Las huellas de dios

Greg Iles · Capítulo 39 de 47

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Las huellas de dios

Capítulo 38

38

Capítulo

EL sol brillaba con un resplandor blanco y claro en el exterior del avión cuando sobrevolábamos Estados Unidos rumbo al oeste. Habíamos dejado nuestro vuelo EL AL 747 en Nueva York. El Gulfstream corporativo al que los israelíes nos habían hecho transbordar era diminuto en comparación, pero mucho más lujoso. Desde que despegamos del JFK, Rachel había estado durmiendo en una cama de la parte de atrás. Yo no tuve esa suerte.

El general Kinski me había mantenido despierto, respondiendo a infinidad de preguntas formuladas por los científicos israelíes. Necesitaba dormir desesperadamente, pero como el jefe del Mossad podía dar órdenes al piloto para que regresara a Nueva York en cualquier momento, no me quedaba más remedio que cooperar.

En algún lugar sobre Arkansas, Kinski acabó percatándose de que yo había resistido todo lo que había podido. Fui al lavabo, luego me dirigí a la cola del avión para estar con Rachel. Ya no dormía, sino que miraba por la ventana hacia la interminable alfombra de cúmulos que teníamos debajo.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Levantó la mirada y me observó con ojos cansados:

—Pensaba que nunca te dejarían en paz.

Me senté a su lado. Tenía la garganta seca de hablar, y el cuello me dolía como si hubiera estado mirando una película en el cine desde la primera fila.

Deslizó su mano hasta la mía y apoyó la cabeza sobre mi hombro:

—Se puede decir que no hemos podido hablar desde que saliste del coma.

—Lo sé.

—¿Hablamos ahora?

—Si quieres. Pero no te va a gustar lo que tengo que decirte.

—¿Has soñado algo?

—Sí y no. No era como uno de mis anteriores sueños. No era como una película. Era como si hubiera estado sordo toda mi vida y de repente oyera a Bach. Una inefable sensación de revelación. Y ahora… sé cosas.

—Eso suena a colocón. ¿Qué clase de cosas sabes?

Me lo pensé bien antes de responder:

—La clase de cosas que los niños de cinco años quieren saber.

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Dios existe?

Rachel se incorporó, y juraría que se estaba metiendo en el papel de profesional:

—Háblame de ello.

—Lo haré. Pero tienes que dejar a un lado todos tus prejuicios. Es algo así como Saul-de-camino-a-Damasco.

Rachel se rió en bajo, con una mirada de complicidad:

—¿Creías que esperaría oír algo diferente?

Una parte de mí quería guardar silencio. Las cosas que recientemente había compartido con Rachel la habían predispuesto a creer en mí, aunque en comparación con las revelaciones de mi coma, aquello era algo convencional. Lo mejor para empezar era algo con lo que ella estuviera familiarizada.

—¿Te acuerdas de mi primer sueño? ¿El recurrente?

—¿El del hombre sentado en el cuarto oscuro?

—Sí. Que no podía ver ni oír ni recordar nada. ¿Te acuerdas qué era lo que se preguntaba?

—¿Quién soy? ¿De dónde vengo?

—Exacto. Y tú dijiste que el hombre de aquel sueño era yo, ¿te acuerdas?

Rachel se apartó un pelo negro de delante de los ojos:

—¿Aún no te imaginas quién era?

—No.

—¿Quién era?

—Dios.

Los músculos se le tensaron bajo el plano ovalado del rostro:

—Debería habérmelo imaginado.

—Que no cunda el pánico. Es una manera de hablar, porque no existe una palabra capaz de expresar lo que sentí. Dios no es como nos imaginamos. No es hombre ni mujer. Ni siquiera es un espíritu. Y sólo digo

«él» como tema de conversación.

—Es bueno saberlo —rió con ironía—. ¿Me estás diciendo que Dios es un hombre paralítico y desmemoriado que está sentado en un rincón oscuro como la noche?

—Al principio, sí.

—¿Está indefenso?

—No del todo. Pero él cree que sí.

—No lo entiendo.

—Para entender el principio, tienes que entender el final. Cuando llegues al final, lo entenderás todo.

Rachel no parecía convencida.

—¿Recuerdas el sueño? El hombre del cuarto se obsesiona con las preguntas que se plantea, se obsesiona tanto que él mismo se convierte en pregunta: «¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Siempre he estado aquí?»

Luego ve una bola negra flotando en el espacio que tiene ante sí. Más oscuro que cualquier oscuridad.

Rachel asintió:

—¿Ahora ya sabes qué es esa bola?

—Sí. Una singularidad. Un punto de infinita densidad, temperatura y presión.

—¿Un agujero negro? ¿Como el que existía antes del Big Bang?

—Exacto. ¿Y sabes qué existía antes de eso?

Rachel se encogió de hombros:

—Nadie lo sabe.

—Yo sí.

—¿El qué?

—El deseo divino de conocer.

Me miró llena de curiosidad:

—¿Conocer el qué?

—Su propia identidad.

Rachel me agarró la mano y, acariciándome la palma con el pulgar, dijo:

—La bola negra explotó en tu sueño, ¿no? Como una bomba de hidrógeno, dijiste.

—Sí. Devoró la oscuridad a una velocidad increíble. Sin embargo, el hombre del sueño siempre se quedaba fuera de la explosión.

—¿Cómo interpretas esa imagen? ¿Dios contemplando el nacimiento del universo?

—Sí, pero yo no lo interpreto. Lo he visto. He visto lo que Dios vio.

El pulgar se detuvo. No sabía ocultar la tristeza que invadía sus ojos:

—Sé lo que estás pensando —dije.

—David, no puedes leerme la mente.

—Pero puedo leerte los ojos. Mira, para entender lo que te estoy diciendo, tendrás que dejar de hacer el papel de psiquiatra durante unos veinte minutos.

Rachel respiró hondo:

—Lo intento. En serio. Descríbeme lo que viste.

—Te lo describí hace semanas. Sólo que entonces no le encontraba ningún sentido. Esa explosión era el Big Bang. El nacimiento de materia y energía a partir de una singularidad. El nacimiento del tiempo y de nuestro universo.

—¿Y el resto de tus sueños?

—Piensa en lo que te conté. Después del estallido, el universo en expansión empezó a desplazar a Dios. Esto no sucedió en tres dimensiones, pero es la única manera que tenemos de imaginárnoslo. Piensa en Dios como en un océano infinito. El Génesis describe algo así. Sin olas, sin corrientes, sin siquiera burbujear. Armonía perfecta, resolución total e inercia absoluta.

—Continúa.

—Piensa en el nacimiento del universo como una burbuja que se forma en el centro de ese océano. Que se forma y se expande como una explosión, desplazando el agua a la velocidad de la luz.

—Lo que ocurre en el interior de la burbuja es lo que yo vi en los últimos sueños que he tenido. El nacimiento de estrellas y galaxias, la formación de los planetas, y demás. Vi toda la historia de nuestro universo.

Tú me decías que todo aquello estaba en las fotografías tomadas por el telescopio espacial Hubble.

—Sí, lo recuerdo.

—Al final, mis sueños se centraron en la Tierra. Meteoritos que colisionaban con la atmósfera primitiva, los aminoácidos en formación. La evolución pasó de lo inorgánico a lo orgánico. Los microbios se volvieron multicelulares, y el género humano culminó la cadena de peces, anfibios, reptiles, pájaros, mamíferos, primates…

—El hombre —concluyó Rachel.

—Sí. Se necesitaron cientos de miles de millones de años de mutación para llegar al hombre. Y todo eso se redujo a nada a ojos de Dios.

Rachel frunció el ceño:

—¿Por qué? ¿Dios no pretendía que existieran todas aquellas criaturas?

¿Que evolucionaran?

—No. No exactamente. Dios se quedó sorprendido ante todo esto.

—¿Sorprendido?

—Bueno… Creo que la sensación era más de déjà vu. Antes ya había visto algo así. No del todo igual; pero lo que vio le hizo recordar cosas.

Rachel se giró en su asiento y me miró a los ojos:

—¿Y la creación de la vida no representó nada para él?

—Al principio, no. Pero luego, de aquella ingente masa de vida, una chispa con el brillo del Big Bang apareció en su mirada.

—¿Qué chispa?

—La conciencia. La inteligencia humana. En algún rincón de África, un homínido capaz de fabricar instrumentos y con un cerebro relativamente grande presintió la muerte. Presintió un futuro en el que dejaría de existir.

Ese homínido no sólo tomó conciencia de sí mismo, sino también del tiempo. Y ese momento fue una epifanía para Dios.

—¿Por qué?

—Porque la conciencia fue lo primero en esa aterradora explosión de materia y energía con lo que Dios se identificó.

—¿Dios es eso? ¿Conciencia?

—Eso creo. Conciencia sin materia o energía. Pura información.

Rachel guardó silencio por un momento, y no pude leerle la mirada:

—¿Adónde nos lleva todo esto? —preguntó al final.

—A un lugar muy excitante. Pero de momento quedémonos en los sueños. El hombre evolucionó rápidamente. Cultivó la tierra, construyó ciudades, hizo constar su propia historia. Y Dios sintió una especie de esperanza.

—¿Esperanza de?

—De conocer por fin la naturaleza de su propia existencia.

—¿Dios respondió a sus preguntas observando la humanidad?

—No. Porque llegado un determinado punto, la evolución se detuvo.

No se produjeron más transformaciones biológicas, sino más bien psicológicas. El hombre empezó a destruir ciudades casi con la misma rapidez con que las había construido. Saqueó ciudades, quemó los campos con sal, asesinó a sus hermanos, violó a sus hermanas, abusó de sus hijos.

El hombre tenía un potencial ilimitado, pero se veía atrapado en un ciclo de comportamiento autodestructivo, incapaz de evolucionar más allá de una existencia esencialmente brutal.

—¿Y Dios no tenía nada que ver con esto?

—No. Dios no puede controlar lo que ocurre en el interior de la burbuja. No existe en el mundo de la materia y la energía. En cualquier caso, no como Dios. Sólo podía observar y tratar de comprenderlo. A medida que los siglos iban transcurriendo, se iba obsesionando con el hombre, como una vez se había obsesionado consigo mismo. ¿Por qué el hombre no iba a poder romper el ciclo de violencia e inutilidad? Dios centró todo su ser en la burbuja, para encontrar un punto débil, un camino en la matriz de la materia y la energía que lo estaba desplazando.

—¿Y?

—Ocurrió. Dios se vio a sí mismo contemplando la burbuja desde el exterior. A través de los ojos de un ser humano. Tocó piel humana, olió la

Tierra, se vio reflejado en los ojos de una madre. Los ojos de su madre.

Rachel se había quedado de piedra:

—Ahora me estás hablando de Jesús, ¿no? Me estás diciendo que Dios se convirtió en Jesús de Nazaret.

Asentí.

—Estás diciendo exactamente lo que los cristianos creen. Sólo que… tú lo haces parecer un accidente.

—En cierto modo, lo fue. Dios centró su atención en el mundo, y Jesús fue la puerta que se le abrió. ¿Y por qué ese niño en concreto? ¿Quién sabe?

—¿Entró todo Dios en Jesús?

—No. Imagínate que tienes en la mano una vela ardiendo. Acércale a la llama una segunda vela hasta que el fuego prenda en ella y luego retírala.

Así sucedió. Una parte de Dios entró en Jesús. El resto permaneció fuera de nuestro universo. Fuera de la burbuja.

—¿Pero Jesús tenía el poder de Dios?

—No. En el interior de la burbuja, Dios está sometido a las leyes del universo.

—¿Y los milagros? ¿Caminar sobre el agua? ¿Resucitar a los muertos?

—Jesús era un curandero, no un mago. Todas esas historias fueron útiles para aquellos que crearon una religión en torno a él.

Rachel meneaba la cabeza como quien sufre vértigo:

—No sé qué decir.

—Piensa en ello. Se conoce muy poco sobre los primeros años de la vida de Jesús. Tenemos la leyenda de su nacimiento. Seguramente algunos relatos sobre su infancia son apócrifos. Después, a los treinta años, su figura plena cobra importancia. Muchas veces me he preguntado por qué la gente no plantea más preguntas sobre la juventud de Jesús. ¿Fue el niño perfecto? ¿Amó a alguna mujer? ¿Tuvo hijos? ¿Pecó como todos los hombres? ¿Por qué esta laguna en su vida?

—¿Debo suponer que tienes la respuesta?

—Creo que sí. Dios vino al mundo con la intención de entender por qué la humanidad no siguió evolucionando. Para lograrlo, vivió como un hombre. Y cuando se hizo adulto, obtuvo la respuesta. El dolor y la

inutilidad de la vida se hacían soportables gracias a los inefables placeres que los seres humanos podían experimentar. Belleza, risa, amor… e incluso a los pequeños placeres de comer fruta o mirar a un niño. Dios sintió estas maravillosas cosas a través de Jesús. Sin embargo, también vio la desaparición del hombre como especie.

—¿Por qué?

—El hombre había crecido en un mundo violento porque tenía los instintos primitivos necesarios para vivir en él. Pero si quería seguir evolucionando, tenía que dejar atrás esos instintos. La evolución nunca se los anularía. La evolución no estaba pensada para crear seres morales. Es un mecanismo ciego, un mecanismo de guerra competitiva orientado sólo hacia la supervivencia.

Rachel parecía pensativa:

—Creo que sé adónde vas a parar.

—Dímelo tú.

Metiéndose en la piel de Jesús, Dios intentaba persuadir al hombre para que abandonara sus instintos primarios y se alejara de su lado salvaje.

—Exacto. ¿Qué hizo y qué dijo Jesús? Olvida lo que sus seguidores dijeron sobre su vida. Piensa sólo en sus palabras y sus actos.

—Ama al prójimo como a ti mismo. Al que te abofetee la mejilla derecha, ofrécele también la otra. —Él renegaba de sus instintos humanos.

—Deja todo lo que tienes y sígueme —cité—. Jesús vivía de manera ejemplar e inspiraba a la gente a seguir su ejemplo.

—Por eso lo mataron.

—Era inevitable.

Rachel se mordió el labio inferior y miró a través del cuadrado azul que era la ventana del avión:

—¿Y su crucifixión? ¿Qué sucedió en la cruz?

—Murió. La llama que ardía en su interior volvió al lugar del que procedía. Abandonó el mundo de la materia y la energía.

—¿No hubo resurrección?

—No del cuerpo.

Rachel respiró hondo, luego se volvió hacia mí como temerosa de oír lo que le diría:

—¿Entonces qué hizo Dios?

—Se desesperó. Como hombre había hecho lo que había podido, y aunque influyó en muchos, su mensaje fue embellecido, tergiversado, explotado. Durante dos mil años, el principal empeño del hombre parecía hallar maneras más eficaces de destruir a sus semejantes. Hasta…

—¿Hasta?

—Hasta hace unos meses.

—¿Me estás hablando ahora del Proyecto Trinity?

Asentí:

—En el interior de Trinity crecía la semilla de la salvación, para el hombre y para Dios. Si la conciencia humana se podía liberar del cuerpo, por fin sería posible dejar atrás los instintos primarios que habían tullido al hombre durante tanto tiempo.

—¿Y qué hizo Dios, entonces?

—Se volvió a centrar en el mundo. Pero en un mundo mucho más reducido. En nuestro pequeño grupo de seis: Godin, Fielding, Nara, Skow, Klein… yo.

—David… ¿estás diciendo lo que creo que estás diciendo?

—Dios quería volver a la burbuja.

—¿Por qué?

—Porque vio que el hombre que más cerca estaba de alcanzar el siguiente estado evolutivo, lo que llamamos el estado Trinity, tanto podía destruir la humanidad como salvarla.

—¿Peter Godin?

—Sí.

Rachel bajó la vista hacia el regazo:

—¿Me estás diciendo que Dios te eligió para que impidieras que Peter Godin entrara en el ordenador Trinity?

—Sí.

Rachel asintió como confirmando un diagnóstico en silencio y después me miró:

David, en Tennessee me dijiste que te sentías el elegido de Dios.

¿Ahora sientes que Dios está dentro de ti?

—Sí.

—¿Como lo estaba dentro de Jesús?

—Ahora una parte de esa llama original está dentro de mí. Por eso tuve todos esos sueños con Jerusalén, y por eso parecían recuerdos. Eran recuerdos.

—Oh, David… oh, no. —Reclinó la cabeza y parpadeó tratando de contener las lágrimas.

—No tienes por qué creerme. Pronto lo verás con tus propios ojos.

—¿Veré el qué? ¿Lo que vas a hacer?

—Detener a Godin.

Rachel se volvió directamente hacia mí, con mirada resuelta:

—Te voy a decir lo que pienso. Tengo que hacerlo, porque pronto aterrizaremos, y tú has pedido al general Kinski que nos meta en una situación muy peligrosa; una situación para la que no estás ni remotamente preparado.

—Rachel…

—¿Me dejas que te diga lo que pienso?

—Sí, pero tú tampoco me has dejado acabar. Te dije que para entender el principio, había que entender el final.

Rachel cerró los ojos, y vi que se le había acabado la paciencia. Suspiré derrotado:

—Adelante.

Me miró con dureza:

—Ese hombre que está paralítico en ese cuarto oscuro no es Dios. Eres tú. Nunca has superado la pérdida de Karen y Zooey.

Era increíble. Había dado todo un rodeo hasta llegar al diagnóstico inicial:

—¿Y todo lo que te he estado diciendo?

—En resumen, ¿qué me has estado diciendo? Dios te ha encomendado una misión. Una misión para salvar a la humanidad. ¿Estás de acuerdo?

—Supongo que sí.

—¿Es que no lo ves? Al creerte esta fantástica historia, tu mente huye del terrible dolor que te produce el haber perdido a tu familia.

—¿Cómo?

—En esta compleja ilusión, las muertes de Karen y Zooey tienen sentido. Fueron sus muertes las que te hicieron escribir un libro. Y fue ese libro lo que hizo que te asignaran la supervisión ética del Proyecto Trinity.

Si crees que Dios te metió en Trinity para que impidieras el Armagedón, entonces las muertes de tu familia cobran sentido y dejan de ser una absurda tragedia.

Me aferré al apoyabrazos procurando purgar mi frustración.

—David, tienes un título en física teórica por el MIT. Tu cerebro podría crear esta fantasía mientras hacías cuadrar las cuentas.

—Karen y Zooey murieron hace cinco años —dije—. Espera. Olvida ese tema. ¿Recuerdas lo que decía mi padre sobre la religión?

—¿Qué?

—La humanidad es el universo unificado.

—Lo recuerdo.

—Tenía más razón de lo que yo creía. Y algo en su manera de educarme hace que deje entrar a Dios en mi interior.

—¡Pero si tú nunca has creído en Dios!

—No del modo tradicional. Pero creo en esto. Conozco esto. Y si me das un minuto más, entenderás por qué tengo que ir a Arenas Blancas.

—¿Un minuto? Eso es más de lo que debería darte.

—Después de que sacaran a Niels Bohr clandestinamente de territorio nazi, se procuró refugio en Los Álamos. Allí dio con unos físicos muy inquietos. Mi padre era uno de ellos. De pronto estos inocentes académicos empezaron a trabajar con tecnología lo bastante potente para poner fin no sólo a la guerra, sino al mundo. Bohr los calmó hablándoles de un hondo principio llamado de complementariedad. Les dijo: «Toda gran dificultad contiene su propia respuesta.» La bomba que es capaz de destruir el mundo también tenía el poder de acabar con el conflicto bélico a gran escala. Y lo hizo. —Tamborileé con los nudillos en el apoyabrazos—: Pues lo mismo ocurre con el ordenador Trinity. Puede acabar con nuestro mundo o salvarlo de la hecatombe.

Rachel se reclinó en el asiento y se frotó los ojos:

—¿No crees que estás exagerando?

—No.

—No puedo seguir pensando en esto.

En lugar de discutir, me puse a hacerle masajes en el cuello. Su tensión desaparecería muy lentamente, pero al cabo de un rato se acomodó en el asiento y empezó a respirar pausadamente. Yo mismo estaba medio dormido cuando el general Kinski apareció en el pasillo, lanzándome una mirada de apremio desde aquel rostro curtido.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Un valle muy poblado de Alemania que el río acaba de inundar.

Media ciudad ha quedado arrasada. Los muros de la presa han cedido.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —inquirió Rachel adormilada.

—La presa estaba computerizada. Sus operarios humanos intentaron invalidar el sistema automático, pero el ordenador había dañado los canales de desagüe. Montones de personas murieron ahogadas.

—¿Trinity? —adiviné.

—Eso creemos.

—Esto no es más que el principio.

Kinski asintió:

—Me temo que tienes razón.

—Pero Alemania —dijo Rachel— ¿Qué iba a tener que ver Alemania con esto?

—No tardaremos mucho en saberlo —contestó el jefe del Mossad—.

En cualquier caso, me parece que ahora estamos en guerra con la máquina.

¿Podría volver a su asiento, doctor Tennant? Tenemos algunas preguntas más que debe responder.

Me levanté y seguí los pasos del israelí.

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