Libelo contra la secta
Entre la ideología y la ineptitud
La política exterior de España bajo el zapaterismo tiene por supuesto la misma carga de ineptitud de su política general. Raro habría sido lo contrario. Miguel Ángel Moratinos, un funcionario en su día con fama de trabajador, logró generar inicialmente cierta confianza en el exterior durante los arranques de la disparatada aventura zapateril por este mundo. Al fin y al cabo, era un diplomático relativamente conocido en el exterior, muchísimo mejor educado que sus compañeros del Consejo de Ministros y no se le conocían grandes debacles en la diplomacia, en la que las meteduras de pata se perciben de forma mucho más inmediata que, por ejemplo, en la economía o la política de infraestructuras. Sólo el hecho de que Moratinos hable dos idiomas aparte del suyo ya le convertía en una especie de Henry Kissinger o Klemens Lothar von Metternich —el legendario canciller del Imperio austrohúngaro durante el Congreso de Viena— en un gabinete en el que apenas había alguien que hablara algo más que español, y esto con serias imperfecciones, por no decir agresiones. Sin embargo, Moratinos ha logrado convertirse en uno de los más destacados genios del disparate de los gobiernos del zapaterismo. De la mano de su jefe ha conseguido que España haga el ridículo allá a donde va, que haya perdido toda posición de fuerza y prestigio en sus alianzas y en sus relaciones bilaterales, y que su credibilidad hoy en el exterior sea la que puede gozar alguna república tercermundista con la que nadie quiere hacer negocios ni tratarse demasiado. Ha conseguido crearse fama de desertor en cuestiones de defensa, de poco fiable en el terreno de la seguridad jurídica, de cómplice de países violadores de los derechos humanos y de inepto a la hora de defender sus intereses en cuestiones comunitarias. ¿Cómo, se preguntarán, se ha logrado tanto en tan poco tiempo? Con diletantismo, ideología trasnochada, falta de preparación y formación, indolencia insensata y arrogancia de nuevo rico en grandes dosis. Nunca desde la implantación de la democracia se había contado menos con España en las capitales de nuestros principales socios europeos. Nunca se habían fiado menos de nosotros.
Este gobierno lleva ya más de seis años jugando con el prestigio, con el respeto, la autoestima, la economía y la seguridad interna y externa de nuestro país. Por eso no debieran ya de extrañar a nadie los exabruptos continuados y demoledores para nuestros intereses a largo y corto plazo. Hemos seguido durante todos estos años en la senda ignominiosa comenzada con la retirada inmediata y sin previo aviso de Irak de unas tropas que se hallaban allí para fortalecer la paz tras la guerra. Y hoy nos hallamos en una guerra real en Afganistán en la que nuestro ejército carece de órdenes, objetivos, personal, armamento y material para combatir.
Los desmanes son muchos y aquí podemos citar sin duda otra retirada absurda, la que se realizó en Kosovo, poco antes de que España perdiera estrepitosamente su batalla en contra de la independencia de esta antigua provincia serbia. Como siempre con escaso honor y nula gloria, anunció la ministra de Defensa, Carmen Chacón, que España volvía a desertar, sin aviso previo, como suelen hacer los desertores, de una campaña militar común con sus aliados. Esta vez es de Kosovo. El ejército español dejaba otra vez en la estacada a todos sus aliados presentes en aquel territorio. El gobierno de España decidió pirarse —como diría un recluta en el frente— de una de las regiones en la que Europa entera se juega su estabilidad, la seguridad y la paz. Lo hizo después de una larga retahíla de manifestaciones de incompetencia, necedad y falta de criterio e información sobre la región. Dan ganas de llorar una vez más, sin apenas consuelo, por los magníficos soldados españoles que se dejaron la vida en los Balcanes. Y por todos los hombres y las mujeres de nuestro ejército que estuvieron allí más de década y media dejando una huella indeleble de valor, gallardía y honor, ellos sí muy conscientes de su papel en la defensa de la seguridad y los intereses de su patria, que muchas veces se dirimen tan lejos de sus fronteras.
La grotesca estampida cayó como una bomba en el Cuartel General de la OTAN y en los gobiernos y mandos de los otros ejércitos allí presentes, que se creían aliados nuestros. Tenía, como la deserción de Irak tiene, unos antecedentes políticos. La majadería de nuestros gobernantes de izquierda y derecha había llevado a interpretar la tragedia de Kosovo en clave interna española. Nuestros políticos ignaros habían llegado a la conclusión de que defender el espanto consumado de la soberanía de Serbia sobre Kosovo venía a ser parte de la defensa de una cohesión española que, por otra parte, dinamitan ellos un día sí y al otro también. Nuestro gobierno, cautivo de su primitivo universo sentimental izquierdista, se nos convirtió en defensor de un país que ya no existía y en firme opositor a una independencia de Kosovo que habían dictado las armas, las vidas y las muertes.
Está claro que la historia, para Zapatero y su gente, es una casa de muñecas. Después de lo sucedido en Kosovo, nadie mínimamente informado podía abogar por su permanencia bajo ningún tipo de soberanía serbia. Y los veintidós países de la Unión Europea y los cincuenta y dos de todo el mundo que han reconocido la independencia irreversible de Kosovo se lo podían haber explicado muy bien a toda la tropa que niega por intereses claros u oscuras consideraciones ideológicas que la historia haya existido de forma para ellos no apetecida. También les podían haber aclarado a los disparatados algunas cosas sobre la absurda interiorización de los mensajes simplistas de los nacionalismos periféricos españoles, que creen adivinar paralelismos entre Prístina y Vitoria.
El ridículo auguraba daños. La deserción como rasgo fundamental del carácter, la traición como método, la mentira y la impostura como utillaje. Así estábamos una vez más, haciendo que no notamos que otros sí lo notan. Irak, Kosovo, nuestra meliflua presencia no combatiente en Afganistán, nuestros idilios con Cuba, Venezuela y el indigenismo totalitario boliviano, nuestra debilidad obsequiosa en África… Son tantos los disparates en nuestra política exterior que tardaremos al menos una generación, en el mejor de los supuestos, en reconquistar un prestigio, un respeto, la presunción de decencia que España se había labrado en las tres pasadas generaciones políticas.
Pero más allá de las falacias históricas y mentiras con que nuestros gobernantes han tejido el mensaje que emiten a diario para explicarse a sí mismos y reinventar el mundo, más allá de la basura semiculta con la que quieren promocionarse, están los daños objetivos que los españoles quizás habremos de comprobar, por desgracia, en un futuro no lejano que nos atañe a nosotros, a nuestros hijos y nietos. La Alianza Atlántica ha tenido siempre debates internos, como a toda asociación voluntaria de naciones libres corresponde. No pasaba en el Pacto de Varsovia, pero la OTAN nunca había tenido a un miembro que manifestara de esta forma su tendencia a traicionar la confianza interna y la labor común. La deserción está muy mal vista no sólo entre militares o entre caballeros: también entre ciudadanos que creen tener un proyecto de vida en libertad común. La confianza truncada una vez es difícil de recobrar.
Es posible que el escándalo del anuncio de la retirada unilateral de nuestras tropas en Kosovo no tuviera mayor repercusión en la opinión pública española. Estamos a lo que estamos y todos piensan que en estos momentos todo el mundo tiene licencia para buscarse la vida como pueda. Mucho cuidado con eso. Porque si los países bálticos, la región de los Balcanes y la propia Centroeuropa tienen motivos para estar preocupados por su seguridad y su entorno, los españoles deberíamos ser también conscientes de quiénes son nuestros vecinos. Nosotros tenemos más necesidad que muchos otros de una Alianza Atlántica que disuada de apetitos ideológicos, fanáticos religiosos y territoriales a unos Estados realmente fallidos que en estos tiempos de inestabilidad y zozobra bien pueden verse tentados a la aventura. Cuando se genere una situación de este tipo, y puede producirse pronto, nosotros pediremos a nuestros aliados una lealtad que cada vez será más dificil de exigir. Porque nosotros la hemos dinamitado.
En Kosovo no estallará la guerra. La independencia es irreversible por mucho que esto enfade a Moratinos. El voto favorable de Serbia a una resolución de la ONU que no cuestiona la legalidad del proceso de independencia de Kosovo dejó en septiembre de 2010 en un absoluto ridículo, una vez más, al gobierno español y a su obcecación en defender unos postulados cuando es Belgrado quien los abandona. Pero más allá de las ridiculeces de Moratinos está el daño a la credibilidad de nuestras fuerzas militares en su compromiso con los aliados. Los españoles abandonaron el terreno que defendían con otros a los que dejaron en situación precaria, obligados a cubrir todos los espacios que la deserción española había generado.
El mapa de Europa y sus vecinos más cercanos, en el Cáucaso, en Oriente Medio, en el Magreb, en el Sahel y también en Rusia, es complicado y nada indica que el futuro en los escenarios en los que se dirime nuestra seguridad vaya a ser sosegado. Si tuviéramos a algún dirigente con sensibilidad para la historia y los mapas, quizás denunciara el alarmante hecho de que las decisiones faldicortas que aquí se están tomando son torpedos dirigidos hacia la línea de flotación del buque trasatlántico de la democracia. Casi es lo de menos que el entonces secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, protestara por las formas en que España escenificó la espantada kosovar. Está claro que en Europa, y en general en el Occidente democrático y civilizado, rigen unas formas de trato, información y cortesía que estos socialistas que forman el gobierno de España, apenas duchos en la convivencia en la agrupación de barrio, no entienden ni conocen ni respetan. Y también es evidente que estamos ante un nuevo síntoma del deterioro clamoroso de la posición de España en el mundo.
Las majaderías, mentiras y presuntuosidades del presidente del gobierno ya no causan ninguna sorpresa en Europa ni en el resto del mundo. Al principio sí. Todo comenzó siendo sorpresa chocante y después estupor entre quienes observaban la España zapaterista desde fuera. Ahora ya es desde hace tiempo una certeza en los círculos relevantes en Europa y Estados Unidos que los españoles somos gobernados por unos personajes que ni siquiera nosotros, pese a nuestra desesperante indolencia y tantos otros defectos, nos merecemos.
Otros hechos dicen mucho de la brújula moral del zapaterismo. El presidente del gobierno recibe como amigo del alma al presidente de Siria, Bashar al-Assad, quien más allá de su constante apoyo al terrorismo en Oriente Medio ha formado con el venezolano Hugo Chávez una alianza con el objetivo declarado de combatir a Estados antioccidental del presidente de Irán, Ahmadineyad. Como ven, buena compañía. Nuestros servicios secretos se quejan de que Israel ha dejado de suministrar a España datos para la lucha contra el terrorismo islámico. Cabe pensar que Israel no tiene excesivo interés en compartir los datos con esos amigos íntimos de la España de Zapatero, que son dictaduras enemigas de su existencia.
En este contexto siempre surgen de nuevo las nada transparentes relaciones que tenemos con Cuba, más allá de los entusiasmos que entre los socialistas españoles genera el sátrapa del Caribe. En su vergonzoso papel de abogado de la dictadura, nuestro ministro de Exteriores logró en su día que la UE le diera tres meses de plazo antes de renovar la política de sanciones —leves— cuyo único objetivo es recordar que Europa diferencia en sus relaciones exteriores entre dictadura y democracia. Que tiene brújula moral. Zapatero y Moratinos han estado siempre en contra. Moratinos, Leire Pajín, Elena Valenciano y todos los socialistas que pasan por Cuba dejan claro su desprecio a los disidentes, con quienes rompieron contacto nada más llegar al poder en Madrid. Moratinos dice que no visitó ni visitará al preso Guillermo Fariñas, por ejemplo, que agonizó en una huelga de hambre, para evitar «fotografías oportunistas». Náuseas produce tal excusa. Cada vez está más claro que peor que la incompetencia de este gobierno es que no tiene brújula moral. Y quiere romper la de todos nosotros.
Sé que hay mil pruebas de esta indigencia ética de nuestra tropa de gobernantes sectarios socialistas. Pero Cuba es un ejemplo de traca. Escribía yo el 24 de agosto de 1994, hace casi dieciséis años, en un artículo en El País titulado «Los obcecados», que «en España siguen aún algunos empeñados en defender su último laboratorio social, su terrarium caribeño para experimentos con seres vivos». Hablaba sobre el doloroso hecho de que en Cuba, el régimen de Fidel Castro, ese triste Ceaucescu de las Antillas, se había convertido en trágica excepción, pura astracanada, cuando en Europa el comunismo caía al basurero de la historia bajo la ofensiva de una revolución democrática. El muro de Berlín era escombros y los tenebrosos aparatchiks, lideres del Pacto de Varsovia, cuya única legitimidad era el miedo, eran ya caterva liquidada, unos depuestos y otros muertos.
Lamentaba entonces que en el seno de las democracias campen sin ninguna vergüenza los defensores de aquella ideología totalitaria redentora, la que más víctimas ha generado en la historia, aún más que el totalitarismo único que siempre será el nazismo. Algo no funciona moralmente en quien ve en Josef Mengele un monstruo y en Lavrenti Beria un simple amigo de Santiago Carrillo. La experimentación social izquierdista nunca ha sido tan condenada como la nazi, por lo que siempre se corre el riesgo de que sea rehabilitada. Como en Cuba. Cuando los comunistas defienden la experimentación en Cuba, no sólo defienden a Castro; también exoneran a Mengele. Nunca derrotados en guerra, los comunistas acabaron viendo la caída del muro de Berlín como un accidente. Eso salvó al régimen de Castro. Y hundió a Cuba por dos décadas más al menos. Eso, y todo ese ejército de colaboracionistas con las dictaduras comunistas que nunca fueron juzgados por las democracias como los que se vendieron al nazismo o al fascismo. Son legión los que perseguirían a Pinochet o a Stroessner, sus hijos o nietos, más allá de la tumba, pero jalean a Castro, un déspota que acumula crímenes cuyas víctimas multiplican en mucho a las caídas bajo las dos dictaduras mencionadas. Los antifascistas defensores del último gran totalitario, del único calificable como fascista de toda la América Latina.
Ralph Giordano, escritor, guionista, intelectual judío alemán, víctima del nazismo, comunista emancipado de su ideología liberticida, gustaba de llamar a los obcecados la «Internacional de los tuertos». Se refería a quienes viven cómodos en democracias pero jalean con impudicia méritos de regímenes comunistas, como el de impedir la huida a sus súbditos, perseguir con pena de muerte a quienes desafían sus órdenes absurdas y, ante todo, producir miseria. Estos «tuertos obcecados» son los defensores a ultranza de sistemas que no soportarían para sí mismos, pero con los que colaboran y trafican visados y favores, coches, bonos y boletos, contactos, puros habanos y souvenirs. Forofos de la libertad en su casa, están siempre dispuestos a medrar de la necesidad, la humillación y la falta de libertad de los cubanos y sus hijos.
Entonces creíamos que la pesadilla acababa también en Cuba. No. Hay menos resignados y más irredentos. Con dinero venezolano, apoyo en La Paz, en Caracas, en Buenos Aires, Quito y Madrid, tienen un lema revitalizado: «El mal es Occidente». El relativismo moral del izquierdismo europeo actual hace del criminal agonizante Castro un estadista decente; del fanático muerto Che Guevara, un mito; y de los etarras muy vivos Otegi y De Juana, «hombres de paz». Si en su día Sajarov era un saboteador, hoy es el demócrata cubano Carlos Alberto Montaner un «terrorista», y todos los que no digieren el mencionado relativismo, unos «fascistas con aguiluchos».