Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 7 de 39

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Libelo contra la secta

El resurgir del izquierdismo sectario

 

Si bien siempre lastrado por cierto izquierdismo infantil —y por un entusiasmo hacia Felipe González que en la primera mitad de la década de 1990 era ya perfectamente desmedido— el diario El País había defendido desde sus comienzos una linea de izquierda liberal, muy sensibilizada hacia el respeto a la ley y la Constitución de 1978, en la que yo me sentía perfectamente cómodo. Aunque muchos miembros de la redacción siempre me consideraran sospechoso, mi cultura centroeuropea me había alejado muy prematuramente de los dogmas del izquierdismo español. Ya en la época de la transición, pero con enorme peso a partir de principios de la década de 1980, la hegemonía moral de la izquierda se convirtió en un fenómeno aplastante en España que pocos se atrevían a desafiar, cuando en el resto de la Europa libre estaba ya en plena marcha la revisión de la actitud de la izquierda ante el totalitarismo, con la crítica a Sartre, la rehabilitación de Camus y la publicación de toda la bibliografía sobre el Gulag, y contra el oprobioso silencio de la izquierda occidental frente a los crímenes de Stalin y sus sucesores. Ya se había consumado en Europa el salto intelectual tanto tiempo esperado que llevaba a la conclusión de que el comunismo es criminal en esencia y no son desviaciones del mismo las que condujeron a la apoteosis del crimen.

Desde las hambrunas de Ucrania provocadas por la guerra contra los kulaks (campesinos propietarios) a los juicios-farsa de dirigentes bolcheviques en los años treinta, la conspiración de los médicos poco después, las campañas contra el sabotaje, la depuración de combatientes de la Gran Guerra Patria o la lucha contra el cisma titoísta del líder yugoslavo Josip Broz, toda la historia del comunismo desde sus primeros pasos revelaba una continuidad que ya era imposible de ignorar desde una mínima honestidad. Por entonces se rompió también el manto de silencio que se había extendido sobre otras mil atrocidades del comunismo fuera de la Unión Soviética. La suerte corrida por los demócratas primero y los comunistas nacionales después en los países satélites europeos, la infiltración poscolonial en África y Asia, el desmán maoísta en China y la dantesca realidad de la Camboya de los Jmer Rojos eran capítulos de la historia reciente ya de plena actualidad y centro del debate político europeo.

No podían ser reprimidos ya tachando las informaciones y la cada vez mayor proliferación de datos y testimonios como «propaganda anticomunista». La guerra del Vietnam se alejaba en el tiempo y ya no era suficiente para anestesiar conciencias ni para movilizar suficiente «vigor anti-imperialista» como para negar o minimizar los hechos y desacreditar y despreciar a sus víctimas, a las víctimas del terrorismo. Fueron años de intenso debate, en los que la democracia liberal tomó por primera vez la iniciativa frente a la propaganda comunista y los apaciguadores de la izquierda. Los libros de Aleksandr Solzhenitsyn y otros disidentes, las revelaciones sobre los vínculos entre los regímenes comunistas y el terrorismo en la Europa democrática de Sterling y del jefe de la Securitate de Ceaucescu, el superespía rumano Ion Mihai Pacepa, huido a Estados Unidos, son algunos de los hitos editoriales que impulsaron el anticomunismo democrático en todo Occidente.

Especialmente en Europa, donde hasta entonces la hegemonía del pensamiento instaurada después de la Segunda Guerra Mundial, cuyo bastión era Francia, había logrado mantener vigente la falacia de la equiparación de anticomunismo con ultraderechismo. Así, todo aquel que osaba hacer una crítica abierta a los fundamentos, crímenes o políticas del comunismo era fácilmente tachado de filofascista o nazi. Y el temor a ser estigmatizado así imponía una autocensura que, en la mayor parte de Europa, sólo logró comenzar a romperse en las décadas de 1970 y 1980. La pugna ideológica más dura se produjo por supuesto en Francia, donde la victoria del anticomunismo democrático de Raymond Aron, Jean-François Revel y también de Albert Camus se produjo cuando habían muerto todos salvo Revel. En Francia, esta lucha ideológica quedó simbolizada por el enfrentamiento entre Jean-Paul Sartre y Camus, hasta la muerte de éste. Pero después surgieron con valentía los nuevos filósofos, con Bernard-Henri Lévy y André Glucksmann a la cabeza. Desde sus reflexiones sobre el totalitarismo nazi dieron el salto al análisis del comunismo y establecieron su carácter esencialmente perverso como la otra cara de la barbarie totalitaria. Intelectuales de peso tomaban el relevo de Raymond Aron, que tanto tiempo había luchado en solitario frente a una avasalladora supremacía editorial y mediática de la izquierda, que sólo aceptaba «errores» —que no crímenes— en la construcción del comunismo y consideraba que esta propuesta de transformación social era, en principio, moralmente aceptable e incluso loable. Mucho más tarde llegaría la publicación del célebre Libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión, de 1997, escrito por profesores universitarios e investigadores europeos, editado por Stéphane Courtois, director del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) de París.

Preguntará el lector qué tiene que ver aquel debate ideológico con nuestra política española actual y, en especial, con la política del gobierno socialista de Rodríguez Zapatero. Por desgracia, mucho. Muchas razones hay por las que este debate antes descrito y la maduración europea hacia posiciones de enfrentamiento sin complejos frente a todo totalitarismo, el nacionalsocialista y el comunista por igual, no se produjera en España. Y una de las peores consecuencias de que así fuera ha sido precisamente el surgimiento dentro de la izquierda española —que creímos definitivamente anclada en la socialdemocracia después de la llegada a su dirección de Felipe González— de una generación que alimenta todo su discurso ideológico en el frentepopulismo de los años treinta del siglo XX, auspiciado entonces por Stalin. Este frentepopulismo instaurado en el PSOE bajo Zapatero es el que lleva a este partido a alejarse cada vez más de las socialdemocracias europeas, que mantienen su firme rechazo al comunismo y su pleno respaldo a la libre sociedad de mercado. Es también la causa de que los límites entre la izquierda democrática y la izquierda revolucionaria o antidemocrática se hagan cada vez más difusos hasta finalmente desaparecer, como ha ido sucediendo en los últimos años en nuestro país.

Este retorno al frentepopulismo supone, de hecho, la bolchevización ideológica de la cúpula, pero también del aparato del Partido Socialista en España. Queda muy claramente simbolizada por la apología que el zapaterismo hace de Largo Caballero, el más destacado frentepopulista del socialismo español, para el que la democracia no era sino una vía o un medio más para llegar al poder, pero perfectamente intercambiable con otros como el golpe de Estado o la guerra revolucionaria. Otro de los fenómenos más sintomáticos de esta deriva del socialismo español hacia la utopía transformadora que rompe el pacto de lealtad de la socialdemocracia con la sociedad libre es el trato que se ha pasado a otorgar a Santiago Carrillo. Líder de las juventudes Socialistas antes de la Guerra Civil, Carrillo representa, al igual que Largo Caballero, esa unión revolucionaria entre socialistas y comunistas en la década de 1930 para acabar con la «otra España», que sería la de la burguesía, la Iglesia y el ejército. Carrillo dirigió, de hecho, el proceso de unificación de juventudes Socialistas y Comunistas en 1936. Después la vida dio muchas vueltas, como se suele decir, y Carrillo se convirtió en el experto depurador del Partido Comunista en el exilio. Muerto Stalin, Carrillo y Dolores Ibarruri, la Pasionaria, se mantuvieron con éxito en el poder con el pleno control del aparato, mientras en el resto de los partidos comunistas europeos, a ambos lados del Telón de Acero, cúpulas tan comprometidas con el estalinismo como la de Carrillo eran depuradas sin compasión.

Para sobrevivir en 1956 al XX Congreso del PCUS con su denuncia de toda la política estalinista, Carrillo maniobró una vez más con habilidad, y su propuesta de reconciliación nacional en España, coincidiendo con el vigésimo aniversario del principio de la Guerra Civil, no es extraña a su propia capacidad de supervivencia. Muerto Franco en 1975, los políticos españoles y el propio Rey de España se encontraron con que su principal interlocutor en la izquierda para negociar las bases para la transición era Carrillo, un protagonista de la Guerra Civil, destacado dirigente de la represión en la retaguardia en Madrid y, además, acusado de dirigir una de las mayores matanzas de inocentes civiles de la contienda, en el pueblo de Paracuellos, en las cercanías de Madrid. Por entonces les vino bien a todos que su implicación fuera sólo una acusación del otro bando. Hoy, sin embargo, gracias a la apertura de los archivos soviéticos tras la disolución de la Unión Soviética, está probado que Carrillo organizó y dirigió aquella liquidación de miles de presos sacados de las cárceles madrileñas, y que lo hizo para asestar un golpe ejemplar y efectivo a la quinta columna, como se dio en llamar entonces a los conspiradores favorables al levantamiento militar en la retaguardia republicana.

Paradojas de la vida, Carrillo se convirtió en un muy leal colaborador de todas las fuerzas partidarias de una transición democrática. Aceptando la bandera rojigualda, al igual que la monarquía, e incorporando al proceso de reforma a casi toda la izquierda entonces organizada y movilizada, prestó un servicio impagable a la naciente democracia española. Por supuesto, la amnistía general del año 1977 le benefició a él, como a todos los implicados en cualquier acto punible antes de su promulgación. Y Carrillo pasó a ser una de las figuras aceptadas y reconocidas por toda España — salvo para sectores muy marginales de la extrema derecha y supervivientes del bando franquista.

¿Qué ha sucedido desde entonces? Lo evidente es que Carrillo ha abandonado su papel como uno de los padres de la transición y de la Constitución de 1978 para erigirse en el nuevo santo de la izquierda frentepopulista. Desde la llegada al poder de Zapatero, Carrillo ha ido modificando su discurso. Ya no presume de su protagonismo constitucional, sino de su pasado antifascista. Sin duda, este viejo zorro fumador ha visto el signo de los tiempos y llegado a la muy cierta conclusión de que es mucho más gratificante y lucrativo en el zapaterismo defender su «pasado antifascista» que su papel en la reconciliación durante una transición sistemáticamente devaluada por los nuevos gobernantes. Carrillo se ha hecho así omnipresente en el debate político español y ha sido erigido por los medios socialistas en santo laico de esta nueva España que Zapatero quiere erigir tras una nueva transición.

El proyecto político de Zapatero arraiga su supuesta legitimidad en la Segunda República, en su última fase de enfrentamiento irreconciliable ya entre las dos Españas. Por eso Carrillo, como último gran protagonista vivo de aquellos tiempos y combatiente en el lado «de los buenos» es, aunque sea abracadabrante, un referente moral para estos jóvenes Turcos del izquierdismo español. Un ejecutor estalinista ha pasado en la última década a convertirse en icono de la nueva España.

Cierto es que todo el zapaterismo es en sí una perfecta anomalía. O si prefieren, un disparate continuado. Pero sin duda una de las anomalías más graves con que se ha topado el desarrollo del debate político en España ha sido la permanente descalificación, cuando no demonización, del anticomunismo. Aunque sea absurdo, es un hecho que mientras el término antifascista siempre está cargado de un sentido positivo cuando no directamente heroico, el de anticomunista siga siendo denigratorio e insultante. Para cualquier demócrata moderno debería estar meridianamente claro que, por su perversión ideológica, su falta de compasión, su vocación totalitaria y, quizás lo más incontestable, por su historia, el comunismo tiene la misma carga criminal que el nazismo. Por muchas diferencias que se puedan trazar entre los orígenes de estas dos ideologías redentoras que buscan asumir el papel de Iglesia total en el Primer Mundo sin Dios. De ahí que cualquier amante de la libertad y de la dignidad humanas deba tener un firme compromiso asumido en la lucha contra estas dos ideologías de las que sólo se puede esperar dolor, represión y mentira.

En España ha sido imposible que se impusiera esta evidencia, que debiera ser un axioma para todo demócrata después de las experiencias del siglo XX. Tiene obviamente mucho que ver con el papel del Partido Comunista de España durante la transición y durante el antifranquismo, cuando ya en 1956 fue precisamente Carrillo, que sabía ya que la dictadura había llegado a España para quedarse, quien lanzó la propuesta para la reconciliación nacional. Los socialistas españoles, desaparecidos por completo durante los cuarenta años de dictadura del general Franco, tuvieron que adaptarse al discurso de la única fuerza que existió permanentemente durante aquellas décadas, que era el PCE. Aquel papel moderador de los comunistas españoles, después ratificado durante la transición, les hizo ganarse un sólido prestigio en sectores no comunistas de la sociedad española. Y reafirmaron así un desprestigio del anticomunismo en sectores burgueses españoles que sigue existiendo hoy, cuando en el resto de Europa el debate está más que cerrado y el comunismo es una ideología tan criminal y repudiable como el nacionalsocialismo.

Este retraso del debate ideológico en España tiene, por supuesto mucho que ver con el complejo de la derecha española, cuyos principales líderes aún sufren un especial síndrome por el cual se creen obligados a pedir perdón por el franquismo. La apabullante apisonadora de la supuesta hegemonía moral de la izquierda y de su supremacía mediática ha desempeñado aquí un papel fundamental. La interiorización por parte de la derecha democrática del discurso izquierdista, por el cual se erige en autoridad moral un bando en la Guerra Civil, el frentepopulista, y asume el papel de villano absoluto el otro, el franquista, es uno de los lastres que han impedido una mirada al pasado con sosiego y veracidad.

Más que una paradoja es un sarcasmo que la tropa del radicalismo izquierdista movilizada bajo Zapatero, cuyo liderazgo está cuajado de hijos de prohombres de la dictadura, haya tenido éxito en prolongar e intensificar ese mensaje mentiroso que proyecta la división política de la contienda civil sobre el espectro político de la sociedad actual, que nada tiene que ver con la de entonces. Después habrá más espacio para hablar de la mentirosa memoria histórica de este gobierno como un instrumento más para dividir a los españoles. En todo caso, la ausencia de este debate ideológico en su debido tiempo, y la falta de músculo moral de la derecha para asumir sin complejos su voluntad de combatir todos los totalitarismos por igual, ha dejado en manos de la izquierda unos instrumentos muy eficaces con los que decide quién es demócrata y quién no. Y de ese supuesto paraíso de la corrección política bajo la vigilante mirada de la izquierda quedamos en principio excluidos todos los que consideramos que el comunismo es un enemigo tan irreconciliable de la democracia como el nazismo. Ellos, la izquierda zapaterista, por su carácter frentepopulista, considera a los comunistas sus aliados naturales. Y a todos sus enemigos los tacha de caverna, fascistas o ultraderechistas.

Recuerdo lo que me dolió, en la década de 1980, el comentario de un periodista al que yo ya admiraba por entonces y he ido admirando más según han pasado los años. Paradójicamente, es uno de los profesionales del periodismo que ha demostrado, a la postre, una extraordinaria calidad humana, una magnífica independencia de criterio y una irreductible vocación de libertad. Su exabrupto de entonces es muy característico de la fosilización impuesta por la hegemonía izquierdista en el debate ideológico y moral sobre el totalitarismo en España. Y cuyas consecuencias pagamos ahora muy caras con su elevación a razón de Estado bajo el zapaterismo. Supongo que él, uno de los pocos miembros de la plantilla de El País que saben guardar la digna distancia respecto a la tropa sectaria, de acordarse, lamentaría hoy el comentario. Yo sigo acordándome aunque han pasado más de veinte años de aquello.

Acababa de transmitir, no recuerdo si fue desde Viena o Bucarest, un artículo muy virulento sobre la destrucción de parte de la capital rumana para la construcción del Palacio del Pueblo, la obsesión faraónica de Nicolae Ceaucescu en su última década de vida. Al recibirse en la redacción, Enric González, así se me dijo, anunció su llegada con un escueto: «Aquí está la crónica del nazi éste». El anticomunista era y es, por principio, un extremista de derechas cuando no un nazi. Enric González sabe que no es así, y hoy está muy lejos de este tipo de posiciones. Pero es significativo que una de las más brillantes cabezas políticas del periódico, que se define de «izquierda liberal», dijera una barbaridad de tal calibre.

Hubo un tiempo en el que Stalin y Beria decoraban la Puerta de Alcalá. Stalin y Beria no eran gallegos ni extremeños ni madrileños. Tampoco eran personajes del genero chico, la zarzuela, inmensamente populares en la capital de la gran república impoluta que es el modelo que nos evoca el Gran Timonel. Aunque sí eran ambos, Stalin y Beria, patronos, amos y pagadores de algunos de los que por aquí imponían su lógica. Eran dos de los peores asesinos, propagadores del terror en el terrible siglo XX. Lo cierto es que sus seguidores entusiastas, que a la postre eran ínfima minoría, pusieron sus imágenes en la Puerta de Alcalá. Como es cierto que nadie fue a quitarlas, aunque a muchos ofendieran. Como en San Sebastián, sesenta años después, el pasado día del santo, el 20 de enero. Se pedía amnistía, es decir impunidad, para quienes asesinan con la misma vocación, aunque afortunadamente con menos medios.

En el barrio de Salamanca, sus habitantes estuvieron bien quietos entonces, en 1937. Más o menos como los de la Parte Vieja de San Sebastián ahora. Nadie se levantó a protestar contra el insulto que supone ensalzar a asesinos. Stalin y Beria eran dos georgianos que sabían cómo tratar a la gente. Hicieron un tándem magnífico en la generalización del terror. Supieron generar una desconfianza entre la ciudadanía que quebró todos los recursos de la buena voluntad y la decencia en contra de su política criminal.

Yo, como podrán ustedes suponer, no estaba allí. Como no estaba la mayoría de los españoles que hoy viven y que desconoce que estos hechos se produjeran. Muy poco después de colgar esos retratos —un par de años son una siesta— muchos españoles iban a la Puerta de Alcalá a clamar a favor de que triunfara Hitler en su intento de tomar Moscú. Algunos eran otros. Otros eran los mismos. Nos quedan pocos supervivientes de aquellas hazañas. De las odas a Stalin y los coros a Hitler. De quienes celebraban los éxitos de exterminio de los enemigos de la URSS o los que aplaudían las ofensivas del genocidio nazi en todo el este de Europa como gesta cristiana. Queda por aquí alguno, muy protagonista, y hoy convertido en santo laico por el gobierno que los españoles han elegido.

Eso es lo que nos debiera preocupar. Llegan momentos de emergencia en los que muchos no podrán permitirse el lujo de planteamientos morales a la hora de sobrevivir. Hablo de millones de parados que tarde o temprano perderán todo soporte y saldrán a defender su muy legítimo derecho a la supervivencia con modos y métodos que muchas veces no serán ni legítimos ni legales ni morales. Pero ya dijo Bertolt Brecht en los años treinta del siglo pasado, que cada vez son más actuales: «Zuerst das Fressen, dann die Moral» («Lo primero comer, después la moral»). Curiosamente, trágicamente, los primeros en este dilema serán los que desde el poder intentan rescatar o pretender una legitimidad que sus continuas estafas han puesto en duda. Y parecen ser ellos, que jamás han leído a Brecht, los que nos van a dar una lección de supervivencia. Propia. No van a ponernos una imagen de Stalin en Alcalá. Ni en la antigua checa de Fomento. Pero esperemos que todos los desesperados que ha generado el fracaso de una política insensata de izquierdas no haga surgir unas fuerzas coléricas que desprecien tanto la moral como la democracia y acaben apoyando proyectos totalitarios en los que los discrepantes sobramos.