Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 18 de 39

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Libelo contra la secta

El respeto jibarizado

 

Vamos a ponernos ahora un poco nostálgicos. Recordemos los que podemos las enseñanzas que recibíamos antes de los catorce o dieciséis años, con más o menos conciencia de que quienes nos los daban, maestros, curas, monjas, padres, libros y películas, sólo eran trasmisores de unos mensajes que nos llegaban desde un pasado común. En ese pasado común y los valores compartidos por nuestros ancestros y legados de generación en generación forjábamos ese sentido de pertenencia a una idea que consideramos buena y digna de ser protegida, con unas características determinadas de conducta que apreciamos en la persona. En los primeros esbozos de este universo cultural y sentimental que se dibujan en el libro en blanco que son los niños están los mitos, las leyendas y los relatos históricos que hablan de la continuidad de unos valores y una lealtad en el grupo y en el tiempo. Ese esbozo inicial va adquiriendo complejidad con el tiempo, las lecturas y el mensaje oral. Incorpora después de los trazos limpios iniciales también las sombras de nuestro pasado común, los incontables claroscuros y esos momentos brillantes que claman por el respeto a la ejemplaridad. Se produce la formación de una imagen veraz de nuestra historia común que resalta esos momentos estelares, como habría dicho Stefan Zweig. Tal sería la historia de todos nosotros, un pasado nuestro vivido a través del relato, primero, y, después, a lo largo del tiempo, por todos los que accedieron, accedemos y accederán mediante la palabra. De ahí la importancia de la palabra y de su sentido, de la protección de ese sentido de la palabra frente a quienes quieren pervertirla o vaciarla porque quieren quebrar nuestra relación íntima con la realidad, con el pasado y con el lenguaje que estructura nuestra individualidad.

La incesante pujanza del izquierdismo y los nacionalismos —con su hegemonía cultural y mediática— contra nuestros puntos de referencia comunes en el pasado ha sido enormemente efectiva. Las nuevas generaciones no saben de capítulos clave en nuestra historia o nuestro universo sentimental nacional, como Numancia, Bailén, el 2 de Mayo, las gestas de los conquistadores por tierras americanas, nuestros ilustrados o las Cortes de Cádiz. No tienen capítulos de la historia conocidos por todos de los que sentirse genuinamente orgullosos. No han tenido noticia de ellos o sólo han visto caricaturas ridiculizadas. Da genuina envidia la riqueza de norteamericanos y británicos en fechas para la emoción común. Nada impediría en principio, más allá de nuestra afición a destruir lo propio, que los españoles tuviéramos desde pequeños conocimiento y orgullo de nuestras gestas en la historia y de los hombres que las protagonizaron. Es fácil explicar por qué todos los niños norteamericanos saben quiénes son Washington o Jefferson, mientras aquí nadie sabe ya quién fue Jovellanos. Es triste ver cómo los británicos conmemoran sus guerras y recuerdan a sus caídos en la Remembrance Week (semana del recuerdo) con sus amapolas evocando los campos de batalla de Verdún y el Somme en Francia, mientras nosotros recordamos a duras penas Bailén o, mucho antes, la creación del reino de España. Y no perdemos ocasión de tirarnos a la cabeza nuestros muertos en las diversas guerras fratricidas.

Con el lenguaje ha ocurrido otro tanto en las pasadas décadas, pero bajo la secta zapaterista el ritmo de deterioro y alejamiento intencionado del lenguaje común para la adopción de uno impostado e inventado con el corsé de la corrección política y la vacuidad ha alcanzado ya niveles grotescos. No quieren que subsista más lengua que la imprescindible para una triste mensajería entre el poder y los gobernados, por lo que la simplificación y regresión no dejan de intensificarse. Ellos, la secta cuyo caudillo aún es Zapatero, no necesitan más que un vocabulario de unos pocos cientos de palabras. Y en absoluto van a fomentar un lenguaje más rico que sirva para montar una estructura de pensamiento sofisticada, que para nada les beneficia y puede suponer un riesgo para sus planes de creación de una masa maleable de votantes sumisos y acríticos. En pleno periodo totalitario en Europa Central, Ferdinand Peroutka, el ya citado gran periodista checo, huido del régimen comunista en el poder en su patria, llamaba a sus conciudadanos a la resistencia. Pero no pedía en aquellos momentos ni manifestaciones ni huelgas ni revueltas, que habrían sido inútiles y con consecuencias sangrientas seguras. Pedía a los checos y a los eslovacos que preservaran para sus hijos y nietos el sentido verdadero de las palabras, para que después del largo desierto de corrupción de su sentido, de la violación sistemática de la verdad por ese rapto del verbo común a todos los regímenes totalitarios, pudieran recuperar el sentido de las palabras del que surgiría de nuevo el nexo a los valores compartidos por sus mayores en el pasado. Pedía que padres y abuelos enseñaran a sus hijos y nietos para que éstos no fueran corrompidos por una escuela, en manos de los comunistas, que negaba y ridiculizaba a Dios, a la familia y a la tradición, que formaba a los niños como piezas obedientes de una superestructura, el partido, que era la única autoridad —eso sí, omnipresente y omnipotente.

Se trataba entonces, pero también ahora, de rescatar a los niños de los planes socialistas de formar individuos planos, sumisos y acríticos, carentes de historia y fundamentalmente solos, incapaces de socializar más que por los cauces impuestos por el partido y el régimen. Como en su día los monjes europeos preservaron sus códices y libros en los monasterios, para salvarlos de la barbarie circundante en el Medioevo, en la esperanza de que en tiempos mejores volvieran a resurgir y retomar su vigencia sobre el pensamiento y el destino de los hombres libres, de las comunidades de seres humanos que, compartiendo herencia, comparten también código de honor y voluntad de destino en libertad y en la verdad. Necesitamos más que nunca un esfuerzo colectivo por defender el lenguaje y el sentido de la palabra frente a ese inmenso alud de lodo que todo lo invade y contamina.

Este atentado continuo contra la palabra y su sentido, contra su valor, forma parte de ese proceso de desestructuración general de la sociedad que se ha puesto en marcha y amenaza con crear la masa inane perfecta para que personajes y personajillos dominen los mecanismos del poder y del control de la voluntad y los apetitos de los individuos. A quien todo esto parezca ciencia-ficción hay que recomendarle que vea qué tipo de individuos dominan hoy el paisaje entre la juventud de las clases baja y media-baja. Verá lo que hay donde pocas décadas antes había unos padres y, por supuesto, unos abuelos que tenían muy claros sus objetivos de superación y sus proyectos de futuro con objeto de conseguir un ascenso social para los hijos. Había un sano sentido de la emulación.

Hoy hay una masa amorfa que apenas sabe articular un pensamiento o un mero concepto en su única lengua, totalmente entregada al zafio discurso de la gratificación inmediata y del desprecio a lo que se ignora, que es prácticamente todo. Triste ejemplo es Andalucía después de treinta años de socialismo —aunque no es el único lugar así—, donde se ha destruido todo lo que en educación se hizo antes. Sí, durante la oprobiosa dictadura, que es cuando se pusieron los cimientos para una educación sólida que aún gozaron incluso muchos adultos en la educación pública o privada. Con todas las limitaciones políticas e ideológicas que la dictadura imponía, la cultura y la palabra la mimaron en las últimas décadas de la misma con gentes en la administración que estaban genuinamente dedicadas a mejorar las condiciones y los resultados de dicha educación. De ella salieron gentes independientes, nada ideologizadas —a no ser que lo estuvieran por el marxismo— y muy capaces, que formaron esas capas profesionales excelentes de las que gozó España en las décadas de 1960, 1970 y 1980, y que fueron los auténticos artífices del acoplamiento de España a Europa y del despegue de nuestro país tras la llegada de la democracia. Sin embargo, el mensaje general de la secta socialista radica en que nada bueno hubo en lo que llaman «la noche oscura del franquismo», mientras la Segunda República fue quintaesencia de libertad, cultura y democracia impoluta. Esta cantinela mentirosa entra por supuesto en abierta contradicción con la realidad vivida por varias generaciones de españoles aún vivos. Por eso la única forma de imponer su mensaje está en demonizar las realidades vividas por los españoles o al menos su expresión. Y eso lo consiguen amenazando con la picota a todo aquel que no acepte la versión de la historia de nuestro siglo XX, que a ellos conviene y que propagan por todos los altavoces de la mentira histórica en que han convertido los medios que les son afines por convicción, conveniencia o miedo.