Libelo contra la secta
La palabra proscrita
Por muy anticuado que les parezca a ya tantos esta palabra, que muchos creen definitiva y justamente desterrada a la retórica de la película histórica o de los textos de nuestros clásicos, yo voy a reclamar aquí la vigencia de una palabra y su pleno sentido. Es más, la absoluta necesidad de que ese pleno sentido recupere vigencia, como arma para la reconstrucción moral y política de esta sociedad. Me refiere a la palabra «honor». Como todos saben bien, hace ya mucho tiempo que al parecer no resulta pertinente en nuestro vocabulario. Cuando hoy se habla de algo cercano a lo que es el respeto a uno mismo se suele recurrir al término «dignidad». Pero no es lo mismo. Y la palabra honor ha ido cayendo en desuso hace tiempo, castigada por el desprestigio social debido probablemente al abuso que se hizo en el pasado. Dignidad significa mucho, tanto que hasta este término mucho más generoso y complaciente es escasamente aplicable o pertinente en una descripción de nuestra realidad social. Pero vivir con dignidad viene a significar poco más que vivir con decencia y sin las carencias y necesidades urgentes que pudieran obligar a forzar o torcer la recta conducta.
El honor, lo intuyen también quienes lo combaten porque lo temen, es mucho más que eso. El honor es el respeto implacable, incondicional e inquebrantable a uno mismo. Para que los individuos crezcan con ese sentido del honor han de ser educados en la máxima de que hay pasos que, por muchas ventajas que nos puedan granjear, son incompatibles con el respeto que nos debemos a nosotros mismos. Y que ese respeto es el bastión de la fuerza moral del individuo para enfrentarse a todas las dificultades en la vida, las particulares y las políticas.
Quienes han sido educados en la máxima de nuestro presidente Zapatero que es, como tantas veces ha demostrado, el que las cosas hay que hacerlas como sea, son incapaces de tener ese sentido del honor y harán cualquier cosa para ir perseverando en sus ambiciones sin reconocer nunca errores pasados. Que esas personas son unos incapacitados morales es evidente. Que su instinto de supervivencia, su principal guía, los convierte en miembros nocivos de la sociedad, también lo es. Cuando estos individuos se han hecho con el poder del Estado y abren las puertas de las instituciones y los órganos del Estado a personas de su misma calaña, se convierten en un peligro para todos los ciudadanos y en una amenaza para la democracia misma. Este tipo de personas sin sentido del honor van socavando los principios de la democracia y el Estado de Derecho, que son obstáculos para la consecución de sus fines. Y así se va destruyendo la democracia y la libertad poco a poco pero de forma inexorable.
David Hume, el filósofo ilustrado escocés que es uno de los gigantes de la filosofía política europea, ya advirtió con una frase breve pero tremenda sobre lo fácil que es que el totalitarismo se haga con los mecanismos necesarios para destruir de forma subrepticia la libertad en beneficio propio si no encuentra la resistencia de una ciudadanía avisada y consciente: «Es infrecuente que una libertad de cualquier tipo se pierda de golpe». Las libertades se pierden poco a poco, muchas veces sin que perciban el proceso quienes están llamados a sufrirlo. No es tampoco una casualidad que esta frase de David Hume fuera elegida por Friedrich Hayek para abrir su celebérrimo libro El camino de la servidumbre, publicado en plena Segunda Guerra Mundial. En este libro, que es clave en el pensamiento de economía política — probablemente el libro más influyente en el mundo de la segunda mitad del siglo—, Hayek elabora la absoluta vinculación de libertades políticas y libertades económicas. Fue escrito como una seria advertencia contra las tentaciones que surgían en Occidente de implantar una economía dirigista y planificada en la Europa que habría de surgir tras la derrota del nazismo, que entonces ya se veía como inminente. Hayek advertía sobre los peligros de que los gobiernos de las democracias triunfantes estuvieran tentados a mantener la planificación y la intervención que se había impuesto bajo una economía de guerra. El filósofo economista venía a decir que la victoria sobre el totalitarismo podría llegar a convertirse en efímera si las democracias estrangulaban las libertades económicas, ya que sin ellas el camino hacia el totalitarismo y la servidumbre quedaba abierto de par en par. Y Hayek advertía sobre el hecho de que la inmensa mayoría de los protagonistas del ascenso del fascismo y el comunismo procedían del socialismo.
Está claro que mientras fascismo y comunismo tenían inmensas similitudes y eran capaces de aliarse, como se demostró con el pacto entre Hitler y Stalin, tanto Hitler como Stalin y Mussolini siempre consideraron al liberalismo su mayor y peor enemigo. En este sentido, haciendo un salto a la actualidad, podemos ver este lazo entre el socialismo y el totalitarismo, también el ultraderechista, en las fluctuaciones electorales y el corrimiento de votos. En Francia fueron comunistas y socialistas los que siguieron en masa a la llamada xenófoba de Le Pen a finales del siglo pasado. Como son votantes socialistas los que han dado a la ultraderecha sueca los votos necesarios para entrar en su parlamento. El socialismo tiene profundos vínculos con los movimientos totalitarios, más allá de los grandes éxitos de moderación, compromiso democrático y profundas convicciones occidentales de los grandes ilustrados de la socialdemocracia europea, como Bruno Kreisky, Willy Brandt, Helmut Schmidt o el ahora denostado Tony Blair. El gran salto a la aceptación total de la democracia por parte de los socialistas no se produjo hasta el congreso de Bad Godesberg del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) en 1959. Allí se renunció a la lucha de clases y al marxismo como guía de evolución hacia una nueva sociedad, con lo que se aceptaba lo que hasta entonces se había llamado la democracia burguesa, que no es otra cosa que la democracia a secas.
En España fue Felipe González el que, con dimisión por medio, impuso este paso al PSOE en el XXVIII Congreso. Pero desde entonces han sucedido muchas cosas. La izquierda en general ha tenido que asistir a la victoria del capitalismo y la democracia «burguesa» en todo el mundo. Y con la nueva crisis económica han surgido rápidamente los irredentos del dirigismo izquierdista a descalificar al libre mercado como responsable. La nueva izquierda se promete nuevos éxitos y apoyos en sociedades maltratadas por la crisis que buscan certezas y protección y pueden caer seducidos por los cantos de la planificación económica. Pero es ésta, con el intervencionismo, el germen de la sociedad maniatada y el final garantizado para las libertades individuales y colectivas, como bien denunció Hayek. Es en este marco en el que líderes como Zapatero, que son la perfecta antítesis de los citados grandes socialdemócratas del centro, los socialistas entran rápidamente en la deriva hacia una supuesta protección que no supone sino recortes de libertades económicas y políticas. Y tras estas acciones contra las libertades, que muchas veces llegan lentamente y de forma escalonada, está la tentación de la experimentación social. Que inevitablemente lleva al sacrificio de la libertad del individuo.
Primo Levi, el escritor judío italiano que sobrevivió a los campos de concentración nazis, ya advirtió de que nadie debería mecerse en la ilusión de que las libertades y los regímenes democráticos y compasivos iban a ser los sistemas que un futuro predeterminado nos ofrecía. «Ha sucedido y por tanto puede volver a suceder». Y el filósofo francés de origen búlgaro, Tzvetan Todorov, uno de los grandes pensadores vivos, ha descrito en innumerables libros las debilidades de nuestras democracias y las posibilidades muy ciertas de que algunas o todas deriven hacia regímenes totalitarios. Si décadas antes, en plena Guerra Fría, era el maestro de Todorov, el pensador Raymond Aron, quien clamaba contra los peligros de la tentación totalitaria comunista, ahora es Todorov quien escribe alarmado sobre las nuevas tentaciones que son el nacionalismo y la xenofobia que genera una inmigración fuera de control. Cuando Todorov o Glucksmann describen el Estado totalitario con sus vigilantes y vigilados, que son toda la población, con un poder de los astutos, los arribistas y los corruptos, y una mayoría que ha interiorizado el miedo y se limita a vivir en su nicho, con la máxima aspiración de pasar inadvertidos, hablan de situaciones que comienzan a no ser muy diferentes a las que sufrimos en algunos países occidentales.
Porque es un hecho que, en parte como resultado de las campañas socialistas bajo Zapatero para reabrir la herida de la Guerra Civil, pero sobre todo por la profunda vocación intimidatoria que ha demostrado el poder, en España ya se habla más bajo en público. Si situaciones de excepción como la vivida en el último medio siglo en el País Vasco las explicaba el miedo al terrorismo, el miedo que se ha impuesto en Cataluña se deriva de la propaganda generadora de odio hacia todo lo que no se someta a la religión nacionalista. Ha tenido terribles efectos y no se explica más que por la voluntad de intimidación mostrada por el régimen que se ha impuesto en Cataluña y que, mucho nos tememos, no cambiaría sustancialmente con una vuelta de los nacionalistas burgueses al poder. Pero ahora es ya en toda España donde se habla bajo, donde la gente tiene miedo a expresar sus sentimientos reales por miedo a la descalificación por parte de los guardianes de la moral y la corrección política que el socialismo zapaterista quiere imponer. Y por miedo a la represalia inmediata de toda una generación de aparatchiks socialistas con vocación de comisarios políticos.