Libelo contra la secta
La vileza de la nada
Nuestro presidente apura y calcula sus tiempos. Se los toma para charlar complacido con los chicos del cine, pero no tiene tiempo para ir a ver a los familiares de nuestras víctimas del terrorismo y la guerra. Nuestros muertos, los cientos de guardias civiles y policías caídos en acto de servicio en defensa de nuestra democracia y nuestro Estado, y los cientos de civiles asesinados sólo por ser decentes, españoles y demócratas. Viva la fiesta goyesca y que le den dos duros a los hombres y mujeres de bien que han perdido a sus seres queridos por el terrorismo nazi vasco y sus secuaces en toda nuestra geografía. Viva la juerga del glamour, la tropa almodovariana y los bardos de la secta, y que se mueran de asco todos los que en defensa de nuestro Estado han dejado la vida, su salud, su felicidad o su futuro. Doña Sonsoles siempre estará cómoda con todos los titiriteros de lo peor del cine español, de la baba sectaria subvencionada —de la que excluyo muy claramente a Álex de la Iglesia, por fin un hombre digno en la tropa—, pero qué pena que la señora del coro no tenga tiempo para Irene Villa, para los miles de familiares de los muertos por el terrorismo, para los lisiados física y espiritualmente por las garras del mesianismo nacionalista asesino. Está claro que tanto el señor de la Zeja como su señora comparten más la fiesta que la tragedia, más la juerga que el dolor de los españoles. Pero ya da casi igual. No hay motivo de escándalo. Todos deberíamos saberlo porque por activa y por pasiva, saltándose muchas veces no ya el buen estilo, siempre inexistente, sino el protocolo y las formas más elementales, los Zapatero saben cuál es su media España, porque siempre han sabido dividir a esta nación. Y puede decirse que es una de las pocas gestas tristes de este presidente. Un logro maldito éste de habernos logrado dividir una vez más en la España de los buenos —ellos— y la España de los malos: los demás, los fascistas, a quienes hay que ganar ahora, en el siglo XXI, aquella guerra caricaturizada en la mente simple y torva del Gran Timonel.
Nuestra pareja de La Moncloa tiene, de hecho, sus afectos tan bien distribuidos como sus tiempos. Nuestros muertos, a manos por cierto de etarras e islamistas, siempre potenciales aliados estratégicos de nuestra secta gobernante, no importan tanto como los chicos y chicas del cuento. Nuestros héroes, soldados en lucha contra el terror en territorio enemigo, nuestras fuerzas de seguridad, no merecen lo que por supuesto hay que dar a nuestros comediantes. Nuestras víctimas, todos los españoles mutilados por la pérdida de sus padres, hijos, hermanos y familiares en general, no tienen la categoría de nuestros chicos de la alfombra roja, el moño, el vestido estupendo y la sonrisa floja. Pobres muertos nuestros. Pobres nosotros que no saltamos indignados ante el monstruoso agravio comparativo de la parejita de La Moncloa.
Quizás Zapatero sea simplemente un cobarde, aparte de un insensato que ha conseguido hundir a este gran país al nivel de Letonia en poco más de seis años. Puede que sea cierto que es tan cobarde que sólo va a donde se le sonríe, a donde le sonríen aquéllos a los que él paga, subvenciona y privilegia con el dinero de todos los españoles. Quizás sea también verdad que este país está repleto de cobardes y que Zapatero es, en este sentido, el más fiel representante de una ciudadanía que ha ido perdiendo toda relación con conceptos antes omnipresentes, como son la honradez y la dignidad, o esos hoy considerados valores del paleolítico que son el honor y la gallardía.
Quizá sea normal que nuestra sociedad entienda y acepte con tranquilidad la cobardía de su presidente electo y considere normal lo que para algunos es y seguirá siendo siempre sencillamente intolerable, y que asuma con naturalidad la vergüenza de lo que está sucediendo. Pero como español debo decir que no todos somos así, y que el desprecio hacia algunas actitudes nos produce náuseas todavía a muchos. Gracias a Dios somos muchos, aunque por desgracia quizás no mayoría. Pero da igual cuántos seamos, porque la náusea es auténtica. Mucho más que los elogios falsos e interesados y esa repugnante equidistancia de tantos que quieren calcular riesgos en carrera y cartera antes de definirse. Ahí lo tenemos, ofendiendo siempre que puede a los españoles que considera sus enemigos. Con esa retórica vacía e inepta con que nos obsequia una y otra vez esta pesadilla de caudillo menor que ha destruido su partido, ha humillado a su país y lastrará la vida de nuestros hijos. Si económicamente nos ha hundido, moralmente supone un desastre tan mentiroso, tonto y cruel como nunca lo tuvimos desde la dictadura.