Las huellas de dios
Capítulo 35
35
Capítulo
JERUSALÉN
EL cibercafé Strudel estaba cerrado. Vi que dentro había un barbudo limpiando la barra. Toqué al cristal, y luego le hice señas hacia la puerta. El hombre meneó la cabeza.
—¿Tienes tú las riñoneras? —pregunté a Rachel.
—Sí.
—Dame un billete de cien dólares.
Presioné el billete contra la puerta de cristal. El hombre que había en el interior tardó un minuto en darse cuenta, y cuando lo hizo, sólo volvió a hacerme señas. Como no nos íbamos, vino hasta la puerta y miró el billete más de cerca. A continuación nos gritó en inglés que no nos fuéramos a ninguna parte, desapareció en un despacho y regresó con un juego de llaves.
—Necesito un ordenador —dije, cuando la puerta se abrió.
—Pasen, no hay problema. Internet de alta velocidad.
Rachel pagó al taxista y me acompañó al interior.
El Strudel era oscuro y olía como los bares de todo el mundo, pero tenía un ordenador. Me senté en la barra y empecé a buscar en Internet las direcciones de correo electrónico de las mejores instalaciones universitarias e informáticas de Europa y Estados Unidos. Cal Tech, el laboratorio de inteligencia artificial del MIT, el CERN de Suiza, el Max Plank Institute de
Stuttgart, el Chaim Weizman Institute de Israel, el equipo japonés de Earth Simulator Computer y algunos más.
—¿Qué haces? —inquirió Rachel, subiéndose a mi lado en un taburete.
—Darlo todo a conocer.
—Pensaba que no querías hacerlo.
—Ahora mismo no tengo elección. Ellos ya lo han conseguido. O casi.
—¿Conseguido el qué?
—Que Trinity esté a punto de hacerse realidad.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—¿Y lo vas a decir al mundo entero?
—Sí.
—¿Cuánto vas a decir?
—Lo suficiente para desatar una tormenta periodística que el presidente no podrá ignorar.
Abrí el Microsoft Word y empecé a teclear mi mensaje. La primera línea fue la más fácil, una cita del gran Niels Bohr, que escribió sobre la carrera armamentística nuclear: «Nos hallamos ante una situación completamente nueva, que la guerra no puede resolver.»
—¿David? —dijo Rachel en voz baja—. ¿Qué pasó mientras estabas en coma? ¿Viste cosas?
—No como solía hacerlo. Es difícil de explicar, pero lo intentaré cuando tengamos algo más de tiempo. Antes tengo que acabar esto.
Rachel se levanto y caminó hasta la puerta para ver si venía la policía.
Yo me incliné sobre el teclado y escribí sin pausa, como si una fuerza exterior canalizara las palabras a través de mí. Al cabo de veinte minutos, rogué al hombre que estaba detrás de la barra del bar que nos pidiera un taxi con un chófer palestino. Luego tecleé un colofón: «En memoria de Andrew Fielding.»
—¿Enviaste el e-mail? —preguntó Rachel.
—Sí. En cuestión de horas habrá un caos mediático.
—¿Es eso lo que de verdad quieres?
—Sí. El mal no florece cuando se saca a la luz.
Rachel retrocedió y me miró extrañada:
—¿El mal?
—Sí.
Un taxi se detuvo junto a la acera, y su conductor barbudo miró hacia la puerta.
—Vamos.
Nos dirigimos al taxi:
—¿Es usted palestino? —pregunté al conductor.
—¿Por qué lo pregunta? —quiso saber.
—¿Sabe dónde está el cuartel general del Mossad?
El taxista entrecerró los ojos, como extrañado:
—Claro. Todo palestino lo sabe.
—Por eso lo llamé a usted. Tengo que ir allí.
Rachel me miró sorprendida. Casi podía leerle la mente. ¿Qué podía querer yo del Mossad, el despiadado servicio de inteligencia israelí?
—¿Dinero? —preguntó el taxista.
—¿Qué le parecen cien dólares americanos?
—Veo mejor de lo que oigo.
Rachel sacó el dinero.
El taxista asintió:
—Suban.
Apenas había cerrado la puerta de atrás cuando metió la primera y se alejó de la acera con un ruido infernal.
ARENAS BLANCAS
Geli era consciente de que estaba viendo al anciano morir. Estaba desesperada por fumarse un cigarrillo. Pese a lo antiséptico del aire cortante, olía a muerte en aquella sala. No sabría describirlo, pero lo conocía muy bien. Olía igual en los hospitales de campaña y en otros lugares aún más siniestros. Tal vez la evolución había sensibilizado el sistema olfativo humano para que detectara la proximidad de la muerte. En un mundo de enfermedades transmisibles, sería toda una ventaja para la supervivencia. El rostro de Geli había olido así una vez, por eso ella ya no
temía a la muerte. Sin embargo, la lucha final de Godin estaba teniendo en ella un efecto inesperado.
Había períodos en los que Godin no podía tragar, aunque seguía hablando bastante bien. Había hablado con nostalgia sobre su difunta esposa, como lo haría con una hija. Geli no sabía interpretar esta clase de intimidad. Desde que cumplió los tres años, su padre la había tratado como a una recluta militar. Para Horst Bauer, sentarse a hablar con su hija consistía en planificar juntos el horario de cada día. Ella lo aguantó hasta alcanzar la adolescencia; entonces la guerra estalló en casa de los Bauer.
Cuando Geli empezaba a manifestar un desparpajo sexual parecido al de su padre, el general perdió el control. Su instinto primario le decía que él la deseaba, y eso la hacía poderosa. Se paseaba ante él medio desnuda, flirteaba descaradamente con sus oficiales colegas (hombres que le doblaban la edad), y seducía a sus propios psiquiatras. Las resultantes palizas no hacían más que reforzar su voluntad de luchar.
Geli había cumplido los dieciséis cuando descubrió que su padre tenía una amante (en realidad, eran varias), y acabó resolviendo el misterio de su madre. Dieciocho años de infidelidad y violencia habían convertido a aquella encantadora mujer en una patética sombra de lo que había sido, un alma en pena que vivía sólo para la siguiente copa. Cuando Geli se encaró con el general al respecto, él la miró a los ojos y le dijo que había descubierto la debilidad de los hombres duros. Los hombres de gran capacidad necesitaban más de una mujer para mantener a raya sus pasiones, y cuanto antes aceptara esa verdad, mejor. La discusión acabó como tantas otras, con una paliza.
Sin embargo, al empezar en la universidad, Geli descubrió que las palabras de su padre parecían aplicarse también a las mujeres duras.
Ningún hombre lograba satisfacer mucho tiempo su lujuria de intensas experiencias. El día que se licenció, con mención en árabe y económicas, fue a una caseta de reclutamiento de un centro comercial y se enroló en el ejército como soldado raso.
Nada podía haber enfurecido más a su padre. Con aquel simple acto, Geli había negado toda su influencia y todo su poder, lo había humillado ante su colega West Pointers y había seguido sus huellas. El general empezó a darse a la bebida e inició un período de inestabilidad que el
suicidio de su esposa culminó rápidamente. Geli nunca había llegado a saber qué fue lo que le acabó rompiendo el alma a su madre. ¿Alguna otra amante? ¿Demasiados golpes a puño cerrado? A su padre nunca se lo perdonó.
Por el contrario, Peter Godin había sido fiel a su esposa cuarenta y siete años de su vida, aun cuando la unión no había traído niños al mundo.
Mientras el anciano divagaba sobre un viaje que había hecho a Japón, Geli pensaba en Skow y en su plan para culpar a Godin de la muerte de Andrew Fielding.
—¿Señor? —dijo, interrumpiendo el ensueño del anciano.
Godin levantó la mirada, con unos arrepentidos ojos azules:
—Estaba delirando, ¿verdad? Lo siento, Geli. Eso me distrae del dolor.
—No es eso. Quiero decirle algo.
—¿Ah, sí?
—No se fíe de John Skow. Él fue quien ordenó a Nara que lo asesinara.
Skow cree que Trinity va a fracasar, y ha estado planeando echarle a usted la culpa.
Godin sonrió distante:
—Lo sé. Estoy seguro de que tu padre forma parte del plan.
—¿Y por qué no hace nada al respecto?
—Cuando el ordenador alcance el estado Trinity, no podrán hacer nada.
Hasta entonces, la tendré aquí para que me proteja.
—Pero si no se fía de ellos, ¿por qué los utiliza?
—Porque son previsibles. Hasta en sus traiciones. Es por la avaricia.
Ésa es la realidad del animal humano.
—¿Y yo? ¿Por qué me confía su protección? ¿Porque me paga bien?
—No. Llevo dos años observándola. Sé que odia a su padre, y sé por qué. Sé lo que hizo usted en Irak. No se amilana ante trabajos difíciles, y, a diferencia de su padre, nunca ha traicionado a su uniforme. También sé que me admira. Usted y yo somos almas gemelas. Yo no tengo hijos y, en cierto modo, usted tampoco tiene padre. Y el instinto me dice que si el general Bauer viniera a matarme, usted lo detendría con una bala.
Geli se preguntaba si eso era cierto:
—¿Pero por qué nos ha contratado a los dos?
—Cuando Horst me habló de usted, tenía la impresión de que intentaba hacer las paces con usted. Me equivocaba.
La mano voló hacia la pistola. La trampilla de la Burbuja se había abierto con un silbido de aire a presión. John Skow entró con un traje impecable y los pelos en su sitio. No parecía un hombre preocupado por su futuro.
—Hola, Geli —dijo.
Los ojos azules de Godin siguieron al hombre de la ASN por toda la sala:
—Regístralo.
Geli empujó a Skow contra la pared de plexiglás y lo registró de la cabeza a los pies. Estaba limpio.
—Bueno, eso ha estado bien —dijo Skow—, ¿Se lo puedo hacer yo ahora?
Geli se preguntaba qué clase de jueguecito era aquél. Skow no estaría aquí si las circunstancias no le fueran propicias.
—Hola, Peter —dijo—. Tenemos un problema. Tennant se ha ido de la lengua.
El rostro de Godin se contrajo espasmódicamente. No era un espectáculo fácil de contemplar; pero, cuando el dolor remitió, la mejilla recuperó elasticidad. Clavó en Skow una mirada de electrizante intensidad.
—¿Qué hizo Tennant?
—Huyó de Hadassah, fue a un ordenador público y envió una carta a las mejores instalaciones informáticas del mundo. Se lo contó todo sobre Trinity: la muerte de Fielding, los atentados contra su vida, todo.
Godin cerró los ojos:
—¿La tecnología?
—Reveló lo bastante para convencer al mundo de que dice la verdad; lo bastante para poner a países como Japón a tres años de su propio ordenador Trinity. Les habló de estas instalaciones. No tengo ni idea de cómo descubrió lo de Arenas Blancas. Seguramente Fielding se lo dijo.
Godin respiró hondo:
—Me equivoqué con Tennant. Debería haber hablado con él…
razonado con él.
Skow se acercó aun más a la cama. Geli puso la mano en la pistola.
Podría meterle a Skow dos balas en la espalda antes de que el hombre de la ASN se acercara demasiado a Godin.
—Estamos en apuros, Peter. Esto es lo que te sugiero que hagamos…
—Al infierno con tus sugerencias —farfulló Godin, incorporándose con gran dificultad—. Me has tratado como un tonto desde el principio, pero estás a punto de averiguar lo equivocado que estabas.
Godin cogió el auricular del teléfono que tenía en la mesita de noche y presionó un solo botón.
—¿A quién llamas? —preguntó Skow, con expresión todavía confiada.
—Ya lo verás. ¿Hola? Soy Peter Godin. Necesito hablar con el presidente. Por un asunto de seguridad nacional… ¿Qué?… El código es siete tres cuatro nueve cuatro cero dos. Sí, espero.
Skow palideció:
—Peter…
—Cállate. —Godin echó una mirada a Geli, y después habló con voz potente—: Señor Presidente, le habla Peter Godin.
Geli nunca antes había oído semejante autoridad. La legendaria presencia autoritaria de su padre no era nada comparado con aquello.
Godin había revelado su identidad al comandante en jefe como diciendo:
«Señor Presidente, le habla Albert Einstein.»
Godin prestó unos minutos de atención, luego inició una detallada explicación de por qué había construido el centro de Arenas Blancas. Dijo que hacía cosa de un año, se había percatado de que en Carolina del Norte existían graves amenazas a la seguridad del proyecto Trinity. Alguien de dentro estaba saboteando el código del ordenador y seguramente vendiendo secretos a una potencia extranjera. Antes que involucrar a «agencias inseguras» como el FBI y la CIA (que ralentizarían el proyecto y comprometerían aun más su seguridad), Godin había dedicado su propio dinero y sus contactos a construir un centro de investigación. Al principio había confiado a John Skow la misión de investigar la amenaza, pero ahora creía que Skow formaba parte del problema desde el principio.
El presidente siguió haciendo preguntas, y Godin respondió con total seguridad. Que él supiera, Andrew Fielding había muerto de causas naturales, pero no se descartaba la acción criminal. David Tennant se había
vuelto loco tras la muerte de Fielding y sufría una psicosis, seguramente provocada por la máquina de IRM que se usaba en Trinity. Se haría todo lo humanamente posible para que Tennant recuperara la cordura. Antes de que se le planteara alguna otra pregunta, Godin comunicó al presidente que faltaban menos de doce horas para que el Trinity fuera una realidad, y que todo indicaba que el ordenador no sólo cumpliría sino que rebasaría cualquier expectativa en las aplicaciones de armamento e inteligencia. Esto alteró completamente la situación.
Fielding, Tennant y la existencia de Arenas Blancas se iban perdiendo de vista cuando Godin prometía un poder nunca soñado al hombre con la sabiduría y el coraje de fundar semejante proyecto de estratégica importancia. Godin pareció bastante relajado hasta el final de la conversación, momento en el que se puso firme y concluyó con un breve
«Sí, señor, por supuesto. Entiendo. Ahora mismo lo haré.»
Pasó el teléfono a Geli, con los ojos clavados en Skow:
—¿Te sorprende que haya podido hacer esto? Llevo mucho tiempo tratando con presidentes, desde LBJ. [3]
—¿Qué fue lo último que dijo Matthews? —murmuró Skow.
—Me pidió que para calmar los ánimos del público estadounidense, paralizara temporalmente todas las operaciones.
—Le preocupan los medios de comunicación.
—Incluso McCaskell viene de camino. Están organizando un grupo de seguimiento en estado de excepción. El Comité Selecto de Inteligencia del Senado.
—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Skow.
Godin sacudió la mano como para espantar una mosca, y a continuación miró al hombre de la ASN con auténtico odio:
—Geli, si este parásito se mueve sin mi permiso, mátalo.
Skow palideció.
»Esto es lo que vas a hacer —dijo Godin—. Ve a la pista. El general Bauer llegará de un momento a otro.
Un escalofrío recorrió la espalda de Geli.
—Seguramente ya te lo habrás imaginado —añadió Godin—. A Horst debió de entrarle el pánico cuando Tennant se fue de la lengua. A lo mejor
llamó a la Casa Blanca al cabo de cinco minutos para decirles que yo lo había engañado con la intención de conseguir esta base. Su próximo paso será venir aquí y proteger el ordenador. Puede que incluso el presidente le haya ordenado hacerlo.
—¿Qué quieres que le diga? —preguntó Skow.
—Que cualquier intento de interferir en el proyecto Trinity acarreará represalias a una escala inimaginable.
Skow entrecerró los ojos:
—¿De qué estás hablando, Peter?
—Sólo recuerda al general algo que a estas alturas ya debería tener bien aprendido.
—¿El qué?
—Que yo nunca miento.
Los ojos de Skow se posaron en los de Geli, y luego en su pistola.
—Y ahora vete —bramó Godin.
Skow dio media vuelta y salió de la Burbuja.
—¿Por qué dejas que se vaya? —inquirió Geli—. Al menos deja que lo encierre en un despacho.
—Ahora no tiene nada que hacer.
—Puede que solo, no. ¿Pero y con mi padre?
Godin meneó la cabeza como si hubiera pasado el momento de trivialidades:
—Dile a Levin que venga a la Contención.
Geli hizo una llamada, y luego arrimó el teléfono a la cara del anciano.
—¿Levin? —dijo Godin—. Escúchame bien: « In nomini patri, et filii, et spiritus sancti. »Geli apenas podía oír la respuesta al otro lado.
—¿Está seguro, señor? —preguntó Levin—. El modelo de Fielding está sólo al ochenta y uno por ciento.
—Mi modelo tendrá que resolver los últimos algoritmos —dijo Godin.
Hubo una pausa:
—¿Es el final?
Los labios grises de Godin apenas se movían:
—Aún no. Pero puede que nunca más volvamos a hablarnos como ahora. Prepárate para recibir a los visitantes.
—Ya lo tenemos todo listo. He oído hablar a algunos soldados fuera de la Contención. Dijeron que el general estaba a punto de llegar.
A Geli se le helaron las entrañas.
Godin tosió por el teléfono:
—Recuerda esto… para mí ya no existe el final. El final será el comienzo.
—Ha sido todo un privilegio, señor. Y yo estaré aquí para cuando se alcance el estado Trinity.
Godin cerró los ojos:
—Adiós, amigo mío.
Geli colgó. ¿Cuánto tardaría su padre en llegar? Fort Huachuca estaba a sólo quinientos kilómetros de allí.
Godin le rozó la muñeca con la mano, y eso la sobresaltó:
—¿Ves lo que está a punto de ocurrir, Geli?
—Sí, señor. Levin va a descargar del ordenador el modelo del doctor Fielding y a cargar el suyo. En la siguiente hora, su modelo alcanzará el estado Trinity y usted será el ordenador Trinity; o a la inversa.
Godin asintió cansado. Los acontecimientos de los últimos minutos lo habían dejado exhausto. Le costaba respirar.
—¿De qué le sirve eso? —dijo—. Aunque Trinity funcione, todo lo que deben hacer es desconectarlo, ¿no? O cortarle el suministro de corriente.
—Seguramente Skow está tratando de averiguar cómo hacerlo. Pero no lo conseguirá.
—Mi padre vendrá con hombres y equipamiento.
A Godin se le cerraron los ojos:
—Deja que yo me ocupe de ellos. Con un poco de suerte, no tendrás que disparar a nadie. Y mucho menos a soldados norteamericanos.
Geli quería gritar. El anciano no sabía lo que le esperaba. El edificio de la Contención parecía sólido, pero a Horst Bauer no había nada que se le resistiera.
—Tengo que vivir para esto —murmuró Godin—. Ten la pistola a punto para disparar.
Geli se sentó en el suelo, con la espalda apoyada a la pared y su Walther apuntando a la puerta.
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