Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 34 de 39

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Libelo contra la secta

Irritaciones para el caudillo

 

En el otoño de 2010 el Partido Socialista, durante casi una década una auténtica piña en torno a su César Visionario, había entrado ya en situación de pánico. Los indicios de cambio de ciclo cuando no de descomposición se multiplican. El desafío de Tomás Gómez en las primarias para la candidatura en la Comunidad de Madrid acababa con una desautorización total a Zapatero, cuya candidata Trinidad Jiménez era derrotada pese al masivo apoyo del aparato de Ferraz. Mientras subía de nuevo el paro, se disparaba la alarma sobre la deuda española y los periódicos amigos publicaban noticias que ampliaban sin cesar la horquilla de los sondeos entre PP y PSOE. Con todos los proyectos prometidos a la ciudadanía hundidos en el fracaso total, los socialistas esperaban las elecciones de la primavera en comunidades autónomas y municipios para ver las dimensiones de su derrota. Zapatero sigue obsesionado en aferrarse al despacho, apostando por un final negociado de ETA como sea para resurgir como pacificador de España. Y también en su espera ilusionada a una recuperación económica más que improbable. Pero el partido ha dado la primera muestra de reacción tras diez años de silencio soviético.

Los socialistas —incluidos sus órganos directivos— se enteran ya regularmente por su periódico de lo que ha decidido su jefe. Como en Moscú a partir de 1934, después de la muerte de Kirov, y como le pasa al Partido Comunista en Cuba, que lleva una década sin organizar congresos. Todo lo que haya que saber se comunica por medio del Pravda o el Granma, —por e-mail, sms, parte radiado o diario de la mañana—. También los candidatos a puestos públicos o cargos regionales. Más allá de la desaparición de los socialistas como organización de debate interno y su conversión en aparato piramidal de funcionarios obedientes por devoción, interés o miedo, tiene interés sociológico ver cómo los nombramientos de ministros y en su día la reactivación de José Bono, el gran comulgante por excelencia, generaron tan poca individualización, como si hubiera sido una emulación de la Biografía de robots de Norman Manea. Apiñados todos en torno al caudillo mostraron, justito, justito, el mínimo carácter necesario para dar credibilidad a su entusiasmo en la sumisión. Con esta estructura ya plenamente impuesta se presupone a todo buen soldado que pierda el mínimo pudor en sus defensas de mentiras insólitas, obscenas manipulaciones y perversiones del lenguaje y la negación obstinada de realidades palpables. Una vez que, en el relativismo absoluto en el que toda la realidad puede ser interpretada y reinterpretada, queda marcada «la verdad del momento» y el «todo vale». Sus críticos han de ser descalificados, liquidados política y civilmente, la desviación ha de ser perseguida de forma implacable. No se admiten tibiezas. Porque la lógica de poder impuesta por Zapatero dentro del partido es, sin duda, la que quiere imponer a la sociedad si tiene ocasión con una tercera legislatura. Y si las amenazas e intimidaciones dentro del partido han tenido el éxito del que Zapatero presume y muchos socialistas se avergüenzan (eso sí, en silencio o en la intimidad), nadie dude de la voluntad de aplicarlas también en aquellas comunidades del Estado en las que todavía existe resistencia.

Por eso un partido como el socialista puede permitirse mascaradas como la organizada en su día en Ermua con motivo de un homenaje a Miguel Ángel Blanco, que se convirtió en vergonzante espectáculo por culpa del alcalde socialista, más obsesionado con no molestar a los etarras que negociaban con Zapatero que en honrar al concejal asesinado. Fue un desprecio a la víctima, a su familia y al partido del que era miembro cuando murió, y también causó irritación en los socialistas españoles. Pero en ningún momento hubo el menor atisbo de protesta por parte de los órganos del partido, perfectamente autocastrados en la irrelevancia. Todos sumisos al Gran Timonel. Las únicas protestas fueron de los socialistas ya represaliados en purgas pasadas para su escarmiento y advertencia a otros tras la llegada a la dirección de Zapatero. En aquel triste suceso fue paradigmática la triste conducta del otrora digno Carlos Totorica. Ante el dilema optó por la sumisión y el cargo. Es perfectamente comprensible, además de ser la suya la conducta más generalizada. ¿Por qué iba a ser él el valiente si era el que más tenía que perder?

Sin embargo, estas conductas tristes son ya lo de menos. Las hay mucho peores por su celo en la militancia sectaria, como han demostrado en el Parlamento Europeo. Pero más allá de la catadura de su guardia pretoriana, el problema está en la ruptura del lenguaje común habido —y lo hubo por mucho que mientan hasta que Zapatero llegó al poder en el PSOE— entre los demócratas españoles. Ya han conseguido que no podamos entender lo mismo porque los contenidos de las palabras socialistas fluyen según el interés inmediato del caudillo de León. Eso sí, los socialistas han logrado un fluido diálogo con enemigos del orden constitucional español dentro y fuera. Porque hablan el mismo idioma y porque, por desgracia, tienen muchos intereses comunes que no son sólo tácticos, sino estratégicos a largo plazo. Sabemos, por ejemplo, que Francia tiene documentación de la coordinación de intereses varios entre los socialistas y ETA. Es un consuelo que los tenga alguien decente. Tarde o temprano los tendremos nosotros o, al menos, los historiadores en el futuro. Entonces, estoy seguro, salvo que este mundo se hunda definitivamente en la ciénaga de la mentira, el juicio sobre la secta de Zapatero no será muy complaciente. Muy siniestra tendría que ser la historia para absolver a este personaje que compite con Fernando VII en la carrera por el liderazgo en felonía en la historia de España.

Pero sigamos hablando de mentiras en esta peculiar forma de pervertir la historia de nuestra secta. Conmovedora fue la orgía de hipocresía y doble baremo que el socialismo nos organizó en su día con la muerte del que fuera presidente del Comité Olímpico Internacional, además de muchas otras cosas, Juan Antonio Samaranch. Enternecía el zapear por las cadenas amigas de la secta socia lista del gobierno, que se disputaban literalmente el liderazgo en una especie de campeonato de obituarios olvidadizos. Los panegíricos —discursos o composiciones poéticas de tono solemne en los que se alaba a una persona de gran relevancia, como un héroe, un santo o un poderoso, según el diccionario— por Samaranch no tenían fin. Héroe, santo o poderoso o las tres cosas a la vez ha sido para nacionalistas y socialistas este español longevo que tuvo una vida completa, consumada y feliz, siempre arrullado por la suerte, el bienestar, sus habilidades y el poder. Tuvo este hombre sin duda extraordinario una existencia que ha sido un lujo. Descanse en paz. Sus méritos a favor de España, desde su embajada en Rusia a traer los juegos Olímpicos a su ciudad natal, Barcelona, están siendo recordados sin cesar y con mucha razón. En Cataluña las necrológicas adquirían ya ese tono edulcorante y pastoso tan propio del nacionalismo.

Pocos, sin embargo, entre los grandes creadores de loas de urgencia a pleno rendimiento, nos hablaban de Samaranch como alto cargo de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. También entonces él pensaba que servía a España con Franco, como después sirvió tan bien al socialista Pascual Maragall a transformar y modernizar totalmente la ciudad de Barcelona gracias a los Juegos Olímpicos. Entre 1955 y 1962 fue concejal de Deportes en Barcelona, y de 1966 a 1970 delegado nacional de Educación Física y Deportes, en plena dictadura franquista, de cuya élite fue un miembro destacado en Cataluña. Asimismo fue procurador en Cortes de 1967 a 1977 y presidió la Diputación de Barcelona entre 1973 y 1977, hasta su nombramiento como embajador en la Unión Soviética. Es decir, que con ese pasado parece un terrible despiste del juez Baltasar Garzón que no lo pusiera en su famosa lista, cuando era obvio que Samaranch vivía mientras todos los demás buscados estaban ya en el más allá.

Curioso lo olvidadizos que son los de la memoria histórica cuando les conviene. Y qué bonita ironía que mientras todos los medios socialistas ensalzaban a este falangista de postín durante la dictadura, el vicepresidente del PSOE arremetía contra el Partido Popular en el Parlamento por «apoyar a la Falange», en el caso de la prevaricación aún presunta y múltiple, contra el juez Garzón. Ese juez cuyos defensores no hacen sino repetir por todo el mundo la mentira de que es juzgado por antifranquista o adalid en defensa de las víctimas de la Guerra Civil, y no por prevaricación y por sospechas de complicidad pecuniaria con algunos encausados a los que salvó del juicio. Curioso país éste, donde las instituciones gubernamentales hacen causa común con un juez encausado y lanzan una campaña de difamación contra los jueces de los más altos tribunales del Estado. Resulta que la Falange de hoy, que serán cuatro gatos, supongo, pero al fin y al cabo ciudadanos como todos los demás y con sus mismos derechos, no pueden pedir justicia a secas. ¿Se les quiere privar de los derechos por lo que piensan? ¿Con lo exquisitos que somos en los derechos de los etarras y asesinos de menores?

Con esta muchachada de la secta socialista no sólo se ha perdido el norte moral, sino también las más elementales de las formas. Grotesco este país donde el presidente del Congreso, ese gran mago inmobiliario que es José Bono, retrasa un acto oficial porque está ocupado en mostrar su entusiasta solidaridad con un juez inculpado en tres casos. Y por supuesto a sabiendas de que lo que hace es presionar a los jueces que han de juzgar a Baltasar Garzón por sus incontables irregularidades contables. Es el juez que veía amanecer y siempre llega tarde. Tan tarde llega a veces a ver tantos papeles pendientes que se le van de rositas unos narcotraficantes. Y tarde llega, desde luego, a un caso que ha reposado en un cajón de su despacho a la espera de Dios sabe qué. El caso Faisán, esa ignominia, ya no está en manos de un juez que probablemente deje de ser juez. Pero tarde, como siempre, porque debió dejar de serlo mucho antes. Bono fue, por supuesto, el primero en hacer una apología incontinente de la figura de Samaranch, una loa de esas tan pringosas e hipócritas en las que nuestro eterno seminarista/socialista/millonario es un auténtico campeón.

Quede claro mi respeto por el señor Samaranch y su trayectoria, por su posibilismo y adecuación a los tiempos que hicieron posible esta biografía. Como ha de quedar claro mi respeto por tantos hombres y mujeres que lograron, desde dentro y fuera del pasado régimen, una transición pacífica a la democracia. Y muchos que, dentro y fuera del régimen, actuaron con dignidad y decencia, en consonancia con sus ideales. Pero tiene gracia que los que ahora agitan el fantasma de la Falange cuando no es nada, se olviden u oculten que Samaranch fue lo que fue en la Falange. Que fue mucho lo que fue. Y que lo fue cuando la Falange sí que lo era todo. Es la hipocresía permanente de la secta y de quienes han medrado con ella sin pertenecer a su núcleo, por generación o afinidad, como es el inefable presidente Bono.