Libelo contra la secta
Equiparaciones envenenadas
«El cambio climático ha provocado ya más víctimas que el terrorismo internacional y su potencial de destrucción es también muy superior», dice Zapatero. Manuel Rivas, escritor gallego, se tortura aún más: «¿Cómo escribir poesía después de Auschwitz?», parafrasea a Celan y Adorno, a Arendt y a Amery, para añadir de inmediato: «Después del Prestige, ¿cómo mirar el mar y no ver su dolor?». Nadie se avergüenza ya ante comparaciones tan obscenas. Nuestros príncipes de la política y las letras — tan osados— no temen ya por las cuitas de familiares de los muertos de luchas razonables. Temen mareas, calores o sofocos. Son graves las amenazas que las próximas generaciones han de afrontar, pero es un poco duro que la víctima del terrorista sea equiparada al ahogado en la riada. Y lo es más que el lamento por la pérdida de nécoras y percebes se evoque a un tiempo con el luto infinito por el desfile de un pueblo hacia las cámaras de gas construidas por ideas nacionalistas muy europeas e ideologías de experimentación social muy actuales.
«¿Por qué conmemorar la muerte de diez millones de soldados entre 1914 y 1918 si en cien años de accidentes de tráfico entre 1898 y 1998 han muerto veinte millones, y más de treinta millones murieron durante la pandemia de gripe de 1918-1919?». Así comienza la introducción del gran libro de David Stevenson, Cataclismo. La I Guerra Mundial como tragedia política. Y expone razones de peso. «Generó experiencias terroríficas a los combatientes y una movilización sin precedentes en sus frentes internos [y] obligó a la creación de mecanismos sociales para afrontar la muerte, la mutilación y la aflicción en masa». Pero sobre todo «fue un cataclismo de tipo especial, una catástrofe provocada por el hombre por medio de actos políticos». Esta diferencia entre la Primera Guerra Mundial y la gripe española no parece entenderla Zapatero cuando minimiza el fenómeno del terrorismo frente al hipotético Armagedón con que supuestamente nos amenaza el calentamiento del planeta, esa nueva verdad revelada de la nueva religión del ecologismo, tan perfectamente incorporada ya al catecismo del izquierdismo carpetovetónico.
Las víctimas del terrorismo tienen nombres y patria y son mucho más cuantificables que las del cambio climático. Tienen calidad distinta, como dice Stevenson. La humanidad puede sufrir muchos avatares, hasta su propia extinción si no tienen conciencia de su vulnerabilidad y de las amenazas. Pero quizás algunos piensen que peor aún que esa opción es la que nos quiere confundir a judíos y percebes, a humanos con moluscos. Mejor compañía entonces los que no tuvieran la suerte de elegir. Esto no es un malentendido: es una trampa más del relativismo que la secta de Zapatero agita para explicar el mundo. Quizás alguno recuerde que Zapatero le dijo a Irene Villa que entendía bien su situación, ya que su abuelo militar había sido fusilado en la guerra. Comparaba a la niña mutilada por ETA con un militar ejecutado durante una guerra tras juicio sumarísimo. Esta ceguera moral absoluta del presidente del gobierno explica muchas de las perversiones que se han introducido en el discurso socialista. Los resistentes inventados pululan por doquier en todos los países que sufrieron una dictadura. Y en un país donde el presidente del gobierno ha hecho alarde de inventarse el anecdotario de su biografía y la historia de su familia es casi lógico que todos sus ministros, los miembros de su partido y otros sedientos de prestigio y favores, hagan otro tanto. A la vanidad se unen otros intereses concretos.
Aquí les voy a contar la historia real de un resistente real. Joachim Fest, el historiador y publicista que se aventuró en territo rio ignoto al osar escribir una biografía de Adolfo Hitler en 1973. Un texto que supuso un hito sin igual en la historiografía alemana de la posguerra. Murió hace ya unos años en su casa de Kronberg, en el estado de Hesse, tan sólo semanas después de anunciar la publicación de unas memorias profundamente atípicas para un alemán de su época, en radical contraste con otras. Con el título de Yo no, hace un relato conmovedor de la resistencia al nazismo de su familia. No desde posiciones ideológicas, sino desde la profunda convicción cristiana y ciudadana de su padre, que asumió la pérdida de privilegios y una intensa precariedad por resistirse —y obligar a su mujer y a sus hijos a otro tanto— a las presiones de unirse al Partido Nazi y a las estructuras del régimen. Nada parecido a la trayectoria de los supuestos antifranquistas condecorados por Franco, como el padre de nuestra vicepresidenta del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, por poner un ejemplo especialmente ridículo.
En estas memorias Fest revela cómo era posible desde la humildad, la firmeza de principios, la cohesión familiar, y en el caso de su familia de la fe religiosa y la dignidad que de ella emana, hacer frente al agobiante acoso de la soldadesca ideológica del régimen. Para Joachim Fest —que cosechó un muy considerable éxito en España ante un público más amplio que no conocía su biografía de Hitler con su libro El hundimiento, después llevado al cine—, la profunda tragedia cultural alemana estuvo en la incapacidad de las élites culturales para hacer frente al nazismo.
Con la clase trabajadora movilizada por comunistas y nazis, enfrentados o aliados contra los pocos demócratas, Fest describe cómo esa gran burguesía de la cultura de preguerra, tan bien descrita por Thomas Mann, se encanalla y deprime tras la Gran Guerra (la Primera Guerra Mundial), que es para muchos el hundimiento total de la cultura estructurada. Fest tuvo que sufrir mucho bajo los ataques de quienes le acusaban de trivializar el nazismo por compararlo al comunismo y de ser quien provocó la llamada «lucha de historiadores». Sin embargo, tuvo el inmenso coraje de buscar matices en la escenografía de la sociedad del nacionalsocialismo. Contradecía así el mito de que bajo Hitler no había otra forma de existir que seguirle, adorarle o pretender hacerlo. Aquella falacia era aceptada como verdad común en las dos Alemanias. Fest demostró que no era así. Durante décadas desafió continuas descalificaciones de los que le tachaban de promover un aristocratismo tibiamente antinazi. Sus críticos más feroces llegaron desde la izquierda alemana, incluidos los comunistas de Alemania oriental, en cuyo Partido Comunista se habían integrado decenas de miles de nazis después de la guerra.
Fest siempre fue un buceador en los matices, de esos que ahora tantos piden, por ejemplo los incondicionales de Günter Grass —con más fama pero menos carácter que Fest—. Fest siempre buscó, sin éxito, la explicación para el terrible e incontrovertible hecho de que la gran cultura alemana no se rebelara contra la miseria moral y cultural del marcialismo nazi. Cuando quienes aún se creían parte de esas élites, mucho después de Stalingrado, con la guerra ya decidida, quisieron reaccionar con el atentado del 20 de julio de 1944, era demasiado tarde. La nación alemana, tan dependiente de sus modelos de excelencia, estaba condenada. La publicación del libro de Fest y el consiguiente escándalo del ya celebérrimo de Günter Grass, en el que éste reconocía haber ocultado durante décadas que perteneció a una unidad de las SS, expusieron claramente dos calidades distintas a la hora de entenderse a uno mismo y asumir el pasado. Con el gran Sebastian Hafner, Fest ha sido probablemente el más sabio y brillante analista del nacionalsocialismo desde una óptica alemana. Un intelectual conservador con la firmeza que su apellido (Fest, «firme») delataba. Era un rigorista moral e intelectual al que le habría sido del todo imposible soportar un solo discurso de Zapatero con esa salsa suya de la nada.
Probablemente sean gentes como este periodista y escritor alemán las que deban inspirarnos ahora que buscamos vías para salir de una crisis económica y moral. Quizás sean estos grandes ejemplos de rigor, austeridad, fortaleza moral y cultura los que ofrecen las claves para una restauración de valores que han sido despreciados cuando no destruidos en un siglo XX que pasó de los devastadores totalitarismos al relativismo y al nihilismo apático, las dos enfermedades del pensamiento y la conducta de las que Zapatero es máximo portador y transmisor.