecuencias de una ofensiva con misiles EMP son insignificantes. —Levantó la vista hacia los senadores—: En resumen, les estoy hablando de inconvenientes razonables. De pérdidas razonables.
—Soy un veterano de la guerra —dijo el senador Jackson—. Y me pongo muy nervioso cada vez que oigo esa frase. ¿Qué me dice de los hospitales, de las personas que viven enchufadas a una máquina, y cosas por el estilo?
—Se perderán vidas —repitió el general Bauer—. Pero insisto, en comparación con lo que se nos presenta, insignificante. Y superaríamos esta crisis.
—¿Cuánto se tardaría en preparar un ataque así? —preguntó McCaskell.
El general Bauer miró a los rostros de todos los presentes, y después a la pantalla:
—Unos treinta minutos.
«¡Treinta minutos!»
Sabía que algo así era posible, pero no pensaba que el ejército pudiera improvisarlo con tanta rapidez.
—Hace dos horas —dijo el general Bauer—, cuando Trinity todavía estaba en período de adaptación, hablé con el comandante de la Base Aérea Militar Barksdale, en Shreveport (Louisiana). Es un viejo amigo mío. Tiene seis escuadrones de B-52 a sus órdenes, y cada uno de esos bombarderos puede arrojar balas de plata.
—¿Balas de plata? —repitió el senador Jackson.
—Bombas nucleares. Hay más de quinientas en el arsenal de Barksdale.
Algunas son bombas gravitatorias, otras pueden ser arrojadas por proyectiles aéreos. La tripulación ha dejado de hacer vuelos de instrucción con bombas; pero el comandante puede hacer que las suban a bordo sin ningún problema. Lo convencí de que hoy era un buen día para un vuelo de instrucción en directo. Un B-52 acaba de despegar de Barksdale, y lleva una bala de plata muy especial.
—¿De qué clase de arma me está hablando? —preguntó McCaskell.
—Un proyectil pesado de corto alcance llamado Vulcan. Fue concebido para realizar un ataque masivo con EMPs sin necesidad de lanzar un ICBM, que los satélites de vigilancia soviéticos detectan con facilidad. El Vulcan arroja su carga explosiva a unos trescientos kilómetros en línea recta, luego ésta detona y se produce un apagón general en todo el país. Lo único que Trinity verá en las pantallas del radar del NORAD será un bombardero en vuelo de instrucción sobre la región central de Estados Unidos. En cambio, lo que Vulcan lanzará… —El general Bauer alzó un puño y después lo abrió, estirando los dedos como rayos de sol.
—¿Qué es exactamente lo que lleva dentro este Vulcan? —quiso saber el senador Jackson.
—Una cabeza termonuclear de quince megatones.
Varios senadores dieron un grito ahogado de asombro.
—¡Dios bendito! —murmuró un hombre de pelo plateado que estaba sentado al fondo de la mesa—. Eso es mil veces la carga de Hiroshima.
—Mil quinientas veces —precisó el general Bauer—. Eso es lo que se necesita para completar esta misión de una sola vez. Nuestro B-52 llegará al punto de lanzamiento dentro de media hora. Su código es Arcángel.
Puede usted ordenar que lancen el Vulcan, o hacer que el bombardero vuele en círculo indefinidamente. Sé que he actuado sin autorización, pero nos hallamos en circunstancias extraordinarias. Quería darle la última palabra.
El silencio que siguió a esta revelación fue absoluto.
—¿Intentaríamos antes reducir al mínimo el daño que pudiera ocasionar esta arma? —preguntó el senador—. ¿Advertiríamos a la población?
—No. Si lo hiciéramos, alertaríamos a Trinity sobre nuestros planes.
—¿Dónde exactamente se haría detonar este misil? ¿Sobre qué estallo?
—Habrá que hacerlo explotar muy cerca del centro geográfico del país.
—Le he preguntado en qué estado —repitió Jackson.
El general vaciló, y luego bramó su respuesta:
—Kansas, señor.
—¿Kansas?—gritó uno de los senadores—. ¡Ese hijo de puta quiere pulverizar mi estado natal!
—¿Qué clase de daño debemos esperar que se produzca? —inquirió el senador Jackson—. ¿Lluvia radioactiva y cosas por el estilo? ¿Y daños a largo plazo?
—Sorprendentemente pocos, señor. Se producirá una lluvia radioactiva que los vientos predominantes arrastrarán hacia el oeste, y a esa altitud, buena parte de esa lluvia llegará al Atlántico antes de que provoque demasiados daños. También podrían generarse precipitaciones contaminantes, y podríamos hablar de consecuencias a largo plazo para las cosechas de cereal.
—Defina a largo plazo —dijo el senador de Kansas.
—Mil años —contesté.
—Eso es una burda exageración —replicó el general Bauer—.
Senadores, deben poner en una balanza todos estos efectos y lo que ocurriría si Trinity decidiera cumplir su amenaza. Y tenemos que asumir que lo acabará haciendo. A no ser que…
—¿Qué? —preguntó Jackson.
—Que nos rindamos. —El tono de Bauer dejó claro que consideraba esa opción.
Los senadores empezaron a hablar entre ellos. Ewan McCaskell parecía seguir su propio consejo. Una vez más, el recuerdo de Fielding acudió a mi mente. Si estuviera aquí, no se quedaría callado.
—Si intentan llevar a cabo esta misión —dije en voz alta—, causarán la destrucción que están tratando de impedir. El país será destruido.
Los senadores me miraron desde la pantalla.
—¿Por qué dice eso, doctor? —preguntó el senador Jackson.
El general Bauer no puede ocultar su misión a Trinity. Los ordenadores de la ASN, la NORAD, y seguramente también los de la Base Aérea Militar de Barksdale fueron construidos por Peter Godin o Seymour Gray.
Trinity tiene acceso a todos ellos. Incluso aunque Trinity no detecte que la misión se está llevando a cabo, ¿creen que no tiene previstos nuestros posibles métodos de ataque? ¿Que no conoce su propio talón de Aquiles?
—Éste es un talón que no puede proteger —dijo el general Bauer.
—Claro que puede. Puede lanzar un ataque preventivo.
Ewan McCaskell movía la cabeza de un lado a otro, como sopesando posibilidades:
—La moderada respuesta a la provocación de los hackers alemanes me brinda la esperanza de que podríamos sobrevivir a su represalia. Y si el plan del general Bauer se culminara, vale la pena arriesgarse a sufrir una represalia limitada.
—¿Y qué me dice de una guerra termonuclear a gran escala? —
pregunté—. ¿Vale la pena lanzar un ataque al ordenador y sufrir ese nivel de represalia?
—¿De qué me está hablando? —preguntó el senador Jackson—. El general Bauer nos aseguró que la guerra nuclear no es factible.
—¿Qué sabe de algo llamado la «mano muerta», senador?
Los profundos ojos de Jackson se entrecerraron:
—Precisamente ahora lo estábamos discutiendo. La opinión general es que se trata de un mito.
—¿Qué sabe usted sobre ello, doctor? —inquirió el general Bauer.
—Sé lo que Andrew Fielding me dijo. Él creía que ese sistema existió durante la Guerra Fría y que podría seguir existiendo ahora. Peter Godin también. Fielding y Godin discutieron sobre el potencial de Trinity para desarmar dicho sistema antes de un intercambio nuclear. Y Godin ha participado en la planificación nuclear norteamericana desde la década de 1980.
Todo el mundo posó la mirada sobre la cama de hospital. Godin aún estaba inconsciente.
—¿Está dormido? —preguntó McCaskell.
—Tuvimos que administrarle morfina —explicó el doctor Case.
Neuralgia.
—¿Puede despertarlo?
—Lo intentaré.
El general Bauer se dirigió a los senadores:
—Peter Godin creó superordenadores que realizaban simulaciones de pruebas nucleares. Ésa fue su gran contribución a la estrategia del país. El sistema soviético de la mano muerta nunca existió. Al menos, ésa es la opinión general de figuras consagradas de la defensa norteamericana.
Horst Bauer era un buen vendedor. En la sala se palpaba la tentación de asentir a su plan. Lo podía leer en los rostros de los senadores que había en pantalla. El hecho de que el plan implicara el uso de un arma nuclear lo hacía aún más tentador. Todo norteamericano conserva en la memoria a Hiroshima como la terrible pero a la vez definitiva solución a la guerra más mortífera de la historia. Y la naturaleza incógnita del poder de Trinity parecía pedir a gritos alguna fuerza de igual misterio y poder para ser derrotado. Los senadores no entendían que las armas nucleares no eran ningún misterio para Trinity. En el mundo de la guerra digital, las bombas atómicas eran tan primitivas como las hachas de piedra. Sólo había un arma en la tierra que igualaba a Trinity en cuanto a poder.
El cerebro humano.
Me agaché, acerqué la cara a la pantalla y hablé con toda la compostura posible:
—Senadores, antes de que intenten algo que pudiera desencadenar un holocausto nuclear, les ruego me permitan hablar con el ordenador. ¿Tienen algo que perder?
El general Bauer se disponía a hablar, pero luego se lo pensó mejor. Los senadores se consultaban en voz baja. Entonces habló Barrett Jackson:
—General, ¿por qué no dejamos que el ordenador hable con el doctor Tennant para ver cómo reacciona? No ha querido hablar con nadie más.
Skow empezaba a protestar, pero el senador Jackson lo interrumpió alzando una mano:
—Explique al ordenador quién es el doctor Tennant —añadió Jackson
—. Y también dónde está. Luego pregúntele si quiere hablar con él.
—Tendré que ir a la Contención para hacerlo —dije.
Jackson meneó la cabeza:
—No nos lo podemos permitir, doctor. ¿Y si usted empieza a delirar?
Podría tocar un interruptor sin querer o algo por el estilo. No, si habla con Trinity, hágalo desde aquí.
Siguiendo las órdenes del general Bauer, un técnico tecleó lo que Jackson le había dicho y lo envió a Trinity.
Unas letras azules destellaron de inmediato en la pantalla.
«Hablaré con Tennant.»
—Si no lo veo no lo creo —dijo el senador Jackson.
—Miren —avisó Ravi Nara.
Aparecieron más letras en pantalla.
«Envíen a Tennant a la Contención.»
—¿Qué diablos es esto? —dijo el general Bauer—. ¿Por qué iba a pedir algo así?
McCaskell me miró:
—¿Puede explicárnoslo, doctor? ¿Por qué iba el ordenador a hacer la misma petición que usted?
—No tengo ni idea.
—Escriba esto —dijo McCaskell—. ¿Por qué quiere que el doctor Tennant vaya a la Contención?
La respuesta fue instantánea.
«¿Tiene padre la lluvia? ¿Conocéis las leyes de los Cielos? ¿Cazáis acaso vos la presa a la leona? ¿Saciaréis el apetito de sus cachorros? Y a Leviatán, ¿lo pescaréis a anzuelo? No hay audaz que lo despierte. Así que,
¿quién podrá presentarse ante mí?»
—Está citando las Sagradas Escrituras, ¿no? —preguntó McCaskell, obviamente desconcertado.
—El Libro de Job —contestó Skow, apareciéndoseme como un escolar vestido para la catequesis de los domingos.
—¿Por qué responde así el ordenador? —quiso saber el senador Jackson—. ¿Acaso Godin era un fanático religioso?
—El hombre sigue vivo —recordó Jackson.
—Godin no cree en Dios —dijo Skow—. Una vez me dijo que la religión era el resultado de un proceso adaptativo desarrollado para ayudar al Homo sapiens a superar su perplejidad ante la muerte.
Discretas risas resonaron en la sala. Todo el mundo se volvió hacia la cama de hospital. Godin tenía los ojos abiertos, y el placer en ellos era evidente.
—Es una broma —bramó—. Trinity les está recordando cuál es su maldito lugar.
McCaskell se levantó para acercarse a la cama.
—¿Por qué el ordenador iba a querer al doctor Tennant en la Contención?
—Ordenador, ordenador —farfulló Godin. Trinity no es un ordenador.
Un ordenador es una máquina de sumar con pretensiones. Una caja lógica.
Trinity está vivo. Es la humanidad liberada de la maldición del cuerpo.
Trinity es el final de la muerte. La voz del anciano tenía la convicción de un profeta. —Señor Godin —dijo McCaskell—, ¿qué sabe sobre la existencia de la llamada «mano muerta» rusa?
El anciano sacudió la cabeza hacia delante al querer dominar un espasmo en su garganta:
—La «mano muerta» es de todos ustedes —dijo casi sin aliento—. De todos ustedes y de los impotentes comunistas que existen en nuestro anticuado sistema.
Por fin el rostro de McCaskell dejaba entrever sus sentimientos:
—¿Por qué ha hecho esto? ¿Es tan egoísta que no concibe el mundo sin usted?
Godin respiraba con dificultad. El doctor Case se disponía a ayudarlo, pero Godin le hizo señas para que se fuera.
—Mire a su alrededor —dijo Godin—. ¿Por qué existe toda esta maquinaria de alta tecnología? Yo he creado los superordenadores más elegantes del mundo, máquinas capaces de enormes contribuciones a la humanidad. ¿Y qué hizo el gobierno con ellas? Descifrar códigos y construir bombas nucleares. Durante veinte años usaron mis hermosas máquinas para perfeccionar sus mortíferos instrumentos. ¿Pero qué otra cosa se podía esperar? La historia de la humanidad es un osario de absurdez y mortandad.
Godin se puso a toser como si fuera a expulsar los pulmones:
—Tuvimos una oportunidad, señores. Diez mil años de civilización humana nos han llevado a un callejón sin salida. El siglo veinte fue el más
sangriento de la historia. En nuestras manos, el siglo veintiuno podría ser aún peor. En 1859 Darwin anunció que algún día llegaríamos a dominar el planeta. Pero hoy por fin se confirman sus previsiones.
—¡Miren a la pantalla! —gritó Ravi Nara.
El resplandor de las letras no presagiaba nada bueno, y el silencio de los presentes lo hacía aún más amenazador.
«Envíenme al doctor Tennant o se atendrán a las consecuencias.»
—Supongo que no nos queda más remedio —dijo el senador Jackson
—. Que el doctor se presente en la Contención.
El general Bauer señaló a dos soldados, que vinieron a escoltarme.
Eché una mirada a Bauer y le hice ver mi desconfianza.
—¿Tiene intención de seguir adelante con su plan de ataque con EMPs, general?
Llevaba puesta la máscara de un veterano jugador de póquer, pero no me engañó ni por un instante. Yo sabía que disponía de menos de media hora para cumplir mi objetivo.
McCaskell se me acercó:
—Doctor Tennant, confiamos en que no revele el posible ataque al ordenador.
—Puede estar tranquilo.
Me ofreció la mano:
—Buena suerte.
Cuando dirigí mis pasos hacia la puerta, las alarmas empezaron a sonar en el hangar.
—¡Código azul! —gritó una enfermera— ¡El señor Godin ha entrado en código azul!
Hacía años que no me enfrentaba a un código azul, pero mi reacción fue inmediata. Hasta Rachel se levantó de un salto y a la cabecera de Godin.
El doctor Case y las enfermeras ya estaban reanimando al anciano. El monitor de ritmo cardíaco mostraba otro problema coronario, pero Ravi Nara parecía pensar que se trataba de una hidrocefalia. Cuando el corazón de Godin dejó de latir, el doctor Case se subió a la cama y empezó a
reanimarlo. Pero de nada sirvió. El rostro del anciano tenía la grisácea palidez de la muerte.
—¡Miren eso! —alguien gritó desde la mesa.
Me giré de inmediato para mirar hacia donde señalaba.
En la pantalla reservada a los mensajes de Trinity, caóticas ráfagas de caracteres nos bombardearon casi demasiado rápido para que los pudiéramos identificar. Números, letras y símbolos matemáticos confluían en un mar de confusión cegador. Los circuitos del ordenador estaban claramente dañados.
—¿Qué pasa? —preguntó McCaskell—. ¿Qué significa eso?
Los símbolos en pantalla se iban haciendo multicolores a medida que iban apareciendo caracteres japoneses y cirílicos.
—¡General! —gritó un soldado desde una de las consolas—. Las señales procedentes de la Contención acaban de cesar. ¡Creo que el ordenador tiene problemas!
Un grito triunfal salió de algún rincón del hangar. Pero entonces una nueva alarma sonó en la sala, mucho más alto que las demás.
—¿Qué es eso? —inquirió el senador Jackson—. ¿Qué pasa ahora?
¿Godin ha muerto?
El general Bauer se acercó a uno de sus ordenadores, y luego se volvió hacia los senadores con expresión ausente:
—Señor, uno de los satélites de vigilancia ha detectado catorce proyectiles nucleares sobrevolando territorio ruso. Podría deberse al lanzamiento de los misiles balísticos. —Se volvió hacia la pantalla del ordenador—: Por la velocidad y la carga de los proyectiles, los ordenadores de la NORAD los han identificado como una combinación de misiles balísticos intercontinentales SS-18 y SS-20, con pesadas cabezas termonucleares.
El senador Jackson abrió la boca, aunque sin decir palabra. Los ojos marrones parpadeaban en aquella cara de bulldog:
—Pero usted dijo que eso era imposible.
El general Bauer no se inmutó:
—Pues resulta que me equivoqué.
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