Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 2 de 39

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Libelo contra la secta

Libelo contra el desmán

 

—Has sido desleal con el periódico y le estás perjudicando. Por eso hemos decidido [la dirección de El País] que tienes que abandonar las colaboraciones externas. Y no sólo las de Telemadrid. Todas las colaboraciones externas. Porque si sigues en Onda Cero con Carlos Herrera seguirás diciendo lo que opinas. Sería más de lo mismo.

Estas palabras que me dirigía con gesto muy adusto Vicente Jiménez, ya director adjunto del diario, marcaban el comienzo del fin de mis veintidós años de vinculación profesional con El País. No me sorprendió demasiado. Sabía que los nuevos mandamases me consideraban ya una carga insoportable y que muchos clamaban por callarme. Periodistas sin pasado se habían hecho con las riendas del periódico. En realidad eran comisarios políticos cuya labor era menos buscar y contar noticias que vigilar los contenidos, dirigir la agitación contra la oposición, articular la defensa de la acción del gobierno y ejercer de enlace con el Ministerio del Interior, con La Moncloa y con la sede socialista de la madrileña calle de Ferraz. Estaba claro que en ninguno de esos sitios tenía yo muchos amigos. Una semana más tarde, corría el mes de marzo de 2007, el presidente del Grupo Prisa, Jesús de Polanco, ya estaba en disposición de confortar a sus accionistas —entre los que había algunos muy interesados en ello— con la noticia de que mis días en el diario estaban contados.

«La contradicción [Tertsch] ya ha sido superada. Lo comprobarán en las próximas semanas, tanto usted como los lectores». Así respondía don Jesús a la pregunta de un accionista muy hostil a mí, que consideraba una vergüenza que escribiera en el periódico alguien como yo que criticaba al gobierno y discrepaba tan claramente de la línea editorial desde Telemadrid, la televisión de la Comunidad de Madrid.

Telemadrid. Hacía ya unos años que yo acudía con cierta regularidad al programa de debate político «Madrid opina», dirigido por Ernesto Sáenz de Buruaga. No intuía yo entonces el importante papel que esta cadena pública de la Comunidad de Madrid empezaba a desempeñar en mi futuro. Ya muchos meses antes había tenido el primer aviso de que se me vigilaba de cerca en la redacción de «la casa» por mi presencia en «Madrid opina». Los «Jóvenes Turcos» —como los llamo por no utilizar el más drástico «Jmer Rojos»— ganaban continuamente terreno, influencia y cargos desde la llegada de Zapatero a la dirección de PSOE. En el partido y simultáneamente en la redacción de nuestro periódico. Miguel Yuste y Ferraz, otra vez plenamente unidos en su suerte. Esa nueva generación de socialistas, caracterizada por su escasa cultura y preparación pero ante todo por su extrema ideologización, su radicalidad antiliberal y su primitivo retorno al concepto de la lucha de clases, al odio a las tradiciones, a la Iglesia y a lo que vuelven a llamar oligarquía, que es toda la burguesía salvo, por supuesto, las nuevas grandes fortunas que financian, allí donde no llega el dinero público, la fiesta permanente del bien llamado «pijo-progresismo».

Parece una gamberrada de la historia, un absurdo, pero de repente, es cierto, volvemos a tener un movimiento socialista no reformista, sino emancipador, que busca el «nuevo amanecer» que acabe con las injusticias del capitalismo. Estos jóvenes Turcos no se consideran herederos del felipismo. Lo consideran por el contrario, y aunque no lo digan, uno de los responsables de que la transición se hiciera sin ruptura y sin represalias contra el bando vencedor de la Guerra Civil. Creen llegado el momento de ajustar cuentas en España e imponer un régimen inspirado no en la transición, sino en la Segunda República.

Meses antes del ultimátum del director adjunto ya me habían intentado liquidar profesionalmente algunos miembros destacados de esta tropa de jóvenes redactores tan motivados por la adrenalina ideológica y el olor a poder. Todos con fuertes vínculos en el Partido Socialista, se sentían llamados a combatir todas las desviaciones y discrepancias con la nueva línea dura de cero tolerancia al enemigo, siendo éste todo discrepante. Un día llegaba yo a trabajar a media tarde a la antesala de los despachos de la planta tercera, cuando las secretarias de Dirección y Opinión me avisaron de que habían subido varios miembros del Comité de Redacción que me buscaban con insistencia. Ya estaba sentado en mi despacho dispuesto a comenzar un editorial cuando recibí la visita de uno de estos personajes. Me dijo que lo sentía mucho, pero que estaba obligado a comunicarme que yo había sido denunciado ante la Dirección por deslealtad y por atacar la linea editorial del periódico con el agravante de haberlo hecho desde Telemadrid.

Esta cadena, que combate continuamente las versiones manqueas y dominantes del socialismo izquierdista en los medios, es una de las «bestias negras» para esta nueva hornada de revolucionarios de despacho y de largo almuerzo con el poder. Por aquel y otros muchos motivos, esa cadena televisiva es un enemigo a destruir por todos los medios posibles, incluido el sabotaje, la amenaza y la intimidación. Cuentan con suficientes fuerzas dentro de la plantilla. Organizadas en sindicatos que utilizan un lenguaje propio de la década de 1930. Como también es objeto de un odio perfectamente irracional la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. El izquierdismo radical del socialismo zapateril no puede soportar su éxito, porque es la adversaria que con mayor fuerza y coraje combate al socialismo en el campo de las ideas. No le perdonarán jamás que gane las elecciones con un lenguaje abierto en el que reta y combate a la izquierda en el campo de batalla de las ideas. Como no le perdonarán nunca que todas las campañas e investigaciones lanzadas por socialistas madrileños o el gobierno nacional, con todos los medios imaginables, nunca hayan podido encontrar un punto débil por el que comenzar la destrucción del indudable liderazgo de Aguirre en la Comunidad de Madrid.

Volvamos a mi despacho en aquella primavera de 2007. Allí estaba yo, en parte estupefacto y en parte divertido, frente a un máximo representante de la nueva ortodoxia. Estos jóvenes periodistas que se creen abanderados de la lucha por la libertad de prensa me habían enviado un mensajero para amenazarme con consecuencias profesionales por el tremendo delito de haber expresado mi opinión. Lógicamente, pregunté por el inductor de la denuncia y el contenido concreto de la misma. Me dijo que no podía decirme quién me había denunciado.

—¿Entonces me estás diciendo que en este periódico se hacen ya denuncias anónimas?

—No puedo decirte quién fue.

—Pues entonces estamos ya como en la redacción de la Frankfurter Allgemeine en 1933.

Es decir, tras la toma del poder por Hitler. El escritor y periodista Joachim Fest, ya fallecido —y al que tuve el honor de tratar durante sus últimos años de vida y cuyo último libro, el magnífico testimonio de resistencia al nazismo Yo no, presenté en Madrid y Barcelona—, describe muy bien esos momentos en los que los camisas pardas de la SA entran en la sede del periódico y amenazan, con periodistas nazis, a directivos y redactores no afines. A partir de ese momento se instauró en aquel venerable rotativo alemán la denuncia anónima como principal instrumento para imponer el miedo y la autocensura. No equiparo los dos acontecimientos, pero el paralelismo es evidente. Creo recordar que algo le dije de Joachim Fest. Pero es de suponer que el nombre le sonaría a futbolista alemán. Estos chicos se saben normalmente los nombres de todos los miembros del aparato socialista, hasta de los del tercer y cuarto rango. Con ellos confraternizan y se tutean, con ellos tienen esa complicidad de quienes se saben remando en la misma barca. Fuera de su mundo no conocen nada y nada les interesa. Los nombres más destacados e incluso legendarios de la prensa extranjera les son tan desconocidos como la cultura en general, da igual que los nombres sean Dante, Tintoretto, Gropius, Goethe o Whitman. Pero son estrechos compañeros de entusiasmos de Bibiana Aído y Leire Pajín, íntimos cómplices de Pepe Bono o Pepiño Blanco, jaleadores incansables de Pedro Zerolo y defensores de las capacidades técnicas de Maleni Álvarez. Y obsequiosos interlocutores de Rubalcaba, ese Fouché de andar por casa, una especie de «Alí el Químico» del régimen que todos ellos esperan crear sobre los escombros de la España constitucional emanada de la transición.

Recibí muchas más visitas poco agradables, una de ellas de todo el Comité de Redacción. Con mucha solemnidad. De pie frente a la mesa de mi despacho —yo permanecí sentado— me comunicaron que no podían evitar que la denuncia prosperara. «Hay que respetar el estatuto de redacción». Pobrecillos, con lo que me quieren todos y no han podido evitar aquella denuncia. Recuerdo haber pensado que tiene gracia el hecho de que el izquierdismo neoprogre otorga, como el islam, bula a los fieles para mentir a quienes no lo son. Son mentiras para una buena causa, luego justificadas. También sucede en diversas tribus de la raza gitana. La probidad y la honestidad sólo se exigen en el trato en el seno de la secta. A esto han vuelto nuestros progresistas de hoy en España. Casi cien años después de la ruptura del socialismo con el comunismo, nuestros socialistas dan un salto atrás en la historia y asumen como propios los instrumentos del bolchevismo. Algunos no deben de saberlo aún. Otros, sin embargo, trabajan muy conscientemente en la transformación del socialismo democrático en una fuerza que lleva hacia una sociedad utópica. Para un fin tan glorioso todo sacrificio es poco menos que nada.

Les dije que todo lo que estaba ocurriendo en mi despacho me parecía insólito y les pregunté si no les daba vergüenza hacer el ridículo con esta defensa de una denuncia anónima, esa figura repugnante que revela miedo y odio a la libertad de expresión. Además de cobardía. No contestaron, pero era evidente que vergüenza no sentían ninguna. Y a lo largo de estos años ya tengo la certeza de que la nueva tropa izquierdista tiene el mismo sentido del ridículo que del humor, es decir, ninguno. Su mundo es tan chato, pequeño y plano que impide sentimientos que vayan más allá del estricto juicio sobre el ganar o perder. Es bueno lo que nos beneficia a nosotros y malo lo que beneficia al enemigo. Yo era el malo y había que perjudicarme para otorgar un nuevo triunfo a las buenas ideas y sentimientos de los que ellos se consideran portadores.

Entonces no pudieron aún hacerme todo el daño que querían. La denuncia anónima no prosperó. No lo hizo porque aún era director del periódico Jesús Ceberio. No he hablado nunca con él al respecto. Gran amigo durante años, para entonces ya nos habíamos distanciado mucho. Y estoy seguro que mis columnas en El País y mis intervenciones en Onda Cero y Telemadrid no le hacían ninguna gracia. Pero Ceberio era un periodista de la vieja escuela, que creía —y espero siga creyendo— en el talento individual más que en la subordinación del individuo a una causa. Y por carácter estoy seguro de que despreciaba este intento de lincharme en la redacción por expresar mis opiniones. Según pude saber de forma indirecta, Ceberio les había escuchado, después les comentó algo sobre mi labor en el periódico y mi carácter algo «especial», y dio por terminada la reunión. Y después conocí la causa de la denuncia anónima y supe quién la había hecho.

El instigador es un redactor muy mediocre que probablemente se prometía algún rédito de su alarde de fervor militante. Me denunció porque yo había dicho en un programa matinal de Telemadrid, El Círculo a primera hora, que presenta y dirige Ely del Valle, que, sin apoyar ninguna de las tesis conspirativas, yo albergaba —y sigo albergando— muchas dudas sobre el trasfondo real de ese atentado que cambió el rumbo de España de forma dramática. Las infinitas contradicciones que no fueron resueltas en el juicio y las muchas interrogantes que despierta la actuación de la policía durante el proceso de investigación, me obligan, por rigor intelectual, a dudar. Cuando me enfrentaron a este reproche o acusación de deslealtad —no querían utilizar la palabra «traición», pero estaba claro que de traición hablaban— me limité a replicarles que yo dudaba de muchísimas cosas. Alguien que, como yo, ya cruzado ampliamente el umbral de los cincuenta, tengo dudas sobre la existencia de Dios, sobre mí, sobre mi forma de vida, sobre la de los demás, sobre el trato y las relaciones humanas… ¿cómo no iba a tener dudas sobre un acontecimiento trágico y oscuro, nunca suficientemente explicado, que tan claramente benefició a unos españoles en perjuicio de otros? Dudar es imprescindible para cualquier ser humano, pero doblemente inexcusable en un periodista que se respete.

Mis dudas sobre la versión que nos impusieron del 11-M, éstas sólo aumentaron cuando comprobé cómo trataba el poder surgido de aquella catástrofe a todos los que cuestionaban la versión oficial de los hechos. No hablo de quienes ofrecían una versión de los hechos aún más inverosímil que la oficial. Me refiero a todos los que osaron manifestar que las investigaciones debieran proseguir, dado que las explicaciones dadas no eran suficientes. Aunque sólo fuera para eliminar la sombra de la duda que desde entonces planea sobre todo el caso 11-M. Pero el poder —y con él, El País— declaró anatema todo aquello que sugiriera siquiera la necesidad de mayor transparencia. Y utilizaron toda su artillería mediática para descalificar y difamar como fascistas y golpistas a todos los que se atrevían a decir que no les convencía la verdad oficial sobre el 11-M decretada por el gobierno. En eso quedó mi primer choque frontal con el nuevo poder de la tropa sectaria de los jóvenes Turcos, en avance permanente dentro del periódico y perfectamente coordinados con los que hacían otro tanto en Ferraz y Moncloa. Les dije que ninguna intriga de comisario político ni mil visitas de delegados de camadas pardas como ellos me harían renunciar a la duda. Ni a mi derecho a expresarla. Después se hizo un silencio, se escuchó un poco convencido «Lo lamentamos», y los miembros del Comité de Redacción —en funciones de intimidación— salieron de mi despacho en fila.

Meses más tarde, sin embargo, las cosas habían cambiado. Ceberio ya no era el director. Lo había sido desde 1993, cuando junto a él fuimos nombrados subdirectores de Información y Opinión Félix Monteira —que acabaría de secretario de Estado de la Comunicación de Zapatero— y yo respectivamente. Ceberio había sido nombrado director en contra de la preferencia de Cebrián, que era Javier Valenzuela. Hoy resulta muy gracioso recordar que en su momento se dijo que Jesús Ceberio sería un director de transición. Mas de trece años estuvo en el cargo este gran profesional, vasco malencarado y rudo, pero con más periodismo y sentido común en la cabeza que todos los jovencitos funcionarios del izquierdismo que intentaron después cubrir su hueco. Y muy en vano. Su puesto lo ocupaba Javier Moreno, un hombre elegido por Cebrián, cuya fundamental aportación al periodismo había sido la criba de la plantilla del diario económico de Prisa, Cinco Días, y un par de meses de corresponsal en Berlín. No porque supiera mucho, poco o algo sobre Alemania y Centroeuropa, sino porque habla algo de alemán.

No puedo decir mucho de este director porque realmente no se le conocen decisiones de importancia que no se atribuyan a Juan Luis Cebrián. Sí puedo decir que desde su llegada a la Dirección, en la tercera planta, las relaciones humanas se deterioraron aún más en la redacción y siguieron haciéndolo después de mi partida, tal y como he ido sabiendo de aquellos periodistas aún en El País que mantienen contacto conmigo. Aquello ya no era el tradicional Kelvinator, marca de frigorífico y nombre con el que Javier Pradera solía definir el gélido trato que otorgaba Prisa a sus empleados, bien pagados pero siempre despreciados por una impronta déspota que se atribuía a Cebrián. Era mucho peor. Juan Luis siempre había infundido temor por sus frecuentes ataques de ira y su habitual trato despectivo y arrogante hacia sus subordinados. Todos agradecían en la redacción que ese carácter tan brillante como complicado del primer director no se prodigara por la calle de Miguel Yuste y estuviera ocupado en cuestiones de mayor enjundia en su despacho del número 32 de la Gran Vía.

O en la Real Academia de las Letras, a la que había llegado porque este país es como es y la RAE muy realista. Si hubiera entrado en su momento únicamente Luis María Anson, los académicos no sólo habrían perdido la generosa cobertura informativa del diario generalista de mayor difusión y penetración en su día —ya no — en los sectores intelectuales de peso, sino que se habrían granjeado una hostilidad peligrosa para la propia RAE y para sus miembros. Como los académicos parece que son muy cultos, pero está muy claro que muy pocos en su historia han tenido mucha madera de héroes, llegaron a aquella salomónica decisión de dar entrada a Anson y a Cebrián. Que estos dos nombramientos en la RAE produjeran mucha perplejidad no es sorprendente. Pero cosas más raras se verían muy pronto en este país, y si entonces algunos pensaron que aquel listón se había puesto bajo para el acceso a tal dignidad, hoy ya nada puede sorprender cuando vemos la composición de un Consejo de Ministros que en ocasiones parece un aula de fríkis.

Los tiempos cambian, y hacía tiempo ya que no había que ser Menéndez Pidal, Pío Baroja o Pérez Galdós para entrar en el templo de los que pretenden dar esplendor a nuestra lengua. Lo cierto es que Cebrián era mucho más empresario y académico que periodista. Como mano derecha de Jesús Polanco se había erigido en el demiurgo de la permanente expansión de Prisa para hacer realidad el sueño febril del gran empresario cántabro de convertirse en el Rupert Murdoch del mundo mediático hispano. A la redacción, todos esos altos vuelos le eran perfectamente ajenos, pero sin duda agradecía que mantuvieran alejado de Miguel Yuste a aquel hombre tímido y hosco que nunca solía traer buenas noticias.

Aunque yo sí he recibido una gran noticia de Cebrián en mi vida: mi nombramiento como corresponsal en Bonn, lo que siempre le agradeceré por decepcionante que me pueda parecer su evolución posterior lejos del periodismo. Cada uno es muy libre de equivocarse como quiera, pero lo cierto es que la brillantísima trayectoria periodística de Cebrián ha quedado eclipsada por una gestión empresarial que resultó catastrófica para los propietarios. Y que está íntimamente relacionada con el declive del que fue durante mucho tiempo el mejor y más rentable periódico de España, y hoy es poco más que una gaceta de la militancia socialista, bien editada pero carente del más mínimo talento, y repleta de empleados, periodistas o no, condenados a pensar todos los días en cómo esquivar el paro.

Lo cierto es que con la salida de Ceberio y la llegada de Moreno y sus hombres de confianza se impuso en la redacción un miedo difuso en constante crecimiento. Cada vez eran más los redactores que cerraban las páginas web que leían cuando un mando pasaba por detrás de ellos y podía ver sus pantallas de ordenador. Cada vez eran más los convencidos de que todo su correo electrónico estaba intervenido. Cada vez se hablaba más bajo en aquella gran nave diáfana de la segunda planta de la «casa» de la calle de Miguel Yuste. Cada vez era más frecuente que algún interlocutor interrumpiera abruptamente una conversación tras un escueto «¡Cuidado!», al advertir la cercanía de algún oyente no deseado. Se fue imponiendo la norma no escrita de que nada fuera realmente debatido, ninguna decisión editorial, ningún cambio de tarea o destino y, fundamentalmente, ninguna opinión sobre la política nacional. Las reuniones de editoriales en la tercera planta, en las que participaban todos los martes unas veinticinco personas entre mandos de la redacción y académicos o intelectuales cercanos a la empresa, se convirtieron pronto en una caricatura de una reunión de cualquier partido bolchevique. Los supuestos debates eran tal mascarada que muchos asistentes que no eran miembros de la redacción comenzaron a ausentarse cada vez más asiduamente hasta dejar de asistir por completo. Estas reuniones tenían originariamente el sentido de debatir y establecer el previsible orden de aparición de los editoriales de la semana y el contenido de los mismos. Digo que tenían originariamente o tuvieron en el pasado, porque si con el fuerte carácter de Ceberio en ocasiones se sabía que discutir con él era inútil, con su sucesor allí dejó de discutirse nada. Los diferentes redactores jefe de sección cantaban sus temas previstos y el director pedía opiniones. Pronto se percataron todos de que, aunque las pidiera, no creía necesitarlas. Al principio hubo aún algún despistado que pensó que podía aportar una visión distinta a la expresada por los elementos cada vez más ortodoxos del izquierdismo sentados en aquella larga mesa de madera clara, en aquella sala alargada repleta de trofeos concedidos a El País por su incansable lucha en defensa de la libertad de expresión. Eran inmediatamente acallados por un bombardeo de opiniones que eran una y la misma y dejaban clara cuál era la posición que tenía que tomar el periódico en la cuestión supuestamente debatida. Allí sólo surgían aportaciones heroicas para ayudar a las tesis vencedoras. Y éstas se pueden resumir en la caricatura muy aproximada de que la oposición era culpable de todo y el gobierno hacía bien en buscar tan buenas soluciones y cosechar tan excelentes resultados.

Pronto me quedé solo. Como un Pepito Grillo que, supongo que por antigüedad en la casa, por mi manifiesto desinterés en promoverme ya para ningún cargo y por mi carácter, planteaba una y otra vez objeciones a una línea editorial cada vez más marcada por estos mensajes de la linea dura ideológica que surgía en el Partido Socialista y se simplificaba y tergiversaba de forma grotesca toda la realidad nacional. Una y otra vez planteaba perspectivas distintas o contrarias a la expuesta como la idea oficial. Muchos me han dicho desde entonces que allí, en aquella larga mesa rectangular, consciente o inconscientemente, yo había ido creando las condiciones para que mi expulsión fuera inevitable. Puede que inconsciente mente. Pero en todo caso yo me limitaba en esas reuniones a expresar mi opinión, que era para lo que oficialmente se nos llamaba. Sabiendo, por supuesto, que ya importaba poco. Se me escuchaba con la displicencia con que se oye lo previsible de boca de alguien incorregible. Después, alguno de los cancerberos de la pureza descalificaba mi opinión como desviación derechista cercana al Partido Popular.

Para entonces el PP ya no era un adversario político con objetivos en conflicto con el ideario político del periódico: era un enemigo al que había que combatir sin darle cuartel. Y a ser posible expulsarlo del sistema. Ya era habitual hablar de liberales y conservadores como «derecha extrema» o «herederos del franquismo». Era el lenguaje de los recién llegados y de los trepas de oscuros puestos en la redacción, que de repente se expresaban con inmensa contundencia y un aplomo que no respondía en absoluto a un prestigio o trayectoria dentro del diario. Venía, estaba claro, delegado de fuera. Frente a esa rotundidad de los principios socialistas radicales, que se habían convertido de repente en «la línea editorial de siempre en este periódico», no había discusión ni debate posibles. Compartir alguna opinión con una oposición que se tachaba de miserable y poco menos que de quintacolumnista le hacía a uno sospechoso de inmediato. A mí me traía ya perfectamente al pairo. Pero aquellos que tenían dudas optaban por un prudente silencio que me dejaba siempre solo.

Estaba claro que el relevo generacional se había producido y que traía consigo un profundo cambio ideológico. Mejor dicho, una radical abolición de los valores humanistas cuya defensa había sido, si no para todos, sí para muchos profesionales, el principal activo del periódico. Los históricos del periódico, cercanos o no al felipismo pero firmes defensores de la transición y la Constitución de 1978, habían perdido toda influencia real en la línea editorial y en el mensaje a transmitir por medio de una información, especialmente en su sección nacional o de política interior, cada vez más sesgada y obscenamente manipulada, desde su titulación hasta la última frase. Allí estaba la nueva generación del socialismo en ofensiva, con toda su subcultura del izquierdismo sectario e inculto de asamblea de barrio, para los que la verdad sólo tiene sentido si rema en el sentido apetecido y la realidad es perfectamente modificable para adecuarla a los intereses puntuales no ya del periódico, sino del movimiento socialista. Un término aberrante que demuestra cuán lejos se haya el zapaterismo de la socialdemocracia europea.

Los llamados «históricos» del periódico, muchos de ellos miembros de la plantilla fundadora que sacó aquel primer número mítico el 4 de mayo de 1976, seis meses después de la muerte de Franco, se dejaron desplazar sin presentar batalla. Muchos de ellos se esforzaron mucho —algunos incluso con éxito— en demostrar a los nuevos «dueños de la palabra y la idea» que ellos eran capaces de adaptarse a las nuevas circunstancias y asumir su papel de subalternos a cambio de un trato razonablemente digno para los años que les quedaban para la jubilación. Otros se decidieron directamente por la jubilación anticipada, unos más dolidos que otros, pero creo que todos frustrados por la deriva del periódico y especialmente por el nivel de los miembros de la Dirección que habían tomado las riendas, intelectual y profesionalmente un desecho de tienta comparados con quienes habían ostentado estas responsabilidades los treinta años anteriores.

Los nuevos socialistas del zapaterismo, coordinados, hiperactivos y, ellos sí, sin dudas en su primaria lucha ideológica, habían logrado sus objetivos tanto en el periódico como en los órganos directivos del Partido Socialista, en el gobierno y las instituciones. Es un nuevo tipo de socialista sin complejos académicos ni pudo res intelectuales. Son los que creen firmemente que la transición fue una imposición más del ejército, de la Iglesia y la derecha para garantizar la continuidad parcial del franquismo y la impunidad del mismo. En ese sentido comparten la teoría que todo el ultraizquierdismo, incluido el movimiento abertzale y la propia ETA, han mantenido siempre. Tiempo habrá para que los historiadores investiguen cómo esta visión sectaria de la historia que parecía definitivamente marginada a grupúsculos residuales y antisistema fue rescatada para una nueva generación de socialistas y hacerla eje central del pensamiento político de su partido, primero, y razón de Estado después. Son los que se consideran, como Rodríguez Zapatero, depositarios del legado «liberador y transformador» de la Segunda República y con el deber ineludible de establecer un régimen inspirado en aquélla, no en la transición y la Constitución, que consideran contaminadas por la falta de ruptura tras la muerte de Franco.

Pero cuando hablan de la República, estos socialistas radicales no piensan en Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga o Francisco Ayala. Piensan en Negrín y en el Manuel Azaña de las amenazas a la burguesía, en el Largo Caballero sovietizante que despreciaba la democracia, en sus héroes frentepopulistas, en la Pasionaria y en Santiago Carrillo. Su república no es el esfuerzo humanista por la reconciliación nacional, porque si fuera así habrían aceptado que ese esfuerzo humanista fue la inspiración y también la conquista de la transición después del franquismo. Su república es en realidad aquella del frentepopulismo que se forjó cuando la democracia había muerto ya en España por culpa de todas las fuerzas extremas y los demócratas habían dejado de existir o se habían exiliado. Ahí radica en mi opinión uno de los errores más graves de las fuerzas liberales y conservadoras de este país, que siguen tratando al socialismo como si de una fuerza comprometida con la democracia que hemos disfrutado en los últimos treinta y cinco años se tratara, y ésta es una peligrosa ilusión. Los socialistas actuales quieren dar un paso más allá de la democracia para lograr un régimen en el que el Estado asuma el control general sobre todos los aspectos de la vida pública y privada. Porque considera que sólo el Estado es competente y garante de una sociedad igualitaria en la que el individuo goza de una protección que el Estado otorga. Más adelante hablaremos de esta perversión que supone la subordinación de la historiografía a ideas de combate ideológico. Y del hundimiento total de la cultura de la reconciliación en este nuevo movimiento izquierdista que ha surgido en la última década bajo Zapatero.

En la redacción de El País todos entendieron que había que adaptarse a los nuevos tiempos si no se quería tener problemas serios o, al menos, incomodidades diversas. Todos lo entendieron. Yo también. Pero mi apego al puesto de trabajo resultó ser mucho más débil que el de los demás.

Una semana después de las palabras de Polanco ante la junta de accionistas, firmaba con una jefa de gerencia la disolución de mi contrato con el periódico para el que había hecho casi de todo en más de dos décadas. Debo reconocer que sí tuve un cierto arrebato de melancolía. Y recordé la firma de mi primer contrato con Juan Luis Cebrián, entonces para todos los jóvenes periodistas aún un semidiós. Había vuelto de Viena, me había incorporado a la mesa de Internacional en la redacción y pocos meses después había aceptado entusiasmado la corresponsalia en Bonn, capital entonces de la República Federal de Alemania. Recuerdo perfectamente las palabras con las que me despidió Juan Luis, ya con el contrato en la mano y con orden de incorporación inmediata a mi flamante corresponsalía: «No nos dejes mal», me dijo. Creo que no lo hice. Corría por entonces la primavera del año 1985. Con veintisiete años recién cumplidos, estaba entusiasmado, pletórico de emoción y ambición profesional e inmensamente orgulloso de entrar por la puerta grande en un periódico que entonces sin duda era un lujo.

Diez años después de su fundación era el más vendido, el más leído, el más influyente y el más temido. Veintidós años más tarde, también en primavera, firmaba yo el finiquito del despido con tranquilidad insospechada y mucho alivio. Atrás quedaban muchos años de trabajo con magníficos profesionales y grandes amigos que me habían enseñado mucho de lo que sé. Años maravillosos como corresponsal en los que recorrí toda Europa y gran parte del mundo, presencié tragedias y momentos estelares y disfruté ejerciendo la profesión que amo y que para mí supone poder vivir de tu afición y del entusiasmo, la curiosidad y un medio para comunicar. Dedicado a lo que más me gusta, que no es sino ver cosas y hechos y contarlos.

Pero atrás quedaban también las insidias de los triunfadores de la «selección negativa» —el ascenso de los peores— que se producía en el periódico y que era paralela a la que se iba imponiendo en el Partido Socialista Obrero Español tras la llegada a la dirección socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. El cambio generacional iba a representar mucho más que el paso del testigo a líderes más jóvenes. Muy pronto pudimos comprobar que el fracaso de Joaquín Almunia y la llegada del joven supuestamente tierno y soñador iba a tener serias implicaciones políticas e ideológicas en el Partido Socialista. En el diario El País también.

Las declaraciones públicas de Polanco en la junta de Accionistas, en las que se comprometía a demostrar que la «contradicción Tertsch» había quedado superada, me facilitaron mucho las negociaciones para mi partida. Hay todavía algunos conocedores de las interioridades de Miguel Yuste, 40, que creen que Polanco, entonces ya gravemente enfermo y fuertemente medicado, habló así para hacerme un favor. Sin caer en especulaciones tan piadosas, lo cierto es que siempre tuve un gran respeto por Polanco y él siempre me trató con afecto. Y estoy convencido de que si la muerte no se hubiera cebado en la familia arrebatándole, antes de que se anunciara su propia enfermedad, a su hija Isabel, la familia Polanco no habría sufrido muchas de las desgracias habidas y que en gran parte son responsabilidad de otros.

Más adelante contaré mis conversaciones más intensas con Polanco, mantenidas cuando tuvo que sustituir a Joaquín Estefanía como director del periódico y Juan Luis Cebrián le presentó tres candidatos que éramos Jesús Ceberio, Javier Valenzuela y, supuestamente, yo. Aunque yo era un candidato falso presentado por Polanco para lograr convencerle de que el relevo generacional —corría el año 1993— debía encabezarlo Javier Valenzuela. Gracias a Dios —con mi modesta aportación— Polanco se decidió por el único que razonablemente podía dirigir el diario en aquel momento, que era Ceberio. Cualquier otra decisión, sobre todo el nombramiento de Javier Valenzuela, habría sido una catástrofe. Es un gran periodista de calle y un buen corresponsal, pero toda sensatez y profundidad le son ajenas, y es casi tan obsequioso con el poder como otros trovadores de empresa. No es extraño que el presidente Zapatero se lo pidiera prestado al periódico como director general para Relaciones Internacionales en la Secretaría General de Comunicación de su gobierno. En ese cargo estuvo algo más de dos años, con evidentes resultados. Gracias a la transparencia de Valenzuela, no de su dirección general, sino de su carácter, fueron muchos los periodistas extranjeros que no tuvieron que esperar a la presidencia española de la UE en el 2010 para comprobar el grado de ineptitud y sectarismo del gobierno Zapatero. Su legado sigue vigente.

Lo cierto es que con aquella firma del finiquito —sin despedida del director, por supuesto, no es la cortesía su fuerte— acababa una etapa de mi vida y comenzaba otra fuera de «la casa». «Fuera hace mucho frío». Esta frase la he oído mil veces a lo largo de los años entre trabajadores de El País. Las dieciséis pagas, el prestigio social que en el pasado confería el trabajar allí, y hasta hace unos años la solidez y la solvencia, mucho tiempo incuestionables, hacían del puesto de trabajo en el diario un sueño para un periodista. Un sueño que una vez alcanzado se consideraba parada y fonda segura hasta la jubilación. Irse voluntariamente de allí era considerado un suicidio o acto enajenado. Ser despedido una condena al abismo. Por eso se sorprendió tanto el director adjunto cuando días después de decirme que debería limitarme a escribir en el periódico si quería seguir allí, acudí a su despacho y le dije:

—Vicente, va a ser que no.

—¿Que va a ser que no, qué? —preguntó sin entender.

—Que no acepto vuestras condiciones, que además me parecen inconstitucionales, pero eso da igual. No voy a dejar de decir lo que pienso en todos los medios en los que colaboro y por tanto creo que me voy del periódico.

—Pero ¿cómo? ¡Pero qué me dices! Entonces habrá que hablar con el director.

—Por supuesto, tienes que hablar con el director, pero sobre todo con Cebrián y Polanco. No me dejáis otra salida.

Jiménez estaba estupefacto. Parecía que no se le había pasado por la cabeza que yo renunciara a mi sueldo de subdirector y a la protección de «la casa». Creía firmemente en que, ante el ultimátum que me había hecho días antes, yo me plegaría para continuar en el periódico hasta la jubilación, arropado por mi sueldo. Como tantos castrados entre los viejos periodistas y analistas intelectuales que aceptan todo tipo de humillaciones y ninguneos por parte de Cebrián y se han convertido en patéticos voceros de la corrección política del zapaterismo más sectario, como tristes caricaturas de lo que fueron.

Como aquel Eduardo Haro Tecglen que entró reptando en mi despacho nada más ser nombrado yo subdirector y jefe de opinión. Lívido me preguntó por su futuro y su columna «Visto y oído», que publicaba diariamente en las páginas de Televisión. Apenas hablaba de televisión y radio. Era más bien una atalaya para el izquierdismo bolchevique en el que Haro había encontrado su nicho de mercado y se había instalado con éxito entre los lectores en general, pero con auténtica devoción de sus seguidores, que no eran pocos. Haro me pidió que sopesara las consecuencias que tendría mi decisión para sus ingresos. Y que pensara en los muchos gastos familiares que tenía. Se le veía convencido de que entre mis primeras decisiones estaba expulsarle de su columna, que yo por supuesto consideraba tóxica por sus niveles insalubres de sectarismo, odio, resentimiento y bolchevismo impostado. En realidad Haro era tan comunista en sus últimos años como fascista cuando escribía panegíricos sobre Franco. Es decir, nada. Pero si era buen artesano con la palabra, era mucho mejor manipulador. Tenía unos lectores muy fieles y por lo demás todos sabían a lo que iban cuando lo leían en aquella estrecha columna junto a las programaciones en la última página impar. Su columna no habría tenido jamás sitio en un periódico liberal o socialdemócrata en el resto de Europa por razones obvias. Su tufo estalinista y su falta de piedad hacia las víctimas que no consideraba de su bando y eran por ello enemigos son absolutamente indefendibles en una publicación demócrata en el resto de Europa. Igual que un periódico que se precie no se puede permitir tener un colaborador regular que se precie de sus simpatías nazis, no es imaginable tampoco que conceda un espacio público a un apologista de otras tiranías. Supondría un desprestigio irreversible para aquella publicación que las publicase. En España, en este sentido, también somos una excepción. O si se quiere decir de otra forma, una anomalía.

Sigamos con Haro. Lo cierto es que a mí no se me había pasado por la cabeza quitarle la columna a Eduardo. Le dije que por supuesto bajo mi subdirección seguiría escribiéndola en las mismas condiciones que hasta la fecha. Se sorprendió mucho. Recuerdo aún hoy bien su gesto. Cambió por completo cuando le comuniqué que estaba a salvo. Me lo agradeció mucho y me ofreció toda la cooperación que necesitara en el nuevo cargo. Pero al despedirse y salir del despacho ya tenía otra vez su cara de siempre. Se iba del despacho seguro de que yo no iba actuar como él lo habría hecho y que podía seguir llamándome «cachorro filonazi» a mis espaldas. Aunque me llegaran por diversos cauces las maldades que profería sobre mí, su columna nunca estuvo en cuestión, salvo en su mente calenturienta. Le conté la escena a Javier Pradera —hoy ya también un mero empleado aparcado en la tercera planta y resignado a su triste papel de agitador antiaznarista, tan sectario como previsible— y me confirmó mi impresión: «Haro estaba convencido de que lo echabas. No concibe que no hagas con él lo que él habría hecho contigo».

En realidad no sé si en algún momento tuve el poder necesario en aquella redacción como para despedir a una vaca sagrada tan sobrevalorada como Haro Tecglen. Probablemente no. Años más tarde he pensado que al menos tenía que haber simulado que lo intentaba. Aunque mis mandos bloquearan después una iniciativa en este sentido, podría haber sido gracioso prolongar algo las inquietudes del estalinista a las puertas del despacho del comisario censor.

Dicho esto, que no pasa de ser una broma, no me arrepiento en absoluto de haber hecho lo contrario de lo que él habría hecho. Creo que siempre he intentado hacer lo opuesto a lo que habrían hecho en similares circunstancias gentes como Haro, que no era sino un Emilio Romero de izquierdas. Probablemente la mayoría de los lectores no se acuerden de aquel buen periodista y malísima persona. Romero siempre fue célebre por su falta de medida en los elogios a todo aquel que asumía un poder que pudiera serle útil. Y por su total falta de pudor a la hora de olvidar aquellos elogios y denigrar al ensalzado, así como en su falta total de pudor una vez desposeído éste de su poder y caído en desgracia. De gentes así está llena mi profesión, pero supongo que también otras. Quizás en el caso de los periodistas sea más notorio y escandaloso este comportamiento indigno.

Volvamos a mi despedida de El País, de la que aún hoy me acuerdo con felicidad, convencido de que fue una de las mejores decisiones de mi vida. Me iba más tranquilo de lo que nunca habría podido pensar ante una decisión de estas características. Si en años anteriores me hubieran enfrentado a la mera posibilidad de ser expulsado públicamente de aquel supuesto paraíso profesional del Grupo Prisa, habría reaccionado con horror o por lo menos con mucha angustia ante mi futuro. Ya no era así. Ni mi relación con el periódico era la misma ni el periódico era ya lo que había sido para quienes lo hacíamos. Pronto se vería que tampoco para los que lo leían, que entonces comenzaron a ser cada vez menos. Me iba al paro aliviado. Y además seguro de que encontraría trabajo pronto.

Mi querida Ana Marchessi, —una maravillosa mujer, periodista también, que entonces trabajaba en Ediciones Condé Nast y que también sufriría en su día la agresión de la mediocridad sectaria—, me había animado antes a liberarme de aquel entorno de Miguel Yuste que se había convertido en angustioso: «Serás libre y sólo dependerás de ti mismo. Desengáñate, allí ahora, en estos momentos, no tienes amigos, ni nada que perder», me dijo durante un paseo por el Retiro en aquellos días. «Podrás escribir libremente, pero sobre todo tendrás la independencia y la capacidad de elección de decidir para quién lo haces».

Cuando firmé mi salida de Prisa estaba convencido ya de que así sería. Inquieto ante una nueva etapa de mi vida profesional, pero feliz. Me iba de un periódico en el que ya no reconocía mi casa de tantos años. Y me liberaba del trato diario con personas, muchas recién llegadas o de fulminante ascensión, con las que jamás tuve nada en común. Y cuya hostilidad hacia mí era manifiesta. Fue como la ansiada desconexión de un televisor que emite desagradables programas de tensión y basura, el apagón en un canal temático volcado en la zozobra, la intriga y la vileza. Y aquí me refiero ya menos al producto en sí que podemos llamar el periódico diario y su contenido. Lo peor en aquella casa era el trato humano dominante en la redacción bajo los nuevos mandos. No era ya nada parecido a una labor de equipo, siempre convenientemente jerarquizada, con voluntad de generar un producto intelectual con los mejores mimbres de la capacidad de sus miembros. Era más bien un tenso, arduo y crispado ejercicio de disciplina y docilidad en el que las relaciones humanas y su calidad venían a ser las de estructuras de poder propias de un partido bolchevique. Con el respeto a la verdad, al debate sin miedo y a la independencia individual que pueda hoy existir en un Consejo de Ministros bajo Zapatero o en una reunión en Ferraz dirigida por José Blanco y Leire Pajín. Es decir, ninguno.

Aquel profundo alivio me permitió reconocer cuán incómodo y tenso me había sentido en aquellos últimos años en El País. Sigo sin saber si Jesús Polanco quiso o no hacerme un último favor con el anuncio de mi expulsión durante una junta de accionistas con miles de participantes y todos los medios de comunicación presentes. Lo cierto es que, quisiera o no, me lo hizo. Fue un inmenso favor que le agradezco aún hoy tanto como la confianza que veinte años antes habían depositado en mí tanto él y Cebrián cuando me contrataron.

La forma en que se rompía mi relación con Prisa tuvo por supuesto otras consecuencias menos gratificantes. Triste fue sin duda que con ella se rompieron mis contactos con muchos magníficos periodistas que aún trabajan allí y que a partir de entonces consideraron inoportuno, cuando no peligroso para su propia carrera profesional, el mantenerlos. De muchos de ellos fui amigo y a muchos aún les estoy profundamente agradecido por su amistad, aunque ésta no sobreviviera a todos aquellos virulentos avatares. Con algunos pocos mantengo aún una amistad que ha demostrado ser más fuerte que nuestros vínculos en la redacción y nuestras lealtades profesionales divergentes. Y lamento profundamente que la desdichada evolución de aquella empresa haya dejado en muy precaria situación, cuando no en el paro, a tantos magníficos periodistas y otros trabajadores que durante años, cuando no décadas, se dedicaron a Prisa con esfuerzo y una lealtad quizás excesivos. Muchos de ellos no entendieron mi situación de 2007 hasta que comenzó a pisarles a ellos ese rodillo sectario y arrogante de los nuevos camisas pardas.

Así me iba de aquella casa en la que había hecho prácticamente toda mi carrera profesional hasta entonces. Había sido stringer —es decir, colaborador por piezas—, redactor en Internacional, corresponsal en Viena, Bonn y Varsovia, corresponsal especial para el este de Europa, corresponsal de guerra en los Balcanes, editorialista, columnista y subdirector. Muchos centenares de artículos, muchos años y muchísimas gratificaciones me unen a aquel periodo del diario El País. Sí, había sido subdirector de Opinión, jefe de las sacrosantas páginas de Opinión del diario de la mañana, el acorazado intelectual del periódico. En la tercera planta de Miguel Yuste, la planta de Dirección, a la que los redactores aún acuden con veneración, quizás hoy excesiva para lo que allí se cuece. Ocupé durante casi tres años el despacho anexo al del director, el siguiente despacho en tamaño —muchos metros cuadrados y luz solar, símbolos de poder tan importantes para algunos—. Allí editaba los comentarios editoriales y seleccionaba, pedía y rechazaba los artículos de nuestros colaboradores, y leía, controlaba y seleccionaba para la publicación las cartas al director.

Ese cargo, no parece ser necesario decirlo, viene a ser una auténtica fábrica de enemigos, ya que son centenares las solicitudes de favores o trato especial que se reciben y no pueden ser cumplidas. Además de inmensamente cansino por los muchos bodrios que hay que leer, las muchas llamadas aduladoras, simpáticas, amenazantes o incluso interesantes que se reciben. Los autores rechazados suelen considerar que la negativa a publicar sus artículos —que habitualmente consideran imprescindibles para el bien de la nación o una gloria literaria incomprendida— es parte de alguna conspiración contra su persona o la prueba de la fobia ideológica que les profesa el jefe de Opinión. Los autores dolidos más poderosos tienden a recurrir entonces al teléfono para pedir mejor criterio a gentes más poderosas que el subdirector. Debo decir que, en mi caso al menos, con poco éxito, porque son contadas las ocasiones en que, durante casi tres años de subdirector de opinión, recibí instrucciones directas de Cebrián o Polanco sobre el trato a algún autor.

Años después de mi traumática salida de aquel periódico veo con tristeza su deriva y su irrecuperable pérdida de credibilidad tras haber sido mero panfleto explicativo y divulgativo del zapaterismo, que sólo recurría a alguna crítica cuando quería forzar alguna reacción del gobierno en cuestiones empresariales. Instalado ya plenamente en el sectarismo izquierdista y con menguante profesionalidad, le estoy profundamente agradecido a Jesús Polanco por aquel último favor que me hizo al facilitar mi salida. Hoy estoy muy contento en lo que es mi hogar natural en la prensa española, el diario ABC. Sin la ayuda ni el favor del poder que han gozado otros, especialmente la prensa sectaria de izquierdas, que son hoy El País y Público, ABC ha capeado todas las dificultades y se ha erigido en el periódico de referencia para los españoles que creen en una sociedad abierta, libre y tolerante, pero firme en sus principios y convicciones y defensora de las instituciones tan baqueteadas hoy por la insensatez socialista. Es el periódico de la monarquía, de la España europea y moderna, del respeto a los valores de nuestros mayores y la cultura judeocristiana que hizo posible que Europa se convirtiera en la sociedad próspera, libre y generosa que es hoy en día. En ABC, donde tengo el honor de escribir en compañía de las mejores firmas del pensamiento liberal y conservador, me siento cómodo y permanentemente animado a hacer mi reflexión sobre los avatares de la vida española con una libertad que es hoy impensable en otros periódicos españoles. Mi orgullo de haber escrito en mi anterior periódico no me impide en absoluto reconocer que no existe en España mayor gratificación para un analista político o columnista —o periodista literario si quieren llamarlo así— que firmar en la legendaria página tercera de ABC.