Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 27 de 39

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Libelo contra la secta

Antifranquistas e impostores

 

En un ayuntamiento de Cataluña de cuyo nombre no tengo el menor interés en acordarme se organizó hace un par de años un acto de valiente resistencia antifranquista. El alcalde ordenó colocar en la sala principal un busto de Franco y los vecinos fueron invitados a acudir para mostrar su hostilidad y repulsa al personaje. Allí estuvieron, cuentan, valientes ciudadanos abofeteando o insultando al general, que por cierto aguantó impasible el ademán. Cierto es que en Cataluña la impostura y esa falta de pudor del ciudadano estabulado tiene niveles aún no alcanzados en otras partes de España. Pero lo cierto es que la mitología antifranquista es una de las ridiculeces que con Zapatero como sumo sacerdote se ha convertido en plaga y negocio a un tiempo. Aquí son ya antifranquistas no sólo lo que nacieron después de la muerte de Franco, sino también, y sobre todo, los que durante el franquismo supieron esconder tan hábilmente su militancia contra el régimen que fueron condecorados por éste en agradecimiento a los servicios prestados. Al parecer eran legión los antifranquistas tan clandestinos que apenas ellos mismos conocían su condición. Desde luego nos despistaron a todos en aquellos tiempos. Quién iba a pensar que tantos directores generales, subsecretarios, diplomáticos y otros altos cargos de la administración eran enemigos acérrimos del régimen para el que trabajaban y del que recibían tantos premios y prebendas. Con Zapatero llegó el absoluto frenesí de la impostura. Como en Alemania, donde tres días después de morir Hitler no quedaba nadie que reconociera haber sido nazi, igual que en Italia, por no hablar de Francia, campeona en la mentira histórica antes de que supiéramos de la existencia de Zapatero, que es imbatible en estas lides.

¡Cuántas veces se habrá reído mi amigo el escritor y periodista Adam Michnik de los valientes anticomunistas que surgieron por doquier en Polonia cuando el régimen comunista era ya historia! ¡Cuántos individuos prudentes, satisfechos, indiferentes o miedosos, que vivieron sin el menor roce con el régimen comunista durante todos o parte de sus cuarenta años de existencia en Polonia, descubrieron su odio al comunismo cuando éste había dejado de existir! A Michnik esto ya dejó de hacerle gracia cuando vio las consecuencias políticas y morales de esta impostura. Porque cuando la mentira se expande sin que nadie la desautorice, se va multiplicando, porque requiere de nuevas mentiras para sostenerse. Lo que podía haber sido una grotesca y efímera pantomima urdida para pulir y ennoblecer biografías se había revelado en Polonia como un perverso instrumento de lucha política que, utilizado desde el poder y las alcantarillas del Estado, envenenaba en la década de 1990 y después todo el discurso político, crispaba el diálogo y rompía el tejido social amenazando a la convivencia. La cual, en Polonia, gracias a estadistas como el propio Michnik, siempre protagonista en las negociaciones para la instauración de la democracia, estaba inspirada en la transición española.

Es esa transición que la secta zapaterista desprecia porque considera se produjo bajo la presión y vigilancia de los militares franquistas. Quienes juzgan conductas ajenas bajo el totalitarismo desde la comodidad y la libertad de la Europa actual, son simples frívolos, ignorantes o rufianes que quieren sacar beneficio a lo que no puede ser sino impostura propia. Porque quienes más lucharon contra el comunismo en Polonia y los que lo hicieron contra el franquismo aquí han sido en general gentes volcadas a favor de la transición, sin rencor y con espíritu de reconciliación.