Las huellas de dios
Capítulo 30
30
Capítulo
-¿DAVID? DESPIERTA. Hemos llegado.
Alguien me sacudía el hombro. Parpadeé y me incorporé. Rachel estaba inclinada sobre mí desde el asiento de atrás.
—¿Dónde estamos?
—La Vía Dolorosa. Es un cuadro surrealista en movimiento. ¿Todavía quieres verlo?
Salí del coche y me quedé mirando sobrecogido la multitud de turistas, cuatro de los cuales llevaban una enorme cruz de madera a la espalda. Dos de los aspirantes a Jesús llevaban togas blancas; los demás, ropa de calle.
Las cruces tenían ruedas que aligeraban el peso, lo cual hacía que para mí el acto de arrastrarla careciera de sentido.
—¿Reconoces algo que hayas visto en tus sueños? —preguntó Rachel.
—No. Vámonos.
Ibrahim nos llevó por una calle adoquinada, sorteando a los turistas con experta facilidad. Esperaba encontrar reverencia en aquel lugar, pero la atmósfera era de lo más circense. Un guirigay de voces hacía eco y retumbaba entre los muros: alemán, francés, inglés, ruso, hebreo, árabe, japonés e italiano, y ésas eran sólo las lenguas que yo reconocía. Un hombre con el pelo rapado y acento de Alabama daba un sermón apocalíptico a un grupo de peregrinos japoneses. Ibrahim no paraba de hablar, y con aquella perorata ponía a punto una voz monótona e impasible de sus años de experiencia como guía.
—Espere —dijo Rachel, interrumpiéndolo para volverse hacia mí—.
¿Qué quieres ver?
—¿Dónde estamos?
Ibrahim sonrió:
—Señor, en esa puerta azul ahí arriba tiene el Colegio de Ornar, primera estación de la cruz, donde Jesús fue condenado a muerte.
—¿Quieres verla? —dijo Rachel.
—No. ¿Cuál es la segunda estación?
Ibrahim señaló hacia un semicírculo de ladrillos que había calle abajo:
—Ahí Jesús carga con la cruz. Más adelante está la capilla de la Flagelación, donde los soldados romanos azotaron a Jesús, le impusieron una corona de espinas y le dijeron «¡Salve, rey de los judíos!». Después Poncio Pilatos lo arrastró hasta la multitud y gritó: « ¡Ecce homo! ¡He aquí el hombre!»
Ibrahim ofrecía esta información con el entusiasmo de un anciano que canta los números del bingo en un asilo.
—Vamos —dije—. A la basílica.
Nuestro guía continuó calle abajo. Pasamos por delante de una puerta negra incrustada en un arco de piedra blanco, e Ibrahim dijo algo sobre la primera vez que Jesús cayó al suelo. Me quedé mirando fijamente la puerta, pero no sentí nada. Tal vez lo que buscaba estaba enterrado bajo este laberinto de calles y tiendas y toldos. Seguramente Jerusalén era como El Cairo, una ciudad construida sobre sus propios huesos, un lugar en el que cualquier nueva construcción sepultaba capítulos históricos.
Ibrahim nos llevó a otro semicírculo de ladrillos y empezó otra vez con su perorata:
—Ésta es la quinta estación, donde los soldados romanos hicieron que Simón de Cirene ayudara a Jesús a cargar con su cruz.
Rachel me echó una mirada:
—Sigue caminando.
Un muchacho sonriente deambulaba por las calles vendiendo coronas de espinas. Me clavó la mirada en señal de interés, pero Ibrahim lo espantó.
Al fijarme en el fardo de espino que el muchacho llevaba colgando del brazo calle abajo, empecé a verlo todo negro y me fallaron las rodillas.
Rachel se me desasió del brazo derecho y juntos tropezamos a las espaldas de Ibrahim.
Las siguientes paradas fueron algo borroso, y las palabras del palestino se mezclaban con imágenes sueltas: «Aquí Verónica limpió el rostro atormentado de Jesús, que quedó grabado en su velo… aquí Jesús cayó por segunda vez… aquí dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos”…»
Pasamos por encima de un tejado y atravesamos una capilla oscura, y entonces me hallé en un patio lleno de gente, ante una iglesia románica.
Peregrinos, sacerdotes y monjas se movían bajo la atenta mirada de una docena de soldados israelíes armados con metralletas.
—Esta es la basílica del Santo Sepulcro —dijo Ibrahim, señalando al edificio—. Construido por los Cruzados en espacio de cincuenta años, entre 1099 y 1149. La basílica originaria la hizo construir la reina Helena, madre del emperador Constantino, que llegó aquí en el año 325 y descubrió piezas de la auténtica cruz en una cueva subterránea.
Miré consternado la hilera de turistas que había ante la puerta.
—No está mal —dijo Ibrahim—, La cosa está muy mal en esta época del año. Los enfrentamientos ahuyentan a los turistas, incluso durante la Semana Santa occidental. Lo que es bueno para usted, es malo para mí. ¿Se encuentra bien, señor? Puedo ir a buscarle un poco de agua mientras esperamos.
—Estoy bien.
—Apóyate en mí —dijo Rachel, cambiando de postura bajo mi brazo.
Me incliné un poco más sobre ella:
—Gracias.
Me acarició la mejilla con el reverso de la mano:
—Ojalá te pudiera tomar la tensión.
—A la derecha de la entrada está la décima estación —explicó Ibrahim
—. Allí despojaron a Jesús de sus vestiduras. Las cinco últimas estaciones de la cruz se encuentran en el interior de la basílica.
—¡Qué extraño!, ¿no? —dijo Rachel en voz baja— ¿Millones de personas que viajan para ver una tumba vacía?
Lo más que pude hacer fue asentir con la cabeza.
—Esta es la única tumba vacía en todas las iglesias de la Tierra —
prosiguió Ibrahim—. El arcángel preguntó a las dos Marías: «¿A quién buscáis?» Ellas respondieron: «A Jesús, el Nazareno.» Y el arcángel dijo:
«No está aquí. Ha resucitado.» Entonces el patio se desvaneció ante mí, y las piernas ganaron ligereza. Parecía estar flotando del brazo de Rachel.
—¿David? —preguntó— ¿Me oyes?
Parpadeé y me vi a mí mismo con la mirada perdida en el techo de piedra:
—¿Estamos dentro de la basílica?
—Caminabas sonámbulo —susurró, con los ojos llenos de preocupación—. Tenemos que volver al hotel.
—Pero si ya estamos aquí. Lo hemos conseguido. Necesito verlo.
—¿Ver el qué?
Y entonces lo supe:
—El sepulcro.
Rachel se volvió hacia Ibrahim:
—¿Dónde está el sepulcro de Jesús?
Señaló a una losa de mármol rojizo que había en el suelo. Varios hombres y mujeres estaban arrodillados en ropa de calle y con la cara pegada a la losa; encima había una mujer que arrojaba algo sobre la losa.
Entonces me llegó una empalagosa bocanada de perfume.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—La Piedra de la Unción —contestó Ibrahim—, donde el cuerpo de Jesús fue ungido con aceite y embalsamado al descenderlo de la cruz.
Me acerqué, pero no noté nada:
—¿Es la auténtica?
—No, señor. Esta piedra data de 1810 y sustituye a la auténtica desde el siglo doce. No se sabe bien qué pasó antes. Por aquí, señor.
Nos condujo a la izquierda, a la rotonda de la basílica. La luz caía en cascada desde una espectacular bóveda blanca y dorada. Bajo la bóveda había un enorme edificio de mármol rectangular que parecía haber sido transportado por barco en enormes tiras de metal. Remataba en una cúpula que parecía del Kremlin.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Es el Santo Sepulcro, señor. Lo llaman el Edículo, o capilla. Como Jesús era un hombre muy importante, bizantinos y cruzados invirtieron un montón de dinero en construirle este sepulcro. Es la decimocuarta y última estación de la cruz. Era costumbre enterrar a los judíos fuera de la ciudad.
El exterior de mármol se está desintegrando y hay que conservarlo entero mediante tiras de acero. ¿Vamos, señor? ¿Nos ponemos a la cola? ¿Señora?
Ibrahim prosiguió con su implacable perorata, pero yo estaba demasiado desorientado para asimilar lo que decía. Esperaba que el sepulcro de Jesús fuera una especie de cueva situada en un recinto abierto, y no el mausoleo de una iglesia medieval con aspecto de mazmorra.
—Ya no hay tanta cola —dijo Rachel, ayudándome a avanzar.
Pronto nos hallamos ante la puerta del Edículo. Aquí Ibrahim hablaba con el respeto inicialmente esperado.
—En el interior del sepulcro veremos dos capillas. Vamos.
Vi que la primera capilla albergaba un estrado con una vitrina encima, y que dentro de la vitrina había un fragmento de piedra.
—A esto lo llamamos la capilla del Ángel —dijo Ibrahim—. Aquí permanece el difunto hasta que le preparan el sepulcro.
Aquí se guarda un canto rodado del lugar donde los ángeles abrieron el sepulcro y Jesús resucitó de entre los muertos.
Me fijé que había dos agujeros en la pared de mi derecha. Ibrahim dijo:
—Cuando la gente se queda sin fuego para las velas en Semana Santa, el sacerdote viene aquí y les ofrece el del Fuego Santo; les enciende las velas con su enorme cirio.
Yo había desviado la atención a una puerta baja abierta en la gruesa pared de mármol del sepulcro. Me agaché y por la puerta entré a una pequeña sala. Un hombre y una mujer estaban arrodillados en oración ante lo que parecía el mármol de un altar. Habían depositado crucifijos en la losa, como si los objetos se fueran a santificar por contacto. Del techo colgaban cadenas con lámparas ornamentales de plata, y en todos los rincones había velas encendidas que inundaban la estancia con una luz titilante. Jarrones de rosas blancas perfumaban el aire, y su olor empalagaba aquel reducido espacio.
—¿David? —susurró Rachel— ¿Es esto lo que querías ver?
Me incliné y toqué la piedra de mármol ante la pareja que rezaba. No sabía qué esperaba encontrar, pero era algo. Había tenido más sensaciones en Stonehenge cuando salté la barrera de seguridad y toqué los megalitos:
—Aquí no es.
—¿Qué?
—Que aquí no pasó nada.
El hombre y la mujer que estaban arrodillados me miraron escandalizados.
—Señor, no debe decir eso —me dijo Ibrahim desde atrás—. Estamos en el lugar más sagrado.
—Que aquí no es —repetí—. Me agaché y me di prisa en volver a la rotonda.
Rachel venía a la zaga. La gente que hacía cola nos miraba fijamente, intuyendo problemas. Me traía sin cuidado. Una desenfrenada sensación de pánico se había apoderado de mí.
Fuera pronto anochecería, y todavía no había encontrado lo que había venido a buscar.
—Dime qué es lo que ocurre —murmuró Rachel.
—Aquí no pasó nada. Este no es el lugar.
Alguien jadeaba en la fila.
—¿Qué lugar? —inquirió Rachel.
Me volví hacia Ibrahim, que ahora tenía un walkie-talkie en la mano y parecía debatirse entre si pedir ayuda o no:
—¿Ésa es la auténtica piedra del sepulcro?
—No, señor. Esa piedra de mármol se puso aquí para tapar la verdadera piedra sobre la que descansa el cuerpo de Jesús.
—¿Se puede ver la auténtica?
El rostro de nuestro guía se iluminó:
—Sí que se puede ver. Y también tocar. Síganme.
Nos llevó a la parte de atrás del Edículo, donde había otra capilla, mucho menos ostentosa y con acceso a la rotonda. Era mucho más vistosa que el sepulcro marmóreo que acabábamos de ver, con brillantes tapices colgados en la pared, hierro forjado y un joven vestido de manera informal y su sombra de las cinco en punto a la entrada.
—Éste es el otro lado del Santo Sepulcro, señor —dijo Ibrahim en voz baja—. Forma parte de la capilla copta. Los coptos son los cristianos de Egipto. Muy devotos.
La cola no era ni la mitad de larga. Se perdía en el interior de la capilla poco profunda hasta llegar a una cortinilla que ocultaba algo.
—Señor, ahí detrás está la parte descubierta de la auténtica piedra sobre la que yace Jesús. Hasta aquí vienen enfermos a curarse y personas a bendecirse.
Cuando esperaba a que la cola se moviera, la piel me empezó a picar como si me hubiera atacado un enjambre de abejas. Por fin me llegó el turno. Pasé al otro lado de la cortina, me arrodillé y coloqué la palma derecha sobre la piedra descubierta.
—¿David? —murmuró Rachel a mi espalda.
Meneé la cabeza:
—Nada. —Por primera vez en seis meses, empecé a dudar de mi cordura.
—Creo que deberíamos regresar al hotel —dijo Rachel—. Ibrahim está a punto de pedir ayuda.
Me incorporé y abandoné la capilla, las ideas agolpándoseme en la mente. Ibrahim me miraba como si yo fuera a blasfemar, cosa que el viejo guía seguramente había visto en su día. Todavía tenía el walkie-talkie en la mano.
—Aquí tampoco pasó nada —le dije—. No es el lugar.
—Pero, señor, si es el Santo Sepulcro.
—¿Seguro?
—Bueno… algunos cristianos protestantes creen que la tumba de Jesús se encuentra en el huerto que hay extramuros. Pero ningún arqueólogo lo ha confirmado. Acaba de ver el auténtico sepulcro, señor.
Una mujer alta y feúcha con una Biblia del Rey Jacobo en las manos se apartó de la cola que había para entrar a la capilla y dijo en inglés:
—¿En verdad importa dónde está la tumba, hermano? No está aquí. Ha resucitado.
—¿Que si importa? —le pregunté—. Pues claro que importa. ¿Y si descubriera la verdadera tumba con los huesos de Jesús dentro? Eso marca
la diferencia entre una religión legítima y una histeria colectiva.
La mujer casi dio un salto atrás.
Ibrahim parecía desconcertado:
—¡Señor! ¡No debería decir estas cosas!
—Usted es musulmán, Ibrahim, y no cree en nada de esto.
—Por favor, señor…
Me alejé del Edículo, sin saber adónde ir o qué hacer.
Rachel apareció a mi lado:
—David, ¿qué es lo que buscas?
—El lugar en el que Jesús resucitó.
—Pero tú no crees en Dios. ¿Cómo vas a encontrar el lugar en el que Jesús resucitó cuando no crees que lo hizo?
Ibrahim nos alcanzó:
—¿Señor? Hay quien cree que Jesús resucitó de entre los muertos en otro lugar. Se lo enseñaré.
Cruzamos con él la rotonda hasta llegar a la puerta de una gran capilla situada en el interior de la basílica.
—El Catholicon —señaló una lámpara de techo—. Bajo la cúpula de esta capilla hay una piedra de mármol circular llamada Omphalos. El ombligo del mundo. Algunos griegos creen que Jesús resucitó aquí, y que aquí volverá el día del Juicio Final.
—¿Podemos verlo?
—Esta capilla suele estar cerrada al público, pero les puedo dejar entrar.
Nos hizo pasar al otro lado de una cadena, hacia un cáliz de piedra que descansaba sobre una obra de marquetería. En lo alto había una bóveda con una etérea imagen de Cristo pintada en tonos pastel. Bajé la vista al hemisferio de piedra, que en esencia era un enorme cuenco. A continuación me incliné y lo toqué. No sentí más de lo que hubiera sentido al tocar una pila para pájaros en el patio de alguien.
Rachel enseguida interpretó mi reacción:
—¿Qué esperas notar? ¿Una descarga eléctrica? ¿Una voz celestial?
Me giré hacia nuestro guía, que meneaba la cabeza:
—¿Qué me queda por ver, Ibrahim?
—Muchas cosas. La más importante es el Golgotha; en latín, Calvario.
El lugar donde Jesús fue crucificado.
—¿Está dentro de la basílica?
—Claro, señor. Síganme.
Nos llevó al exterior del Catholicon por unas empinadas escaleras.
Mientras subía pesadamente, conté dieciocho peldaños; y cuanto más alto estaba más bajos tenía los ánimos.
Al llegar a la cima de las escaleras, sentí que se me aceleraba el pulso.
La estancia estaba abarrotada de gente, pero a mi izquierda, por encima de las cabezas, alcancé a ver una escultura a tamaño real de Jesús colgado en la cruz. Llevaba un manto dorado atado a la cintura y una corona de plata sobre la cabeza. No era la estatua en sí lo que me conmovía, sino algo de aquella estancia. Me sentía como si estuviera cerca de un cable de alto voltaje, y la electricidad estática me pusiera de punta cada pelo del cuerpo.
—¿Qué? —preguntó Rachel—. ¿Qué pasa?
—Algo vibra en mi interior.
—Eso ya lo has notado antes. Es el clásico precursor de una visión hipnagógica.
—No… esta vez es diferente.
—¿Ibrahim? —dijo Rachel.
—¿Sí, señora?
—Volvemos al coche.
—Sí —respondió con alivio.
Yo me alejé de ellos. A mi derecha, un mural mostraba a Jesús en la cruz, que estaba apoyada en el suelo. Algunas personas que había en pie ante el mural se apartaron, y dejaron al descubierto una vitrina con piezas de plata martillada. Al acercarme al mural, noté que un dolor me subía por el brazo desde la mano izquierda. Por un momento pensé que era un ataque al corazón. Luego el dolor me atenazó también el brazo derecho. Cerré ambos puños, pero no sirvió de nada. Me volví hacia Ibrahim.
—¿Dónde estamos?
—Esta es la onceava estación, señor. Donde Jesús fue enclavado en la cruz.
Yo gemía de dolor.
—Tenemos que sacarlo de aquí —dijo Rachel—. ¿Me puede ayudar?
—Aún camina —dijo Ibrahim—. Vámonos ahora.
—No creo que quiera.
Algunas personas de la sala me miraban fijamente como si estuviera loco.
—Puedo llamar a los soldados —dijo Ibrahim—, pero preferiría no hacerlo.
—No —le espetó Rachel—, Quiero decir que sí, que no hace falta.
Un grupo de peregrinos se alejó de la escultura de Jesús, dejando a la vista un altar fabulosamente adornado. Me adelanté, con los ojos clavados en una túnica de plata. La Virgen bajo la cruz. El altar que ésta tenía delante parecía descansar sobre una enorme vitrina, bajo el cristal de la cual vi una tosca roca gris.
—¿Qué es eso?
—Golgotha —contestó Ibrahim—. El calvario. Así se llama el monte donde esta roca se resquebrajó cuando la sangre de Jesús empezó a chorrear de la cruz. Después vino el terremoto.
Una abrasadora luz blanca tapó la escena que tenía ante mis ojos. Vi cómo era la montaña antes de que se construyera la basílica: una colina pelada y rocosa junto a una montaña plagada de tumbas. Había tres cruces en la colina, pero estaban vacías. El cielo oscureció hasta quedar negro, y yo me arrodillé.
Me quedé mirando un reluciente disco de plata con un agujero en medio. El disco se hallaba sobre la base marmórea del altar, a treinta centímetros del suelo. Alargué la temblorosa mano derecha y coloqué la mano sobre el disco.
De pronto, el dolor que notaba en las manos cesó.
—Este es el lugar —dije—. Aquí es donde Jesús abandonó la Tierra.
—Tiene razón —dijo Ibrahim—. Ese disco marca en el suelo el punto donde la cruz estaba clavada. A izquierda y derecha hay discos negros donde estaban clavadas las cruces de los ladrones, uno bueno y el otro malo. Después de la crucifixión, Jesús fue llevado al sepulcro de José de Arimatea y al cabo de tres días resucitó de entre los muertos.
—No —dije.
Ibrahim palideció:
—¡Señor, no puede decir esas cosas aquí!
—Más bajo —suplicó Rachel.
—¿Para qué sirve el agujero del disco? —quise saber, mientras acariciaba con la mano la fría plata.
—Puedes meter los dedos en él y tocar la Golgotha, la roca del Calvario.
Cerré los ojos e introduje dos dedos en el agujero. Con las yemas toqué una piedra rugosa.
—¿Soñaste con esto? —preguntó Rachel.
No podía hablar. La roca viva me transmitía algo. La voz de Rachel se desvaneció y no regresó. Era como si mis huesos cantaran, como si vibraran en solidaridad con algo de la tierra. Al principio, aquella sensación resultaba agradable, pero cuando fue ganando intensidad empecé a temblar, y luego pasé a sacudirme espasmódicamente.
«Es un ataque», dijo una voz conocida en mi interior. Era mi voz médica. «Un ataque tónico-clónico».
La neblina en que me sumía la inconsciencia filtraba el griterío de la gente que hablaba en varios idiomas. Luego me caí y Rachel gritó.
Me di un planchazo contra el suelo.
OceanofPDF.com