Las huellas de dios

Greg Iles · Capítulo 33 de 47

Páginas del PDF

Las huellas de dios

Capítulo 32

32

Capítulo

ARENAS BLANCAS

RAVI NARA aparcó su ATV fuera del hangar donde se hallaba el hospital y se encaminó hacia la puerta. En el bolsillo llevaba una jeringa de cloruro de potasio que paralizaría el debilitado corazón de Godin como una bala.

Se detuvo en la puerta del hangar, incapaz de abrirla. Había tardado horas en armarse de valor para esta visita, y si Skow no lo hubiera amenazado, no habría llegado tan lejos. «Están viendo esto en algún monitor —se dijo a sí mismo—. Rápido.»

Entró en el hangar, se puso una bata limpia de laboratorio, luego se metió en el descontaminador y pisó el botón que había en el suelo. Rayos UV de alta intensidad lo bombardearon desde todos los rincones. De pie en medio del resplandor púrpura, echó un vistazo al otro lado de la trampilla de la Burbuja. Las enfermeras de Godin permanecían sentadas como perros guardianes a ambos lados de la cama. «O él o yo —se dijo—. Recuerda lo que te dijo Skow…»

El hombre de la ASN no había dado precisamente un grito de alegría al saber que el ordenador podría alcanzar el estado Trinity en cuestión de doce horas. Había preguntado cuánto le quedaba de vida a Godin. Cuando Ravi contestó que más de doce horas, Skow le dijo que no podía permitirlo.

—¿Por qué no? —había inquirido Ravi, temeroso de saber ya la respuesta.

—Porque es demasiado tarde —le espetó Skow—. El presidente me llamó desde China, muy contrariado respecto a la situación de Tennant, y también muy desconfiado. Tuve que decirle algo que tuviera sentido.

—Una verdad a medias, querrá decir.

—Exacto. Le conté que Peter llevaba mucho tiempo enfermo, y que temía que fuera el responsable de la muerte de Fielding. También le dije que Peter había desaparecido y que podría haber un centro de investigación secreto en algún lugar. En estos momentos, el FBI está destrozando el complejo de Godin Supercomputing en Mountain View.

Ravi cerró los ojos y rezó por que aquello fuera una pesadilla. En la sala de juntas de Carolina del Norte, la decisión de acabar con la vida de Fielding casi había parecido una ley oficial del gobierno. Trinity existía para consolidar la posición estratégica de Estados Unidos en el mundo, y Fielding había saboteado su desarrollo. Pero al tirar de la manta, era evidente que la «baja» de Fielding había sido un burdo asesinato.

—¿Ravi?

—Al habla. —Sabía lo que Skow le iba a pedir. Y no quería ni pensarlo.

—Ya sabe lo que hay que hacer.

Ravi se resistió por última vez:

—Dijo que si culminábamos el proyecto, nadie se preguntaría quién había muerto para conseguirlo.

—Eso fue antes de los problemas con Tennant. Ha habido un tiroteo en Washington, por el amor de Dios. He retratado a Tennant como un peligroso psicótico, pero eso es lo de menos; tengo pruebas médicas que lo confirman.

—Eso es su problema, no el mío.

Skow habló con calma, pero a Ravi la sangre se le heló con sus palabras:

—No es la única persona que sabe que participó en la muerte de Fielding. Tengo grabaciones suyas; grabaciones muy incriminatorias.

Estamos todos en el mismo barco, Ravi. Usted, Geli, el general Bauer y yo.

Si todos damos la misma versión, seremos intocables. Pero Peter tiene que morir.

Ravi cerró los ojos angustiado.

—Nuestras vidas están en sus manos, Ravi. Unos segundos de valor lo dejarán limpio.

«¿Limpio? —pensó—. Jamás volveré a estar limpio.»

¿Era éticamente malo asesinar a Godin? Al hombre tan sólo le quedaban dos horas de vida, y sin Ravi ya hace días que estaría muerto.

Godin había ordenado el asesinato de Andrew Fielding sin el menor reparo.

Además estaba la realidad, casi absurda, de que matar el cuerpo biológico de Godin no acabaría con su vida. Mientras su neuromodelo existiera, sería posible resucitar su mente y su personalidad en el ordenador Trinity.

La ética no era el problema, sino la oportunidad. Cuando un hombre estaba tan enfermo como Godin, había media docena de maneras de empujarlo al precipicio. Pero las enfermeras nunca lo dejaban solo. Hoy mismo, Ravi las había puesto dos veces a prueba; en ambos casos, habían cogido el móvil que llevaban en el bolsillo y despertaban a las enfermeras de relevo para que las ayudaran.

Tras barajar varias opciones, Ravi había acabado preparando una jeringa con cloruro de potasio. Para desviar la atención, haría sonar la alarma en uno de los monitores y luego inyectaría el potasio en la línea intravenosa de Godin. Después vendría el código azul, un código azul al que Godin nunca sobreviviría.

Las luces UV del descontaminador emitieron un zumbido y se apagaron. Ravi vio el blanco borroso de las enfermeras a través de la puerta de plexiglás que daba a la Burbuja.

«¿Dónde demonios está Geli Bauer? —pensó—. Es un trabajo a su medida.»

Ravi abrió la trampilla de la Burbuja y se detuvo, con la garganta seca.

Al lado de una de las enfermeras de Godin estaba Geli Bauer. Iba totalmente vestida de negro, y le parecía aún más peligrosa que cuando la había visto por última vez en Carolina del Norte.

—Hola, Ravi —dijo—. ¿Sorprendido de verme?

Ravi se quedó mudo. Geli llevaba un chaleco antibalas sobre el mono negro, y un cinturón de malla cargado con pistola, Taser y cuchillo.

Godin elevó la mitad superior de su cama accionando un interruptor, los ojos clavados en Ravi. Sólo entonces Ravi vio que le habían sacado el respirador.

—¿Tienes algo que decir, Ravi? —preguntó el anciano.

—Me sorprende ver a Geli vivita y coleando —farfulló—. Había oído que tenía una herida en el cuello.

Geli sonrió y después se bajó el cuello de cisne, dejando al descubierto un vendaje compresivo blanco:

—Otra cicatriz para mi colección. Me atendió un buen equipo de cirujanos.

A Ravi el corazón le latía con fuerza contra el esternón. ¿Qué diablos hacía Geli en Arenas Blancas? ¿Y por qué protegía a Godin? Según Skow, ella había aceptado la necesidad de matar a Godin y estaba en el mismo barco que Skow.

Al anciano parecía divertirle el nerviosismo de Ravi:

—Bueno, aquí estoy, he resucitado de entre los muertos —bramó—.

Me han dicho que esta vez falló el corazón.

—Taquicardia ventricular —confirmó Ravi.

—Tengo entendido que fueron mis enfermeras quienes me devolvieron la vida.

Ravi sólo podía pensar en la jeringa que llevaba en el bolsillo. Estaba seguro de que Geli iba a acercársele, sacarle la jeringa y clavársela en la yugular.

—Lo hicieron todo a la perfección —dijo Ravi.

Godin asintió:

—¿Habrías hecho tú lo mismo, Ravi? ¿Si estuvieras a solas conmigo?

A Ravi le dio un vuelco el estómago:

—No te entiendo, Peter. Claro que lo habría hecho.

Godin hizo que no oía su respuesta:

—Respecto a Geli… Quería tenerla a mi lado. Me siento más seguro cuando está por aquí.

Los penetrantes ojos azules de Geli se clavaron en Ravi con una mirada implacable:

—¿A qué ha venido, doctor Nara?

—Esperaba desconectarlo del respirador. Pero veo que ya lo han hecho sus enfermeras.

Godin echó una mirada a Geli. Parecían compartir una broma privada.

Ravi buscaba algo para justificar su mentira:

—Levin me dijo que el prototipo pronto alcanzaría el estado Trinity.

Sabía que querrías estar despierto cuando eso ocurriera.

—Y todo gracias a Andrew Fielding —dijo Godin—. Ironías de la vida.

Ravi miraba a Geli nervioso:

—Es un milagro, Peter. Vas a vivir para ver tu sueño hecho realidad.

Los párpados de Godin descendieron hasta que sus ojos quedaron reducidos a una rendija:

—¿En serio? ¿Has oído hablar de Skow últimamente?

La presión sanguínea de Ravi cayó en picado:

—Hoy he hablado con él. Estaba muy ilusionado. No tardaría en coger un avión.

Godin gruñó:

—¿Quiere estar presente en la creación?

—Supongo. Quiero decir, claro que sí.

El silencio que se produjo resultó casi insoportable. Ravi no podía mirar a Geli a los ojos. Buscaba una excusa para irse cuando Godin le dijo:

—¿Cuánto me queda? ¿En el peor de los casos?

Ravi estaba demasiado espantado para mentir:

—Podrías volver a entrar en código azul en media hora. La comida mal masticada podría desencadenar una hidrocefalia fatal.

Godin asintió con seriedad:

—¿Cuánto es lo máximo que me queda?

—Tal vez… veinticuatro horas.

Ravi se armó de todo su coraje y se acercó a la cama:

—Me gustaría hacerte un reconocimiento rápido, si no te importa.

Geli le impidió el paso. No hizo nada abiertamente amenazador, pero su sola pose parecía peligrosa. Ravi apenas podía creer que hubiera pasado horas teniendo fantasías sexuales con ella. La idea de que pudiera satisfacer a una mujer de semejante fuerza y poder parecía absurda.

—Regístralo —dijo Godin.

Ravi sabía que estaba perdido. Quería salir corriendo, pero sería como hallarse frente a un perro de ataque: de echar a correr, Geli se abalanzaría sobre él y lo degollaría.

Geli se arrodilló ante él y lo cacheó. Le rozó la entrepierna con la uña, provocándolo, pero al pasarle la mano sobre el fémur derecho, los ojos se le iluminaron como los de un niño travieso. Le metió la mano en el bolsillo y sacó la jeringa cargada, que mantuvo erguida en el aire para que Godin la viera.

—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Godin.

—Epinefrina —dijo Ravi—. Por si sufría otro código azul. Quería estar preparado.

Geli meneó la cabeza:

—Acabo de repasar una cinta de seguridad de cuando entraste en el dispensario a primera hora de la tarde. Se te ve llenando esta jeringa de un bote con la etiqueta KCI. Cloruro de potasio.

A Ravi empezaron a temblarle las manos.

Godin hablaba en un tono neutro:

—Mientras nosotros hablamos, el doctor Thomas Case, del hospital Johns Hopkins, viene de camino. Usted lo pondrá al corriente cuando llegue. El doctor Case llevará a cabo cualquier tratamiento práctico necesario después de entonces.

Ravi se quedó petrificado.

Los ojos de Godin lo buscaron, sin dejar que se escondiera:

—¿No podías esperar un día más a que el cáncer acabara con mi vida?

¿Qué podía decir? ¿Le valdría de algo culpar a Skow?

—No respondas —dijo Godin—. Por muy glorioso que haya sido tu pasado, quieres más. No ves tus logros con orgullo, sino con miedo de que nunca se vuelvan a repetir. Eres un pigmeo de alma, Ravi. Andrew Fielding valía diez veces más que tú.

—Y que tú —dijo Ravi, sorprendiéndose por ello—. ¿Por eso lo matasteis?

Los ojos azules se cerraron, pero Godin contestó con claridad:

—Aunque Fielding era un gran físico, nadie puede cambiar el pasado.

Tendrá una nueva oportunidad de vivir. Ahora está medio vivo en la

Contención, y un día su modelo alcanzará el estado Trinity. Ese día entenderá lo que he hecho. Pero ahora… es hora de que te vayas.

Ravi nunca había visto a Geli Bauer sonreír con más placer que entonces. Con los siete centímetros y medio que le sacaba, lo rodeó con el brazo como una amante. Luego lo miró a los ojos con escalofriante intimidad.

—Sólo necesito que me respondas a una pregunta —le dijo—. ¿Esto lo urdió tu cerebrito recalentado, o alguien te ayudó a hacerlo?

«Eso ya lo sabes», pensó Ravi. Intentó desasírsele del brazo, pero Geli lo apretó aún más fuerte. Entonces le pasó una uña por el hombro hasta llegar al cuello:

—Vamos, Ravi… ¿nunca has soñado con pasar un tiempo a solas conmigo?

Temía que su vejiga no pudiera retener la orina.

JERUSALÉN

Para Rachel la noche no había transcurrido sin esperanza. Sin embargo, cuando el sol salía sobre el Mar Muerto e iluminaba el valle de Kildron, se hundió en la desesperación.

David se moría.

El neurólogo que había venido a examinarlo ayer por la noche era un hombre bajito y alegre llamado Weinstein. El doctor Weinstein tenía el pelo negro y unos vivarachos ojos azules que no perdían detalle. Se había formado en el Hospital General de Massachusetts (Boston), y hablaba un inglés perfecto.

Nada más interpretar el EEG, ordenó que se hiciera una resonancia del cerebro de David. En ese momento Rachel decidió que le contaría parte de la verdad. Preguntó a Weinstein si había oído hablar de Ravi Nara. El neurólogo conocía el trabajo de Nara y le impresionaba que su nuevo paciente hubiera investigado con el premio Nobel. Rachel explicó que, en su investigación, Nara trabajaba con una unidad avanzada de IRM que provocaba efectos secundarios en algunas personas. Por esta razón pidió a

Weinstein que aplazara cualquier escáner con la unidad de IRM hasta que no quedara más remedio.

—Lo entiendo —dijo Weinstein—, y estoy intrigado. Pero en mi opinión, a este hombre le queda muy poco tiempo de vida. Estoy convencido de que sabe que las resonancias magnéticas de difusión tensorial muestran el tronco encefálico con mucha más claridad que un TAC; sólo porque hay mucha masa ósea en esa zona para que el TAC lo represente sin problemas.

—Lo sé —contestó Rachel—. ¿Pero en verdad crees que este coma lo ha provocado un tumor en el tronco encefálico?

El neurólogo se encogió de hombros:

—Sinceramente, es lo único que no hemos descartado. ¿Cree usted que los escáneres del doctor Nara han podido generar algún tumor?

—Sí.

Weinstein se cruzó de brazos y suspiró:

¿Sabe lo que pienso?

¿Qué?

—Que su amigo no va a tardar en morir si no averiguamos lo que le pasa.

Sesenta minutos más tarde, Weinstein interpretaba los resultados de las resonancias magnéticas de difusión tensorial. No mostraban ningún tumor.

Cuando relataba sus hallazgos a Rachel, las ondas zeta y beta desaparecieron de la pantalla del EEG. Rachel cogió el papel continuo, que ahora sólo recogía la onda alfa uniforme del coma alfa.

Se echó a llorar.

El doctor Weinstein la rodeó con el brazo:

—No es posible que una IRM lo haya dejado en este estado. —Parecía como si intentara convencerse a sí mismo de ello más que a la propia Rachel—: Quizá debería llamar al doctor Nara. Estamos en territorio desconocido.

Rachel cerró los ojos. ¿Cómo iba a explicarle que no podía llamar a Nara sin exponerse al asesinato?

—Lo intentaré —dijo—. Puede que me lleve algún tiempo localizarlo.

Weinstein la acompañó a un despacho contiguo y le mostró cómo hacer llamadas de larga distancia desde el hospital. Luego él le dio su número y se fue a casa con su familia.

Rachel se quedó mirando el teléfono, procurando mentalizarse de que debía llamar a la Casa Blanca. Era la única manera de llegar hasta Ravi Nara. Pero algo se lo impedía. Era el convencimiento de que, por muy enfermo que estuviera David, no estaba completamente loco. Le había dicho que Ravi Nara era peligroso, y parte de ella lo creía. Puede que David nunca llegara a saber que alguien había tenido esta fe en él, pero

¿acaso no consistía en ello la fe? ¿En creer sin esperar una respuesta, sin pedir nada a cambio, sin tener pruebas? Rachel se levantó, se enjugó las lágrimas y dejó el teléfono intacto.

Eso fue hace diez horas.

Desde entonces se pasó el tiempo con los ojos clavados en la pantalla del EEG, como el peregrino que contempla una estatua de mármol con la esperanza de que llore. Sin embargo, las ondas alfa permanecían constantes. Como médico residente, había pasado multitud de noches observando cómo los pacientes se deslizaban lenta e irreversiblemente hacia la muerte. Como psiquiatra, había visto que pacientes suicidas quedaban a las puertas de la muerte al ingerir sustancias tóxicas cuyos efectos secundarios no era posible contrarrestar. Pero sólo una experiencia previa la había arrastrado hasta este espantoso reino de soledad.

La muerte de su hijo.

Apenas había sobrevivido a aquello y, ahora, cuando por fin había encontrado un hombre que algún día le podría dar otro hijo, estaba sentada en su cama de hospital, esperando con impotencia lo inevitable.

A las tres de la madrugada, otra ráfaga de ondas zeta y beta había cruzado la pantalla del EEG. Duró varios minutos, y luego se desvanecieron. Cada media hora, Rachel daba una palmada al oído de David, pero la onda alfa permanecía constante.

Según la máquina, David estaba clínicamente muerto.

Una hora después del amanecer, se agachó y lo besó en la frente, para después irse al despacho contiguo y levantar el auricular del teléfono. Tuvo que discutir con varias operadoras, pero en cuestión de minutos establecía contacto con la centralita de la Casa Blanca en Washington, D.C.

—Les llamo en relación al Proyecto Trinity —dijo.

—Perdone, ¿puede repetirlo?—solicitó la telefonista.

—Proyecto Trinity.

—Un momento, por favor.

Rachel cerró los ojos. Las manos le temblaban y una voz insistía en que esperara. Antes de hacerlo, una cortante voz masculina se puso al teléfono:

—¿Quién llama, por favor?

—Rachel Weiss.

Se oyó una inhalación brusca:

—¿Perdón?

—Soy la doctora Rachel Weiss. Estoy con el doctor David Tennant, y necesito ayuda urgentemente. Creo que se está muriendo.

—Mantenga la calma. Voy a…

—¡Por favor! —gritó, perdiendo ya el control— ¡Necesito hablar con alguien que esté al corriente de esto!

—Doctora Weiss, haga lo que haga, no cuelgue. Ha optado por lo correcto. Que no le quepa ninguna duda.

OceanofPDF.com