Libelo contra la secta
La ira deshonesta
La sagrada ira del pensamiento bienintencionado impuesto por la tropa del izquierdismo socialista se pone en marcha siempre que lo requiere una bonita persecución orquestada contra gentes que le puedan ser incómodas. Con su potente aparato mediático —el propio y el comprado o sometido por miedo— se pone en marcha el rodillo de descalificaciones, rumores y amenazas de esta nueva inquisición que no tiene escrúpulo alguno en recurrir a los medios que sean necesarios para acabar con los díscolos o críticos. «Como sea» —ese lema de Zapatero— se lanza a los sabuesos a acabar con honra, prestigio y hacienda de los que puedan suponer un peligro para el armónico discurso paralizante del poder. Uno de los que sufrió muy pronto las iras del zapaterismo fue el entonces presidente del Foro para la Inmigración, el sociólogo y antropólogo Mikel Azurmendi. ¿Qué hizo el pobre hombre para merecer esos ataques desde tantos y tan diversos frentes? Había dicho que «el multiculturalismo es una gangrena para la democracia». Que es lo mismo que han denunciado sociólogos como Giovanni Sartori, Michael Burleigh o el aún menos sospechoso Zygmunt Bauman. ¡Anatema!, gritaron los coros piadosos que veían así confirmada su sospecha de que Azurmendi no sólo era un racista peligroso, sino que además daba la espalda a los socialistas por lo que consideraba una política insensata de inmigración.
Así las cosas, pronto cayó la temible acusación contra Azurmendi. ¡Es que se ha vuelto del PP! No hay peor insulto ni vergüenza que ésta. Los que procedentes de la izquierda, como Azurmendi y yo mismo, como mi gran amigo Gabriel Albiac, o el controvertido pero no por eso menos noble y brillante Federico Jiménez Losantos, el iconoclasta Fernando Sánchez Dragó, el erudito Jon Juaristi o el genial Albert Boadella, hemos llegado a la conclusión de que la democracia liberal, y por tanto el antisocialismo, es la patria de todo demócrata y hombre libre, no tenemos perdón. Al socialista Sartori ya le llaman fascista por los pasillos de Ferraz quienes jamás le han leído. Y todos los que no se arrodillan ante el gran becerro de contrachapado del buenismo progresista que ha erigido la tropa del socialismo izquierdista no debieran esperar más que insultos y el ostracismo humillante. El caso de Azurmendi fue sonado. Por si alguien albergaba dudas sobre el carácter perverso y derechista del individuo, éstas quedaron pronto disipadas, porque en su defensa salió el odiado traidor de la causa que es Enrique Múgica Herzog, ese criptoderechista que se hizo pasar toda su vida por socialista y se quitó la careta al aceptar el cargo de Defensor del Pueblo que le ofreció el otrora presidente del gobierno del Partido Popular, nada menos que el hombre más odiado. Sí, ése, están en lo cierto: José María Aznar.
Tremendo e imperdonable. Dos traidores a la izquierda atacaban juntos a ese sagrado concepto de la bondad universal que es el multiculturalismo. Según sus defensores —ahítos de tanta bondad en sus intenciones— es la gloriosa fórmula para que coexistan en armonía y jovialidad diversas culturas foráneas y autóctonas en una misma sociedad democrática. Todos los grupos sociales han de cultivar sus costumbres y ritos ancestrales en el más profundo respeto y la absoluta equiparación e igualdad entre ellos. Es decir, por dar un par de ejemplos: que el rito zulú de llamada al espíritu reciba la misma atención y respeto que la misa católica; o que los musulmanes reciban menús especiales en los colegios —mientras se niega lo mismo a los celiacos—. Las graciosas tradiciones de todos los que quieran llegar a la gran fiesta de la bondad universal de la España zapaterista tendrán aquí sustento y ayuda para fomentar sus costumbres, aunque sean radicalmente opuestas u hostiles a las costumbres nuestras e incluso a nuestro ordenamiento jurídico. Porque al fin y al cabo nuestras tradiciones y hábitos son producto de una cultura tan casposa y reaccionaria como es el cristianismo, y deben ceder espacio, tiempo y dinero a culturas exóticas y coloristas que harán de nuestra vida un permanente mercadillo de alegría adolescente.
Pero, ¡ay!, racistas como Azurmendi y Múgica querían impedir la regulación de todos los inmigrantes que vinieron o quieren venir y, además, asimilar a nuestras costumbres y leyes a los regularizados. Quieren atentar contra los derechos de todos los desfavorecidos que desean colaborar a hacer esta sociedad multicolor en la España del socialismo bueno. Eran los tiempos en los que Caldera promocionaba por el mundo las bondades, la infinita hospitalidad y las reservas ilimitadas de nuestro país para acoger a todos los que quisieran instalarse en España a gozar del bienestar y la libertad que los socialistas construían para todos los pueblos del mundo. Azurmendi, un vasco tan duro en sus convicciones como lúcido en su análisis, que como antropólogo había estudiado mucho y bien este fenómeno de la inmigración, aquí en España y en el exterior, advertía sobre los efectos culturalmente devastadores, socialmente explosivos y demenciales en materia de seguridad que suponía la senda emprendida por la tropa de insensatos del gobierno socialista. Y así lo dijo y así le fue.
Hoy los españoles pueden comprobar por sí mismos que Azurmendi no andaba lejos de la verdad. Así es. Precisamente por eso lo quisieron linchar los pelotones mediáticos del amanecer: porque está prohibido exponer verdades que entren en conflicto con la realidad inventada de la secta; porque todos ya son Zapatero, ese adolescente mediocre y obstinado que sigue creyendo que su voluntad modifica la realidad siempre y cuando él quiere. Esta enfermedad intelectual, no es otra cosa, la pagó en su día Azurmendi, pero hoy la estamos pagando ya todos, cada uno a su manera.
Seamos serios: todo es un inmenso rascacielos de mentiras que ha construido la izquierda sectaria sobre cimientos de bondad retórica. Como era previsible, se resquebrajó pronto y hoy amenaza con colapsar sobre nuestras cabezas. Desde luego ya nos están cayendo los primeros cascotes grandes desde las alturas. La izquierda tiene serias dificultades para ofrecer conceptos económicos y políticos distintos a los que aplica la derecha y que en el pasado fueron suyos. Lo hemos visto cuando Europa, Washington y Pekín han tenido que conminar a Zapatero a dejarse de idioteces y emprender una reforma laboral y un recorte de gastos que para nada quería aplicar. El socialismo no tiene soluciones económicas salvo las que pueda copiar a la derecha. Pero tampoco tiene soluciones para problemas como la inmigración, a no ser un suicidio colectivo como el «papeles para todos», que en su día fue bandera de la alegre muchachada izquierdista. Nadie dude de que acabaría dinamitando economía, convivencia y seguridad y este país se sumergiría definitivamente en el caos.
Si es una mala broma que esta izquierda considere «franquista» el intento de valorar el rendimiento de los alumnos en los colegios, y grotesco que apueste por supuestos derechos colectivos de comunidades étnicas —como quienes consideran incuestionable determinación histórica la supremacía nacionalista en Euzkadi o Cataluña—, es aterrador comprobar cómo se lanzan a la alegría juvenil en el trato de un fenómeno tan serio como la inmigración e integración. Malo es el faldicortismo en la presentación de cuestiones graves, que es una característica de estos púberes abanderados de la bondad a costa de otros, porque muchas veces tenemos la impresión, me temo que cierta, de que se alimentan directamente de lo que podríamos llamar «fuentes intelectuales» del movimiento okupa. Los antisistema en el gobierno.
Azurmendi tiene razón. La falta de adaptación o, más aún, la falta de voluntad de adaptación de los inmigrantes a las leyes, reglas y normas sociales de la sociedad anfitriona es, a medio plazo, una bomba de relojería en la línea de flotación de la democracia, el pluralismo y la sociedad abierta. El multietnicismo ha sido, es y será una realidad en España que a nadie inquieta. No así el multiculturalismo.
Se puede discrepar de las tesis de Giovanni Sartori en su libro La sociedad multiétnica, tan denostado por quienes creen que son las sociedades libres las que tienen que ceder ante las culturas de aquéllos a los que la miseria o la violencia incita a migrar. Pero existen certezas difíciles de rebatir. La primera es que la sociedad democrática que otorga el derecho fundamental al individuo es el modelo de convivencia que genera más bienestar, más dignidad y más libertad que cualquier otro. La segunda es que permitir que en su seno se generen células de culturas extrañas, que no actúan según los mismos principios y se rigen por códigos étnicos, religiosos o tribales, supone una amenaza para el propio sistema. Sea el secuestro del voto por parte de clérigos en una comunidad musulmana, o el ejercicio de la violencia, intimidación o desprecio de los derechos humanos en otros colectivos culturales cerrados, son infinidad los argumentos en contra de la aceptación y aún más del fomento de guetos culturales. Ni todas las culturas, ni todas las ideas, ni todas las costumbres son igualmente aceptables. Muchas son enemigas de la dignidad y la libertad.
Las democracias occidentales han creado mecanismos de autocorrección de los que carecen otras culturas. Ahora tienen el reto de integrar a gentes de culturas lejanas cuya llegada es necesaria pero genera problemas. El racismo lo generan quienes los ignoran, no quienes los señalan. Quienes vienen como inmigrantes lo hacen porque sus sociedades son incapaces de otorgarles una vida digna. Pero no podemos tolerar que intenten crear en el interior de nuestras sociedades abiertas otras cerradas que reproduzcan los sistemas fracasados, corruptos y totalitarios de los que huyeron. Los pueblos europeos han luchado mucho durante siglos por esta forma de vida, por esta sociedad abierta a la que acuden los inmigrantes voluntariamente. En los clubes se aceptan todo tipo de caracteres, pero siempre que cumplan las normas internas. La corrección política tiende a generar pensamiento débil. Pero no podemos dejar que, embriagada de amor, nos hunda en el caos al fomentar la dejación de la sociedad abierta en favor de la tribu.