Libelo contra la secta
Se acabó la fiesta
Tengo la impresión de que nuestro querido gobierno, tan acostumbrado a vendernos paja y soflamas mentirosas, tiene un problema serio. No me refiero a las cuitas gravísimas que aquejan a todos los españoles, porque ésas las ignora y no le importan. Me refiero a los números y a que la paciencia en gran parte de los países serios de nuestro entorno se ha agotado definitivamente. Rodríguez Zapatero puede mentir lo que quiera en el Congreso de los Diputados, en Rodiezmo, en congresos, rifas y meriendas de agrupaciones socialistas en Andalucía o Barcelona. Pero lo que está ya claro es que la presidencia española de la Unión Europea fue providencial para dejar perfectamente claro a todos los socios europeos con quiénes están tratando. Y el pánico en Europa no fue menor. Cundió el espanto y desde entonces la vigilancia sobre España es constante. En cancillerías y despachos de la banca e instituciones comenzó a hablarse de Zapatero y su tropa. Se intercambiaron anécdotas y se cotejaron datos. Se pidieron informes y se tiró de hemeroteca y archivos. El resultado de esta frenética indagación que se puso en marcha fue un cuadro más o menos aproximado de las gentes que rigen nuestro destino y del estado real de nuestra economía y sus perspectivas más allá de los cuentos tártaros que difunde nuestro gobierno. La consecuencia lógica fue el miedo a tratarse con nosotros, pues como miembros de la zona euro nuestros principales socios tienen su seguridad y estabilidad financiera irremisiblemente vinculada con la nuestra. Situación aterradora para muchos, porque nuestro país es un patio demasiado grande como para dejárselo para juegos a la tropa de irresponsables que lo gobiernan.
A esta conclusión llegaron los líderes de los principales países de la UE. Y en mayo de 2010 decidieron llamar directamente a Zapatero y decirle a los presidentes de China y Estados Unidos que hicieran lo mismo. Había que decirle al insensato que se había acabado la fiesta, porque estaba ya salpicando y poniendo en peligro a los vecinos. El pelo de la dehesa, las formas grotescas y la ignorancia inabarcable de nuestro presidente han dejado huella en toda Europa, y la luz de alarma está ya permanentemente encendida. Antes de la presidencia española todavía había gente en Europa que pensaba que Zapatero era tan sólo un perfecto inane, pero no alcanzaban a adivinar su peligrosidad. No ya para los españoles, lo que a muchos puede traer sin cuidado, sino para todo el equilibrio europeo y el futuro de la Unión.
Es un hecho que Grecia es un desastre político, una estafa económica y financiera sistemática y que raya en el Estado fallido que tanto vemos en Oriente Próximo u otras partes del Tercer Mundo. Pero Grecia es muy poco. Llegado el momento, si todo va rematadamente mal y fracasan las reformas que las familias políticas griegas han de aplicar, Grecia puede quedarse al final con un pie en Oriente Próximo y otro tambaleante en Europa, y acabar más lejos de Bruselas que de Ankara en esa deriva orientalista, islamista y con visos totalitarios que Erdogán, el amigo socio de Zapatero, ha iniciado en Turquía. Se han odiado Grecia y Turquía durante doscientos años. Su odio parecía perpetuo. Pero quienes se quieren suicidar pueden encontrar afinidades entre ellos si su querencia del desastre es similar y comienzan a odiar juntos a un tercero.
España es otra historia y tiene muchas más consecuencias, y no sólo, lamentablemente, para quienes han votado a Zapatero y su gobierno. Sería maravilloso encontrar una fórmula para que los desastres de una política los pagaran sólo los que la permitieron en las urnas, pero eso no puede ser y además es imposible. Es una pena. Muchos días, confieso, me siento tentado a ir a una cola de parados ante el INEM o en los locales de Cáritas —esa institución católica que combate los sufrimientos de los españoles y está tan lejos de esa farsa obscena de los ministerios inventados por nuestro Gran Timonel—, para preguntar a los que allí esperan que a quién votaron en las pasadas elecciones. Seguro que hay gente que lo está haciendo. Serán interesantes los resultados. Allí están congregadas las víctimas de las mentiras y las soeces promesas de este gobierno.
La fiesta se acabó en 2010. Nuestros socios no saben ya si quieren seguir siendo socios nuestros. Nos temen, porque están viendo a dónde puede llevarles ser compañeros de viaje de un iluminado monclovita, cada vez más parasoviético, cada vez más ajeno a la toma de decisiones en el ámbito europeo e internacional. Los gobiernos europeos no se pueden creer el desastre que les ha organizado la España de Zapatero, que ha acabado para mucho tiempo con la imagen de respetabilidad y la credibilidad que nuestro país se había construido con Suárez, Calvo-Sotelo, González y Aznar. Los disparates de este gobierno tontiloco, es decir la negociación con ETA, el Estatuto catalán, el derroche chentelista de los presupuestos y la Seguridad Social son ya casi, aunque catástrofe para todos nosotros y la siguiente generación, un detalle trágico. Porque lo que comienza a verse en Europa es que todo un proyecto, toda una visión estratégica de cooperación, lealtad múltiple y sobre todo paz, se puede ir a los sumideros de la historia precisamente porque unos insensatos e indocumentados cogieron las riendas de países de peso.
Decía en la primavera de 2010 el semanario socialdemócrata Der Spiegel, en su titular de primera página, que nos hemos fabricado una gran mentira con el euro, y que ningún país debería pagar por los catastróficos errores de otros. No hablaban de Grecia, que es el chocolate del loro, sino de nosotros.