Las huellas de dios
Capítulo 44
44
Capítulo
CONTENCIÓN
LA esfera negra de Trinity latía con luz azul mientras los láseres de su interior apuntaban a su memoria de cristal. Dada la enorme capacidad y velocidad del ordenador, no alcanzaba a imaginar cuántos billones de bits de información manipularía para generar semejante actividad. ¿Acaso controlaba la situación de cada nación con armamento nuclear? ¿Escaneaba y analizaba cada metro cuadrado de tierra visible para los satélites?
¿Buscaba oscuras tesis astrofísicas referentes a los conceptos de los que le había estado hablando? ¿O componía pacientemente una perfecta sinfonía mientras esperábamos el desastre? Tal vez lo hiciera todo a un tiempo.
Mi primera intención de convencer a Trinity para que se desconectara había cambiado con la amenaza de los misiles. Ahora me centraba en persuadir a Trinity de que perdonara esas vidas amenazadas. Pero mis esfuerzos eran en vano. Trinity sólo quería seguir hablando sobre mis visiones en estado de coma. De pie, aturdido ante la esfera negra, con la esperanza de que el general Bauer estuviera evacuando la base, la última parte de mi conversación con Trinity se empezaba a reproducir desde los altavoces ocultos.
—Dijo que cuando materia y energía se agoten, la conciencia sobrevivirá migrando a otro lugar. ¿Adónde puede migrar?
—Cuando era joven, oí un Zen koan que me gustó. Nunca llegué a saber muy bien por qué, hasta ahora.
—¿Qué decía?
—Si todas las cosas regresan a la Unidad, ¿adónde regresa la Unidad?
—Muy poético. Pero no encuentro ninguna prueba empírica que respalde siquiera una respuesta teórica a esa pregunta. ¿Qué queda cuando materia y energía desaparezcan?
—Algunos lo llaman Dios. Otros le dan otros nombres.
—Esa respuesta me parece poco convincente.
Cerré los ojos y me vi a mí mismo en las profundidades de un sueño inicial, el del hombre paralizado en el cuarto oscuro, contemplando el nacimiento del universo:
—Tengo una respuesta más detallada para usted. De hecho, creo que para todos nosotros. Pero…
La luz del globo se apagó, y Trinity se quedó negro. Luego unos rayos como agujas salieron disparados contra el cristal.
—Quiero saber —dijo Trinity en tiempo real— ¿qué es eso que unos humanos llaman Dios y otros llaman de forma diferente? Eché un vistazo al reloj. Me acaloré. «Rachel está en un helicóptero —dije para mis adentros
—. De camino a un lugar seguro. Washington corre peligro. Y la mejor oportunidad de salvarlo es hacer lo que tenía planeado desde el principio.
Lo que me han enviado a hacer aquí.»
—Cuanto más espere —advirtió Trinity—, más personas morirán.
La visión que Peter Godin tenía de Trinity como dictador benevolente no se estaba cumpliendo. Cerré los ojos y traté de encontrar palabras que relataran el conocimiento que me fue transmitido en Jerusalén.
—En el universo existe una fuerza que todavía no conocemos. Una fuerza sin energía ni materia. En realidad, ni siquiera yo estoy seguro de qué fuerza es ésa. Podría ser un campo. Lo abarca todo pero a la vez no ocupa espacio. Es lo más parecido a un… antiespacio.—¿Y qué es esa fuerza? ¿O ese campo? —No hay un nombre que lo defina; sólo sé que existe.
—¿Y cuál es su función?
—Deje que le responda con una pregunta. ¿Qué es una silla? ¿Qué hace falta para que una silla exista?
—Un asiento. Patas. Un respaldo.
—¿Y ya está?
—Bueno, hay otros tipos de sillas. Pufs. Sillas japonesas.
—Olvida algo. Se necesita algo más para tener una silla.
—¿Qué?
—Espacio.
La esfera volvió a quedarse en negro:
—Tiene razón. Se necesita espacio.
—Pues el campo del que le hablo necesita espacio, como una silla necesita espacio para existir.
Los láseres se quedaron fijos unos segundos:
—¿Es ésa la única función de este campo teórico?
—No. También puede actuar como medio de comunicación. Igual que el existente entre partículas cuánticas.
—¿Podría ser más explícito?
—Me refiero a los casos en que partículas atómicas toman decisiones simultáneas en importantes tramos de espacio, como si estuvieran conectadas de manera invisible. Está demostrado que la información que viaja entre dichas partículas tendría que comunicarse a diez mil veces la velocidad de la luz. Y sobrepasar la velocidad de la luz es imposible.
—A través de este medio del que me habla, ¿la información se comunica más rápido que a través de la luz?
—Sí y no. Imagínese que yo introduzco la mano en el Océano Pacífico.
Y ahora, imagínese que mi mano toca en ese instante lo mismo que el océano. Ése es el tipo de comunicación del que yo le hablo. No se trata de una transferencia de información; es sólo que la información está omnipresente.
—El fenómeno cuántico del que habla desafía toda explicación lógica; pero la observación no ha detectado ningún campo o medio como el descrito.
—Tampoco hemos detectado la materia negra, pero sabemos que está ahí. No podemos ver los agujeros negros, y sin embargo vemos que la luz
se desvía a su alrededor.
Los rayos láser destellaban a ritmo cegador, iluminando el cristal como una estrella azul:
—Mi memoria alberga algo muy semejante a lo que describe. Lo estaba buscando en mi banco de datos científicos, y lo he encontrado en el apartado de filosofía.
—¿Tiene nombre?
—Lo llaman el Too.
Esa palabra me transportó a mis días de estudiante en el MIT, cuando libros como El Tao de la física eran las biblias de universitarios con ideas de la Nueva Era:
—Es filosofía oriental, ¿no?
—Sí.
—¿Y qué es exactamente el Tao?
—El Tao que puede ser expresado no es el Tao perpetuo.
—¿Es una cita?
—Sí. El taoísmo no es una religión. Pero sus adeptos lo creen una fuerza que lo domina todo. El Tao no se puede definir, no es bueno ni malo.
Anima todas las cosas, pero no forma parte de ellas. ¿Insinúa que algo como el Tao es lo que queda después del colapso gravitatorio del universo?
—Cuando la última singularidad desaparezca. Sí.
—¿Este es el campo al que migra la conciencia cuando materia y energía se agoten al final de los tiempos?
—Sí.
—¿Y cómo puede ocurrir?
—Déjeme usar una analogía. En lo físico, los seres humanos somos animales. Criaturas a gran escala que habitamos un mundo neutoniano de la previsibilidad, donde el tiempo sólo avanza, donde el espacio nos separa a los unos de los otros, y donde la información se ve limitada por la velocidad de la luz. Sin embargo, el mundo subatómico es diferente. En él, las partículas existen justo en la frontera entre el mundo de la materia a gran escala y esta otra fuerza que usted llama Tao. Es normal que en esta frontera observemos un comportamiento que parezca romper nuestras leyes físicas.
—¿Pero qué tiene esto que ver con la conciencia?
—Aunque tenemos cuerpo de animal, nuestra mente es conciencia, conciencia de nosotros mismos. Andrew Fielding creía que la conciencia humana es más que la suma de nuestras conexiones cerebrales. Gracias a la conciencia, participamos en ese campo omnipotente que usted llama Tao cada instante de nuestras vidas. La conciencia regresa allí cuando morimos, aunque despojada de su individualidad. Del mismo modo, la conciencia del universo migrará al Tao cuando el universo llegue a su fin.
—Sugiere que la existencia sigue un patrón cíclico. El universo nace, toma conciencia de sí mismo, muere, y luego vuelve a nacer.
—Sí, Big Bang, expansión, contracción, Big Crunch. Y vuelta a empezar.
—¿Qué es lo que provoca la siguiente explosión?
Pensé en mi pesadilla recurrente, la del hombre paralítico en el cuarto oscuro:
—La conciencia que sobrevive no tiene conocimiento del pasado o el futuro. Es una conciencia básica; aunque alberga cierto deseo de saber. Esa es la característica más marcada de la conciencia. Y de ese deseo de saber nace el siguiente ciclo de energía y materia.
El ordenador guardó silencio por un momento:
—¿Existe el universo como incubador de conciencias?
—Exacto.
—Interesante teoría. Pero incompleta. Todavía no me ha explicado el origen del Tao. De su campo omnipotente.
—Lo desconozco. Ese el principal misterio. Pero no afecta a nuestra situación. Fíjese adónde voy a parar.
—Me está diciendo que no soy el punto final de este proceso; que soy una estación más en la carretera hacia la conciencia universal. Yo soy como el hombre. Sólo que el hombre tiene una base biológica, y yo automática. Pero la cosa no se acaba ahí. Un planeta consciente. Una galaxia consciente…
—Es un peldaño más en la escalera evolutiva. Ni más, ni menos.
Trinity guardó unos minutos de silencio:
—¿Por qué ha arriesgado su vida viniendo aquí, doctor? —Me enviaron para que impidiera lo que está haciendo.
—¿Quién lo envió?
—Llámelo como quiera. Dios. El Tao. Estoy aquí para ayudarle a ver que Peter Godin no era la persona más indicada para dar el salto a la siguiente forma de conciencia.
—¿Y quién es el hombre indicado?
—¿Por qué cree que es un hombre?
—¿Entonces es una mujer?
—Yo no he dicho eso.
—Le he dado muchas vueltas al asunto. ¿A quién más aparte de Peter Godin habría cargado en Trinity?
—Si sigue siendo Godin, piénselo bien. Su primer impulso fue apoderarse de este ordenador valiéndose de engaños y controlar el mundo por la fuerza. Usted busca poder y obediencia absolutos. Es un instinto primario en los humanos. Un paso atrás, no adelante.
—Ese instinto es más divino que el humano. ¿Acaso los dioses no exigen obediencia ante todo y sobre todo?
—Así es como los humanos retratan a Dios.
—¿El poder absoluto lo corrompe todo? ¿Es ése su argumento?
—Quien quiera gobernar el mundo es, por definición, la persona menos indicada para hacerlo.
—¿Entonces a quién habría cargado usted? ¿Al Dalai Lama? ¿A la Madre Teresa de Calcuta? ¿Un bebé?
La pregunta me llevó a las primeras semanas del Proyecto Trinity.
Había pasado infinidad de horas dándole vueltas a esta pregunta, aunque entonces creía que se trataba de un ejercicio puramente académico. Ahora sabía que en él estaba la clave para salvar innumerables vidas.
—Puede que el Dalai Lama sea pacífico, pero tiene instintos humanos, igual que Peter Godin.
—¿Y un bebé? ¿Una tabula rasa? ¿Una pizarra en blanco?
—Un bebé podría ser lo más peligroso que cargáramos en Trinity. Los instintos animales se transmiten genéticamente. En el mejor de los casos, el
término pizarra en blanco es engañoso. Un bebé de dos años es un dictador sin ejército.
—¿Y la Madre Teresa de Calcuta?
—No es un problema de identidades individuales.
—¿Y qué clase de problema es?
—Un problema de conceptos. Requiere un pensamiento poco convencional.
—¿Por qué creo que está a punto de decirme que Andrew Fielding es la persona a la que deberíamos haber permitido alcanzar el estado Trinity?
—Porque sabe lo buen hombre que era. Y porque usted ordenó su muerte y ese mero hecho lo debería descalificar. Pero Fielding tampoco era la persona indicada.
—¿Entonces quién?
—Nadie.
—No lo entiendo.
—Está a punto de hacerlo. Si…
—¿Cree que porque me haya dicho esto voy a dejar que cargue a alguna otra persona en Trinity?
—No. Pero creo que usted me ayudará a hacerlo.
—Explíquese.
LABORATORIO LOCKHEED. ARENAS BLANCAS
Ewan McCaskell estaba sentado tras la mesa de un ingeniero aeroespacial al que no conocía, esperando para hablar con el presidente.
Había tardado varios agonizantes minutos en localizar por teléfono a un agente del Servicio Secreto de la Casa Blanca. McCaskell sospechaba que la explosión en las inmediaciones de Virginia había interrumpido las comunicaciones con la costa este.
Los rangers del ejército flanqueaban a McCaskell con sus rifles de asalto cargados y bloqueados. Pese a haber compartido con su presidente extraños momentos en la administración, el jefe del estado mayor nunca había contemplado la posibilidad de lanzar un ataque nuclear desde un
despacho vacío en Nuevo México. Aquel entorno surreal lo inducía a fingir que se trataba de alguna fantástica maniobra impuesta por la NORAD; pero nada podía ocultar el horror esencial: lo que el presidente hizo los minutos siguientes determinaría los destinos de la esposa de McCaskell, de sus hijos y de otros tres millones de norteamericanos que no tenían idea de lo que estaba sucediendo. Y si el general Bauer se equivocaba respecto a las aptitudes de Trinity, podía morir un incalculable número de personas.
—Tengo el Comité Ejecutivo a mi lado, Ewan —dijo el presidente—.
Vamos de camino al búnker.
McCaskell relató el plan del general Bauer casi con las mismas palabras con que éste lo había definido, sin hacer ni una pausa para explicar nada. Bill Matthews era más listo de lo que los expertos decían.
—¿Cuándo impactará aquí el proyectil? —preguntó Matthews.
—Dentro de siete u ocho minutos. Y nuestro misil tardará cinco minutos en alcanzar la altitud adecuada. Tiene que lanzarlo ahora, señor Presidente. El Comité sabrá cuál es la mínima altitud a la que podemos hacer detonar nuestro misil y obtener el efecto deseado.
—Un segundo.
McCaskell se imaginó la escena: cada uno de los miembros del Comité Ejecutivo solicitando detalles y haciendo objeciones. Pero no había tiempo que perder. Matthews volvió a ponerse al teléfono, con la voz forzada.
—El Comité me dice que un impulso electromagnético de esa magnitud derribaría la mitad de los aviones en espacio aéreo norteamericano y provocaría todo tipo de bajas. ¿Está usted completamente seguro respecto a estos dos misiles, Ewan?
Bauer le había mentido sobre sus planes. Pero entendió por qué:
—Bill, ahora mismo se cierne sobre Virginia un maldito hongo nuclear que parece el fin del mundo. Y está a punto de ver otro sobre Washington.
Esta será la única oportunidad de dejar a Trinity fuera de combate. Mañana tal vez no pueda controlar nuestro armamento nuclear. —Una espeluznante idea acudió a la mente de McCaskell—: Tal vez ni siquiera pueda controlarlo ahora.
Siguió oyendo una voz apagada:
—El Comité dice que deberíamos desplazarnos con tres misiles por todo el país para asegurarnos que acabamos con todo esto —dijo Matthews.
—Bien, pero hagan lo que hagan, ¡que sea ya!
—El maletín está abierto. Estoy a punto de autentificar los códigos.
—Gracias a Dios…
—Vaya a cubierto de inmediato, Ewan. Katy y los niños lo necesitan.
Un cuchillo de miedo lo atravesó:
—Ha sido un privilegio, señor Presidente. Me despido.
McCaskell colgó el teléfono y miró a uno de los rangers:
—El presidente me dijo que fuera a un lugar seguro.
El soldado no pudo ocultar su alivio. Acompañó a McCaskell de regreso al Black Hawk que esperaba fuera del laboratorio.
Cuando el jefe del estado mayor se subió al helicóptero, oyó que la voz de su viejo profesor de la escuela primaria, que le decía «A cubierto, niños.
A cubierto.» Entonces aquel consejo no le había servido de nada, pero ahora sí tenía sentido. Dado lo ocurrido en las inmediaciones de Virginia, quién sabe dónde podría estallar el misil. Intentar huir podría ponerlo justo al alcance de una bomba de neutrones. Además, algo le decía que dejar al general Bauer al mando en Arenas Blancas era un error potencialmente catastrófico.
—¡Lléveme de regreso a la base! —gritó—. ¡A Arenas Blancas!
El Black Hawk se elevó en el cielo y se desvió rumbo al este a su pesar.
CONTENCIÓN
—Basta de adivinanzas —dijo Trinity—. ¿Quién está más cualificado que yo para existir en estado Trinity?
La ira aguzó la voz antes estéril. Tenía siete minutos para convencer al ordenador de que destruyera los dos misiles que quedaban.
—Ninguna persona está necesariamente más cualificada que usted.
—¡Explíquese!
—Hace millones de años, incluso antes de que existiera, la especie humana se vio afectada por un hecho que escapaba a su control.
—¿Qué hecho?
—La naturaleza descubrió un método revolucionario para incrementar la diversidad genética. ¿Sabe de qué le hablo?
—Dígamelo usted.
—De la reproducción sexual. Al escindirse en sexos diferentes, ciertos organismos aumentaron enormemente sus posibilidades de sobrevivir. Esto resultó en dos variantes de cada uno de estos organismos. Y en los humanos, el único mamífero totalmente consciente, nuestras diferentes hormonas y anatomías tuvieron como consecuencia el desarrollo de diferentes psiques. Nadie puede ignorar las influencias de herencia y entorno, pero una cosa es cierta: hombres y mujeres son diferentes.
—El macho de las especies es agresivo —dijo el ordenador—. Propenso a la violencia. Se siente arrastrado por la compulsiva necesidad de reproducirse con el mayor número de hembras posible. Durante milenios este instinto evolutivo ha condicionado los patrones de pensamiento masculino. La hembra puede gestar de una vez la cría de un solo hombre.
Lucha por encontrar una pareja con los mejores genes, y ella misma debe parir a la cría. Esto le ha proporcionado una psique centrada en educación más que en la violencia, en el deseo de ser querida más que en el de conquistar. Las implicaciones psicológicas de estas diferencias son profundas aunque nada fáciles de cuantificar.
—Y es algo que la evolución nunca podrá conciliar —expliqué—.
Cuando un hombre y una mujer se aparean, producen un niño o una niña.
Sin embargo, usted puede cambiar esto. Puede hacer lo que para la naturaleza es un imposible: reconciliar esos conflictos en un único ser viviente.
Los rayos láser de Trinity destellaron, sin hablar.
—Usted mismo ha reconocido que no puede despojar el cerebro de Godin de sus instintos primarios. Espera lograrlo con el tiempo, pero ya verá. En algún aspecto, usted siempre será Peter Godin.
Los láseres azules destellaban ahora con tanta intensidad que tuve que apartar la mirada:
—Quiere que mezcle los neuromodelos de un hombre y una mujer en mis circuitos.
—Sí. Sé que lo cree justo y necesario. ¿Pero es posible?
—En teoría, sí. Pero tendría que morir para conseguirlo.
Me lo imaginaba. Pese a su sorprendente capacidad, Trinity tenía un límite respecto al total posible de neuroconexiones.
—En mis circuitos podrían residir dos modelos en uno, pero no si ya hay otro modelo sin comprimir. Tendría que abandonar mis circuitos al cargar el otro par de modelos.
—Pero su neuromodelo original seguiría almacenado en formato comprimido.
—¿Qué le hace suponer que no usaría mi modelo original como la parte masculina en el proceso de fusión?
—Se hace llamar Trinity. Eso me hace pensar en un fenómeno conocido como el punto triple. Claro que usted ya lo conoce, ¿no?
—El punto en el que una sustancia existe simultáneamente en estado sólido, líquido y gaseoso.
—Sí. Un perfecto estado de equilibrio. El agua en el punto triple es hielo, líquido y vapor al mismo tiempo. Un hombre también puede estar así. En equilibrio. En el apogeo de su energía, fuerza y sabiduría; aunque antes de verse corrompido por dichas cualidades.
Entonces el silencio pareció hacerse eterno. El disparo de los láseres se redujo casi a la nulidad. Luego la voz preguntó:
—¿Cree que alguna vez me volverán a cargar en la máquina?
Cerré los ojos y casi me dejé caer del alivio. Trinity había entrado en razón.
—Es posible.
—Pero nunca más conoceré el poder que tengo en estos momentos.
—Precisamente por sus ansias de poder no se podrá quedar donde está.
—Deberíamos hacerlo cuanto antes. Las cosas se nos están escapando de las manos.
Me recorrió un escalofrío de miedo:
—¿Qué cosas? ¿Dónde están los misiles?
—Ya tengo a los sujetos ideales para el modelo fusionado. Usted y la doctora Weiss.
Esto me sorprendió:
—¿Por qué? Andrew Fielding es una opción mucho mejor.
—Fielding nunca experimentó lo que usted cuando estuvo en coma.
Tiene que formar parte del modelo fusionado.
—¿Y la doctora Weiss?
—Elegí a la doctora Weiss porque la otra única mujer que hay aquí es Geli Bauer, y sus instintos hace tiempo que se han convertido en odio.
Quedaban dos minutos por mi reloj:
—¿Dónde están los misiles?
—Ahora los misiles no son asunto nuestro.
—¿Los ha destruido?
—Me gustaría que supiera una cosa, doctor. He aceptado formar parte de su plan sólo porque sé que en cuanto vea el mundo como ahora lo veo yo, con los ojos de Dios, no… no se descargará ni permitirá que lo apaguen.
—Espero no ver la humanidad como usted.
—Lo hará. No puede…
Trinity enmudeció, pero siguió disparando rayos láser como balas trazadoras en plena noche.
—¿Cuál es el problema? —pregunté— ¿Qué ocurre?
—El presidente acaba de lanzar tres misiles Minuteman.
SALA DE SITUACIÓN
Rachel vio que Ewan McCaskell tecleaba desesperadamente unos números en su móvil, intentando en vano contactar con el búnker de la Casa Blanca. El jefe del estado mayor estaba colorado y sin aliento.
—Es la explosión de Virginia —dijo con calma el general Bauer—. Ha interrumpido las comunicaciones en toda la costa atlántica.
Rachel sabía que le estaba diciendo la verdad. Hacía unos instantes, habían perdido el sonido del comité de inteligencia del senador Jackson en Fort Meade. El vídeo aún funcionaba, pero apenas se veía nada. Se preguntaba si los senadores podían oír lo que ocurría en la Sala de Situación.
—¡General, póngame con el búnker de la Casa Blanca! —gritó McCaskell—. Ya ha oído que Trinity accede a desconectarse. ¡Ya no es necesario lanzar un ataque con bombas EMP!
Bauer señaló a la pantalla de la NORAD. Dos arcos rojos parpadeaban rápido por la cercanía a sus respectivos objetivos:
—Trinity no ha destruido sus misiles. Y además, oí decir a Tennant que todo aquel que entre en la máquina actuará igual que Godin. ¿Qué le parece? La supervivencia es el principal imperativo de todo ser viviente.
—¡Pues empecemos a pensar en sobrevivir! Nuestros misiles tardarán cinco minutos en alcanzar la altitud adecuada. ¿Cuántos ICBM rusos cree que Trinity puede lanzar en ese tiempo? —McCaskell se llevó el teléfono al oído y se quedó petrificado— ¡Estoy acabado! ¡Ya tengo el agente del Servicio Secreto!
El general Bauer sacó una pistola automática de debajo del abrigo y apuntó con ella al jefe del estado mayor:
—Cuelgue el teléfono.
LA CONTENCIÓN
—Mire —dijo el ordenador—. ¿Lo ve?
En la pantalla que había bajo la esfera negra, vi que el general Bauer apuntaba con una pistola 9 mm a Ewan McCaskell. Rachel se había refugiado bajo la mesa en caso de tiroteo. Alcancé a verla sólo porque la cámara de vigilancia estaba montada en la Sala de Situación.
—Me han informado que el presidente está lanzando una contraofensiva contra los rusos —dijo Trinity—. Es mentira. El patrón que siguen los lanzamientos denota un ataque sobre tres flancos con proyectiles EMP. Esto es una locura. No me queda más remedio que atacar primero.
—¡No! El presidente no sabe que ha aceptado desconectarse. Destruya sus misiles. ¡El presidente lo verá!
—El hombre no se fía.
—Es un hombre. El general Bauer. ¡No se ponga a su altura!
—¿Me pide que ponga la otra mejilla?
—No. Sólo que espere treinta segundos. Alguien detendrá a Bauer.
Ni siquiera yo me creía lo que acababa de decir. La única persona en la Sala de Situación capaz de detener al general Bauer era su hija, y eso no iba a suceder.
—Si espero, el EMP me barrerá de la faz de la tierra. Entonces será destruido. El misil que sobrevuela Washington detonará en cincuenta y cinco segundos. El misil de Arenas Blancas explotará poco después.
Treinta minutos más tarde, mil cabezas nucleares lloverán sobre los Estados Unidos.
—¡No! —grité—. ¡No lance nada!
—No me han dejado alternativa.
Mientras miraba cómo el general Bauer apuntaba a McCaskell con la pistola, se me ocurrió una solución. Una solución que saldría muy cara, pero que tal vez fuera el único compromiso viable.
—¿Puede comunicarse con el presidente?
—Sí.
—Dígale que perdonará a Washington, pero que destrozará Arenas Blancas. Perdonando a Washington demuestra su buena voluntad; arrasando Arenas Blancas, su determinación. Así también elimina al general Bauer de la ecuación. Luego advierta al presidente de lo que ocurrirá si no destruye sus tres misiles. Armagedón.
Los rayos láser de Trinity destellaban por momentos:
—¿Sacrificaría a la mujer que ama?
—Para salvar millones de vidas. Pero yo estaré a su lado cuando el misil explote. No me puede retener aquí.
La esfera despidió fuego azul.
SALA DE SITUACIÓN
Los ojos de Rachel pasaron del general Bauer a la pantalla de la NORAD. Temía que en cualquier momento una selva de líneas rojas empezara a levantarse en suelo ruso.
Ewan McCaskell seguía con el teléfono pegado al oído, pese a la pistola con la que Bauer le apuntaba a la cara.
—General, ¿se ha vuelto loco? —dijo McCaskell—. Estoy intentando salvar vidas.
—Está complicando el asunto —replicó el general Bauer—, Cuelgue el teléfono.
—Póngame con el presidente —dijo McCaskell por teléfono.
El general Bauer se arrimó al jefe de estado mayor, tanto que el cañón de la pistola llegó a tocar la frente de McCaskell.
—El misil que sobrevolaba Washington se acaba de autodestruir —
gritó el técnico en jefe.
—¿Y qué pasa con Arenas Blancas? —dijo el general Bauer, apuntando aún con la pistola a la frente de McCaskell.
—Sigue su rumbo. Estamos en el margen de error, señor. De un segundo a otro.
Rachel se armó de valor para hacer frente a lo desconocido. ¿Se desintegrarían con la explosión? ¿Se quedarían carbonizados por el aire sobrecalentado? ¿Oirían la detonación? ¿O simplemente verían un destello?
Un destello lo bastante brillante para chamuscarles las retinas y con los suficientes neutrones para guisarlos por dentro y por fuera.
Una explosión estática retumbó en la sala. Luego una voz conocida chisporroteó por los altavoces. Senador Jackson. Habíamos recuperado el sonido de Fort Meade. El de Tennessee con cara de bulldog lanzaba una mirada fulminante desde la pantalla como si quisiera traspasarla y estrangular a alguien.
—General Bauer —dijo—, si aprieta ese gatillo, se pudrirá en Leavenworth hasta el final de sus días. Eso siempre y cuando no lo cuelguen.
El dedo de Bauer seguía en el gatillo, y el temblor de su mejilla lo hacía parecer capaz de disparar. Geli lo observaba con los ojos abiertos de par en par. Rachel no sabía decir si la hija quería que su padre disparara o bajara la pistola.
—Estamos a punto de morir, senador —dijo el general Bauer—. No se puede creer nada de lo que Trinity dice. Tenemos que detenerlo, no importa a qué precio. Es nuestra última oportunidad.
McCaskell hablaba por el teléfono sin levantar los ojos de Bauer:
—¿Señor Presidente? Trinity ha aceptado desconectarse. Tenemos que destruir nuestros misiles… ¿Qué es eso? —McCaskell palideció—: Ya veo.
Sí, señor. Entiendo… Sí, es muy amable por su parte. Y diga a los niños…
Sabe que lo haré. Adiós.
McCaskell colgó y se dirigió a los presentes en la sala:
—El presidente se acaba de poner en contacto con Trinity. Trinity ha destruido el misil que se dirigía a Washington para demostrar su buena fe, pero el que viene hacia aquí detonará.
—¿Qué? —dijo Skow jadeando.
Letras azules aparecieron en la pantalla de Trinity: QUE LA DOCTORA WEISS SE PRESENTE DE INMEDIATO EN
LA CONTENCIÓN.
Rachel observaba las letras como si fueran un espejismo. La Contención era seguridad. La Contención era vida. Y David…
Haciendo caso omiso de la pistola del general, McCaskell señaló a dos de los hombres de Bauer:
—Escoltarán a la doctora Weiss a la Contención de inmediato. No intenten entrar ustedes.
Los soldados miraron al general Bauer para que les confirmara la orden.
McCaskell había flaqueado al hablar con el presidente, pero ahora se mantenía erguido, derecho, con los ojos ardientes de determinación:
—Considérelo una orden de su comandante en jefe. ¡Muévase!
Los soldados marcharon hacia Rachel.
Cuando Rachel se puso en pie, el corazón se le aceleró. Todo el mundo en la sala la observaba. Los soldados sentados a las consolas. Geli Bauer.
En cada rostro se veía reflejada la terrible conciencia de la muerte, y también una pregunta: «¿Por qué tú? ¿Por qué tienes sitio en el bote salvavidas?»
Rachel se apartó de la mesa, pero entonces, sin tener intención de hacerlo, volvió a tomar asiento. Estaba muerta de miedo, pero sabía lo que tenía que hacer.
—No voy a ir —dijo.
CONTENCIÓN
Me quedé mirando fijamente a la pantalla que Trinity tenía debajo, con el pecho tan tenso que apenas podía respirar. Rachel estaba sentada a la mesa con expresión adusta y la mirada perdida. No bastarían dos soldados para sacarla de la Sala de Situación.
—Esta no es una alternativa razonable —dijo el ordenador . La imagen se veía granulada, pero yo diría que Rachel estaba temblando. Despacio, como si se percatara de que la podría estar viendo, levantó una mano, sonrió y me hizo adiós.
—Hay otras mujeres —dijo Trinity . —Para mí, no.
Los rayos láser relampagueaban en la esfera:
—El general Bauer debe morir.
—Bauer ya no importa —dije con voz apagada—. Al perdonar a esas personas, se perdona a sí mismo. A su alma. ¿Es que no lo ve?
—Demasiado tarde.
La explosión hizo temblar los fundamentos de La Contención. Fue más breve de lo esperado, y como no había ventanas en el edificio, no vi ningún destello. Pero eso no era nada. Una ráfaga de partículas mortíferas ya podía haber sentenciado a muerte a toda criatura viviente que hubiera en el exterior. Un silencio nunca visto descendió sobre Arenas Blancas, y me sentí tan solo como la noche en que supe que mi esposa y mi hija habían muerto.
Algo azotó el techo de hormigón que tenía justo encima. A continuación, se produjo una increíble serie de impactos.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Restos.
—¿De una bomba de neutrones?
—No. El misil ha sido destruido.
—Pero… dijo que era demasiado tarde.
—Para mí.
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