Libelo contra la secta
El resentimiento como bandera
La izquierda española ha tenido —y presumiblemente tiene aún ocultas— figuras que han compartido plenamente con el resto de los españoles los valores comunes del esfuerzo, del respeto y la razón. Y más allá, del valor fundamental de la compasión por encima de todas las diferencias que los conceptos divergentes de la política puedan crear. Hay muchos ejemplos. Muchos de ellos conmovedores. «Hay que tener un noble sentimiento de respeto para las víctimas, cualesquiera que sean, si procedieron con noble intención. Y ese sentimiento, en el hombre español libre de sectarismo político, de fanatismo ideológico y de egoístas ambiciones en las que antepone el propio bien al bien común, moralmente debe tener el mismo valor cualesquiera que sean las víctimas del crimen. […] El hombre sólo tiene derecho a ser implacable en sus juicios y en sus actos cuando conoce plenamente la verdad. Y la verdad en el caso de los orígenes y las causas de la Guerra de España, ni siquiera de los crímenes cometidos en el periodo que examinamos, aún no se conocen». Estas preciosas palabras son del general Vicente Rojo, probablemente el militar de mayor prestigio del bando republicano. Salen a la luz en su interesante, y hasta ahora inédita, Historia de la Guerra Civil española, prologada por Jorge M. Reverte (RBA, 2010). ¿Por qué nos producirán últimamente sorpresa palabras semejantes, reflexiones como ésta, hechas desde la honestidad y la calidad humana? Sin duda por su rareza. Se oyen y leen muy pocas. Probablemente no se deba sólo a que las nuevas generaciones carecen ya de los elementos necesarios para semejante valoración, dada su poca y mala información. También debe de ser cierto que muchos que suscribirían las palabras del general Rojo consideren que no conviene hacerlo públicamente. Porque puede ser motivo de inclusión en una de esas listas de gentes bajo sospecha de no ser todo lo leal que se exige para optar a un cargo, a una subvención, a una publicación u otro favor. Y la calidad humana ni abriga ni alimenta ni da esplendor.
Ahí está una de las claves de ese triunfo de la mediocridad, la «reptocracia» (si me permiten la alusión a personajes reptantes), la sumisión y el miedo. Los potencialmente honrados en el pensar, lúcidos en el ver y cultos en el saber tienen muchos motivos en guardar silencio cómodo y refugiarse en la «prudencia» para ahorrarse incomodidades e inconveniencias, que es como ahora se llama a las represalias. Frente a su silencio retruena procaz y arrogante la verborrea chulesca de quienes son sin duda triunfadores en cualquier concurso rufián, como el que declararon abierto hace seis años los carentes de duda. Ahí está la irresistible ascensión de la verdulería política. Plagada de Leires, Bibianas y Zerolos, que crecieron entre muñecas que cantaban la Internacional, pobres almas mutiladas, para las que el mundo es una agrupación de barrio. Y sospechoso o despreciable es todo lo que no quepa en su universo enano.
Abolidos los valores universales, en su día comunes a toda clase y condición, nos quieren imponer su baremo, que no rige por prestigio, sino por desprecio y hostilidad. Para encontrar reflexiones como la del general Rojo dependemos cada vez más de los libros y menos de la actualidad. Y la ofensiva general del pensamiento débil se produce de forma permanente por todos los medios controlados por el poder socialista y las instituciones, en manos de funcionarios convencidos o doblegados a la obediencia en el mensaje de la secta. Es el código por el cual se quieren crear generaciones a imagen y semejanza de las Leires, Bibianas y Zerolos, de los presentadores de televisión que con su procacidad permanente nos intentan convencer diariamente de que la vida es inanidad y de que sólo el placer tiene algún sentido.
El continuo combate contra las formas tradicionales de expresión de la dignidad humana y por supuesto de todo sentido religioso ha creado ya masas que no creen en el carácter único y sagrado de la vida humana. Que consideran que una vida humana no tiene mayor valor que la de un toro o un visón de granja peletera.
El desprecio por el sentido de la trascendencia del individuo es una de las características más peligrosas de estas nuevas camadas de izquierdistas que han surgido en España. Son, con su simbología y retórica izquierdistas, lo más parecido a aquella generación de alemanes que tan bien describió el escritor austriaco Ödön von Horvàth en su Juventud sin Dios. Eran los jóvenes que no tuvieron la suerte de caer en la escuela tradicional alemana y austriaca previa al nazismo. Bajo las nuevas leyes educativas impuestas después de 1933 en Alemania, y cinco años más tarde en Austria, estos jóvenes eran educados en el odio a personas infrahumanas, en la adoración al altar y a los santos laicos del nacionalsocialismo y en su glorificación de la fuerza y la violencia. Pero el principal elemento en aquella educación en la que estaban abolidas la compasión y el sentimentalismo, y que fomentaba ídolos románticos en la brutalidad del proyecto del superhombre, era la absoluta ausencia de Dios, la abolición del Dios que creó a los hombres a su imagen y semejanza y les dijo: «Amaos los unos a los otros». En la convicción de que la vida es sagrada porque proviene de Dios y es parte de Él está el mayor dique moral, la mayor fuerza de resistencia frente a cualquier totalitarismo que desprecie al individuo en aras de objetivos superiores como una sociedad ideal en el futuro, meta de nazismo y comunismo por igual.