Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 9 de 39

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Libelo contra la secta

El islam, aliado contra occidente

 

La actitud del socialismo radical español hacia el islam genera infinitas perplejidades. Los dirigentes, autoproclamados grandes adalides de la modernidad y de la lucha contra el oscurantismo que para ellos es la religión en general, pero el cristianismo católico en particular, muestran una enorme condescendencia cuando no simpatía por un islamismo que sin duda se ha convertido en el mayor reto cultural y de seguridad para la sociedad occidental. Podemos también llamarlo amenaza, porque es sin duda de lo que se trata. El problema, muy grave pese a la ocultación sistemática del mismo que hacen nuestros gobernantes, no es por supuesto sólo español. Afecta a todo el mundo occidental. Y de su regulación aceptable para todos dependerá en gran parte el tipo de convivencia urbana que vayamos a tener las sociedades libres en un futuro. Y que puede decidir y sentenciar la supervivencia o el ocaso de nuestra sociedad libre y democrática tal como la conocemos.

Tenemos varios hechos incuestionables que convierten la regulación de nuestra coexistencia con el islam, dentro y fuera de nuestras fronteras, en una prioridad máxima si queremos defender nuestro modo de vida, el que ha generado la comunidad de seres humanos más libre, próspera y compasiva que jamás se ha visto en la historia de la humanidad. Vaya por delante este hecho, que todos los defensores de la libertad y la democracia deberían tener mucho más asumido y grabado en sus conciencias de lo que lo está. Nuestra sociedad libre occidental, nuestro Estado de Derecho aconfesional, nuestra libertad de pensamiento, de opinión, de búsqueda de la felicidad y prosperidad, son nuestra mayor y principal conquista en la organización de la vida de los seres humanos controvertidos. Tenemos la mejor de las sociedades jamás habida en el mundo. Pese a todas las imperfecciones e injusticias, nunca hubo una organización humana capaz de autorregularse y corregir sus propios errores e insuficiencias de forma pacífica y garantizar al mismo tiempo seguridad, libertad y protección a sus cientos de millones de ciudadanos privilegiados que viven en las democracias occidentales. Ahora, como en su día con las ideologías redentoras y totalitarias que fueron el nazismo y el comunismo, tenemos enfrente una fuerza religiosa expansiva cuyos principios chocan en parte, pero de forma radical, con los nuestros.

En ciertos sectores de la izquierda europea, y desde luego en la izquierda radical que gobierna España en la actualidad, existe una fuerte corriente de pensamiento que considera que el islam es un aliado político contra los verdaderos enemigos de las transformaciones que anhelan para crear un régimen más allá de la democracia. Estos enemigos suyos son, sin duda, la Iglesia católica —el bastión más firme en la defensa de los valores cristianos que son la base de nuestro mundo de libertades y de defensa a ultranza del individuo humano—; los Estados Unidos de América, con Obama y sin Obama, que consideran como una fuerza imperial firme en sus convicciones hegemónicas aun en estos momentos de dejación y creciente aislacionismo; Israel — otro bastión de principios y memoria que es ejemplo en su capacidad y voluntad de autodefensa—; y las fuerzas políticas y culturales que representan a la sociedad dispuesta a conservar nuestros valores.

En España es realmente llamativo comprobar cómo el mundo relativista, pero ante todo los medios del socialismo radical, han encontrado en el ex presidente del gobierno, José María Aznar, su bestia negra favorita. Cada vez que éste expresa su opinión sobre uno u otro tema le cae encima un aluvión de improperios y descalificaciones y la permanente exigencia de que se calle. Probablemente tenga que pasar todavía algún tiempo antes de que se pueda estudiar en profundidad y con detalle la capacidad de Aznar para generar un odio tan intenso y tan apasionado entre sus adversarios. Sus éxitos políticos indudables, su reconocimiento en el exterior, el hecho de que sus enemigos —que no adversarios, digamos las cosas claras— no pudieran expulsarle del poder, son sin duda factores contribuyentes. Sin embargo, no explican toda esa animadversión que despierta, incluso entre quienes han sido sus votantes y comparten su terreno ideológico. Hace ya muchos años que Aznar dejó el poder, pero pocos días hay en los que no surja alguno de esos odiadores —como les llamo— que tanto le necesitan. A veces parece que Aznar se apiada de ellos y les da algo de carnaza. Y parece gozar conociendo de antemano la reacción de todos los que le lanzaran mil improperios por haber expresado su opinión. Estremecedor fue la reacción de todos estos incondicionales del odio a Aznar cuando éste decidió ir a Melilla a mostrar su solidaridad con esta ciudad acosada por Marruecos e ignorada por el gobierno. Siempre es así, hable en Washington o Londres, Berlín o Pekín. La firmeza del criterio del ex presidente les lleva hasta la desesperación. Por mil razones, pero ante todo porque ha demostrado no poder ser intimidado por los violentos coros del socialismo radical. Porque defiende los valores de Occidente, de la sociedad libre, y porque defiende el derecho de defensa y la necesidad de una cultura de defensa de esta sociedad a todos los niveles. Como muy significativamente defiende a Israel como parte imprescindible de nuestro mundo hoy amenazado.

También porque expresa serias dudas sobre una política norteamericana marcada por el diletantismo y la falta de lealtad. Las críticas de Aznar a esa vaca sagrada del llamado progresismo que es el presidente Barack Obama producen auténtica histeria entre los vigilantes del pensamiento correcto. Aznar ha ignorado todos estos ataques, que a estas alturas muy poco deben afectarle. Y, desde luego, ha seguido desde su retiro empeñado en librar la batalla de las ideas. Probablemente en contra de los criterios de la actual cúpula del PP, que parece siempre mucho más partidaria de no entrar en cuestiones de envergadura intelectual y prefiere las batallitas de intercambio de golpes de declaraciones con el poder socialista. Al parecer resulta más fácil odiar que querer a Aznar. Pero como muy pocos otros líderes políticos y, probablemente como ningún otro, sabe subrayar los problemas estratégicos en la lucha de las democracias occidentales por defenderse de sus enemigos.

Cuanto más se conoce a la clase política española —desinteresada e ignorante respecto a los grandes problemas de política internacional e indolente en la citada batalla de las ideas— más necesaria parece la llamada de Aznar contra la desidia política y la pereza mental, y a favor de una conciencia política que dispute la iniciativa al izquierdismo en el debate político. En toda Europa están surgiendo voces de peso que exigen un rearme cultural ante retos como la inmigración no integrada, la amenaza a las libertades en el malogrado proyecto multicultural, y la dejación de los valores de la sociedad libre y los derechos del individuo. Cada vez son más los que consideran que los partidos conservadores no logran articular esta defensa. Y que paradójicamente, al tiempo que se hunden electoralmente los partidos socialistas — hasta ahora con la excepción o anomalía española— sigue vigente esa hegemonía izquierdista en el mundo cultural y mediático que insiste en las soluciones falsas, en la intromisión del Estado en todas las esferas de la vida privada del ciudadano, en el buenismo y relativismo y en el sacrificio de los derechos individuales a favor de experimentos sociales con peligrosas consecuencias.

Para sus intentos de «superar» esta democracia burguesa, en terminología de la izquierda revolucionaria, sus principales obstáculos son estos valores, nuestras tradiciones y el respeto al legado de nuestros mayores, la herencia que hizo posible este largo periodo de libertad y bienestar en nuestras sociedades. Bien, pero la voluntad de conservar ya no es suficiente ante las amenazas claras que se ciernen sobre nuestra sociedad y nuestros valores. Es necesaria una voluntad de defenderla.

La voluntad de defender lo propio, de defender los valores de la sociedad abierta occidental frente a todos sus enemigos, requiere firmeza y valentía. Porque hay que hacer frente a los que, desde dentro de nuestra cultura y desde el descreimiento y el relativismo más absolutos, ponen en duda todo. Y frente a adversarios expansionistas que no conocen la duda y que tienen tras ellos una comunidad mucho más compacta en sus creencias, mucho más homogénea en su voluntad expansiva y mucho más dispuesta al sacrificio. Dicho de forma contundente, esa comunidad tiene todo lo que nos falta a nosotros. En el ejercicio propio de la autocrítica y el cuestionamiento permanente de nuestra sociedad hemos llegado a un punto en el que gran parte de la ciudadanía occidental ha perdido todos los referentes necesarios para reafirmar su voluntad de dicha defensa de nuestro mundo. Nosotros adolecemos de exceso de duda y desapego a nuestra sociedad de valores, mientras que el islam adolece de falta de dudas; el islam —no me refiero aquí a los musulmanes occidentalizados, siempre una minoría incluso en Occidente— cuenta con la fuerza que da la falta de duda y la vocación de defensa ofensiva y expansionista de su fe y sus leyes.

En esta situación general de confusión la izquierda radical vuelve a equivocarse de enemigo. Tal sería la conclusión más benevolente: que una vez más, ante el dilema de aliarse con quienes quieren una sociedad abierta y plural o con sus enemigos, la izquierda elige a los enemigos de la libertad. Como hizo en su día en su alianza frentepopulista con el estalinismo, hoy son continuos los síntomas que nos indican que la izquierda cree tener más coincidencias con fuerzas totalitarias internas o externas que con sus adversarios en el arco parlamentario.

El fin de las guerras de religión europeas que se alcanzó con la Paz de Westfalia en 1648 trajo consigo las bases de una convivencia pacífica definitiva entre católicos y protestantes. A este acuerdo se unieron a lo largo de los siglos, y no sin terribles reveses, los judíos. Se trata de un pacto que establece que todas las religiones expresarán su fe y la propagarán con medios pacíficos y que lo harán en libertad y en respeto a la libertad de todos los individuos. Desde entonces, con la Ilustración, la creación de los Estados laicos a partir de la Revolución Francesa y la formación del Estado de Derecho, Occidente creó las bases para esta sociedad actual democrática y respetuosa de unas leyes emanadas de la voluntad popular y no de religión alguna.

Ahora, por primera vez en la historia después de las amenazas de invasión y de la ocupación parcial islámica que se produjo durante casi mil años —desde la invasión de España en 711 hasta el último asedio a Viena en 1683—, Europa vuelve a estar amenazada por el islam. Por supuesto que muchos biempensantes verán en este diagnóstico un caso de lo que llaman islamofobia, para ellos una peligrosísima enfermedad que utiliza la «derecha extrema» para movilizar a sus huestes en la sociedad, que serían todos los que no comulgan con la teoría izquierdista de que hoy el islam es en Occidente un aliado de las fuerzas del progreso. ¡Vayan ustedes a saber por qué!

Es un hecho que Europa y su sistema de convivencia en libertad se enfrentan de nuevo a una religión expansiva que se arroga el derecho a utilizar otros métodos para su expansión y la imposición de sus preceptos distintos a los acordados por las otras religiones monoteístas a partir de la Paz de Westfalia. Y que la corrección política se revela, cada vez más en Occidente, como un instrumento inquisitorial para la represión del debate público sobre todos los problemas reales de la ciudadanía en la sociedad moderna occidental, hasta ahora bastión del libre pensamiento. Lo estamos viendo en todas las democracias occidentales. Lo vimos cuando el papa Benedicto XVI, desde la mejor voluntad posible y el máximo espíritu conciliador, pronunció su célebre discurso de Ratisbona.

El Papa no había elegido aquella ciudad milenaria por casualidad para su reflexión sobre las religiones, la razón y el diálogo entre ellas. En esta ciudad, durante siglos sede permanente de la asamblea de príncipes del Sacro Imperio Romano de la nación alemana, se celebraron en presencia del emperador Carlos I de España y V de Alemania las célebres conversaciones religiosas de 1531, en las que convocados por el propio emperador, los más célebres teólogos católicos y protestantes intentaron dirimir sus diferencias, generadas con la reforma luterana. Hubo momentos en los que existió en aquellas conversaciones, que duraron meses, la convicción de que las diferencias podrían ser superadas y restablecida una unidad de la cristiandad que el emperador deseaba tanto para restablecer la unidad de sus territorios, como para levantar un frente común contra el enemigo turco que amenazaba sus fronteras. No pudo ser, y el Libro de Regensburg, que constata el fracaso, supuso el fin de los intentos de reunificación cristiana y el comienzo de la escalada de hostilidades que un siglo después culminó en la Guerra de los Treinta Años, que asoló toda Europa central y no concluyó hasta que en 1648, con todas las partes agotadas, se firmó la referida Paz de Westfalia que regulaba la convivencia entre las dos religiones cristianas. Ratisbona era, por ello, un escenario ideal para evocar la cultura del diálogo entre religiones en buena fe, pero también las catástrofes que son posibles cuando esta buena fe fracasa.

Benedicto XVI pronunció su conferencia cargada toda ella de buena fe. Pero dijo más verdades de las que parecen dispuestos a tolerar no ya los fanáticos, sino los guardianes del pensamiento débil y la inquisición de la corrección política. Como fieras se lanzaron contra él algunos profetas laicos en Occidente, compitiendo con los más fanáticos imanes en países islámicos. Por supuesto que volvió a destacar la izquierda española en su agresividad hacia un discurso que presumiblemente muy pocos de sus virulentos críticos habían leído.

Porque fueron previsibles y poco conmovedoras las reacciones de angustia y estupor de intelectuales, políticos y observadores occidentales ante la furia del mundo islámico por un comentario y una cita que el papa Benedicto XVI hizo en aquella ciudad bávara, en referencia a la incuestionable vocación del islam de imponerse por la fuerza. Nadie rebate al Papa, pero todos curiosamente lo consideraron culpable de un conflicto provocado por las algaradas, manifestaciones de odio y expresiones de indignación real o simulada. En el mundo islámico tampoco hay mayor sorpresa. El habitual celo de los moderados por dar la razón a los radicales se ve bien combinado con los insultos y maldiciones al Papa y a Occidente por favorecer, supuestamente, a los radicales. Ni una voz surge entre los musulmanes con el coraje de decirles a los suyos que su indignación es gratuita, inducida o hipócrita. Ni un llamamiento a la calma de los supuestos moderados. De la escuela coránica más fanática de Karachi o los miserables suburbios de Indonesia a las mansiones de los funcionarios de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) —de impecable educación occidental y con los niños en internados de lujo en Suiza—, todos dicen saber que la culpa de que el islamismo genere sociedades fracasadas, jamás libres, y sea incapaz de afrontar la modernidad, la tienen los demás, los «cruzados», y ahora el Papa.

Resulta casi gracioso cómo el mundo musulmán, en gran parte tan fanático, se parece a los relativistas de la izquierda occidental, y en especial a la española bajo Zapatero, de hacer responsable de todo lo malo o inconveniente a los demás. La absoluta incapacidad para la autocrítica une en extraña alianza a estos dos aliados tan hostiles a los fundamentos de la razón occidental.

En su discurso de Ratisbona, el pontífice se refirió al rechazo que cualquier adoración a Dios ha de tener a los intentos de sus fieles de forzar su expansión por la violencia. Incluida la fe cristiana, que durante tanto tiempo lo hizo. Había mucho de autocrítica de la Iglesia de Roma cuando así se expresaba el Papa en su patria bávara, bastión de la contrarreforma. Pero estas consideraciones carecen de sentido. Primero porque, como ya hemos dicho, los ofendidos no conciben la autocrítica. Y sobre todo porque no estamos ante una reacción de genuina ofensa o buena fe traicionada, sino ante una nueva operación de la vanguardia radical del islamismo para reafirmar el secuestro de la comunidad religiosa islámica mundial y elevar un grado más la amenaza a las sociedades libres.

Pagamos hoy también la muy indigna reacción de la mayor parte del mundo occidental en la crisis de las caricaturas de Mahoma, cuando quedaron en evidencia las fisuras y dudas sobre nuestros principios en Occidente. Se probó que algunas de las viñetas habían sido falsificadas por los propios líderes religiosos que las denunciaron. Pero a pesar de esto, a pesar de todas las disculpas pronunciadas por el gobierno de Copenhague, a pesar de todas las intervenciones que prácticamente daban la razón a las hordas que salieron a manifestarse en el mundo musulmán, a pesar de que fueron muy pocos los que salieron en defensa del caricaturista y de la libertad de expresión, no se produjo en el mundo musulmán fisura alguna, mientras en Occidente cada vez eran más los que culpaban de todo el conflicto al ciudadano que había ejercitado su libertad y no a quienes le amenazaban de muerte. El ejército de caricaturistas, cómicos, intelectuales y políticos que se prodigan en guasear sobre Cristo o el Papa se abstuvieron de solidarizarse con los daneses y de paso los tacharon de ultraderechistas.

Las comunidades islámicas en Europa saben ya cómo callar bocas. No necesitan siquiera a asesinos como los que acabaron con el director de cine Van Gogh o con el líder populista Pim Fortuyn. Con la mera amenaza basta para que sean los biempensantes occidentales los que hagan su tarea de desacreditar a quienes piden un debate sobre la expansión musulmana en ciudades europeas o sobre la falta de voluntad de integración de amplios sectores de esta inmigración.

En todo caso, sería ahora conveniente que nos diéramos cuenta de que la reacción habida demuestra brutalmente la profunda verdad que ha expresado el Papa. Y desvela la falacia de la teoría de que un cambio nuestro de conducta puede llevar al islam a adecuarse y a renunciar a un Dios total en la vida diaria y política de los individuos y los pueblos. Ese viejo dilema entre lo de Dios y lo del César. Desde la buena o la mala fe, el islam ha de saber que nuestro César es el Estado de Derecho, y las libertades, la de expresión la primera, no negociable con Dios alguno.

El islam que se dice moderado debería movilizarse para hacer frente a quienes se atribuyen el monopolio de su fe. Y no podemos ayudarle. Sería muy útil que se revolviera contra la manipulación, sacara a la gente a la calle cada vez que desde televisiones como Al-Yazira o Al-Manar se utiliza a Alá para llamar al crimen, a mutilar a mujeres, celebrar asesinatos, demandar la reconquista de Andalucía, Sicilia o los Balcanes, o aplaudir al presidente iraní cuando promete exterminar a los judíos. En caso contrario, esos ejercicios de moderación de reyes, ulemas, generales o intelectuales se antojan un cálculo cínico o indiferente que compra seguridad al fanático a cambio de manos libres para atacar a Occidente. Los sabios templados del mundo islámico son hoy tan irrelevantes como la leyenda del idílico Al-Ándalus, ese producto ideológico turístico sevillano.

Es el islam el que debe dejar de amenazar, quemar y matar por el hecho de que alguien hable, escriba o dibuje. Muchos creen que el intelectual Benedicto XVI no era consciente de los efectos posibles de su discurso. Puede que sí y pensara que reprimir verdades urgentes sólo favorece a quienes se mecen en la mentira o el miedo. Lamentar los dolores que la verdad produce no significa pedir perdón por expresarla. Ratisbona fue el primer gran favor que Benedicto XVI nos hace desde su pontificado a todos, al islam y a Occidente. Durante mucho tiempo este debate ha sido reprimido por la corrección biempensante de izquierdas y derechas.

Ahora ya se ha desatado definitivamente el debate sobre el islamismo en toda Europa. Veamos en Alemania, donde la corrección política tiene carácter específico debido a su historia. De detonante ha servido la publicación de un libro de un socialdemócrata que lleva años en abierta revuelta contra dicha corrección política en cuestiones como la revisión del Estado de Bienestar y problemas relacionados, como es la integración de la comunidad islámica, que en Alemania cuenta con unos cuatro millones de miembros. El debate sobre la capacidad de la sociedad libre para integrar a la comunidad islámica sin perder sus propias señas de identidad estalló en Alemania en el verano de 2010 con una virulencia insólita. Por primera vez democristianos y socialdemócratas se vieron obligados a abandonar su resistencia a abordar esta espinosa cuestión. Coincidieron en que estamos ante el principal debate político y cultural de nuestro futuro próximo en Alemania y en Europa. El responsable de esta súbita y virulenta controversia es Theo Sarrazin, autor de un libro titulado Alemania renuncia a sí misma. Consejero del todopoderoso Bundesbank, destacado miembro del SPD, ex ministro de Hacienda de la ciudad de Berlín, Sarrazin —descendiente de hugonotes franceses huidos a Prusia en el siglo XVIII— ha ocupado multitud de cargos en empresas públicas y privadas que han buscado asesoría de este hombre tan brillante y lúcido como provocador. A partir de la publicación de su libro y del escándalo provocado se le echó de todas partes. El mismísimo presidente de la República, Christian Wulff, tuvo que tomar la decisión de aprobar el cese de Sarrazin como consejero del Bundesbank, que había sido acordado, con inmensa presión de la clase política, por la dirección del Banco Central alemán.

El libro Deutschland gíbt sich selbst auf está tan lejos de la corrección política con que se tratan en Alemania las cuestiones de inmigración e integración que, ya antes de publicarse, había generado una masiva respuesta de desaprobación e indignación. Sarrazin considera que la integración de la comunidad islámica es un rotundo fracaso por la incapacidad y falta de voluntad de la misma. Y denuncia que dicha comunidad musulmana se ha convertido en un cuerpo extraño en la sociedad alemana, que apenas produce nada, y que es un lastre inmenso para la sociedad de bienestar. Sarrazin advierte en su libro que sin medidas correctoras urgentes la sociedad alemana está en peligro de perder sus señas de identidad.

Es cierto que el autor se metió en camisa de once varas al desatarse la controversia cuando atribuyó a razones genéticas la buena integración y gran aportación a la sociedad moderna de la comunidad judía, en contraposición abierta a una comunidad islámica que ejerce un papel mayoritariamente parasitario. Alegar argumentos genéticos o biológicos en una posición filosemita resulta tan disparatado como utilizarlos en una postura antisemita, que es lo que hizo el nacionalsocialismo. Sarrazin debería de haber tenido siempre claro que los enemigos de todo debate se lanzarían sobre este error suyo para tachar sus tesis en la totalidad. Sarrazin se disculpó por su metedura de pata y consiguió que, aunque sus adversarios le tacharan como peligroso racista y ultraderechista, su propuesta de debate sobre la integración de la comunidad islámica en Alemania adquiriera una dinámica propia e imparable.

Frente a las invectivas masivas de todos los grupos de presión de biempensantes, izquierdistas, cristianos y partidos políticos, Sarrazin ha recibido pocos apoyos públicos pero muy selectos. Así, han salido en su defensa y en la necesidad del debate propuesto por su libro personalidades independientes, tales como el excanciller socialdemócrata Helmut Schmidt, los filósofos Hans-Olaf Henkel, Ralph Giordano, Peter Sloterdijk, el escritor Henryk Broker, y la socióloga turca Necla Kelek. En todo caso, claro está que los partidos políticos —siempre temerosos de afrontar este problema— no podrán demorar más este debate en Alemania. Y no puede demorarse en Occidente si subsiste un mínimo de sentido común en la clase política del mundo democrático, lo que de momento no parece ser el caso, pero habrá de serlo en un futuro no muy lejano. Si la postura radical de Oriana Fallaci les parece demasiado descarnada a algunos, lo cierto es que su escrito La rabia y el orgullo, su panfleto publicado después del ataque a las Torres Gemelas, uno de los últimos textos escritos antes de morir, toca todos los puntos de esta debilidad occidental, de lo que llama abiertamente cobardía, que supone la peor amenaza para nuestra seguridad y convivencia. En realidad, con diferente lenguaje, coinciden los grandes pensadores libres hoy en Occidente en que la eterna concesión acomodaticia a las comunidades musulmanas es un suicidio a plazos para las democracias occidentales. Desde Zygmunt Bauman a Tzvetan Todorov, desde Giovanni Sartori a Bolz, Broder o el citado Sloterdijk, todos llaman a este debate que se ha hecho ya inaplazable.

Son muchos los ejemplos de cómo las sociedades occidentales tienen dificultades para afrontar este reto de la integración —siempre necesaria— de sus comunidades islámicas. Los complejos surgen siempre. Y siempre se exige a la sociedad una tolerancia y una represión de sus propios sentimientos y sensibilidades que no se le pide nunca a la comunidad minoritaria a ser integrada. En Estados Unidos hemos tenido un caso muy evidente con el proyecto de construcción de una inmensa mezquita y un complejo cultural islámico en Manhattan, junto a la Zona Cero, donde se hallaban las Torres Gemelas destruidas en un atentado contra Occidente perpetrado por unos terroristas que decían actuar en nombre del islam. La petición de las familias de las víctimas y gran parte de la sociedad neoyorquina y norteamericana, la gran mayoría según sondeos, de que no se construyera allí la mezquita porque hería su sensibilidad, fue ignorada. Y la comunidad islámica, como un solo hombre, se unió para exigir esta mezquita pese a la oposición de sus conciudadanos. No hubo ni una voz del llamado islamismo moderado que pidiera comprensión para las reservas y la sensibilidad de quienes se oponían al proyecto. Así se puso en marcha un proceso que dice mucho sobre la forma de tratar este tipo de conflictos por parte de la administración políticamente correcta.

Suele hacernos mucha gracia a los europeos el concepto de lo antiguo que tienen en Estados Unidos. En muchos pueblos y ciudades tienen allí en alta estima y veneran como antigüedades, o incluso monumentos históricos, unas casas viejas, chamizos o ruinas del siglo XIX que, en nuestro continente, tan repleto de monumentos centenarios cuando no milenarios, serían demolidos sin el menor atisbo de mala conciencia urbanística. En un país con historia propia tan corta como Estados Unidos todo lo que ha cumplido cien años se antoja venerable. Por eso llamará a muchos la atención la facilidad con que la Comisión de Protección de Monumentos de Nueva York se pronunció en julio de 2010 a favor de la demolición de una antigua fábrica de tejidos, de 1858, en pleno centro de Manhattan. La razón está clara. La vieja fábrica, cuya protección como monumento histórico habría frenado otro proyecto urbanístico en cualquier lugar de Estados Unidos, estorbaba para la construcción de esta gigantesca mezquita en el corazón de la isla. Tendrá una altura de más de quince pisos, salas de oración, aulas, cines, gimnasios y polideportivos, y será el centro islámico urbano mayor de todo el territorio norteamericano. La polémica en torno a esta mezquita ha desatado pasiones y hace correr ríos de tinta. Pero no por la demolición de la fábrica, sino por el hecho de que se ubicará en parte en la Zona Cero. Recordemos de nuevo que la Zona Cero es el inmenso solar abierto el 7 de noviembre de 2001, tras la demolición de los restos de las Torres Gemelas, destruidas por el mayor ataque terrorista jamás habido en el mundo. En aquel lugar murieron asesinados cerca de tres mil seres humanos, ciudadanos de más de cien países y de todas las creencias. Y murieron a causa de un acto terrorista perpetrado por fanáticos suicidas que explicaron su acción con creencias aprendidas en mezquitas de todo el mundo. Y que decían actuar en nombre del islam.

En este punto de la exposición de este complejo caso hay que dejar claro y subrayar bien la absoluta evidencia de que el hecho de que esta salvajada fuera cometida en nombre del islam no hace en lo más mínimo culpables a esta religión ni a sus más de mil millones de fieles. Se siente uno ridículo al tener que repetir esta obviedad una y otra vez, pero es imprescindible hacerlo para evitar lecturas tramposas de la argumentación posterior. Porque también es un hecho incontestable que los terroristas surgieron de un movimiento islamista mucho más amplio y extendido por todo el mundo islámico, cuyo objetivo declarado es la destrucción de nuestra civilización y sistema de vida. Como es un hecho lamentable pero inolvidado —especialmente por las víctimas— que aquel terrible atentado fue celebrado como un fantástico triunfo no sólo por islamistas radicales de Hamás en Gaza, sino por enardecidas multitudes en muchos países islámicos. Dicho esto se plantea una pregunta sencilla, que es la que han hecho gran parte de los familiares de víctimas y los adversarios del proyecto: ¿por qué es necesario que la mezquita esté precisamente ahí? Hay decenas de ubicaciones alternativas posibles en Manhattan, cientos en Nueva York y miles en Estados Unidos. ¿Por qué hay que construir una mezquita precisamente en el epicentro de un infinito dolor causado en nombre de la religión que allí se propagará? Precisamente por eso, dice el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg: para crear puentes entre Oriente y Occidente y entre las religiones, asegura. Y añade que los derechos constitucionales y la libertad religiosa abogan por este proyecto, pese a que más de la mitad de los neoyorquinos y bastante más de la mitad de los norteamericanos lo rechacen. En realidad nadie ha dicho que sea inconstitucional —sólo faltaría—, sino que es inadecuado, hiriente para millones de personas, y que está, nunca mejor dicho, fuera de lugar.

Que muchas víctimas lo consideren ofensivo debería bastar para replantearse este proyecto. El anuncio de la construcción de un monasterio carmelita en el terreno del campo de concentración de Auschwitz en la década de 1980 generó tal rechazo en la comunidad judía internacional que Juan Pablo II ordenó su suspensión precisamente para no herir susceptibilidades, para evitar un dolor gratuito. Bloomberg, judío él, seguramente consideraría adecuado dicho gesto en aquel entonces. Ahora, sin embargo, con el islam implicado, parece decidido a utilizar otro baremo.

Otra cuestión que se plantea en Manhattan, como en la construcción de centenares de mezquitas en todo el mundo occidental, es el de la financiación y la consiguiente obediencia religiosa y política de sus responsables. En Manhattan los promotores son oscuros personajes relacionados en su día con grupos radicales islamistas, y nadie duda de que el dinero, nada menos que cien millones de dólares, llegará de los países que promueven un islam radical y nada dispuesto a compromisos en la enseñanza doctrinaria que impartirán a los jóvenes musulmanes norteamericanos. La cabeza visible del proyecto, el imam Feisal Abdul Rauf, es uno de esos personajes tan característicos entre los islamistas llamados moderados, de formación occidental, que utilizan hábilmente un doble lenguaje dependiendo de la audiencia del momento.

Sin embargo, más allá de la polémica localización, se plantean serios interrogantes sobre la utilización posterior del complejo que albergará la mezquita. ¿Se respetará en los gimnasios, piscinas y centros culturales la igualdad de géneros, esa sí precepto constitucional? ¿Se permitirán arengas a favor de la destrucción de Israel en la mezquita y las aulas anejas? ¿Habrá sitio para reuniones de jóvenes en las que se promueva el alistamiento para grupos terroristas en Pakistán o Cachemira, como ha sucedido una vez más en la mezquita cerrada en Hamburgo no hace mucho? ¿Quién vigilará las clases y oraciones para que no se haga allí apología de quienes son innegablemente los que hicieron posible la existencia de esa mezquita, que no son otros que los terroristas del 11-S?

Nadie podrá evitar que muchos norteamericanos, pero también muchos musulmanes en todo el mundo, radicales o no, vean en la mezquita de Manhattan un símbolo del avance del islam por Occidente. Este avance, se quiera ver o no, lo hicieron posible unos jóvenes islamistas que estrellaron los aviones y sacrificaron sus vidas y las de casi tres mil inocentes. Y nadie podrá evitar que muchos entiendan la mezquita como un monumento, en el campo de batalla mismo, a los terroristas islámicos que humillaron allí a Estados Unidos y a todo Occidente. Será para ellos un monumento de conquista, una simbólica pica en Flandes que hicieron posible unos asesinos —o unos mártires—. Porque en el vínculo inevitablemente imperecedero entre el ataque terrorista del 11 de septiembre y la gran mezquita se verá, lo quieran Bloomberg y los biempensantes o no, el triunfo póstumo de los pilotos de los aviones asesinos. Nadie podrá evitar que esta inmensa mezquita en aquel lugar sea para muchos occidentales más un símbolo de avasallamiento que de encuentro. Hasta la Liga Antidifamación, que lucha desde hace muchas décadas contra todo tipo de discriminación religiosa, ha advertido de que el proyecto puede romper más puentes de los que pretende construir.

Sin embargo, la corrección política se ha impuesto de nuevo y el proyecto ha sido definitivamente aceptado. Los que se sientan ofendidos han sido condenados a mostrar esa inmensa tolerancia que siempre se exige a los ciudadanos occidentales cuando han de aceptar en su entorno la práctica y la promulgación de mensajes muy lejanos a su concepto de tolerancia. Mientras algunas sensibilidades son intocables y merecen toda protección, otras —siempre las mismas— han de sacrificarse en aras de una tolerancia que nunca goza de reciprocidad cuando del islam se trata. En todos los países de Occidente reclaman los musulmanes un trato especial y en todos acaban recibiéndolo. En todos plantean retos a los límites de nuestras leyes y en todos arrancan concesiones de los poderes públicos. En una dinámica general de expansión geográfica y cultural que es, con la supremacía total como objetivo final, el deber de todo musulmán comprometido con su fe y su libro sagrado. No es sólo un problema de la sensibilidad de los neoyorquinos: lo es de todos los que cada vez se sienten más preocupados ante el aún larvado, pero inevitable, conflicto entre el mensaje islámico y los sistemas constitucionales occidentales y los valores y principios que reflejan.

También es muy nuestro el problema. Porque se me olvidaba: ¿saben cómo se proyecta llamar a la mezquita de Manhattan, todo el inmenso complejo proyectado en el corazón de la península más tolerante del mundo que es la Gran Manzana? La mezquita, construida como todas para la mayor gloria del islam y su triunfo final sobre los infieles como fe única en el único dios, que se erigirá en lo que el radicalismo islamista considera el campo de batalla más glorioso de su guerra santa moderna contra Occidente, no puede extrañar a nadie, va a llamarse «Cordoba House».

Por Dios, que nadie entienda esto ni como islamofobia, ese palabro que se oye en cuanto se expresan reticencias a esa especie de intangibilidad del musulmán en Occidente. Pocas ciudades me emocionan tanto como Damasco y su mezquita omeya. Me es dificil en Estambul reprimir el nudo en la garganta cuando cruzo la plaza desde la Hagia Sofia, que fue catedral y mezquita, hacia la gran Mezquita Azul, y oigo allí a los muecines al caer la tarde. Aun a sabiendas de que fue una plaza cristiana hasta el siglo XV, Constantinopla, la segunda Roma. Nunca olvidaré a mis viejos sabios musulmanes en la espléndida mezquita de Edirne, que recibían con toda su maravillosa generosidad a los pamukos expulsados por la limpieza étnica del régimen comunista búlgaro de Todor Yivkov de la región de los Rodopos, en la que vivieron durante siglos. Pocos sitios me tienen aún hoy tan profundamente conmovido como la Travnik de Bihac en Bosnia, cantada maravillosamente por Ivo Andric en Un puente sobre el Drina. O Prizren, la ciudad misteriosa en las montañas de Kosovo, con mi querido limpiabotas Ramadan Laros, que había estado dos veces en La Meca evocando su vida repleta de guerras, invasores y demás sobresaltos. Minaretes por doquier. Y belleza sin igual. Nunca he despreciado tanto a combatientes en cualquier guerra como cuando han dinamitado esas torres del recuerdo de la fe y volado mezquitas, o quemado iglesias llenas de gente, católicas u ortodoxas, y reprimido el mayor privilegio humano, que es querer, buscar y adorar a un Dios bueno y justo. Simplemente por ser otro. La maldita otredad, el odio al otro.

Y, sin embargo, estoy perfectamente de acuerdo con la decisión tomada por el pueblo suizo en referéndum en el año 2009, que prohíbe la construcción de minaretes en las mezquitas en su país. Supongo que a muchos les parece abominable. Ya sé que salieron y saldrán nuestros aliados de civilizaciones diciendo que los suizos —y por supuesto yo y quienes como yo piensan— somos unos fascistas abyectos o Torquemadas siniestros. O judionazis, que es otro insulto de moda, por grotesco que resulte, y que yo ya he disfrutado en esta España que tanto cultiva el odio y la revancha, ese proyecto de división de los españoles que es uno de los pocos en los que el zapaterismo ha demostrado una eficacia casi mefistofélica.

Bajo el Imperio otomano la escasa tolerancia que había hacia los cristianos imponía que las pocas iglesias y capillas que se permitía construir tenían que partir de una profunda fosa para que sus techos nunca llegaran en altura a las casas turcas circundantes, por no hablar de las mezquitas. Hoy esa mínima tolerancia otomana no existe en casi ningún país de los que formó parte de ese último gran califato en Oriente Próximo. Los cristianos son perseguidos en decenas de países, forzados a emigrar y asediados continuamente. En los países que financian y exportan a sus clérigos a Occidente, Pakistán o Arabia Saudí, por ejemplo, resulta prácticamente imposible celebrar una misa siquiera en privado. Lo de proponer construir una pequeña iglesia sería una afrenta que pagarían muy cara sus impulsores. Aquí es diferente. En Colonia, en Alemania, los musulmanes pretenden hacer una mezquita mayor que la catedral. Y muy cerca. Nadie piense que es por necesidad de estar más cerca de Dios. Eso se puede hacer en casa o en una mezquita que nadie les impide construir, ni en Suiza ni en ningún país europeo. Se trata del poder. En muchos colegios de suburbios europeos se empezó dejando que una niña llevara el pañuelo, el hiyab, al colegio, y hoy ningún musulmán, por laico que sea, se atreve a que sus hijas vayan sin pañuelo porque las consecuencias son imprevisibles, pero siempre peligrosas.

En Suiza la población tiene derecho a temer que, cuando estén las ciudades llenas de minaretes, el muecín les dé a todos los ciudadanos cinco veces al día la buena nueva de que Alá es el único Dios y que los que creen otras cosas son perros, cerdos e infieles que deben ser engañados y combatidos. Los suizos tienen miedo a que la presión de los fanáticos islamistas que tenemos en Europa adquiera aún mayor fuerza, no sobre los suizos nativos, sino sobre los musulmanes que quieran ser sencillos ciudadanos europeos y creyentes o cumplidores de las leyes nuestras y no de la sharia.

No hay ninguna esperanza de que esta Europa débil, dubitativa, relativista e ignorante pida algún día a los países musulmanes, desde Indonesia a Marruecos o Dubai, un mínimo de reciprocidad en el respeto a la fe de los demás. Ellos, con su fe, se sienten superiores a todas estas sociedades que ya no creen en casi nada y no están dispuestas a sacrificio alguno. Gobernadas por personajillos que no entienden casi nunca las reacciones de gentes que tienen tanto derecho a que se respete su sensibilidad y sus temores como el que más. Especialmente en su patria. Y sin recibir consejos de otros que desprecian sus temores y que, desde la peor arrogancia, les conminan a ignorar esos temores y plegarse a exigencias de forasteros que cambiarían profundamente la forma de vivir que ellos quieren mantener y proteger para sus hijos y sus nietos.

Ése es el profundo sentido común de la decisión popular suiza tomada en el año 2009. No tiene nada que ver con hostilidad a los musulmanes ni a su fe. Los suizos quieren seguir siendo dueños de su destino. Tan sólo eso. Por mucho invitado que tengan. Porque no quieren, por mucho que se lo recomienden desde fuera, invitar al invitado a ser invasor. Pero Suiza siempre ha sido, como siempre, muy suya. Y ha estado bastante sola en esta postura de defender sin complejos ciertas condiciones de su convivencia.

La mayoría de las democracias occidentales están sometidas a esta implacable corrección política que niega la realidad, impide el debate y desprecia la sensibilidad de la ciudadanía. Y en España el socialismo radical ha creado un frente común con el islamismo que tacha inmediatamente de condenable y ultraderechista cualquier reserva razonable a las continuas exigencias de estas comunidades a que sean los autóctonos quienes se adapten a sus necesidades. Cualquiera que denuncie los desastrosos efectos sociales de su falta de esfuerzo e interés en integrarse pasa en España a ser algo así como la quintaesencia de la perversión derechista y, lo que es peor, ultracatólico. Aunque, por supuesto, sea totalmente falso. La alianza es curiosa porque hace una excepción en la furibunda militancia antirreligiosa del socialismo español. Que parece considerar al islam como un aliado muy útil para diluir y neutralizar la identidad nacional y sus valores, que emanan fundamentalmente del cristianismo. La Alianza de Civilizaciones organizada por Zapatero, y que tanto dinero le ha costado a nuestro maltrecho erario público, no es sino un proyecto de frente común de las fuerzas que quieren hacer de Occidente una sociedad radicalmente relativista. La izquierda radical lo quiere hacer porque es el camino seguro hacia la sociedad lacaya, obediente y dependiente del Estado. Ahí está el sentido de esa Alianza de Civilizaciones y de gran parte de la política exterior española en los últimos años. Las fuerzas exteriores, representadas tanto por izquierdismos dictatoriales tercermundistas como por fuerzas representadas por islamistas, como el primer ministro turco Tayyip Erdogan, o los líderes de la teocracia iraní, intentan romper la trayectoria de expansión de las democracias y libertades en el último medio siglo en casi todo el mundo. En la relativización de todas las categorías morales y políticas está la clave para la propuesta y formación de estas alianzas antinaturales de democracias con regímenes hostiles. Si todos tenemos que respetar todo, es que el valor moral de la dictadura de Cuba o del feroz régimen de Teherán puede equipararse al de las democracias europeas.

La consecuencia de ello es que deje de ser pertinente criticar a los regímenes no democráticos de esa alianza y defender a sus poblaciones aplastadas por la represión, como también deja de tener sentido defender nuestros valores de las democracias occidentales. Una vez más, las víctimas, en este caso de los regímenes dictatoriales o teocráticos, pasan a pagar la factura de esta política cuya razón última está en el odio a la cultura occidental del pluralismo y el debate y la discrepancia. Paradójicamente, el izquierdismo confirma así un hecho incontestable que siempre intenta desmentir, que es la identidad judeocristiana de nuestra cultura de libertades occidental, la única que tiene el respeto al individuo, a la persona, como origen y fin de todo.

En España, esa alianza entre socialismo radical e islamismo ha adquirido características grotescas. Véase por ejemplo la defensa del burka por parte de las ministras feministas del PSOE. Pero también muchos silencios cómplices. En muchos países del mundo surgieron en el pasado reciente iniciativas solidarias y se convocaron concentraciones ante las embajadas de Irán para protestar contra las últimas víctimas femeninas de la crueldad y la represión del régimen islamista de Mahmud Ahmadineyad. Hasta en Venezuela, y pese a las «fraternales» relaciones entre Hugo Chávez y el presidente iraní, hubo mujeres con coraje para manifestarse ante la embajada de Irán para expresar su solidaridad con Sakineh Mohammadi Ashtiani, una mujer condenada a morir lapidada y sometida a torturas continuas en los cinco años que lleva en prisión. También surgieron nuevas iniciativas para impedir que se amplíe la larguísima lista de homosexuales ahorcados por el régimen iraní. Mientras proliferan las protestas en el exterior, silencio en España. Frente a la embajada de Irán en Madrid, en la calle de Jerez, entre el paseo de La Habana y la avenida de Pío XII, la calma es completa. No hay atisbo de colectivos de gays y lesbianas, ni de asociaciones feministas, todos tan hiperactivos e indignados cuando descubren un comentario supuestamente homófobo o machista de algún político de provincias de derechas. Entonces brotan las condenas indignadas de Zerolo y Aído, las condenas rotundas de una legión de secretarias de Estado, y comunicados de mil siglas amamantadas por la ubre ministerial socialista. Que en Irán a los homosexuales acusados de sodomía los torturen y sodomicen hasta la agonía antes de colgarlos de grúas, y las mujeres pasen un calvario de dolor y terror antes de ser ejecutadas, no parece irritar a nuestro homosexual orgánico de cabecera ni a las ministras. ¿Dónde están todos ellos? ¿Por qué no hablan sobre Irán? ¿Qué íntimos lazos de simpatía — más allá de la Alianza de Civilizaciones de su líder Zapatero— unen a Zerolo y Aído a un régimen que los ahorcaría a ambos si fueran ciudadanos suyos? Nadie crea que es sólo dejadez por parte de estos profesionales del acoso a la derecha. Se trata de una prueba más de la complicidad de los socialistas radicales con ciertas dictaduras, ésta islamista, que consideran aliados en su lucha de desgaste contra la sociedad libre occidental.